Arte y muerte en Regina José Galindo

(Esta es la entrevista a la artista guatemalteca Regina José Galindo que se publicó parcialmente ayer en Yo Dona-El Mundo). 

Mucho del dolor de Guatemala traspasa el cuerpo de Regina José Galindo (Ciudad de Guatemala, 1974), artista, performer, poeta, medium y también víctima del terror que significa existir en un país donde la violencia forma parte de la rutina de las mujeres. Vivir la experiencia de sus performances permite al menos intuir la tragedia social que recorre la población guatemalteca, enferma de una guerra que se hizo eterna (de 1960 a 1996) y del genocidio maya, que exterminó a más de 240.000 personas, muchas bajo la dictadura de José Efraín Ríos Montt, culpable de múltiples matanzas que el sistema judicial guatemalteco no termina de depurar.

La aniquilación de comunidades mayas durante los años 80 extiende su letal sombra hasta hoy, pues su violencia perdura en la violencia que aún sufren las guatemaltecas con total impunidad, como probó el reciente caso de las 41 niñas muertas en el incendio de un refugio estatal. La denuncia siempre a través de su cuerpo de los abusos del poder contra los más vulnerables le ha valido gran reconocimiento internacional desde el principio de su carrera: en 2005 ganó el Leon de Oro en la 51 Bienal de Venecia por “¿Quién puede borrar las huellas”, caminata descalza entre la Corte de Constitucionalidad y el Palacio Nacional de Guatemala dejando huellas hechas con sangre humana, en memoria de las víctimas de la guerra; e “Himenoplastia”, en la que se operó para reconstruirse el himen de la misma manera que se opera a las niñas traficadas.

En 2011 recibió el Premio Príncipe Claus por parte de los Países Bajos “por su capacidad para transformar la ira personal y la injusticia en poderosos actos públicos que demandan una respuesta que interrumpa la ignorancia y la complacencia ante la experiencia de los demás”. En “Hermana” (2010), era abofeteada, escupida y castigada por una compatriota maya-kiché. En “Mientras, ellos siguen libres”, una performance de 2007, se ató con cordones umbilicales reales a una cama-catre de la misma forma que las mujeres indígenas eran amarradas para ser violadas durante el conflicto armado. Galindo estaba embarazada de ocho meses, como tantas otras mujeres mayas embarazadas que perdieron sus hijos debido a múltiples violaciones y que relataron sus casos en el informe “Guatemala, memoria del silencio”.

En su reciente visita a Madrid, Regina Galindo realizó una performance de su proyecto “Presencia”, una denuncia de la impunidad de los asesinatos de mujeres en todo el mundo. La artista concita el espíritu de trece mujeres horriblemente asesinadas poniéndose sus vestidos. En Madrid llevó el último que vistió Mindy Rodas, una víctima del terror machista que a punto estuvo de lograr una nueva vida en nuestro país. Quiso así conectarnos a las de aquí con las de allá, ofreciendo su propio cuerpo como el lugar donde el dolor nos convierte a todas en una.

En tu primera pieza, “El dolor en un pañuelo” (1999), ya hablabas de la violencia contra las mujeres y utilizabas tu cuerpo como herramienta. Lo tuviste muy claro desde el principio…

Sí, en mi trabajo anterior de poeta ya se veía que el género y la impunidad eran temas de preocupación para mí. Pero es que, además, a finales de los 90 la situación era espeluznante, ni siquiera teníamos la Ley contra el Femicidio, que se aprobó en 2008. Es interesante que menciones esa performances porque nos da una idea de cómo se ha descompuesto la sociedad y cómo los grados de perversión e impunidad han aumentado: si entonces aquellas noticias que proyecté sobre mi cuerpo desnudo hablaban de 30 violaciones en dos meses, hoy tenemos dos asesinadas por día y unos índices de violencia sexual terriblemente altos. Es una situación invivible para las mujeres.

La antropóloga argentina Rita Segato habla de una guerra contra las mujeres.

