¿Es Ana Botín una mujer?

Esta noche veremos cómo Ana Botín (Santander, 1960), la mujer más poderosa de España, número ocho en la lista Forbes con las todopoderosas del mundo, rompe esa ley no escrita que decía que los que mueven los hilos no salen en la foto. Esa política del poder del siglo XX se rompe absolutamente en el XXI, cuando la reputación se convierte en un factor clave para el incremento del rendimiento. La banquera global no quiso en principio tomar en consideración la malísima imagen que la ciudadanía tiene de la banca. De hecho, mientras que Gonzalo Gortázar, consejero delegado de Caixabank, ha sostenido que “lo único que puede cambiar la mala imagen del sector es que la población perciba que hay un cambio de verdad”, Botín defendió que el problema era sencillamente mediático: “A los periodistas les gusta contar lo negativo; las noticias positivas del sector no ayudan a vender periódicos”. A los pocos meses de trascender esta divergencia de opiniones, Ana Botín abrió su cuenta de Instagram, donde se presenta como una viajera, deportista y lectora de ensayos escritos por mujeres y se hace selfies con sus compañeros de oficina en todo el mundo. La planicie de los textos y la nula brillantez fotos es desconcertante en una mujer que tiene tanto poder en las manos.

 

 

Esta noche veremos cómo la gran jefa del banco Santander viajó a Groenlandia para dolerse del calentamiento global junto a Jesús Calleja, el reverso rubio y liviano de Bertín Osborne en televisión. Se trata de la segunda operación de blanqueamiento que Ana Botín intenta, tras sumarse a las filas del feminismo en agosto de 2018 con un post en Linkeding en el que detallaba sus políticas para el avance de las mujeres en su empresa y cómo renegaba del “feminismo de la autosuficiencia” de Sheryl Sandberg. Diario 16 ha ido publicando noticias en las que se evidencia la distancia entre estos movimientos de marketing y las políticas del Santander, con sentencias por acoso laboral, mujeres embarazadas que se acogen a EREs por la exigencia laboral a las que son sometidas. También Público ha explicado cómo los despidos del Santander y el Popular se cebaron en las trabajadoras madres con jornada reducida. Con este nuevo intento de maquillar el negocio bancario gracias a la causa climática, tendremos que volver a citar las conocidas relaciones de financiación del banco con empresas altamente contaminantes o que venden armas.

 

 

El pasado noviembre, en la Conferencia Internacional de Banca 2019 (una reunión internacional del Santander), Ana Botín admitió por fin que su banco pierde dinero debido a la mala reputación y que es esta disminución de los ingresos lo que debe mover la función social (climática, feminista) su recién adquirida presencia pública. “Me gustaría explicarles por qué creo que la confianza es el factor crítico que determinará el futuro de nuestro sector, y también de nuestra sociedad y de la economía tal y como la conocemos hoy”, explicó. “Para un banco, una caída de dos puntos supone un descenso del 21,8% en el crecimiento de los ingresos”. Por supuesto, la pérdida de confianza de inversores y clientes no se debe a desahucios, timos y usura, sino al chivo expiatorio del populismo. “Los errores de unos pocos contaminaron la percepción de la opinión pública sobre todos nosotros. Políticos, empresarios, banqueros… eran personas que inspiraban confianza, de repente lo dejaron de hacer. Todos los sectores y las instituciones se vieron afectados y resultado de todo ello fue un ascenso del populismo”.

 

 

A la insistente pregunta de si Ana Botín es feminista, habremos de sumar ahora si Ana Botín puede ser ecologista, dadas las actividades de la empresa que su familia dirige desde su misma fundación. En su haber, explica ella misma en las entrevistas que este año han ido menudeando en algunos medios, está el plan de eliminar todo el plástico en las oficinas del Santander. ¿Resulta mérito suficiente para una mujer que puede torcer la voluntad de compañías como Endesa, a las que financia a pesar de su amplia contribución al calentamiento global que tanto le preocupa? El Santander es el segundo banco que más dinero presta al carbón en Europa, por detrás de UniCredit: 2.990 millones de euros. Por eso, al observamos los posts de la banquera en Instagram, debemos estar en guardia ante la aparente inocuidad e insustancialidad de sus actividades. Las presiones del Santander para influir en la configuración del actual gobierno han originado ríos de tinta, un papel rector que ya tuvo el patriarca de la saga a la hora de dar su visto bueno, por ejemplo, a la legalización del Partido Comunista. La Transición fue un negocio redondo para el Santander, acreedor de todos los partidos políticos nacionales menos de Podemos.

