“Observo en Žižek una imitación sádica de Lacan: insulta a todo el mundo”

Tengo que poner un titular gancho, un reclamo confrontativo típico de nuestras malas artes de periodistas, para que piquéis y leáis esta entrevista a Rosi Braidotti. Cuanta más teoría crítica leo, cuantos más artículos sobre el fin del capitalismo, la vuelta del marxismo o el aceleracionismo caen en mis manos, más aprecio la diferencia radical que supone la lectura del mundo de Rosi Braidotti y algunas otras teóricas feministas a las que, desafortunadamente, el pensamiento-macho que domina el mundo no hace demasiado caso. Yo sí. A mí me tienen militando.

 

Puedes leer la versión corta de la entrevista aquí.

O atreverte con la larga a continuación. Muy larga.

[Disculpas por adelantado por los errores de edición]. 

 

Me gustaría empezar preguntándole sobre la conexión o desconexión entre la Academia y los públicos. Veo cómo en los últimos años ha ido abriéndose un enorme espacio en la red para los discursos de pensadoras críticas que, gracias a su participación en conferencias, charlas y conversatorios, llegan a una audiencia inesperada y global. Mi impresión es que es un fenómeno más bien americano, no tanto europeo y mucho menos español, quizá por cierta vocación de autoprotección frente a un exterior que muchas veces se torna agresivo…

Los tiempos son muy difíciles. Y puedo entender que los pensadores quieran protegerse a sí mismos, porque estamos siendo atacados. Todo el tiempo. Al menos donde yo trabajo, en el norte de Europa, sobre todo el populismo de derechas pero a veces también el de izquierda nos considera una elite echada a perder: no respetan lo que hacemos ni quieren dejarnos en paz. Nos protegemos porque somos objetivos muy vulnerables. Nos echan en cara, por ejemplo, que nuestro discurso es difícil de comprender. Que no es accesible. ¿Cómo va a serlo? Soy una especialista. ¿Le dirían eso mismo a un biólogo molecular o un astrofísico? No. Pero a los filósofos nos acusan de usar una jerga, simplemente porque logramos expresar con el lenguaje ordinario, lo extraordinario. Eso te da la medida del poco respeto que existe por nuestro trabajo. Entiendo el instinto de autoprotección aunque, por otro lado, creo que los medios son tanto parte del problema como de la solución, porque si rompes la burbuja y sales al mundo logras muchos aliados, al menos tantos como oponentes. Y gracias al intercambio de críticas, objeciones e incluso de comentarios desagradables puedes llegar a provocar un debate. Mis estudiantes no objetan a salir de la Academia, pero sí a ser muy cautos con el mundo del algoritmo. Muchos opinan que tendríamos que disponer de una plataforma alternativa a las redes sociales para hacer activismo digital. Esa idea me gusta mucho.

¿Qué opina de lo que ha pasado con la crítica feminista en los últimos años, especialmente de su infiltración en la cultura ‘mainstream’ y en lugares insospechados como Hollywood?

Creo que es un efecto del feminismo en sí mismo. Un efecto del hecho de que el feminismo es viejo. No entiendo que a estas alturas, con cincuenta años de historia, un feminismo tenga que impedir el otro. Solo tengo admiración para mujeres como Emma Watson o Angelina Jolie y, en general, para todas las que salen a la palestra para hablar de feminismo, porque corren muchos riesgos. No veo porqué no podríamos construir un frente unido con ellas. De eso trata precisamente mi propuesta nómada: mil mesetas de resistencias, no solo una. Creo que criticar ese tipo de feminismo está un poco pasado de moda y también tiene que ver con cierto esnobismo intelectual. Angelina Jolie no es una oportunista, es profesora de la London School of Economics por su experiencia con las mujeres violadas en las guerras, posee un conocimiento de la materia directamente obtenido sobre el terreno y es realmente feroz a la hora de defender los derechos de las mujeres. Si asumimos la complejidad de la existencia contemporánea tenemos que admitir mayores grados de pluralidad. No podemos cerrarnos a la posibilidad de inocular pequeñas dosis de subversión o inspiración allá donde nos sea posible. Los tiempos son horriblemente difíciles. No es momento para ser dogmáticos, sino para hacer que la energía siga fluyendo como podamos.

Parece que existe realmente una sed de filosofía, un deseo de interpretación crítica del mundo que nos ofrezca salidas distintas, pero también una necesidad de encontrar desde dónde vivir sin hacer ni hacerse una daño.

La filosofía siempre ha dedicado muchos esfuerzos a elaborar un entrenamiento para la vida y ahí está Alain de Botton y los que se dedican a pensar esa intersección entre análisis cultura, terapia y autoayuda… Es algo que me gusta mucho y a veces creo que debería dedicarme un poco más a ello. Creo que lo haré, ahora que soy mayor, pero sin decirle jamás a la gente lo que debe hacer. Mis maestros fueron Deleuze, Foucault, Irigaray, gentes del 68, no anarquistas pero sí antiautoritarios, totalmente contrarios a fijar una normatividad. Pero es cierto que ahora hay otra atmósfera y existe cierta necesidad de sentido o de dirección. Y quizá hemos dejado mucho espacio libre para que lo ocupen los pensadores más tradicionales, sobre todo los neokantianos, con los que mantengo una gran disputa.