Es una guerra y es el conflicto más antiguo que tenemos. Es espeluznante lo que está sucediendo en Argentina, esta situación de empalar a las mujeres… ¡Parece que se ha convertido en una tendencia! Hoy hablamos mucho más del tema, los asesinatos salen a la luz, la cultura de la denuncia es más amplia, pero el mensaje que damos a los perpetradores es que no hay un castigo ejemplificador a estos crímenes. Los casos suceden a la luz del día, los casos se tratan en los medios de comunicación, pero no han recibido justicia. Tras el incendio en el refugio estatal en el que murieron quemadas vivas41 niñas, una institución dirigida por la esposa del presidente, el juez dejó en libertad con una multa absurda de 1.500 quetzales (casi 130 euros) a los tres directivos acusados. ¿Qué mensaje está dando el gobierno a la sociedad? Si este es el castigo que se le está dando a los responsables de 41 muertes, ¿cuál es el castigo que se le puede dar al resto de perpetradores? Tenemos un problema el el camino hacia la justicia, y no es un problema que existe solo en Guatemala, sino que se da a nivel mundial.

¿Por qué pasaste de la poesía a la performance, a usar directamente tu cuerpo como herramienta expresiva? ¿No bastaban las palabras?

No, no es que sintiera que las palabras no eran suficientes… Claro que la palabra tienen la capacidad de generar todo tipo de cosas. Pero yo tenía una sensación en el plexo solar que me decía que para mí no eran suficiente. Se me removía todo por dentro. En mi caso personal, había una sensación real, que la sentía en mi cuerpo, de que yo necesitaba hacer algo más.

Creo que muchas mujeres sentimos dolor, un dolor colectivo, social, ante cada asesinato en Argentina, en Guatemala, en España.

Al final todas estamos conectadas. No es una cuestión de empatía o sororidad, sino de colectividad: en la medida en que una avanza, todas avanzan; en la medida en que siga existiendo impunidad para una, seguirá existiendo impunidad para todas. Es una cuestión de verse reflejadas en las demás, porque todas tenemos la posibilidad de pasar por esto. Lo que ocurre en Guatemala es que la violencia no solo tiene efectos en la psique de la población, sino que tiene también consecuencias físicas que se traducen en enfermedades. Experimentamos el dolor a nivel físico de una manera terrible. ¿Cómo manejas esta situación de impunidad, de terror? Porque, al final, tú tienes que seguir viviendo en esa situación, en esa crisis. Yo tengo una hija de 10 años. ¿Cómo le explico a esta niña que yo no tengo posibilidad de creer en un mejor futuro? ¿Cómo le explico entonces para qué la traje? Vives en esa constante bipolaridad de rechazar y aferrarte a la vida: el saber que puedes perderla en cualquier momento te hace tener una conciencia de vida muy alta. Vives en una esquizofrenia total.

Supongo que tus performances tienen un componente terapéutico importante…

¿Tú te imaginas que yo me quedara con todo ese ruido dentro, con todo ese dolor enquistado, con toda esa energía que no sale hacia afuera? Cuánto tú llegas a transmitir y a determinar que ese es tu camino de vida es porque lo tienes que hacer. Una artista es artista porque tiene que ser artista. No tienes otra cosa con la cual desarrollarse ni sabes hacer otra cosa mejor. Una no se hace una artista porque eso te da estatus, sino porque es lo que sabes hacer y tienes la necesidad de escribirlo y de decirlo porque si no se te atora dentro y eso se va a convertir en algo más problemático de lo que ya es. Un artista no es un ser privilegiado que tiene más verdad, simplemente tiene una hipersensibilidad que quiere mostrar de forma que sus ideas sean discutidas, sean debatidas. Obviamente hay un ejercicio de catarsis. Obviamente, como en cualquier práctica artística, hay un elemento de curación. Y también aspiras, aunque no lo tienes claro ni es evidente, a que tu trabajo también pueda significar un campo terapéutico para otras personas. Si con tus proyectos logras generar empatía con otros seres humanos, si los otros se conectan con la emoción, la carga del dolor se comparte y resulta menos dura de sobrellevar.

¿Has percibido algún cambio en los públicos en estos casi 20 años de práctica performática?