 

 

Sin embargo, quizá no sean esas las preguntas más pertinentes en el caso de Ana Botín. Más que debatir si es feminista o ecologista, lo que tendríamos que preguntarnos es lo siguiente: ¿ES ANA BOTÍN UNA MUJER? Desde luego, desde el punto de vista biológico e incluso desde el indumentario tendríamos que decir que sí, ya que ella misma se esfuerza por realzar los atributos femeninos dentro de las posibilidades del universo financiero. En este sentido, es interesante contemplarla en sus fotografías de turista, donde la generización es mucho más sutil y hasta desaparece. Pero fuera de este nivel cero, básico, registro primero de lo mujer, ¿podemos afirmar que Ana Botín es una mujer? Ahora que tanto se disputa el sujeto del feminismo para negárselo a las que están en la máxima precariedad social, económica, política, simbólica, ¿qué ocurre si ejercemos la misma restricción categorial con las mujeres que prácticamente han “naturalizado” su fortuna?

 

 

Nuestra santa patrona Simone de Beauvoir escribió en “El segundo sexo”: “No se nace mujer, se llega a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino”. Esta claro: sobre el sustrato material, tiene que existir otra capa cultural que va marcando quién es y no es una mujer. Podríamos señalar muchos vectores de “lo mujer”*, pero quizá muchos de ellos se pueden reunir en un factor ineludible: la subalternidad. Ser mujer también tiene que ver con una determinada relación con el poder. Con la cantidad de poder. Entonces, estamos hablando de una categoría que también es ineludiblemente política y, por tanto, en relación. Recordemos: Ana Botín es la octava mujer más poderosa del mundo. ¿Puede una seguir acudiendo al espacio discursivo de “lo mujer” con las manos tan ahítas de poder? ¿En relación a quién?

En un reciente diálogo entre Marta Segarra y Fina Birulés en el CCCB (minuto 1:03), la primera trajo a colación una discusión a propósito de Condoleezza Rice que tuvo respuesta de Hélène Cixous. En un taller, una participante quiso poner sobre la mesa la importancia de que una mujer negra como Rice alcanzara por primera vez en la historia el puesto de Secretaria de Estado del gobierno estadounidense (época George Bush). Pero Cixous le respondió: “Pero perdona, es que Condoleezza Rice no es ni mujer ni negra”. Efectivamente: su privilegio le impide posicionarse política y simbólicamente como mujer negra por una sencilla cuestión jerárquica. Y ni su discurso ni sus prácticas podrán ser automáticamente asignadas al sujeto político “mujer negra”: su posición es otra. Segarra invitó en su charla a evaluar desde este prisma el discurso de las mujeres con poder que se reclaman feministas: “Cuando hablamos de las mujeres en la política, a lo mejor nos tenemos que preguntar sin son mujeres”. 

 


*Tomo “lo mujer” de la escritora Cristina Morales: “Bueno, yo no sé lo que es una mujer, para empezar. No escribo desde esa posición. La mujer es un término que anda en disputa. Una palabra tan tristemente, tan opresivamente connotada. Más que hablar de la mujer, a mí me gusta emplear la expresión “lo mujer”. O “lo puta”. En ambos casos, no para referirme a un sustantivo en concreto, sino a una dimensión. ¿Qué cabe ahí?”.

Braidotti/Haraway/Anzaldúa

[Me atreví a leer este texto en un congreso de Filosofía Moral en la Universidad de Ferrol, en la mesa de feminismos sobre figuraciones y conceptos elaborados por filósofas y pensadoras. Aránzazu Hernández Piñero, experta en Braidotti de la Universidad de Zaragoza, me hizo ver un mal uso del concepto de identidad en el texto: debería haber escrito “sujetos políticos”, para referirme a un trascender la herida para realizar un agenciamiento político colectivo. También me hizo ver cierto encantamiento con el marco teórico decolonial de la que entonces eran mis maestras, Ochy Curiel y Yuderkis Espinosa. Tardaré mucho en volver a escribir algún texto de este tipo: qué difícil es para una practicante de la escritura urgente del periodismo, producida a partir de los materiales de otras, hacerse con la precisión conceptual y la autonomía de criterio que son el principio del pensar].

Me gustaría empezar dando las gracias a las organizadoras de la mesa por haber fijado su atención en la imaginación política y ética de las mujeres en este preciso momento en el que no dejamos de escuchar que no nos llega la imaginación para inventar las soluciones que necesitamos. Sin embargo, no pueden parecerme más fértiles y productivos los textos feministas que tomo en consideración para llevar adelante mi tesis, un intento de fundamentar una posible práctica del periodismo en las ontologías relacionales. Desde mi percepción muy mediada por lo mediático de las discusiones políticas entre académicos, me encuentro muchas veces con que filósofos y, en general, pensadores de lo político desarrollan ideas o plantean problemas que ya han sido tratados largamente por las filósofas y pensadoras feministas. Recientes debates que enfrentan dicotómicamente clase e identidad o ciertas exhortaciones a que la clase media abandone su pretensión de neutralidad y universalidad pocas veces (jamás que yo haya leído) tienen en cuenta las conceptualizaciones y desarrollos teóricos que las feministas inventaron para dar cuenta de la creciente complejidad con la que se despliegan las tramas de poder en el mundo. Esta fatal desconexión me convence aún más de que la imaginación que esperamos está ya entre nosotras, a la espera de ser encarnada.