En el último congreso de la Red Española de Filosofía, los filósofos españoles se preguntaban por “Las fronteras de la humanidad”. Hablando de objeciones, su trabajo disputa enormemente el concepto de humanidad y, con él, sus fronteras…

La referencia a la frontera asume un sistema binario en el que encontramos lo humano, por un lado, y todo lo demás, lo no humano, por otro. Sin embargo, en semiótica, psicoanálisis, fenomenología, postestructuralismo o nomadología partimos no desde lo binario, sino desde entidades que son complejos sistemas híbridos en red. Decir que existe algún ser humano libre de bacterias o cuyo código genético no estuviera en un 90% compartido con los animales o un humano que no esté mediatizado o medicalizado es simplemente un sinsentido y científicamente incorrecto. Es un gran problema de la filosofía que no podamos salir de los siglos XVII y XVIII cuando nos enfrentamos al asunto de la autorrepresentación, de un profundo cartesianismo que se expresa no solo en el binarismo, sino en la idea de que la definición del humano pasa por cierto entendimiento de la razón, esencialmente trascendental. La conciencia se ha convertido en una pesadilla de la que no podemos despertar. Muchas tradiciones filosóficas, desde los presocráticos o los estoicos hasta Nietzsche, nos impelen a reconsiderar lo que entendemos como humano. Pero la filosofía no puede desprenderse de ese trascendentalismo. Y eso se ha convertido en un problema. Mis maestros advirtieron que, para empezar, no podemos seguir considerando al humano como una excepción, sino anclado en un proceso de múltiples relaciones. Y no quiero sonar como una vieja hippie, pero respirar aire puro es una relación. Beber agua limpia es una relación con los recursos de la tierra. Existe una fuerte dimensión ecosófica en este tipo de comprensión híbrida, nómada, no unitaria del ser humano. Una que produce el gran alivio de comprender que solo somos parte del mundo, no una conciencia trascendental que se cree el jefe de la creación. Esa es una pesadilla paranoica.

Una que nos deja inermes ante la deriva autodestructiva del capitalismo… ¿Cómo despertar de ese sueño monstruoso?

El diseño filosófico con el que trabajo presta atención y registra en un modelo cartográfico lo que pasa a nuestro alrededor. El capitalismo ha destruido todas las categorías. Y el capitalismo no es ninguna unidad trascendental, no es la categoría marxista desde la que se explica todo. No. El capitalismo es inmanente a nosotros. El capitalismo es en nosotros. Nosotras producimos el capitalismo cognitivo. Somos productoras de conocimiento, sobre todo en la universidad y en los medios, auténticas instancias de poder basadas en la distribución de saber. Nosotros somos el sistema. Es precisamente en este nivel de implicación en el sistema en donde chocan filósofos como Deleuze y los marxistas clásicos. De ahí la ridícula crítica de Badiou a Deleuze y las lecturas estúpidas y vulgares de Zizek, el partidario de Trump. La inmanencia radical afirma que somos parte del problema, pero si recurrimos al sistema ético de Spinoza puedes marcar una diferencia, puedes lograr avances a través de lo político. Sin embargo, ese trabajo humilde de horadar el poder justo debajo de nuestros pies, una tarea difícil y complicada porque te expones a todo tipo de ataques y represalias, resulta demasiado humilde para los grandes teóricos de la revolución, que prefieren esperar tranquilamente sentados a que el capitalismo se rompa. Por supuesto, estos grandiosos teóricos se dan a sí mismos el papel de guías: ellos son los sabios, los grandes maestros del conocimiento, los que saben hacia dónde se dirige la Historia. Es tan pretencioso… Defienden un modelo de intelectual del siglo XIX, marxistas hegelianos que dicen saber dónde va todo esto y creen dirigir la atención del proletariado. No solo es pretencioso: es extemporáneo. No conecta de ninguna manera con los tiempos que vivimos, no tiene en cuenta el poder de las redes sociales, la explosión del fenómeno del crowdsourcing o la influencia de los medios de comunicación. Por favor… No tomar en consideración la cantidad de conocimiento que se producen fuera de las universidades convierte en ridículas muchas propuestas de pensadores radicales de la academia. No solo porque corren el peligro de aparecer como pretenciosos, sino por no comprender la economía política de la producción de conocimiento. Todo gira alrededor de los algoritmos, de la manera en que seleccionamos, distribuimos, reorganizamos y recuperamos los datos. El big data es solo la punta del iceberg. Todo se vuelve infinitamente más complicado cuando tratas de pensar cómo proteger el conocimiento para hacerlo funcionar de manera distinta a cómo funciona hoy. Lo que tenemos ante nuestros ojos es un complejo de múltiples capas. Posicionarse en el mismo desde una consideración del humano como entidad excepcional es un error de partida. Debemos partir de lo procesual. De hecho, existe un interés creciente por los filósofos pragmáticos estadounidenses, Dewey, James, porque su filosofía es más práctica, más situada, más modesta. Son filósofos que están en el mundo.

Sin embargo, cada vez que Zizek viene a España se forman largas colas de personas, muchas de ellas hombres, universitarios blancos, que desean escucharle. Y muchos espacios culturales, museos, centros de arte, están encantados de recibirle.

Existe un circo itinerante para estos autoproclamados maestros del pensamiento. “The Guardian” publicó una investigación acerca del dinero que algunos de lo grandes filósofos obtienen de becas. Charles Taylor creo que llega a los 6 millones, Habermas entre 2 y 3 millones, Butler también entre 2 y 3 millones… Son personas en cuyo pensamiento se invierte fuertemente. De lo que no se sabe nada es de lo que ganan con sus giras en el circuito privado del circo de los pensadores. Eso es mucho más difícil de determinar. Encuentro que este grupo de filósofos que viajan por todo el mundo es más espectáculo que otra cosa. Pero es problemático tanto que vendan verdades filosóficas como la evidencia de que es un grupo muy masculinizado: no hay mujeres. Si te fijas en las mujeres que pueden estar en ese nivel, por ejemplo Saskia Sassen, no tiene nada que ver. No estamos ante la misma violencia, ante ese tono autoritario. Encontramos en Zizek una imitación sádica de Lacan. Insulta a todo el mundo y eso a los chicos les encanta, porque ven que se puede ser grosero, desagradable y repulsivo y, a la vez, una estrella. Su única agenda es la exaltación de sí mismo, acompañada por una pretensión de querer saber más que el otro y ser el líder. Que ese sea el modelo es un síntoma de la pobreza de nuestros tiempos y también encuentro reprochable que las instituciones le den espacio. Es un fenómeno que en parte tiene que ver con la cultura de la celebridad y en parte con la misoginia y el racismo de la izquierda.