El hecho de seguir viviendo en Guatemala hace que tengas, como decimos allá, el pellejo curtido. Yo nací en la guerra y crecí en los momentos más terribles del conflicto, cuando masacraban a 200.000 individuos. No tengo sensación de ninguna evolución porque me he desarrollado todo el tiempo en una sociedad enferma. Querer sensibilizar a una sociedad que no tiene memoria, que niega el genocidio s una tarea titánica y estas todo el tiempo dándote contra la pared. Vives en una sociedad con estas condiciones precarias y terribles y violentas pero, al mismo tiempo, sufres la rabia inmensa de que la misma sociedad participa a través de su amnesia y del no entendimiento de que la guerra fue una de las causantes del presente que ahora tenemos. Una, en verdad, se curte. El año pasado Ríos Montt fue condenado por genocidio, pero el juicio se cayo a los 10 días siguientes y la mayoría de la población, o por lo menos la que tenía acceso a ciertos espacios privilegiados, celebró el hecho de que la condena se hubiera caído. Estas personas que festejan la impunidad también sufren la precariedad y la tensión de vivir en una sociedad violenta, también tienen miedo a que les pase algo a sus hijas, pero no tienen la capacidad de entender de que la violencia que están sufriendo sus hijas tiene que ver con la violencia que sufrieron los cuerpos de aquellas mujeres indígenas violadas por el ejército de Ríos Montt. No duele tanto el presente como da rabia una sociedad completamente controlada y anestesiada por el estado.

¿Alguna vez has pensado en exiliarte?

Muchas veces . Para mí es cada vez es más difícil vivir aquí, sobre todo desde que tuve a mi hija. Es muy difícil ser artista en Guatemala porque es un país muy misógino, un país que odia a las mujeres y yo me incluyo en este grupo. A mí se me odia, no se me respeta. A pesar de que tengo 15 años de práctica,la gente sigue diciendo que no soy una artista que hago protesta y que soy famosa porque me desnudo y porque soy puta. Es un discurso que está al alcance de todos. Siempre he defendido el seguir en Guatemala porque es el país en el que hay que hacer, donde creo que estoy aportando algo, pero ahora tengo una niña que crece, y en la medida en que esta niña crece yo me aterro. Me aterro porque es mi responsabilidad la vida de esta niña. Por eso ya no vivo en la capital, aunque me interesa el conflicto real que se vive allí. Tuve que tomar la determinación de moverme a una pequeña población porque mi hija es lo más importante para mi y en la medida en que esta niña crece y está entrando en la adolescencia, yo me aterro. Mis posibilidades de poder salir del país, como guatemalteca, me parecen casi imposibles. Y eso que tengo una carrera como artista. Me ofrecieron una residencia en Alemania que es el sueño de todo artista : dos años con casa pagada, seguro médico, un sueldo de 3.500 euros… Pero cuando fui a solicitar los papeles, me dieron visa a mí, pero no a mi hija. Siendo guatemalteca, asumen que si quieres irte a otro país es para quedarte. Y posiblemente es cierto. En el momento en que me concedieron la residencia de artista o no pensaba más que en trabajar, pero si hubiera podido experimentar una vida más tranquila, probablemente no iba a querer regresar. Eso es evidente.

¿Pensaste antes de ser madre que iba a cambiar tu manera de estar en Guatemala?

Es que no ha cambiado mi manera de estar. Era una mierda y es una mierda ahorita. Solo que el dolor, la preocupación tiene niveles altísimos, porque ya no se trata de riesgos que tomas tú misma, sino que tienes una hija y la visión cambia. La vida de una mujer guatemalteca es invivible. La violencia sexual es terrible. ¿Cómo le explicas a tu hija la sensación que tienes dentro? Yo necesito que mi hija crezca libre y sin ningún tipo de represión. ¿Cómo lo consigo cuando esta niña cumpla 14 años y quiera empezar a salir? En Guatemala, el cuerpo de las mujeres está completamente objetualizado. Un hombre ve a una mujer y, si le gusta, la puede tocar, la puede tomar, la puede violar y, con suerte, queda viva. Esa es nuestra realidad.

Háblame del proyecto que ahora desarrollas: “Presencia”.

Es un proyecto muy complejo para mí, aunque en cuanto a su forma es sencillo, porque en esta pieza lo único que hago es ponerme los vestidos de trece mujeres que fueron asesinadas de la forma más terrible. De estos casos, solo dos tuvieron juicios y procedimientos, el resto quedaron en la impunidad. Trato de mostrar la situación terrible que vivimos en Guatemala, pero señalando que estas situaciones también suceden en otros lugares.

¿Cómo conseguiste los vestidos?

Algunos directamente de los familiares y otros a través de Fundación Sobrevivientes, una organización que ha logrado generar un campo de esperanza. Guatemala es un país con un índice de impunidad del 90%, pero ellos han conseguido llegar algunos pocos casos a condena. En todo momento se habló de un préstamo e informé muy claramente de lo que iba a hacer con los vestidos: cómo se iba a utilizar, que su uso se iba a documentar, que el proyecto jamás se iba a comercializar en una feria de arte ni se iba a trivializar, sino que estaría en instituciones que lo respaldaran. Son familias que no han descansado en la búsqueda de la justicia, y buscan al menos visibilizar su caso.