Quisiera acercarme a las figuraciones del yo elaboradas por Gloria Anzaldúa, Donna Haraway y Rosi Braidotti precisamente desde este ángulo: como apuntes para futuros posibles a la espera de ser mayoritariamente valorados como tales. Al fin y al cabo tenemos entre manos lo que Remedios Zafra llama “movimientos hacia la fantasía”, dispositivos que permiten que imaginación, ética y política trabajen juntas. Me sitúo también en un querer pensar afirmativo que permita sortear la condición póstuma diagnosticada por Marina Garcés: se trata de la fascinación por el apocalipsis, el virus del fin del futuro que se ha instalado en la ideología dominante, la parálisis ante proceso de regresión acelerado en el que la muerte, el colapso o la extinción ocupa el centro y en el que solo es posible actuar y pensar para paliar la emergencia. En el contexto de la necropolítica neoliberal, con la subjetividad gerencial o del emprendedor que se autoexplota como destino de vida unánimemente producido (así lo diagnostica Wendy Brown en su ensayo El pueblo sin atributos), estas figuraciones feministas fuertemente arraigadas en cuerpos, biografías y territorios, ajenas en principio al universo de lo utópico, pueden parecernos utopías imposibles. Tal impresión nos da la medida no del tipo de imaginación de Anzaldúa, Haraway y Braidotti, sino de la clausura de modalidades para nuestra existencia. De hecho, Braidotti considera que las ficciones políticas desplegadas por las figuraciones de la imaginación feminista pueden ser más eficaces a la hora de reinventarnos que los sistemas teóricos.

Borderlands/La Frontera, la autobiografía poético-política que Gloria Anzaldúa publicó en 1984, es un relato sobre el proceso de conquista de la propia subjetividad de una mujer chicana, lesbiana y pobre que tiene que lidiar con la colonialidad (del ser, del poder, del saber), el malestar en la propia cultura originaria, el racismo, la insuficiencia de la lengua materna (ni buen inglés ni buen español), el rechazo a lo queer o la explotación laboral. Finalmente llega a la figuración de La Nueva Mestiza o mujer-puente: aquella que construye su identidad y su conciencia política a partir de sus luchas y de su múltiple origen racial, lingüístico e histórico, que lucha contra el sexismo y el machismo y que se propone romper con los binarismos sexuales, las diferencias raciales y las definiciones excluyentes que restringen a las mujeres, sus identidades y sexualidades. Lo interesante de La Nueva Mestiza es su tránsito permanente entre identidades diversas que necesitan ser negociadas constantemente para entenderse y aceptarse y entender y aceptar lo ajeno. Esta cualidad móvil, esta fluidez, pone hoy de manifiesto la paradoja de un mundo global en estado líquido en el que una consideración diversa de las identidades continúa siendo problemática. De hecho, la fragilidad creciente de nuestras condiciones de existencia nos convierte a la mayoría en seres abocados a vivir en algún momento de nuestra vida algún tipo de experiencia de frontera. Por ejemplo, al pasar de la clase media al precariado; o al encontrarnos en la tesitura de romper el pesado marco de la heteronorma; o al convertirnos en migrantes y extranjeros y ser víctimas del clasismo y la xenofobia.

La epistemología fronteriza de Anzaldúa posee hoy un alcance que supera con creces el territorio en el que ella se pensó. Podemos acercarnos a ella como una pedagogía que nos muestra una salida posible en situaciones en las que nos vemos desarraigados, obligados a romper nuestros marcos de pensamiento, o como una forma de relación con el mundo: podemos convertirnos en mujer-puente. Para Anzaldúa, cada acto de conocimiento supone tender un puente y cruzar, pues entrar en contacto con los otros no queda más remedio que abandonar momentáneamente el territorio de nuestros significados familiares y transitar a un terreno nuevo donde solo es posible y productivo escuchar, observar y transformarse. En Borderlands Anzaldúa confiesa que su esperanza de transformación primera está depositada en las mujeres, en que “la mano izquierda, la de la oscuridad, lo femenino, lo primitivo” sea capaz de “distraer el impulso diestro, indiferente, racional, suicida que, sin control, podría convertirnos a todos en lluvia ácida en una fracción de milisegundo”.

Donna Haraway, bióloga estadounidense muy conocida por el Manifiesto ciborg publicado precisamente el mismo año que Borderlans, puede estar en las antípodas vitales de Anzaldúa, pero como ella recurre a la frontera a la hora de construir su relato biopolítico. En Las promesas de los monstruos: Una política generadora para otros inapropiados/inapropiables, publicado en 1989, Haraway escribe: “Todos estamos en zonas fronterizas quiasmáticas, en áreas liminales en las que se están gestando formas nuevas y tipos nuevos de acción y responsabilidad en el mundo”. En esta frase se concentra lo esencial del pensamiento monstruoso de Haraway: la constitución de nuestro cuerpo como frontera abierta y la responsabilidad y el poder que de ello se deriva. La frontera pasa de territorio concreto que encarna una subjetividad determinada, a metáfora de una posible experiencia vital en la que somos conscientes de que nuestra esencia es afectar y ser afectados. Somos frontera abierta al ensamblaje con humanos y no humanos, ya sean orgánicos, animales, o tecnológicos. Y al ensamblarnos de esta manera con lo que parecía inapropiado e inapropiable devenimos monstruos que poseen un enorme poder regenerador. Dan vida a la vida. Logran existencias dignas de ser vividas.