Suena a populismo.

Populismo de izquierdas, aunque para mí todos los populismos son iguales, no existen demasiadas diferencias entre uno y otro. A veces el de derechas es ligeramente más respetuoso, por su conexión con las viejas maneras de antaño. Pienso muy a menudo en los que solíamos estar junto la izquierda y cómo hemos tenido que distanciarnos de ella. No ha querido aprender nada del feminismo: lo ha descartado considerándolo simplemente un movimiento cultural. No sabe nada de teoría poscolonial ni cree que el racismo sea un problema: lo aborda como una mera cuestión de identidad. Y sostiene una lectura absolutamente ficticia del capitalismo, en la línea de un marxismo-leninismo pasado de moda, para evitar comprometerse con las políticas de inmanencia, ya que si las asumiera tendría que hacerse responsable de su posición, de cómo funciona dentro de las instituciones y de su involucración foucaultiana en el poder que critica. Por supuesto, la izquierda no va a asumir nada de esto: es mucho más fácil mantenerse al margen y fantasear con el día en el que el capitalismo termine. Todos los que estudian a Badiou o transitan por su pensamiento identifican lo político con el marxismo-leninismo, porque tomar el camino de Deleuze, de Spinoza, de la inmanencia radical les golpearía donde arraigan y tendrían que responsabilizarse de su proceder dentro de las instituciones y de la manera en que se ganan la vida. Es un error muy serio que la izquierda promueva una lectura de la economía tan equivocada. Lo que no sé es si es deliberado o si realmente son estúpidos y están convencidos de que seguimos habitando un mundo industrial. Esa ignorancia suya acerca de la mediatización tecnológica que hoy vivimos fue lo que me condujo a la teorización del posthumanismo. De alguna manera tenemos que ponernos de acuerdo sobre cómo es el mundo en el que vivimos. Nuestro grado de involucración en la mediatización de cada aspecto de nuestra existencia es enorme, ya lo consideres desde la biogenética o desde los algoritmos informáticos. De hecho, la innovación científica se acelera cada vez más y en territorios inexplorados como la edición genómica. No puede ser que la izquierda siga debatiendo sobre si Trump va a reabrir las minas de carbón. No es posible entender el mundo tan mal. Si la derecha tiene la supremacía no es por el populismo, sino porque entienden la economía. Tanto, que son los que se benefician de ella. Solo tienes que leer el “Financial Times” para advertir la exactitud y la inteligencia de su lectura de lo economía. Ahí la izquierda no aparece por ningún lado. Esta sería mi disputa fundamental con los Zizek y los Badiou de hoy en día: cómo es posible que no entiendan nada. Admiten la sofisticación filosófica de las ontologías del objeto pero cuando llegamos al territorio de lo político, marxismo-leninismo, el feminismo es de madres y la raza no existe.

Ni la izquierda ni la filosofía parecen haber querido recibir sinceramente la contribución del pensamiento feminista.

Se trata de nuevo de un fenómeno que tiene múltiples capas. Por un lado, el sexismo rutinario que cualquiera que esté trabajando en departamentos de filosofía conoce y la lucha diaria de las filósofas por avanzar y ser escuchadas. Pero además de esa situación diaria de sexismo interpersonal, existe una constante campaña de descrédito del conocimiento que se produce desde el feminismo en toda Europa. Los departamentos de filosofía son horrendos incluso donde yo vivo y trabajo. Se produce un ataque total a la credibilidad, las credenciales y la dignidad de las pensadoras que no formamos parte de la maquinaria filosófica de lo corporativo. Prefieren tener cinco estudiantes en el primer año y formarlos a su imagen y semejanza que los 300 que se matriculan para hacer estudios de género. Y esos cinco son cinco chicos blancos que a sus 18 año fuman en pipa porque su profesor lo hace o que cultivan el desaliño porque quieren ser como Zizek. Estamos ante una relación edípica con el profesor apabullante. Por supuesto, las chicas no pintan nada ahí. No hay espacio para ellas. Pero volviendo a la diferencia que el feminismo debería estar produciendo, al menos mi feminismo que defiende una transformación radical, su descrédito es total. Incluso Nussbaum, a pesar de que la filosofía moral es aceptable, es mal recibida. Este descrédito tiene unas consecuencias prácticas, desde la ausencia de recepción crítica de nuestros trabajo a la falta respeto para con nuestros logros, que van produciendo toda una cadena de desconsideraciones.

¿Alguna vez ha sido atacada?

Bueno, yo tengo una relación muy complicada con la filosofía… En mi caso mi experiencia tiene que ver básicamente con haber sido ignorada y sutilmente desautorizada. Con no conseguir los premios, las becas, los doctorados honoríficos (tengo alguno pero francamente creo que tendría que tener más)… Porque quienes se sientan en los jurados y emiten los informes son ellos, no nosotras. En realidad, muchas veces pienso que es un milagro que haya podido llegar hasta donde he llegado. Pero, sí, nos perdemos muchas cosas, es algo que hablo frecuentemente con mi gran amigo Paul Gilroy, que a nosotros no nos conceden la ERC… Con mi gran amiga Judith Butler, con la que no estoy de acuerdo en nada pero a la que quiero, hemos comentado que nosotras jamás conseguiremos trabajo como filósofas. La profesión de filósofo nos expulsó. Las generaciones que vienen detrás, nuestras estudiantes, sí lo están logrando. Pero nosotras no. Duele, pero a la vez fue necesario par romper, para lograr que pasara algo. En mi caso, el juego siempre ha estado donde lo situó Virginia Woolf: con un pie fuera y un pie dentro. La extraña infiltrada.