¿Qué recepción ha tenido en Guatemala y en Atenas, la otra ciudad donde lo has llevado?

Fueron experiencias muy distintas. En Guatemala tuve a alguno familiares en la performance, que se convirtió en una especie de cierre de ciclo. Hubo días muy duros, porque llegó la hija o el esposo y después de unos minutos empezaban a ver en el cuerpo que vestía la ropa a la persona con la que no pudieron llegar a cerrar un duelo. La performance se convirtió en una especie de velatorio, con gente llorando y abrazando mi cuerpo. Nada que ver con lo que sucedió en Atenas.

¿Y en Madrid?

El caso que presenté en Madrid pone los pelos de punta. Tengo que decir que este proyecto a mí verdaderamente me ha desarmado. Es el primero en donde, en verdad considero y tengo la experiencia de que he cruzado la línea del arte. No se trata de una creación de una imagen formal: lo que ha sucedido en estas performances ha cruzado esa línea. Te pongo dos ejemplos. Tenía el vestido de una niña que se llamaba Dorita, una niña con síndrome de Down que vivía en un asentamiento pobre. Su madre no se separa de ella, era su tesoro. Entonces, unos vecinos las agreden, las violan, las torturan y las matan. A la madre la atan y la tiran por un barranco. A laniña la prenden fuego: muere quemada viva. Pues bien: el vestido de la niña quemada, el vestido de Dorita, era el que yo utilicé en la performance que tuvo lugar el mismo día que ocurrió el incendio que mató a las 41 niñas del refugio estatal. No fue calculado: lo que se vio y experimentó en esa performance trascendió la línea del arte. Yo estaba hablando de una situación que al mismo tiempo estaba ocurriendo en la realidad. En ese momento recibimos la noticia de las 41 niñas que murieron en las mismas condiciones. Otro ejemplo: el caso que traje a Madrid. Por algún motivo quería traer el de una mujer, Mindy Rodas, cuyo marido la lleva a un río y con un cuchillo le corta nariz, pómulos y labios. Allí la deja creyendo que está muerta y nadie la va a poder identificar. Milagrosamente, Mindy se salva. Lleva a proceso a su esposo logra meterlo preso, pero a través de un abogado mafioso sale libre. Mindy no desfallece y, gracias a la ayuda de Fundación Sobreviviente, reinicia el proceso. Además, empieza a recibir terapia y ha viajar a México para reconstruirse la cara, porque no puede comer, no puede respirar no puede ni mirarse al espejo. Desafortunadamente, cuando sale de una de sus terapias, la secuestran, la violan, la torturan y la matan. La Fundación logra una condena para su marido por feminicidio en grado de tentativa, porque no se puede probar que fuera él el instigador del crimen. Cuando recibo la invitación de la Asociación de Mujeres Guatemaltecas para venir a Madrid a ofrecer una conferencia, enseguida les propuse realizar una extensión en Madrid del proyecto de “Presencias”, porque quiero que tenga la mayor visibilidad posible. Le digo a su presidenta que hay una historia que me conmovió mucho, porque tuve acceso a sus diarios de terapia y a su vestido gracias a la Fundación, pero no menciono su nombre ni las particularidades de su caso. Entonces, Mercedes, la presidenta de la Asociación de Mujeres Guatemaltecas en Madrid, me cuenta que ellas también trabajan con mujeres violadas y amenazadas y que le impactó muchísimo el caso de una mujer a la que su marido le había arrancado la cara, y que habían intentado traerse a España justo antes de que la mataran. Cuando me contó ese dato mi corazón palpitó. Resulta que Mindy llegó a tener en sus manos los pasajes para viajar a Madrid y poder comenzar una nueva vida con su hijo. Cuando le conté a Mercedes que el vestido que yo tenía y quería traer precisamente a Madrid era el de Mindy, entendimos la razón. Quizá ella, de una manera u otra, quiso llegar a Madrid. No pudimos modificar su historia, su vida de pesadilla, pero logramos finalmente traerla para acá de alguna manera. Otro detalle: el equipo de televisión que grabó mi performance en Madrid es exactamente el mismo que viajó a Guatemala cuando Mindy estaba viva para grabar un documental sobre su caso. Por todas estas cosas es que te digo que, tras quince años de práctica, es la primera vez que siento que estoy cruzando una línea.