El arte contemporáneo ya ha comenzado a ensayar monstruos como los soñados por Haraway el siglo pasado. Un ejemplo es el proyecto Coro de mejillones, de la ingeniera y artista australiana Natalie Jeremijenko. Jeremijenko utiliza la inteligencia natural de estos animales que cierran su concha cuando detectan una toxina como el plomo o el zinc de la siguiente manera: mediante unos sensores, logra que una señal se transmita al ordenador cada vez que se abren o se cierran y traduce la señal en notas musicales. Así podemos conocer la calidad de nuestras aguas gracias al cántico en diferido de los mejillones. En el ensamblaje monstruoso entre los mejillones y el saber de Jeremijenko no existe un destino salvífico ni un progreso, sino “interacción permanente y multiforma mediante la que se construyen mundos y vidas”. Emerge de este tipo de articulaciones otro tipo de autoridad que no emana de ningún estatus ontológico ni de ningún poder para representar, sino de la relacionalidad social. Es precisamente la legitimidad proviniente de la relacionalidad la que pone en peligro a las poblaciones originarias que defienden sus territorios del extractivismo corporativo y estatal. Su íntimo lazo con la selva, el bosque o la ribera les permite trascender la lógica representativa de la tecnociencia, y aparecer ante todos no ya como objetos, sino como sujetos investidos de esta nueva autoridad capaz de conformar lo que Haraway considera “colectivos poderosamente articulados”.

Haraway asegura que estos monstruos pueden lograr cosas asombrosas, de ahí que se hayan convertido en objetivo de la necropolítica: en 2016, 201 activistas defensores de la tierra murieron en 24 países latinoamericanos; en 2017, 217. Solo en México, los asesinatos de indígenas y activistas han aumentado un 400%, pero los países donde estos activistas corren más peligro son Brasil y Colombia. El caso que puso este asunto en la agenda mediática mundial fue el de la hondureña Berta Cáceres, víctima de varios atentados hasta que fue tiroteada solo un año después de haber recibido el Premio Goldman, conocido como el Nobel Verde. La investigación se saldó con la detención de nueve personas, entre ellas un exviceministro de Recursos Naturales y Ambiente y el presidente ejecutivo de la Empresa Desarrollos Energéticos S.A. (DESA), que desarrolla proyectos hidroeléctricos en el país. Los sectores mas violentos son, además del energético, la agroindustria y la minería.

Rosi Braidotti no piensa ajena a los efectos destructivos del capitalismo, sino precisamente contra ellos. Elabora su figuración del sujeto posthumano desde un mundo en el que se ha deshecho la dicotomía entre naturaleza y cultura, con un nivel de mediación tecnológica jamás visto, una panhumanidad conectada, plantas y animales modificados genéticamente, vulnerabilidad, epidemias, violencia xenófoba, éxodos, guerras y amenaza de extinción global: una situación de frontera civilizatoria. Su propósito es que abandonemos hábitos de pensamiento históricamente sustentados en favor de una “visión descentrada y multiestratificada del sujeto en cuanto identidad dinámica y mudable situada en un contexto cambiante”.

El sujeto posthumano no solo rompe definitivamente con el sujeto descartiano y kantiano, con el ciudadano de la Modernidad, sino también con la supremacía de la cultura y las significaciones en los procesos de subjetivación: no existe en ellos la captura de una neutralidad preexistente por parte de una razón trascendental eurocéntrica, una normatividad heterosexual o ninguna otra ubicación estática. El poder se distribuye de maneras distintas en la subjetividades que, a su vez, producen múltiples formas de resistencia. No se trata de que el contexto histórico y los códigos culturales no tengan papel en la conformación de subjetividades, sino que son sometidos a una constante revisión actualización y transformación. De alguna manera, el sujeto posthumano trata de ponerse a la altura de este tiempo acelerado y fluido abrazando el aquí y ahora con el mismo deseo vitalista que Spinoza desplegó cuando escribió “nadie sabe lo que el cuerpo puede”.

Otro elemento clave del sujeto posthumano de Braidotti es su relacionalidad, un factor que alcanza valor ontológico y fundamenta una ética afirmativa y la política que de ella pueda extraerse. La interconexión de cada cuerpo con todo lo que le rodea y afecta se rige por el principio de sostenibilidad de todo el conjunto relacional, que termina alcanzando a una comunidad ampliada a lo global. De ahí que, para mantenerse dentro de los umbrales de sostenibilidad, Braidotti proponga una serie de marcos dinámicos en los que experimentar las relaciones, entre los que se encuentran el principio de no rentabibilidad, el énfasis en lo colectivo, la aceptación de contaminaciones virales, o el papel central de la creatividad. La dimensión creativa, visionaria, profética, metafórica es el corazón de este proyecto y se activa desde la afirmación, la innovación y la radicalidad feminista y poscolonial.