Una posición difícil y, a la vez, privilegiada.

Absolutamente. No olvidemos que soy una extranjera, una migrante. Es muy improbable que alguien como yo viva en un país como Holanda: sucedió porque conocí a mi pareja y quise construir una vida junto a ella. No pertenezco totalmente a ese lugar, lo cual es complicado, conlleva muchos problemas, pero también ventajas. Estoy muy agradecida y profundamente unida al país, no pienses que mi comentario es negativo: estoy muy orgullosa de lo que he construido en la universidad. Pero no soy realmente muy holandesa. Además, cuando no tienes el respaldo de un país, la otra cara del sujeto nómada, hay muchas cosas que no puedes hacer, entre otras entrar en política, que es algo que yo quisiera hacer en este momento de mi vida. Soy una persona leal y creo que una buena profesora, pero puedo ver que las cosas podrían hacerse de otra manera. Me muevo por muchos motivos en la marginalidad, pero precisamente ahí es donde reside mi potentia. No niego que es doloroso cuando ves que personas más mainstream construyen mejores carreras. Podría hacer una lista con los premios y becas que jamás tendré. Pero no voy a malgastar la vida en la amargura. Piensa en el caso de Donna Haraway. ¿Cómo es posible que no le hayan dado la beca MacArthur [625.000 dólares]? Sin embargo, sí la disfrutó Evelyn Fox Keller, una pensadora brillantísima también, pero una pensadora muy diferente a Haraway…

¿Cómo se explican estas cuestiones a las futuras investigadoras?

Trato de mostrarle a los jóvenes no sólo cómo tener éxito en el mundo sino cómo mejorarlo, y no solo en el sentido de hacer que el capitalismo funcione. Desafortunadamente, en el sistema neoliberal todo pasa por los premios, las becas, los proyectos… Todo se cuantifica. Y si quieren quedarse en la academia, los investigadores necesitan esa financiación. Ahora mismo siento que el modelo de pensadora radical que encarno no sea probablemente el mejor modelo de intelectualidad para ellos. Por eso trato de ser muy humilde y contarles que si quieren permanecer en la academia van a tener que aprender a conseguir dinero para asegurar su propio salario, porque así funcionan las universidades ahora. Y si se dedican a la teoría crítica, lo cierto es que van a tener problemas para hacerlo. Ha pasado en Berkeley [el año pasado, el Program in Critical Theory sufrió un recorte del 50% de su presupuesto]. Ni siquiera Judith Butler pudo evitarlo. En 2016, mi universidad cortó la principal vía de financiación del Centre for the Humanities [fundado por Braidotti en 2007] y aún pretendían que siguiera vinculada a él cual trofeo. Por supuesto, dije que no, aunque me dolió. Estos recortes están sucediendo a todos los niveles en las humanidades. En estos momentos tenemos que ser muy humildes y muy cuidadosas. Sobre todo en este contexto de ascenso del fascismo que estamos viviendo. Porque el modelo de intelectual feminista que yo represento, dedicada a socavar el poder desde la raíz que ancla bajo nuestros pies, no es bien recibida. Personas muy conservadores dicen que Zizek les parece muy entretenido. Sin embargo, nunca dicen eso de mí, aunque me tengo por una persona extremadamente divertida [modo irónico]. Ante mi discurso se produce una alerta, una intriga, una ofensa… La reacción es muy distinta. Sin embargo, el sistema tolere perfectamente a los Zizek, porque cuando defiendes ideas que obviamente están totalmente equivocadas, no consigues otra cosa que sustentarlo. Es perverso.

Cuando todo se confabula para que pensemos desde las potencias tristes, resulta aún más necesario acudir a lo afirmativo y alegre. Sin embargo, nos bombardean con la melancolía e incluso el apocalipsis…