¿No te impresiona tocar zonas tan sensibles de la percepción?

Creo que yo misma voy a requerir un tiempo para entender todo lo que está pasando con este proyecto. Yo soy nieta de medium, mi abuela vivía en Nueva York de su práctica como medium y me relacioné desde niña con estas cosas, pero nunca tuve conciencia de estar en el mismo campo de investigación que mi abuela. Siempre pensé que algo me habría permeado, pero jamás tuve la sensación de tocar esos campos. Con este proyecto sabía que lo iba a hacer, pero no tenía ni idea de lo profunda que sería la experiencia. Es un mundo que podemos experimentar, que podemos sentir, pero que aún no podemos entender.

A vueltas con la identidad y la obediencia

Cuanto más me repito e interiorizo que eso que llamamos sujeto no existe más allá de la pura y dura materialidad, que nuestra subjetividad es un producto de los dispositivos del poder, que nos construyen y nos construimos con mayor o menor conciencia de nuestra capacidad para hacerlo, más concluyo que el asunto feminista que más me interesa es el de la obediencia. La teoría feminista desmonta los mecanismos que nos persuaden para que obedezcamos las reglas de la feminidad (las reglas de la inferioridad), mostrando de paso eso tan incómodo de ver y de reconocer como es la necesaria complicidad de las oprimidas, las que hemos naturalizado las reglas como benéficas, inevitables o incluso disfrutables. Una vez que dichos mecanismos alcanzan las meninges, todo es un sobresalto con el propio comportamiento y con la multitud de microfascismos que comienzas a detectar a tu alrededor. Es increíble la facilidad con la que los seres humanos acatamos las órdenes, cuanto más sutiles mejor, y las convertimos en nuestra fuente de feliz infelicidad. Estamos absolutamente confundidos y domesticados.

 

Chantal Maillard lo escribió como nadie en el gran e inagotable libro “La mujer de pie”:

“Es pertinente advertir que el yo, ese pronombre que adhiere al verbo y que señala como propios los actos que realizamos, se consolida con la repetición. En su ausencia queda una huella, una creencia. Sin ella nos sentimos desposeídos de “identidad”: vestido de tul que se tiñe del color de las emociones.

El tul es un tejido que se confecciona sin trama, tan solo mediante el entrecruzamiento de los hilos de la urdimbre. El especial torcido de los hilos permite obtener mallas muy variadas, tan variadas como puedan serlo las modulaciones senti-mentales. La mente tiene sus propios hilos: las cadenas de imágenes que segrega sin cesar. Del tipo de emoción que impregne el hilo dependerá su tono, de igual manera que de los pigmentos que se utilizan en el teñido de la seda dependen la pureza del color y su brillo.

Pero, y esto es lo más importante, por muy variada que sean las emociones son como el tul: sin trama. Nada hay bajo el velo, ningún yo. Según la densidad de la urdimbre el tejido dejará entrever la nada a la que viste o a la ocultará”.

El feminismo que muchas vivimos como una vía hacia la subversión se despliega también en múltiples identidades que, por supuesto, se afirman a través de sus propios sistemas de reglas y consiguiente obediencia. Ahora mismo y desde hace ya algunos meses, he logrado un poco de tranquilidad frente a la tensión que obliga todo el rato a posicionarte admitiendo como únicas reglas las de la justicia encarnada en un cuerpo y una posición determinada. Hoy encuentro más paz en el caos de las de múltiples excepciones que en el orden de la teoría cerrada. Porque incluso cuando busco refugio último en ese anticapitalismo que vive en una nube sin Estado (autotrampa) encuentro siempre motivos para una fuga, una disensión, una contradicción. Es fácil dejarse capturar por el control, la claridad y la seguridad de la obediencia a unas reglas sin excepciones si nos negamos a cuestionar la existencia de la norma misma. ¿Por qué destruimos unas instrucciones para escribir otras? ¿Tanta necesidad tenemos de obedecer a etiquetas, procedimientos, fórmulas?