La propuesta de Rosi Braidotti ha suscitado muchísimas críticas, entre ellas la de una impotencia política producida una posición puramente academicista. Sí se admite su utilidad para producir microprácticas para la vida cotidiana, pero se consideran inútiles si no van acompañadas de un proyecto de macropolítica global. Son objeciones que, acaso dentro de una consideración de lo político muy centrada en lo institucional y lo macroeconómico, parecen esperar algún tipo de rentabilidad inmediata o a gran escala de dispositivos poético-políticos que buscan afectar de otra manera. Son críticas que, además, se realizan muchas veces desde el exterior de las epistemologías feministas debido a la desconexión con la producción filosófica de las mujeres de la que hablamos al principio.

En general, se suele admitir la contribución del pensamiento feminista a las reflexiones que incumben a la categoría género, pero fuera de ese dominio es difícil disputar la voz. Esta centralidad de género es especialmente importante en el feminismo español, quizá porque el primero es un ingrediente esencial en las políticas públicas progresistas y el desarrollo y operatividad del segundo tuvo mucho que ver con el impulso que recibió del partido socialista durante los años 80 y 90. Cuesta abrir el par feminismo-género de forma que emerja la utilidad política de los otros feminismos, esos que exploran las diferencias encarnadas que trascienden el concepto jurídico de igualdad o la potencia emancipadora de las ontologías relacionales, los análisis antirracistas y las herramientas situadas, como ocurre en el feminismo decolonial, negro, chicano o caribeño. Sin embargo, una consideración fuertemente política de las epistemologías situadas y sus figuraciones podría ampliar el horizonte de lo posible para las mujeres, sobre todo ante la amenaza de lo que la filósofa italiana Ida Dominijanni llama “espectralización del feminismo”, en el que este se limitaría a reaparecer una y otra vez como un fantasma vacío de significado con el objetivo de domesticar nuestros deseos y naturalizar el orden de las cosas.

Contra la espectralización del feminismo, y también contra el régimen anestésico de la sensibilidad que produce la inmersión mediática, podría funcionar el antídoto de un feminismo reconstruido a partir de connotaciones fuertes, que recurra a herramientas conceptuales que ofrezcan resistencia a su captura por parte del aparato neoliberal. Unas herramientas que bien pudieran provenir de los conocimientos situados de las figuraciones poético-políticas del yo que crean las pensadoras materialistas y de frontera. Asumir como eje los saberes concretos surgidos de la ubicación precisa de los sujetos en lucha no significa arrumbar unas agendas por otras, sino visualizar exactamente para qué nos reunimos sin dar a nada ni a nadie por sentado. Reconocer la expresión situada de subjetividades que responden creativamente ante el imaginario común, reelaborando sus deseos, expectativas y demandas desde su posición de sujeto concreta, quizá pueda hacer que el feminismo deje de ser percibido como lucha sectorial y se ofrezca a todos en todo su potencial emancipador. Un feminismo capaz de acoger a las mujeres-puente que llevan años entre nosotros. Mujeres como Natalia Andújar, profesora y activista que publicó en su cuenta de Facebook una reflexión que hubiera podido firmar Gloria Andalzúa:

Cansada del concepto de identidad, de los discursos identitarios. Cansada de la manera estanca en la que hoy en día teorizan lxs intelectuales, en la que asignan espacios y maneras de sentir ajenas a nuestra propia realidad. Cansada de lxs expendedores de carnets, de lxs que tienen el poder de nombrar y clasificar, de lxs que nos reducen a ser una etiqueta, un concepto simple, no permeable, inmóvil, razonable y racional. Cansada de no encajar en ninguno de esos lugares llenos de geografía vacía, que solo cobran sentido fuera de sus fronteras porque sin ellas dejan de existir. No vivo en la frontera, soy frontera. Mujer y musulmana. Feminista y musulmana. Española y migrante. Francesa y extranjera. Madre y maternidad mestiza. Urbana y amputada de la naturaleza que me habita. Charnega y catalana. Racional e hipersensible. Egoísta y entregada. Soy y no soy. Aspiro a que las fronteras desaparezcan, pero si es para crear nuevos centros invasivos, me quedo en mi frontera, con sus travesías tortuosas y pasajes solo aptos para equilibristas pero con la certeza de poder disfrutar algún día de la libertad que nos ofrece la montaña elevada. Ese lugar que atraviesa las barreras creadas por los hombres y nos lleva a un estar profundo, que se comunica a través de un lenguaje universal que nos habla de nosotrxs entre ecos silenciosos de eterna respiración. Solo en la práctica diaria del equilibrio podremos encontrar el camino recto.