Toda la iconografía de la tristeza y la melancolía ha sido tradicionalmente asociada con el complejo de genio solitario y con una inteligencia superior. Se trata de una imagen altamente codificada en cuanto al género: se refiere invariablemente a hombres jóvenes y con talento que sufren. Se le conceden también credenciales de nobleza. La felicidad y el bienestar, en cambio, no son nobles sino vulgares y conciernen generalmente a la gente, los niños, las mujeres… Ahí está el estereotipo del “negro feliz”. Estamos ante una jerarquía de valores extremadamente marcada por el género. La filosofía se ha alimentado muchísimo de estas pasiones negativas. Ahí está Nietzsche. Y si entras en diálogo con Spinoza, hablando de pensadores marginados, si defiendes una praxis de afirmación alegre, cruzas una línea roja. Porque no conecta con esa noción de la inteligencia superior que sufre, que es trascendente y que no encaja en el mundo. En los debates que se desarrollan hoy, parece que si defiendes una política afirmativa y alegre eres cómplice del frívolo optimismo del capitalismo. Este es una argumento desinformado e irrelevante, porque cualquiera que lea a Spinoza o Deleuze sabe que construir una praxis afirmativa es un trabajo extremadamente duro: supone extraer conocimiento del dolor. Hablamos de cómo procesar el dolor, cómo asumirlo y habitarlo. Es una cuestión muy compleja… Más aún con Sara Ahmed defendiendo una posición extraña que ojalá no hubiera defendido, porque no la enfrenta realmente. Entiendo lo que hace: trata de construir una pedagogía de la disrupción, pero se ve superada por la complejidad de la situación, porque todos los populistas de izquierda y de derecha operan no ya desde la tristeza, sino desde el más terrible apocalipsis. Todo es negatividad, negatividad y negatividad. Y moverse hacia una praxis política afirmativa resulta casi imposible porque no la consideran una posibilidad política sino, en el mejor de los casos, terapéutica. El capitalismo, volvamos a esa cuestión abierta, ha encerrado esta conversación entre el Ritalin, el Prozac y el “sé feliz”, de forma que se torna imposible de abordar. En el seminario Deleuze estamos trabajando muchísimo sobre el dolor, ya sea toda una vida o una herida, un trauma, un daño o una pérdida puntual. Tratamos de reconstruir ese momento, anclarlo en la realidad material, tal y como nos ha enseñado la teoría poscolonial: desaprendiendo nuestros privilegios. Lo cual significa sufrir. Estar dolido durante un tiempo. ¿Cómo le planteas esto a los ‘millenial’? Qué difícil es eso… Enseguida se disparan los mecanismos de defensa de las políticas de identidad, “respeta mi sufrimiento” y todos esos argumentos. El espacio para este debate es muy pequeño, pero creo que este tipo de práctica afirmativa es realmente útil y fácil de llevar a término porque es muy intuitiva: simplemente hay que trabajar. Pero va contra la ideología de estos tiempos la mires por donde la mires. Hoy mostrarse enfadado, insultante, pesimista o apocalíptico es perfectamente comprensible. El relato del Antropoceno nos aboca a discursos totalmente nihilistas: dejemos que el mundo se acabe para destruir el capitalismo.

El discurso de la autodestrucción.

Qué idea más práctica, ¿verdad? Muchas gracias. En el Seminario Deleuze estamos leyendo un artículo fantástico de John Protevi sobre los distintos tipos de fascismo: el clásico, el del pesimismo absoluto y el “no future”, que él llama fascismo lunar porque es nocturno y melancólico; y un segundo fascismo muy típico de nuestro tiempo el maniaco, el sobreactuado, que denomina solar. Cuando Guattari escribe sobre este asunto en “Las tres ecologías”, ¿sabes que menciona expresamente a Trump? Confundir ese fascismo con la praxis afirmativa y alegre es… Por favor: no estamos hablando de autodestrucción maníaca, de suicidio a través de la muerte en masa. Las políticas afirmativas suponen construir una respuesta a toda esa negatividad trabajando juntos. Durante los dos últimos años hemos estado estudiando cómo funciona el microfascismo contemporáneo en comparación con el fascismo histórico y mapear los flujos de negatividad que producen impulsos de autodestrucción supone un trabajo tanto clínico como crítico. Ahí obviamente hay que recurrir a Spinoza, porque existe un envenenamiento y la metáfora del envenenamiento está en Spinoza. Él habla de la la negatividad como de un veneno y hoy comprobamos hasta qué punto se ha vuelto tóxica. Nos enferma.

Hablemos de vida. De esa reconsideración de la vida que recoge con el concepto de ‘zoe’.

La idea de zoe surgió mientras leía a Agamben, un filósofo clave cuyas ideas resultan muy valiosas si se leen honestamente… Aunque Adriana Cavarero es incluso mejor y bastante anterior. No había escrito aún “Lo Posthumano” (2013) pero ya estaba pensando en lo humano y lo no humano y en una manera de entender la vida en términos no seculares, no deterministas, vitales y desde la alegría de pertenecer a un continuo material unitario. Una manera de romper con la soledad y entrar a formar parte de eso que solíamos llamar naturaleza (Genevieve Lloyd, mi maestra, escribió un trabajo muy bello sobre este asunto). Formamos parte de una materia común, algo que la ciencia contemporánea ya está diciendo desde campos tan diversos como la astrofísica o la biogenética. Para la ciencia contemporánea esa afirmación es una evidencia científica, por eso es tan crítica con las Humanidades y su proceder científico: nuestra visión de lo humano es científicamente un error. La acusación es muy seria. Frente a ella, muchos filósofos improvisan con la neurología o retroceden completamente hacia la ética o la bioética, lo que significa volver a la filosofía moral, esto es, a Kant. Y punto. Pero el hecho cierto de que nos estamos equivocando, de que no entendemos la estructura básica de la materia, es fatal. Por eso retomé el concepto de zoe, aunque eludiendo el binarismo zoe/bios para evitar que la animalidad que existe en nosotros sea, como ocurre en Agamben o en Heidegger, la marca de nuestra vulnerabilidad y nuestra extinción. A partir de zoe, lo posthumano emergió casi inmediatamente, de hecho me di de bruces con ello, y desde entonces ha explosionado. De hecho, está a punto de publicarse “Posthuman Glossary” con más de cien entradas y otros tantos colaboradores que simplemente fotografían las dimensiones del concepto en este momento y su repercusión y diseminación es enorme. Toda oposición que pudiera haber desde la ontología de los objetos ha desaparecido: todo el mundo acepta el posthumanismo. De verdad creo que estamos ante un cambio de paradigma. ¿Cómo interactuarán las humanidades con él? Esa es la incógnita, porque pedir que asuman que el sujeto de conocimiento ya no es el anthropos aún es pedir muchísimo. De hecho, es una pregunta que ni siquiera se entiende si no se conoce suficientemente el nivel de desarrollo de la tecnología. La hybris contemporánea es seguir pensando que somos nosotros los que estamos pensando.