Jamás dejará de fascinarme la seductora manera en la que las mujeres somos disciplinadas en la obediencia desde nuestra misma infancia. Nos dicen que somos sometidas a la dictadura de la belleza del objeto y nos quejamos de que nuestros cuerpos han de entrar en un molde estándar, pero lo que en realidad se trabaja en nosotras es nuestra sumisión, el doblegar de nuestra voluntad, una suerte de domesticación radical que evita que pongamos en cuestión nuestra posición. Dicho de otra manera: nos programan para no disentir, para no cuestionar, para no plantear problemas. Nuestro fuerte son los protocolos más que la variaciones en la ruta. El confinamiento en el cuerpo y los cuidados no significa solamente que perdamos mucho tiempo en la consecución de unos objetivos intrascendentes, trampantojos en realidad, sino una quema de puentes mentales, la extracción de recursos de nuestra subjetividad. No se puede ser femenina sin ser obediente. Esta pedagogía de la sumisión, tan deudora de aquella otra que sin disimulos planteaba la Sección Femenina de la Falange Española, seguramente tiene que ver con la renuncia de muchas niñas a introducirse en campos profesionales donde detectar problemas y resolverlos es una cuestión central. Just guessing.

Esta didáctica de la obediencia me resulta inseparable en la evidencia de la identidad y la explosión de las políticas identitarias que vivimos hoy a rebufo de los nacionalismos y neofascismos varios. La construcción de una identidad al uso ha de servirse sí o sí de la obediencia a las normas que le dan acceso. El factor acatamiento resulta increíblemente importante a la hora de asumir políticamente una identidad, que se demanda como una posición extrañamente fija. Por eso Lena Dunham no puede adelgazar una vez que se ha constituido como gorda y abanderada del movimiento político por la diversidad de cuerpos. De ahí que Emma Watson no pueda mostrar las tetas una vez que se ha puesto traje de chaqueta para hablar sobre el entendimiento de los géneros ante la Asamblea de Naciones Unidas. Imposible que una feminista lleve velo, tal y como marcan las normas del feminismo hegemónico. Por descontado que este mismo feminismo repudiará los discursos que renuncien a reformar el Estados y aboguen por otro tipo de organización político-social. La urgencia del etiquetado de nuestra relaciones sentimentales tiene el mismo objetivo: identificar, constreñir, adjudicar una posición de la que se pueda extraer una suerte de identidad afectiva que promover o castigar. Intuyo que la militancia en las políticas de la identidad le viene de perlas al Estado, ya que favorece muchísimo la vigilancia de sus miembros. Cada vez tengo más claro lo necesario que resulta sacar todo lo que nos es preciado de los espacios de supervisión social y estatal.

Si hoy se visibiliza tan ordinariamente la relación necesaria entre obediencia e identidad es, probablemente, porque la distinción entre géneros está muriendo. Ojalá este pudrirse de las reglas de lo masculino y lo femenino sea otro indicativo del fallecer del capitalismo, un sistema de organización económica y social que se anunció con el exterminio masivo de las brujas, indomables mujeres con saberes no controlados ni por la ciencia ni por la Iglesia. Con el capitalismo, las normas de los géneros se volvieron las cadenas que llevamos puestas aún hoy, por mor del catolicismo, del control social o de la sumisión autoinflingida en favor de la aceptación de los otros. Paradójicamente, el mismo neoliberalismo que produce un enorme culto a la individualidad, castiga automáticamente la diferencia, condenada al desprecio y la marginación. El sistema permite (e incluso puede llegar a premiar en según qué círculos) ser feminista, gorda, bisexual, andrógina, lesbiana y hasta antisistema, siempre que el cuerpo que se atribuya tales identidades sea sexy, bello, vestido a la moda, rico. Una posición excelente para medir la hipocresía del sistema se sitúa en los cuerpos transexuales, musulmanes, gitanos o negros. Cuanto mayor sea la marginación que se destina a una determinada posición, más moda, más sex appeal y más riqueza requiere para su reconocimiento social.

Este reconocimiento por la vía del consumo me parece, sin embargo, menor. Es cierto que la realidad global de los flujos, económicos, migratorios, financieros, sentimentales, afecta también a la normativa arcaica del sistema sexo-género, que afloja en sus márgenes y en las generaciones más jóvenes para que puedan respirar el espíritu de sus tiempos. Pero estas identidades más dúctiles que sueñan con ser fluidas, estas posiciones en tránsito que hoy observamos en los más jóvenes, siguen muchas veces sujetas a la misma pedagogía de la obediencia que ató a las mujeres, ya que su ruta no incluyó el territorio del activismo político sino que responde a la expansión de los límites del culto al individuo. Me temo que la flexibilidad de las identidades bajo el neoliberalismo no es política, sino comercial. De ahí que me parezca tan importante y tan necesaria la experiencia política del transfeminismo como uno de los pocos lugares donde aún puede deconstruirse la didáctica de la obediencia al sistema heterocapitalista todo. ¿Será por su potencial subversivo que las llamadas feministas TERF, feministas de la poltrona, objeten de manera tan furibunda su integración en el feminismo?