Optimismo cruel

 

 

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Mantener la ficción de la meritocracia –si trabajas duro lo conseguirás, el esfuerzo lo puede todo, el talento tiene premio, etc.– pasa una factura enorme a las generaciones jóvenes, especialmente vulnerables a los mensajes de este tipo que lanzan constantemente las celebrities, micro y macro, que siguen en las redes. Es lo que Laurent Berlant ha teorizado en el concepto OPTIMISMO CRUEL: la gente joven debe continuar inexorablemente en pos del éxito y la felicidad a pesar de su imposibilidad. Es más: perseguir la felicidad se convierte precisamente en el mayor obstáculo de su consecución.

Los hombres me cuentan a Rosalía

SI entendemos nuestro tiempo a través de sus manifestaciones culturales o, al contrario, las estrellas de la cultura expresan para todos los públicos las claves de un tiempo, ¿quiénes son los intérpretes, los llamados a desencriptar esos sentidos, los que nos guían en la tarea de entender y entendernos? La figura que nos interesa, por su vinculación con lo sacerdotal, nos impele a emanciparnos y a elaborar nuestra propia vía de acceso a “lo divino cultural”. Sin embargo, ni estamos tan emancipados de las interpretaciones ni aún en el caso de máxima desvinculación están estas libres de una metainterpretación que las ponga a vivir.

Hoy viene al caso Rosalía, esa artista en la que ya hay quien quiere ver la otra España, la que consuela de la ranciedad tradicionalista con su vistoso collage de sonidos. Rosalía es ahora mismo un lugar de poder para la interpretación, pues su nombre excita la lectura y todo intérprete es un poco parásito de su objeto. La disputa por el objeto Rosalía en las secciones de cultura de los medios de comunicación marca la posición de poder del crítico: no es lo mismos escribir la crónica del Sporting de Gijón que la del Real Madrid. Nótese la comparación de la cultura con el fútbol, dos campos de la información igualmente misóginos.

No se trata de impugnar las crónicas que leemos hoy, aunque salta a la vista que todas repiten ciertos lugares comunes y solo dos alcanzan a compensar el tiempo que se echa en leerlas, sino de darnos cuenta de que fijan y dan esplendor a la interpretación única fijada por el hombre que lo hace todo en el periodismo cultural y que replican sus clones en toda la cadena de producción de contenidos bajo coste. Lo que hoy leemos sobre Rosalía es una especie de acuerdo interpretativo avalado por cierta élite sacerdotal. La narración de un tipo de relación que se desvela, en la repetición machacona de ciertos valores y percepciones por parte de distintos autores, como un relato atado y bien atado a lo ya dicho y escrito. Los textos sobre Rosalía son expresión de una única subjetividad, esa que los defensores del periodismo sin géneros creen universal. Textos aparentemente inocuos que son esencialmente políticos, pues producen mirada, mundo, sentido, valores. ¿Los valores de quién?

 

Hay un periodista cultural que lo escribe todo.

Nos ponemos sus gafas, aprendemos sus definiciones.

Dentro de nosotras vive este señor con sus interpretaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ni el cuerpo es nuestro, ni termina donde suponemos

[Esta es la versión primera de un texto que se publicó el pasado 20 de julio en la revista Mujer Hoy]

Cómo en las buenas novelas de detectives, las pistas están a la vista, no se esconden. Basta con fijarse en las noticias virales. El Dalai Lama confiesa a una periodista de la BBC que podría sucederle una mujer siempre que esta fuera atractiva, porque de lo contrario “no tendría demasiada utilidad”. En general, el Dalai Lama opina las mujeres “deberían gastar más en maquillaje” para ocultar su fealdad. Billie Eilish, la estrella pop de 17 años que admitió usar ropa ancha para evitar juicios de valor sobre su cuerpo, aparece públicamente con una camiseta de tirantes y los comentarios sobre el tamaño de su pecho por poco echan abajo Twitter. Cierra DeepNude, una aplicación que “causa terror entre las mujeres” al servirse de la inteligencia artificial y una base de datos de 10.000 desnudos para generar a partir de cualquier retrato vestido una imagen realista del cuerpo desnudo. Amaia saca disco y es noticia que aparezca sin nada de ropa en la portada, que no se depile o que no use sujetador.

La evidencia es abrumadora. El cuerpo de las mujeres es noticia sí o sí, por lo uno o por lo otro, todos los días, prueba de la fiscalización pública y el control al que se le somete. Resulta paradójico que nuestra cultura máximamente individualista consienta aún este tipo de colectivización simbólica. Así, se considera de mal gusto abundar en la riqueza de la propiedad privada de los hombres ricos, pero no se censuran los comentarios calificativos sobre las hechuras corporales de famosas o desconocidas. Cualquiera puede puede opinar, juzgar y legislar sobre nuestros cuerpos, con el resultado de miedo interiorizado y alerta extrema ante cualquier transgresión de la norma corporal socialmente más valorada. Por eso la frase “me da miedo engordar” desvela mucho más de lo que dice. Claramente, el patético objetivo de los creadores de DeepNude no era imaginar desnudos de mujeres “reales”. Pretendían valerse del miedo que produce el control del cuerpo femenino, de la vergüenza y el pudor que infiltra la norma corporal, para amedrentarlas. Lo mismo que los que violentan y chantajean haciendo circular vídeos e imágenes de desnudos obtenidos en confianza. ¿Cómo hemos llegado a convertir el cuerpo de las mujeres en un crimen?