Frente a este giro posthumano que han avanzado las ciencias y que reta hoy a las humanidades está el transhumanismo, un polo de innovación tecnológico-científico con profundas implicaciones éticas y políticas…

Mi antigua alumna y hoy colega Francesca Ferrando sería mucho más sutil que yo a la hora de hablar de transhumanismo, de hecho en el glosario escribe sobre transhumanismo y metahumanismo porque está a favor del mejoramiento humano. Francesca sostiene que esa mejora no tiene porqué seguir el modelo que produce Nick Bostrom en el Future of Humanity Institute de Oxford, pero el problema está en que nuestra sociedad ya ha aceptado ese modelo, muy problemático porque es profundamente cognitivo. Bostrom entiende el mejoramiento humano básicamente desde la modificación del cerebro, un enfoque que resulta muy beneficioso para la industria robótica y la inteligencia artificial. El objetivo es acelerar los cerebros, aunque dicha aceleración vaya a suceder por sí misma gracias a la interacción de los niños con la tecnología, que ya está cableando sus cerebros de manera diferente. El salto evolutivo va a ocurrir de todas formas. Sin embargo, el deseo de mejora del hombre ha dejado una huella terrible en Occidente, recordemos la eugenesia, los criterios de selección. Por otro lado, tenemos que pensar en la cantidad de puestos de trabajo que la industria robótica va a destruir. Si pudiéramos tener en cuenta estos aspectos en vez de quedarnos en las alturas de lo trascendental… Me tengo por una pensadora del mañana, pero ¿podríamos por favor reinsertar lo social en estos futuros? Sostengo una doble objeción contra el transhumanismo: por un lado, está reduciendo la enorme apertura que podría producir una distribución rizomática del conocimiento a un neocartesianismo directamente importado del siglo XVIII. Encuentro que esta manera de cerrar lo que se está abriendo apelando al moralismo clásico es, además, oportunista: es una posición que logra la financiación y las becas. Por otro lado, expulsa lo social: no asume ninguna responsabilidad por las implicaciones políticas de este increíble desarrollo. Este transhumanismo que avanza a lomos de las matemáticas y de una racionalidad ideal encaja perfectamente con los intereses de las corporaciones transnacionales. Me desespera, porque lo que me gustaría ver es una experimentación que comience desde premisas diferentes, que fuera consistentemente posthumanista también en el nivel normativo. Para ello necesitamos otra ética, una ética materialista y posthumana de la diferencia, no retroceder a la pesadilla del siglo XVIII. Porque si lo hacemos, estaríamos reproduciendo un escenario en el que no tengo intención de colaborar porque es discriminatorio y potencialmente desastroso. Aunque dispongamos de toda la financiación del mundo, como es el caso del Future of Humanity Institute, tendríamos que ser capaces de recordar que un tercio de las casas del planeta aún no tienen electricidad. Ante su propuesta transhumana no queda más remedio que volver a la pregunta básica: ¿de qué humano estamos hablando? ¿Quién es el humano aquí? Porque sabemos que lo humano no es una categoría neutral: está cargada de poder. Pero me temo que este es el paradigma dominante, que yo describo como analíticamente posthumano y normativamente neohumanista, con lo que hace caja desde ambas perspectivas. Ese es el proyecto que consigue financiación en todos los niveles de la investigación porque no reta al sistema. No es Nietzsche, es Kant. No nos cansamos de repetir lo mismo y esta es la misma vieja historia. Pero es un problema que Bostrom, además de tener ya el dinero de las corporaciones, se lleve también las becas públicas. Con el mismo proyecto, él se llevó la ERC, no yo. Existe un cierto whitewashing por parte las instituciones académicas, que no quieren quedarse mudas en el debate. Si todo lo que tienen que decir es “volvamos a la moralidad kantiana”, lo siento, pero no puedo secundar una posición tan incómoda y tan hipócrita.

Sobre la amistad entre mujeres

[Este texto se publicó en “Comadres”, una fantástica investigación comentada sobre cómo el humor ha limpiado, fijado y dado esplendor a esa regla del patriarcado que nos convierte en enemigas de nosotras mismas y, sobre todo, de las demás. Es obra de Raquel Manchado, editora de Antorcha, y se puede comprar aquí].

De todos los secuestros que vivimos las mujeres en nuestro aprendizaje de la feminidad, puede que sea este el que más dolor nos produce. Más que el que nos quita el espacio, nos disminuye el sustento o nos niega la autoridad y la historia. Más incluso que el que nos expropia el cuerpo, al servicio de cualquier otra cosa que no seamos nosotras mismas. Militar en la feminidad tiene mucho que ver con odiarse, con reprimirse, con limitarse. Pero eso no es lo peor de la pedagogía de la feminidad. La pervivencia de esta cruel guerra contra nosotras mismas, un adoctrinamiento de género que abreva en el terror a lo distinto y en su utilidad política como herramienta de sumisión, es posible gracias a otra guerra mucho más artera, perversa y dañina, insoportable de todo punto y prueba de cómo las mujeres somos producidas por la violencia: la guerra contra las otras.

En el primer capítulo de “Feud: Bette y Joan”, la serie de televisión que explora la terrible rivalidad entre Bette Davis y Joan Crawford, un periodista le pide a Olivia de Havilland (Catherine Zeta Jones) que explique los motivos de tan larga enemistad. Solo por esa frase de guión ya merece la pena la serie, un retrato tristísimo sobre la incapacidad de estas dos mujeres para reconocerse y apreciarse. «Feuds are never abour hate», explica la actriz. «They are about pain». «Las enemistades no tienen que ver con el odio, sino con el dolor». Dolor, aislamiento, privación, incomunicación. Tales son los valores que la cultura y especialmente el humor propagan mediante los relatos y chistes misóginos que nos pintan como chismosas, envidiosas y peligrosas para nuestras amigas. Las autoras de “The Social Sex: A History of Female Friendship”, Marilyn Yalom y Theresa Donovan Brown, explican que «casi todos los documentos que hablan de la amistad en los primeros 2.000 años de historia de la civilización occidental tienen que
ver con hombres».