Me desarman estas mujeres temerosas del peligro de disolución de la categoría “mujer” a manos de hombres supuestamente emboscados en lo queer y no cis. Encuentro en su actitud un sospechoso paralelismo con esa población anglosajona que, ante la pérdida del suelo identitario y la esperanza en una vida mejor que ha traído esta globalización a medias que nos han vendido, reaccionan a la defensiva, de la peor manera posible, casi autolesionándose: votando a Trump, votando Brexit. Estas mujeres, estas feministas cargadas de textos y de razones, no han leído a Joan W. Scott, quien en “El género: una categoría útil para el análisis histórico” hace ya 30 años escribía lo siguiente:

“La aparición de nuevas clases de símbolos culturales puede dar oportunidad a la reinterpretación o, realmente, a la reescritura del relato edípico, pero también puede servir para reinscribir ese terrible drama en términos todavía más significativos. Los procesos políticos determinarán qué resultados prevalecen -políticos en el sentido de que diferentes actores y diferentes significados luchan entre sí por alcanzar el poder. La naturaleza de ese proceso, de los actores y sus acciones, sólo puede determinarse específicamente en el contexto del tiempo y del espacio. Podemos escribir la historia de ese proceso únicamente si reconocemos que “hombre” y “mujer’ son al mismo tiempo categorías vacías y rebosantes. Vacías porque carecen de un significado último, trascendente. Rebosantes, porque aun cuando parecen estables, contienen en su seno definiciones alternativas, negadas o eliminadas”.

¿Cómo defender una posición de cambio (un sujeto revolucionario, escribiría en el otro siglo) si esta ha de adscribirse a unas normas, a una obediencia? ¿Dónde podemos encontrar más desobediencia que en cierta posición de las mujeres trans? ¿Dónde más disolución y reconstrucción, en un sistema simpoético muy cerca de como lo sueña Donna Haraway, de la identidad sexual y de género? Hoy, cuando lo otro, a veces encarnado en mujeres, está produciendo tantas tensiones en lo político, parece que se abren otros antagonismos en disputa que no son recibidos con el mismo deseo. La irrupción del otro en el otro por antonomasia resulta tan disruptiva como la aparición de exiliados de guerra en nuestras fronteras: la primera reacción es negarlo, expulsarlo, anularlo. Así, en la construcción del sujeto político “mujer feminista” se sigue la llamada “lógica masculina” que Jorge Alemán define como “una identidad lograda en la medida en que expulsa lo que la amenaza”. No parece que esta lógica masculina entregada a la expulsión de lo distinto sea la idónea en los espacios para el cambio social y político, donde la atomización y la fluidez de identidades y adscripciones, construidas a partir de cuerpos que se reconstruyen constantemente en contacto con lo otro, previene de la existencia de una hegemonía y un consenso obligatorio.

Puede que en la teoría podamos rechazar la dictadura de las identidades, pero la realidad está transitada por cuerpos en los que se inscriben las líneas del poder que le corresponden a sus identidades, ya sea su género, su orientación sexual, su clase, su raza, edad, eligión, adscripción política, nacionalidad, diversidad corporal o funcional, etc. El antropólogo Luis Díaz Viana habla de “identidades de bricolage”, porque estamos constantemente tejiendo y destejiendo nuestro suelo identitario, e insiste en la necesidad de buscar “identidades que sean válidas para el futuro” en vez de “identidades esenciales”. Quizá debiéramos acatar la necesidad de identidades duras allí donde aún se reclama el mínimo de la justicia social y admitir que conforme ascendemos por la pirámide del poder conviene flexibilizar nuestro aferrar identitario. ¿Cómo sino podemos pedir a los hombres devenir mujer y a las mujeres y los hombres devenir musulmanas, precarias o pobres hasta proyectarnos en la circunstancia menos privilegiada de nuestra sociedad? ¿Cómo si no es con una identidad débil, nómada, podremos devenir vaca, cerdo y hasta devenir agua, para entender que nuestros gestos producen círculos concéntricos de afectación que se pierden más allá de nuestra percepción inmediata y son, a su vez, afectados?