Tenemos mal cuerpo. Es un mensaje que recibimos desde niñas hasta que nos morimos. Y en vez de aprender a amarlo como lo que nos constituye, como la materialización de lo que somos o lo que nos permite aventurarnos y conocer, nos enseñan a cuestionarlo (por estar siempre por debajo de la perfección) y a considerarlo únicamente en su vertiente sexual. La reducción de todo al sexo, lo sexi y la seducción explica absurdos como que las tenistas, a diferencia de sus compañeros, no puedan cambiarse la camiseta sudada en la pista. Nuestra cultura le da toda la cancha a los cuerpos hipersexualizados de las mujeres jóvenes en los anuncios de publicidad o los videoclips, pero reacciona con repugnancia cuando el pecho que se expone no es sexi. Increíblemente, la visión de un cuerpo de mujer que no se ofrece para el consumo sexual (por ejemplo, el de una madre que amamanta en público) resulta hoy un escándalo. Rosa Cobo, socióloga y directora del Centro de Estudios de Género de la Universidad de A Coruña, diagnostica una ampliación de la sobrecarga de sexualidad que tiene nuestro cuerpo desde los años 80: “Existe una poderosa presión normativa para que las mujeres hagan de su cuerpo y de su sexualidad el centro de su existencia vital”.

Por suerte, lo que muchas generaciones de mujeres naturalizamos y normalizamos se vive hoy con incomodidad y rebeldía. Muchas jóvenes tratan de escapar a este régimen de control como pueden: reapropiándose de su cuerpo y liberándolo del miedo a ser mostrado (como Amaia) o sacándolo del escaparate en el que es expuesto (como Billie Eilish). Aún así, es tan prolija la legislación que nos vigila que difícilmente pueden estas rebeldías trascender de lo puntual al alivio consistente. La mirada valorativa y sexualizante atrapa tanto a la diputada que se sube al estrado como a las Kellys. Esa mirada, la conocemos todas, produce la ficción de un juego de poder falso, envuelto en el caramelo de la vanidad. John Berger lo escribió así en “Formas de ver”: “Los hombres examinan a las mujeres antes de tratarlas. En consecuencia, el aspecto o apariencia que tenga una mujer para un hombre puede determinar el modo en que este la trate. Para adquirir cierto control sobre este proceso, la mujer debe abarcarlo e interiorizarlo”.

Instaladas en el fetiche, tenemos dificultades para elaborar una autoimagen que esté a la altura de nuestro potencial real. Y a los ojos del que nos mira como tal, nuestro proyecto gira fundamentalmente en torno al cumplimiento de este rol. En “La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres”, Siri Hustvedt escribe lo siguiente: “Los hombres ignoran o suprimen a todas las mujeres porque la idea de que puedan ser rivales en términos de logros humanos resulta impensable. Verse frente a frente con una mujer, cualquier mujer, es necesariamente castrante”. Es tan antiguo este orden de cosas, que no es extraño que haya quien lo asuma como natural. Desde los orígenes griegos del pensamiento occidental, nuestra cultura destina a los hombres (la mente) –el reino de lo racional, del pensamiento, de la inteligencia– y a las mujeres (el cuerpo), lo emocional, el placer, lo intuitivo, pasivo y engañoso. Por eso nuestro valor, como el de cualquier objeto, reside en su belleza y capacidad para seducir al que la mira. Somos por ello responsables de las respuestas corporales que provocamos, sean violentas o silentes. Así lo repiten hasta sentencias.

En “El mito de la belleza”, Naomi Wolf desgrana los mecanismos que nos llevan a valorarnos sobre todo en cuanto a cuerpo y las implicaciones que esto tiene.”Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no está obsesionada con la belleza de las mujeres, está obsesionada con la obediencia de éstas”, escribe. “La dieta es el sedante político más potente en la historia de las mujeres: una población tranquilamente loca es una población dócil” insiste. En realidad, la atención desmedida que destinamos a la moda, la belleza, las dietas, el fitness y, en general, a gestionar la ansiedad que nos produce no alcanzar la perfección corporal, es tiempo que le quitamos a nuestros proyectos de vida. Hemos cambiado unas servidumbres por otras. “La mujer victoriana se ­redujo a los ovarios de la misma manera que hoy se ha reducido a la belleza”, concluye Wolf.

No es una exageración. Un reciente artículo de The Guardian realiza una consistente comparación entre la globalmente deseada estética de las Kardashians y la de las mujeres del XIX: el esfuerzo y dedicación que supone a ambas la consecución de la belleza es un trabajo a plena jornada. Alexis Karl, especialista en aquella época, relata cómo la obsesión de la socialité Virginie Gautreau (Madame X en el maravilloso retrato de John Singer Sargent) por parecer apenas viva (imperaba el look de extrema debilidad de la tuberculosis) se pintaba con tinta azul las venas de los brazos, el cuello y hasta por encima del maquillaje facial, una especie de lacado que podía romperse en mil pedazos ante cualquier gesticulación. Kim Kardashian también tiene que cubrir gran parte de su cuerpo debido a una psoriasis y, gracias a su última colección de maquillajes para el cuerpo con seductores brillos irisados, también podremos hacerlo todas nosotras. Tengamos psoriasis o no.

