Adan y Eva reloaded

 

Dwayne ‘The Rock’ Johnson es el actor mejor pagado de Hollywood y también el que más gana en Instagram. De hecho, ha destronado a Kylie Jenner del número 1 de la lista con los más ricos de la red social que elabora Hopper HG: es la única persona del mundo que cobra más de 1 millón de dólares por post. El coste por post de Johnson ha incrementado su valor un 15% en el último año.

Anne Carson

 

 

 

 

 

[Una buena imagen para hablar de: el régimen de la sensibilidad, el deseo, el valor, la legitimidad, la masculinidad, la feminidad, la influencia, los modelos de conducta, la norma hegemónica, el consumo de uno mismo, la performance paródica del género, el paroxismo histérico del genero, los mecanismos compensatorios de las sociedades]. 

Un exorcismo del final de los Soprano

Esto es un intento de exorcismo del final de los Soprano (que me gusta la rabiosa actualidad). Hace más de seis meses que vi el último capítulo, un final al que jamás pensé que llegaría, pues en principio las seis temporadas de la serie me daban más pereza que la discografía de Bob Dylan. Y, sin embargo, la escena final me ha seguido rondando todos estos meses en un caso de retorno insistente que no es nada propio de mi memoria, inexistente. Me arrepiento de no haber visto la serie en su momento, probablemente por la misma razón que no he visto “Breaking Bad” ni tantas otras ficciones alrededor de la figura del mafioso: tengo un prejuicio muy instalado con las ficciones androcentradas o sobre universos necesariamente machistas. En honor a “Los Soprano” he visto “El irlandés” de Scorsese y me he aburrido como una ostra. Pero vuelvo a la escena final de “Los Soprano”, cuatro minutos que siguen en discusión una década después de su emisión (¿pero Toni muere o no muere?) y que terminan con un fundido a negro repentino de 10 segundos.

 

¿Qué poder tiene este final para volver a mi cabeza, forzándome a encontrarle un sentido no ya a la narración, sino a su insistente retorno? Parece como si la mente necesitara llenar ese vacío (ghosting) que impide cerrar debidamente una relación de muchas horas (son 86 capítulos de 60 minutos cada uno), en la que se ha producido una inversión emocional que requiere clausura. Sin ese alivio final aparece el fantasma y surge el desconcierto, la incertidumbre, la incomodidad, la inquietud que impide lo normal en el ficción de consumo habitual: pasar página y seguir con la siguiente. Con cada aparición, el fantasma de Toni Soprano reactiva el misterio de su existencia y de esta intensa relación que sostengo con él. ¿Qué es lo que no termina de llegar que me impide cerrarle la puerta?

La tranquilidad mental ante lo inacabado es, seguramente, síntoma de cierta complejidad o sofisticación en la educación narrativa. Las asilvestradas en la cultura mainstream, televisiva, hollywoodiense, probablemente tenemos incrustado en el cerebelo esta necesidad imperiosa de ponerle un “the end” aristotélico (planteamiento, nudo, desenlace) a todo. De hecho, las periodistas que trabajamos en las revistas y colorines varios sabemos que los reportajes que mejor prosperan (los que nos compran) son los que ofrecen determinados momentos de desolación, descubrimiento, satisfacción y cierre. Es la “tiranía de la trama” de la que habla Jacques Rancière en “El hilo perdido. Ensayos sobre la ficción moderna” (Casus Belli, 2015). Dice en la página 70:

“En el siglo XX, el periodismo es el gran arte aristotélico. Construye la realidad según un esquema de verosimilitud o de necesidad o, más precisamente, según un esquema que identifique la verosimilitud con la necesidad. Los reporteros enviados en busca de los habitantes pobres en las profundidades del país deben combinar, pues, los marcadores de la realidad individual que dan por cierto el relato con los significantes de la generalidad estadística que muestran esa realidad tal y como ya sabemos que es, conforme a lo que no puede no ser. Es esta identidad de lo verosímil y lo necesario lo que constituye el corazón de lo que se llama consenso”.