Este asunto del role-taking, de ponerse en el lugar del otro, además de un concepto de la psicología, resulta central en la filosofía práctica. Lo leo en la revista Haser, en un fantástico artículo escrito por Alicia de Mingo Rodríguez, de la Universidad de Sevilla. De Mingo explica que ponerse en el lugar del otro es vital en situaciones hermenéuticas donde el sujeto racional y ético no solo ha de ejercer el privilegio de comprender el sentido común de un “nosotros”, sino que ha de ser “inquietado por lo que se refiere a la potencial insuficiencia de un role-taking no ejercitado en una esforzada práctica”. Ponerse en el lugar del otro no puede ser un fin en sí mismo ni encubrir desviaciones, perturbaciones y disensos. Esta investigadora propone que el ponerse en el lugar del otro suponga una “decepción terapéutica” o una “decepción programada” que permita perfeccionar la herramienta como una virtud, en el camino del reconocimiento del otro como un otro diferente, potencialmente disidente y conflictivo que, a su vez, puede reconocernos y que, en ningún caso, podemos suplantar ni puede suplantarnos. En su conclusión, De Mingo pone el foco en la mayor dificultad que enfrentamos a la hora de poner en práctica y perfeccionar esta virtud: no depende de la buena voluntad de uno, sino que requiere de la adquisición de cierto conocimiento expresivo.

Sin embargo, en algunas ocasiones, y en ello se constata que se trata de un problema epistémico, y no tanto de buena o mala voluntad, simplemente no se repara en que el “ponerse en lugar del Otro” debe operar contando con la capacidad expresiva del Otro mismo, es decir, que sólo puede operar eficazmente si previamente en verdad se ha aceptado y accedido a su diferencia, como tal, antes de e incluso más allá de la posibilidad del consenso”.

El deseo de ser señora de la limpieza

Acabo de leer en el Independent que las mujeres que trabajan en la cultura y los medios de comunicación tienen un 69% más de probabilidades de suicidarse de la que indica la ratio nacional. No nos engañemos más: las industrias culturales y las empresas periodísticas se han convertido en verdaderas maquilas donde la mano de obra no solo es barata, sino que se ve obligada a trabajar horas y horas impulsada por el perverso trampantojo del “salario emocional”: estatus, vocación, esnobismo. La progresiva pauperización y precarización de las profesionales que se quisieron clase media nos aboca a una doble intemperie:  el desalojo de nuestro estilo de vida y el derribo de los castillos en el aire de la racionalidad productora-consumidora y la ausencia de las herramientas de las pedagogías de lo precario, lo comunitario y lo antisistema. Estamos en el aire. Desvalidas. Sin red. Y luego está esa sensación de sentirse esquirola en todas partes. Una impostora.

La semana pasada recibí un envío de una agencia de marketing de moda: artículos de papelería de diseño. Están valorados en más dinero del que voy a ganar este mes. Los trabajadores de la cultura hemos de dejar de visualizarnos como clase media y comenzar al vestir el traje obrero del que jamás debimos salir. Si los periodistas tuviéramos la mitad de la conciencia de clase y la capacidad de solidaridad que poseen los estibadores, otro gallo nos cantaría. Escribir gratis, aceptar tarifas de 50 euros por un artículo, viajar sin dietas o quedarse en las redacciones hasta las mil no son comportamientos que van a cesar de pedirnos tras la crisis. De hecho, son el día a día en los nuevos medios. ¿Por qué hemos tragado los periodistas con la perversa confusión entre contenidos y periodismo? Quisimos sobrevivir, pero nos vemos apretando tornillos en la cadena de montaje de la industria del copy-paste nacional.

Las periodistas, al menos las freelance, ganamos menos dinero por hora que las señoras de la limpieza. Eso da la justa medida de cómo valoran los lectores lo que nos ofrecen los medios de comunicación. No hay por dónde cogerlos, pero es que no nos dejan hacerlo mejor. Las que limpian, sin embargo, lo dejan todo como la patena sí o sí. Las periodistas al peso hemos de dejar de aparecer como personajas con cierto poder y reconocernos como las ‘kellys’ de los medios de comunicación. Me fascina comprobar cómo las camareras de los hoteles, mil veces más maltratadas que las periodistas, han logrado tejer su red mientras que nosotras continuamos fingiendo que todo pasará. Ji, ji, ja, ja. El sistema nos ha instruido bien en la competitividad y el miedo a perder la silla. Hoy no solo siento el malestar de mi desclasamiento y mi precariedad, sino a disgusto en mi propia profesión. Ojalá fuera yo señora de la limpieza.