La cultura quiere que veamos a las otras como competencia, no como aliadas; como amenaza, no como cómplices; como adversarias, no como cooperadoras. Se nos hurta, por razón de la feminidad, la posibilidad sanadora y emancipadora de la amistad: imposible confiar en la que se cree mala, envidiosa, cotilla, contrincante. Al ser configuradas por la ideología moderna como “idénticas”, una masa indistinta de cuerpos intercambiables, cualquier otra más guapa, más joven o más lista puede sustituirnos, quitarnos el sitio que nos valida socialmente, arrebatarnos el trabajo, el novio, el prestigio. Dicho de otra manera: los imaginarios simbólicos, especialmente los del humor que aquí se recopilan con tanto acierto, nos aíslan, nos dejan a merced de nuestro papel subalterno a los hombres y de una relación siembre bajo sospecha con nuestras iguales. Se nos niega la humanidad misma, si entendemos la existencia como el gozoso y libre discurrir de la vida a través de los lazos con los demás.

En “Sobre las mujeres” (1851), el filósofo alemán Arthur Schopenhauer sostenía que la corriente mutua de indiferencia que se producía en el encuentro casual de dos varones desconocidos se convertía en «verdadera enemistad» si las coincidentes eran mujeres. El escritor William Rounseville Alger concluyó lo siguiente en “La amistad de las mujeres” (1868): «A menudo me ha llamado la atención los pocos casos conocidos de buenos sentimientos entre mujeres (…) y la expresión habitual de la creencia de que existen obstáculos naturales que hacen de la amistad en una experiencia rara y débil entre ellas». En 1892, el antropólogo y criminólogo Cesare Lombroso publicó “La mujer criminal, la prostituta y la mujer normal” (1893), en el que defendía que «la antipatía de unas mujeres por las otras hace que roces triviales terminen en odios fieros; y debido a la irascibilidad de las mujeres, a veces pueden llevar rápidamente a insolencias y asaltos. (…) Las mujeres con un estatus social alto hacen lo mismo, pero de manera mas refinada para que los insultos no terminen en las cortes de justicia». El influyente crítico literario H.L. Mencken (1880-1956) escribió una definición que vuela alto aún hoy en día: «Un misógino es un hombre que odia a las mujeres tanto como ellas se odian las unas a las otras».

Las ficciones cinematográficas de la comedia y el drama están plagadas de mujeres contra mujeres, de “Lo que el viento se llevó” (1939) a “Mean Girls” (2004) y más allá. De la demonización de “la otra” en el cancionero, ni hablamos. Las trifulcas femeninas de famosas (Taylor Swift y Nicky Minaj; Rihanna y Beyoncé; Khloe Kardashian y Amber Rose) o los reality shows con base en la rivalidad femenina (todos los desarrollos de “Mujeres ricas de Beverly Hills”, por ejemplo) triunfan en la cultura pop. En las revistas que nos adiestran en la obediencia de lo femenino se leen frecuentemente textos que nos azuzan a la competición entre nosotras bajo la coartada de la mejora personal: la piel más tersa, el cabello más brillante, el cuerpo más elástico. El 25 de noviembre de 2015, El País tituló una noticia “Cuando la rival vive en casa”: hablaba de las hijas adolescentes de Vanessa Paradis, Cindy Crawford y Julianne Moore. Pero no descendamos a productos informativos trágicamente devaluados.

No interesa un vínculo culturalmente naturalizado de solidaridad entre mujeres y mucho menos uno políticamente establecido. De ahí la constante reelaboración de justificaciones de todo tipo para seguir sustentando nuestra amarga rivalidad. Sin embargo, la mítica nobleza masculina se organiza naturalmente en la amistad desde que Aristóteles escribiera aquello de «la amistad es lo más necesario para la vida. Sin amigos nadie querría existir». Desde el año 350 a.C. el hombre es un animal social. La mujer, no. Algunas lecturas críticas posteriores revelaron más detalles sobre la manera en que los hombres, guiados por Aristóteles, tienden lazos afectivos: más que promover el altruismo de género, lo que el sabio griego defendía era una especie de egoísmo recíproco en el que el bien de los amigos redunda en el propio y viceversa. El mercantilista pacto, sellado en la mismísima “Ética” aristotélica, resurgió en todo su esplendor transaccional en la capitalista Modernidad, cuando los hombre se reservaron la ciudadanía y el excedente económico del trabajo de las mujeres, y continúa hoy vivito y coleando en todo tipo de fratrías, por ejemplo los llamados old boys clubs, una figura de la sociología feminista del trabajo que explica porqué los hombres contratan a otros hombres.

El pacto de los hombres, formulado bajo la apariencia de una noble amistad, nos deja a las mujeres el espacio de su contrario: la rivalidad maligna. De ahí que sea tan importante retomar el asunto de la sororidad como en principio fue planteado por las feministas de la Librería de Mujeres de Milán y la Biblioteca de Mujeres de Parma: como un affidamento, un pacto político por la reconstrucción de nuestra confianza y autoridad. No como el buenismo acrítico que se nos vende desde los medios de comunicación o los púlpitos sociales de las microgurús del feminismo pop, sino como un lazo indestructible hacia el exterior y autocrítico en su interior, que impulse primeramente la base de la pirámide de lo subalternizado, no la élite de mujeres blancas y autónomas que aspiran a ganar altura en la escala de éxito patriarcal. Una amistad que no es escalera hacia el cielo de unas pocas: es red de seguridad para todas.