 

En un informe elaborado por el equipo de investigación de The New York Times para averiguar qué tipo de periodismo funciona hoy se afirma que “la gente quiere historias con un comienzo claro, un desarrollo y, lo más importante, un final”. Se trata de coger la masa informe de la experiencia y plantear un hilo narrativo que, mediante la herramienta de la adición y la sustracción (la selección), le dé un sentido a la cosa. “En un momento en que encender las noticias o desplazarse por Twitter se siente como un fuente inacabable de información, el deseo de leer historias que empiezan y acaban es particularmente agudo. En lo que parece un ciclo de noticias incesante e interminable, las personas quieren sentir que han llegado al final de una historia o que se han puesto al día con un tema. Buscan contenidos que tengan un punto final. Esto es particularmente importante con el desarrollo de historias de noticias: las personas sienten que a menudo son arrojadas a la mitad de la historia, sin contexto de lo que ya sucedió. (…) A través de nuestra investigación, escuchamos que las personas acuden a historias de sucesos por esta misma razón. Las personas dicen que disfrutan de la naturaleza contenida del contenido: saben que el misterio se resolverá al final. Cuando se trata de noticias, la gente también quiere ese sentimiento de que hay un final”.

La gente también quiere ese sentimiento”.  No se puede explicar mejor el giro emocional de la política y los medios de comunicación, desesperados por encontrarle una argamasa a la desintegración neoliberal.

 

 

La satisfacción emocional de un punto y final no me basta, sin embargo, para explicar porqué el fantasma de Toni resucita tan insistentemente en mi cabeza. Hay algo más que queda no dicho, una expectativa que no se resuelve, un vacío a la espera. Y confieso que he leído cuanto artículo he encontrado en la red sobre el final de marras. La mayoría de ellos elucubra con posibles pistas dejadas por David Chase a lo largo de la serie y que explicarían el fundido a negro como la muerte del patriarca Soprano. Pero, claro, a mí lo que me inquieta no es saber si Toni muere o vive, sino porqué ahora vive en mis pensamientos y en los de mucha otra gente, por ejemplo todos esos articulistas que tratan de buscar una sutura narrativa a un personaje que se queda, aparentemente, en el aire. ¿Qué pasa con ese fundido a negro? ¿Cuál es su función? ¿Qué significa?

Ese telón a traición, sin prolegómenos ni contemplaciones, me parece la genialidad definitiva, ya se trate de una metáfora de la muerte o un mero recurso audiovisual para quitarse de encima la responsabilidad de inventar un final. Me interesan más sus efectos en el plano material: la manera en la que interrumpe el flujo anestésico de la narración es brutal. Logra que experimentemos en propia carne el nivel de sugestión y de ensoñamiento que puede alcanzar un cerebro y cómo funciona el dispositivo de captura que ponen en juego las series de televisión, sobre todo si has sucumbido a la tentación de la sesión continua (el atracón). Da vértigo pensar la cantidad de operaciones mentales que el cerebro va realizando mientras te sumerges completa y pasivamente en las series. ¿Qué negociaciones, renuncias y conquistas se firman en el backstage de la evasión?

Estos meses de encuentros con el fantasma de Toni Soprano me han servido para racionalizar lo que “Los Soprano” ha hecho en mí o lo que yo he hecho de “Los Soprano”, finalmente convertido en el dispositivo que ha desactivado uno de los mecanismos mentales más perversos de todos los que implanta la educación católica: el juicio moral. No solo por comprobar su grandiosa inconsistencia frente al carisma de un personaje que seduce mi subjetividad desde todos los frentes posibles, sino por expresar de una manera tan fuerte la conexión entre la imperiosa necesidad de cierre en la narración y la cuestión moral. Las espectadoras de andar por casa nos esperábamos salvación o ajusticiamiento final, como es habitual, pero no aparece el juez ni ruedan cabezas. ¿Por qué nos aferramos tanto a esta mecánica circo romano?

 

 

“Los Soprano” supone mucho más que una incursión narrativa en el universo cerrado de la mafia neoyorquina. Más bien se sirve de su potencial estético e histórico para que veamos cómo se producen los sujetos, sujetos sujetados a subjetividades fabricadas a partir de un molde que aquí pasa de padres a hijos, hasta que tiene lugar algún tipo de cuestionamiento provocando por los cambios en el contexto. La masculinidad de los mafiosos es imprescindible para llevar adelante el negocio de la extorsión sobre el que gira su medio de vida, pero no es un destino inexorable: en cualquier momento puede producirse una interrupción o sobrevenir un malestar que lleve a atrincherarse aún más en la sujeción o a replantearse lo aprendido. El margen de deriva, si existe tiempo y acomodo para ese trabajo, es enorme. Y probablemente supone darle la buhardilla al juicio moral y pasar al salón a lo político.

 

Soy consciente de que esta puede ser otra ingenuidad. Aún no me resigno a la vida que se centra en evitar el sufrimiento y perseguir el goce. Aún creo en la transformación, aunque sospecho que este impulso tiene más que ver con el catolicismo misionero que con el idealismo (el autoanálisis de la subjetividad no termina nunca). En “La compasión difícil” (Galaxia Gutenberg, 2019), Chantal Maillard escribe:

“Ni el perdón ni la compasión tienen ya sentido. Este es el lugar del Hambre. No hay actos, ni decisiones, ni causas, ni efectos. Tan sólo un agujero blanco que ha de colmarse y gime. Y el batiente, arriba, batiendo sobre la nada”.

¿Es Ana Botín una mujer?

Esta noche veremos cómo Ana Botín (Santander, 1960), la mujer más poderosa de España, número ocho en la lista Forbes con las todopoderosas del mundo, rompe esa ley no escrita que decía que los que mueven los hilos no salen en la foto. Esa política del poder del siglo XX se rompe absolutamente en el XXI, cuando la reputación se convierte en un factor clave para el incremento del rendimiento. La banquera global no quiso en principio tomar en consideración la malísima imagen que la ciudadanía tiene de la banca. De hecho, mientras que Gonzalo Gortázar, consejero delegado de Caixabank, ha sostenido que “lo único que puede cambiar la mala imagen del sector es que la población perciba que hay un cambio de verdad”, Botín defendió que el problema era sencillamente mediático: “A los periodistas les gusta contar lo negativo; las noticias positivas del sector no ayudan a vender periódicos”. A los pocos meses de trascender esta divergencia de opiniones, Ana Botín abrió su cuenta de Instagram, donde se presenta como una viajera, deportista y lectora de ensayos escritos por mujeres y se hace selfies con sus compañeros de oficina en todo el mundo. La planicie de los textos y la nula brillantez fotos es desconcertante en una mujer que tiene tanto poder en las manos.

 

 

Esta noche veremos cómo la gran jefa del banco Santander viajó a Groenlandia para dolerse del calentamiento global junto a Jesús Calleja, el reverso rubio y liviano de Bertín Osborne en televisión. Se trata de la segunda operación de blanqueamiento que Ana Botín intenta, tras sumarse a las filas del feminismo en agosto de 2018 con un post en Linkeding en el que detallaba sus políticas para el avance de las mujeres en su empresa y cómo renegaba del “feminismo de la autosuficiencia” de Sheryl Sandberg. Diario 16 ha ido publicando noticias en las que se evidencia la distancia entre estos movimientos de marketing y las políticas del Santander, con sentencias por acoso laboral, mujeres embarazadas que se acogen a EREs por la exigencia laboral a las que son sometidas. También Público ha explicado cómo los despidos del Santander y el Popular se cebaron en las trabajadoras madres con jornada reducida. Con este nuevo intento de maquillar el negocio bancario gracias a la causa climática, tendremos que volver a citar las conocidas relaciones de financiación del banco con empresas altamente contaminantes o que venden armas.

 

 

El pasado noviembre, en la Conferencia Internacional de Banca 2019 (una reunión internacional del Santander), Ana Botín admitió por fin que su banco pierde dinero debido a la mala reputación y que es esta disminución de los ingresos lo que debe mover la función social (climática, feminista) su recién adquirida presencia pública. “Me gustaría explicarles por qué creo que la confianza es el factor crítico que determinará el futuro de nuestro sector, y también de nuestra sociedad y de la economía tal y como la conocemos hoy”, explicó. “Para un banco, una caída de dos puntos supone un descenso del 21,8% en el crecimiento de los ingresos”. Por supuesto, la pérdida de confianza de inversores y clientes no se debe a desahucios, timos y usura, sino al chivo expiatorio del populismo. “Los errores de unos pocos contaminaron la percepción de la opinión pública sobre todos nosotros. Políticos, empresarios, banqueros… eran personas que inspiraban confianza, de repente lo dejaron de hacer. Todos los sectores y las instituciones se vieron afectados y resultado de todo ello fue un ascenso del populismo”.