Una prueba literaria del poder que se guarece en la amistad femenina así acordada puede remontarse a “Lisístrata” (411 a.C.), en la que Aristófanes imagina que un pacto entre mujeres es capaz de parar una guerra. Una prueba etnográfica de lo insumergible que resulta el íntimo deseo de las mujeres de conectar con otras mujeres son las celebraciones del carnavalesco Jueves de Comadres. Se festeja en el Carnaval de Asturias y de ciertas comunidades del valle de Tarija en Bolivia, y las historiadoras lo conectan con las Matronalias, fiestas romanas dedicadas a las mujeres casadas que se celebraban en honor de la diosa Juno, y durante las cuales estas tenían los mismos privilegios que los hombres. Cada año, miles de asturianas de todas las edades y condiciones salen esa noche a charlar, comer y beber como si no hubiera mañana, como si fueran hombres. Tan subversiva es una noche solo para las mujeres, que ha de producirse en Carnaval, los días dedicados a poner patas arriba categorías, costumbres y jerarquías. Lo que se habla durante el alegre trasnochar, las confesiones, las disculpas, las estrategias, las penas y las alegrías, funciona como bálsamo sanador y como pegamento político entre las comadres, liberadas por imperativo festivo de la pesada carga de la rivalidad impuesta.

La esencia socio-política de las comadres no pertenece a la amistad aristotélica ni a la definición envenenada de comadrear, sino a la raíz etimológica latina (“cum matre”, “con la madre”, “madrina”) que convierte a cada mujer en una potencial madre de los hijos de las demás. No hay bienes que se intercambian en la amistad entre mujeres, sino protección a la existencia. Alegría, potencialidad y vida es lo que derrochan las comadres achispadas, cantarinas, fartucas de dulces y de risas que toman una vez al año los chigres de Asturias. En su protector abrazo colectivo, estas comadres de las que tanto se ríen los chistes expresan mil veces mejor que Aristóteles el auténtico sentido de la amistad.

 

 

 

 

Una investigación sobre otras estéticas para el periodismo

Como proyecto final de un curso de Clacso, «Periodismo y crítica cultural entre la cool-tura pop y la militancia popular», me propuse hablar de la estetización de la cultura pop mediante un vídeo-ensayo hasta que me di de bruces con la realidad de mi inoperancia tecnológica. En ese proceso de tener algo que decir pero no cómo, pues desde el mismo curso estuvimos seis meses constatando la desconexión de las formas estéticas tradicionales del periodismo con las audiencias (así que no podía limitarme a escribir un texto), decidí usar una herramienta absolutamente popular, las presentaciones en diapositivas de toda la vida, y valerme de contenidos que ya estuvieran en la red. El tutor del curso decidió que era un mix entre periodismo Frankenstein y periodismo DJ y añado yo que de aprovechamiento (aprovechategui) de lo que ya ha sido dicho. Hay tanta gente diciendo cosas interesantes por todas partes y tan poco construyendo unidades de sentido con todo lo dicho… Ante la fragmentación brutal de los mensajes, la tarea filosófica de narrarlas en una totalidad de sentido. Este es un destino que me gusta para un periodismo con futuro. Como no se pueden subir presentaciones con vídeos a WordPress, descompongo la presentación en dispositivas.







En la década de los 90, la cultura pop comenzó a poner en práctica su agenda oculta: la estandarización de la sensibilidad y los deseos a través del consumo de una única estética, la barbificación.




La ideología del glamour adosada a tal estética, lejos de dirimirse en las elecciones y los parlamentos, se promulga en las pasarelas. El modelo de consumo que la industria de la moda construye durante la década se convierte en pocos años en el modus operandi de toda una civilización.




Tras el cambio de siglo, la moda se convierte definitivamente en el modelo corporativo ideal del neoliberalismo: una industria que funciona sin apenas controles y totalmente deslocalizada, como un circuito cerrado monopolizado por unas pocas compañías y con un mercado prácticamente cautivo gracias a los medios de comunicación y la cultura pop.




Además de servir de laboratorio de vanguardia para los nuevos negocios globales, la moda se dedicó a fabricar, a gran escala, su mercado: individuos centrados en una imperiosa necesidad de belleza, juventud y erotismo. Gracias al impulso globalizador de las redes sociales, la factoría mediática global logró que todo Occidente se pusiera las gafas del glamour. Hoy, todo lo que llegue a nuestro sensorio, no solo nosotros mismos, tiene que ser bello y sexy. Y sobre todo ellas: el objeto sujeto.




Pasamos de convertir la moda y sus circunstancias en contenido de la cultura pop…

…a consumir una cultura pop producida totalmente por o desde la industria de la moda.




 




Gilles Lipovetsky y Jean Serroy llaman a este fenómeno “la estetización del mundo”: “Una vida volcada sobre el placer de los sentidos y las imágenes, los goces de la música y la naturaleza, las sensaciones del cuerpo, el juego de las apariencias, la frivolidad de la moda, los viajes y los juegos, la multiplicación de las experiencias sensitivas”.







 




El escritor británico George Orwell describió este fenómeno en su novela “1884”: lo llamó la neolengua y la caracterizó como una herramienta del fascismo.




Otra característica de la neolengua filofascista que describe Orwell es el doble pensar: sostener dos opiniones contrarias, contradictorias, simultáneamente.




 




 




La inhumanidad es selectiva















“El Congreso”, basada en la novela de Stanislaw Lem “Congreso de Futurología” (1971).













Cuando dormimos, salen los monstruos