 

 

A la insistente pregunta de si Ana Botín es feminista, habremos de sumar ahora si Ana Botín puede ser ecologista, dadas las actividades de la empresa que su familia dirige desde su misma fundación. En su haber, explica ella misma en las entrevistas que este año han ido menudeando en algunos medios, está el plan de eliminar todo el plástico en las oficinas del Santander. ¿Resulta mérito suficiente para una mujer que puede torcer la voluntad de compañías como Endesa, a las que financia a pesar de su amplia contribución al calentamiento global que tanto le preocupa? El Santander es el segundo banco que más dinero presta al carbón en Europa, por detrás de UniCredit: 2.990 millones de euros. Por eso, al observamos los posts de la banquera en Instagram, debemos estar en guardia ante la aparente inocuidad e insustancialidad de sus actividades. Las presiones del Santander para influir en la configuración del actual gobierno han originado ríos de tinta, un papel rector que ya tuvo el patriarca de la saga a la hora de dar su visto bueno, por ejemplo, a la legalización del Partido Comunista. La Transición fue un negocio redondo para el Santander, acreedor de todos los partidos políticos nacionales menos de Podemos.

 

 

Sin embargo, quizá no sean esas las preguntas más pertinentes en el caso de Ana Botín. Más que debatir si es feminista o ecologista, lo que tendríamos que preguntarnos es lo siguiente: ¿ES ANA BOTÍN UNA MUJER? Desde luego, desde el punto de vista biológico e incluso desde el indumentario tendríamos que decir que sí, ya que ella misma se esfuerza por realzar los atributos femeninos dentro de las posibilidades del universo financiero. En este sentido, es interesante contemplarla en sus fotografías de turista, donde la generización es mucho más sutil y hasta desaparece. Pero fuera de este nivel cero, básico, registro primero de lo mujer, ¿podemos afirmar que Ana Botín es una mujer? Ahora que tanto se disputa el sujeto del feminismo para negárselo a las que están en la máxima precariedad social, económica, política, simbólica, ¿qué ocurre si ejercemos la misma restricción categorial con las mujeres que prácticamente han “naturalizado” su fortuna?

 

 

Nuestra santa patrona Simone de Beauvoir escribió en “El segundo sexo”: “No se nace mujer, se llega a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino”. Esta claro: sobre el sustrato material, tiene que existir otra capa cultural que va marcando quién es y no es una mujer. Podríamos señalar muchos vectores de “lo mujer”*, pero quizá muchos de ellos se pueden reunir en un factor ineludible: la subalternidad. Ser mujer también tiene que ver con una determinada relación con el poder. Con la cantidad de poder. Entonces, estamos hablando de una categoría que también es ineludiblemente política y, por tanto, en relación. Recordemos: Ana Botín es la octava mujer más poderosa del mundo. ¿Puede una seguir acudiendo al espacio discursivo de “lo mujer” con las manos tan ahítas de poder? ¿En relación a quién?

En un reciente diálogo entre Marta Segarra y Fina Birulés en el CCCB (minuto 1:03), la primera trajo a colación una discusión a propósito de Condoleezza Rice que tuvo respuesta de Hélène Cixous. En un taller, una participante quiso poner sobre la mesa la importancia de que una mujer negra como Rice alcanzara por primera vez en la historia el puesto de Secretaria de Estado del gobierno estadounidense (época George Bush). Pero Cixous le respondió: “Pero perdona, es que Condoleezza Rice no es ni mujer ni negra”. Efectivamente: su privilegio le impide posicionarse política y simbólicamente como mujer negra por una sencilla cuestión jerárquica. Y ni su discurso ni sus prácticas podrán ser automáticamente asignadas al sujeto político “mujer negra”: su posición es otra. Segarra invitó en su charla a evaluar desde este prisma el discurso de las mujeres con poder que se reclaman feministas: “Cuando hablamos de las mujeres en la política, a lo mejor nos tenemos que preguntar sin son mujeres”. 

 


*Tomo “lo mujer” de la escritora Cristina Morales: “Bueno, yo no sé lo que es una mujer, para empezar. No escribo desde esa posición. La mujer es un término que anda en disputa. Una palabra tan tristemente, tan opresivamente connotada. Más que hablar de la mujer, a mí me gusta emplear la expresión “lo mujer”. O “lo puta”. En ambos casos, no para referirme a un sustantivo en concreto, sino a una dimensión. ¿Qué cabe ahí?”.