Lo que nos jugamos es la confianza y, por el camino, nuestro proyecto de vida. Terminar colgadas del espejo (o del selfie) como la madrastra de Blancanieves. Las investigaciones confirman desde hace décadas que sumergirse en las revistas de moda y redes sociales que sostienen la ficción inalcanzable del cuerpo único no solo nos lleva a tener un peor concepto de nosotras mismas, sino que puede llegar a enfermarnos. Según datos de la organización británica Social Issues Research Centre, en 1917 la belleza femenina ideal alcanzaba los 64 kilos y medía 1,64 metros. Hace 25 años, las tops pesaban alrededor de un 8% menos que la media. Hoy ya es un 23% menos. Solo un 5% de la población femenina posee las condiciones genéticas necesarias para alcanzar tal objetivo. Si sumamos el requisito de la belleza, probablemente no llegaría al 1%. No nos extrañe que, como asegura Sara Bujalance, directora de la Fundación Imagen y Autoestima, el malestar de las niñas con su propio cuerpo comience alrededor de los seis años.

Rosalind Gill, socióloga y profesora de la Universidad de Londres, ha detectado cómo están evolucionando las estrategias de control sobre nuestros cuerpos gracias a su investigación del fenómeno del “body positive”, ese mensaje global que nos anima a querernos a nosotras mismas en todo tipo de anuncios. Para Gill, esas exhortaciones a que logremos autoconfianza contra el viento y marea de un mundo a la contra no solo termina invalidando nuestros malestares, ansiedades e inseguridades, sino que nos disuade de la tarea de desmontar esa dominación que interiorizamos y naturalizamos. Y lo que es peor: nos hace creer que somos responsables a título individual de esta insuficiencia perpetua que nos afecta, “exculpando instancias sociales, políticas, económicas, culturales y corporativas de su papel a la hora de mantener y reproducir la desigualdad y la injusticia”. Solo nosotras tenemos, una vez más, la culpa.

La trampa de la “buena presencia”

[Este texto se publicó el 4 de mayo en “Mujer Hoy”, la revista de los sábados de ABC].

“¿No ha visto que se pedía buena presencia?”. Así despacharon a Mary Carmen Bozal, periodista zaragozana y treintañera, en una entrevista de trabajo a la que se presentó perfectamente arreglada, maquillaje impecable y look a estrenar incluido. Pecó de candidez: cualquier mujer con una talla superior a la 44 sabe que sus posibilidades son mínimas en los procesos de selección que proclaman el requerimiento expreso de la equívoca “buena presencia”. Si hubo un tiempo en el que tal cosa significó aseo y un vestir apropiado para hombres y mujeres, ese tiempo pasó. Bajo este lugar común se embosca hoy la demanda juventud, delgadez, feminidad y cierta capacidad de seducción que sirva como reclamo de venta para los clientes. No es una cuestión anecdótica: según Manpower, tres de cada cuatro nuevos puestos de trabajo que se crearán este año pertenecen al sector servicios, una tendencia que confirma la terciarización del empleo en nuestro país.

 

“¿Dónde están las gordas?”, se pregunta el colectivo francés Gras Politique (Grasa política) en el ensayo “Gros” n’est pas un gros mot” (“Gorda no es una palabra malsonante”), publicado recientemente en el país vecino. Podemos hacer la prueba en las calles más populosas y caras de nuestras grandes ciudades: no nos atenderá ni una. En las tiendas de moda lujosa o rápida, bares de barra o restaurantes de moda, recepciones de hotel ‘boutique’ o con estrellas, en las terrazas, heladerías, librerías o tiendas gourmet impera ya la misma ley que en los informativos de la tele: solo se admiten mujeres esbeltas, jóvenes, maquilladas discretamente y subidas a un tacón no más alto que el de sus potenciales clientas. “Cómo vas a vender una ropa que tú no te puedes poner”, le espetaron a Carla Álvarez, hoy teleoperadora en Madrid, cuando se postuló como vendedora para una conocida firma de lencería. Los sindicatos confirman que una gran marca de moda española envía a sus trabajadoras más veteranas y expertas a almacenes, mientras que las jóvenes atienden a los clientes en tienda.

Beatriz Romero, politóloga y colaboradora de Weloversize.com, también se las ha visto con este filtro estético que pocas veces se menciona abiertamente. “Soy autónoma, pero no dejo de buscar constantemente oportunidades de empleo. En cuanto veo que entre las condiciones de la oferta de trabajo ponen ‘buena presencia’, la descarto inmediatamente. En su momento se me hizo muy duro asumir que jamás podría trabajar de camarera ni en tiendas de moda por no cumplir con ciertos cánones estéticos. Ahora que paso de los 30, me sigue dando pánico enfrentarme a que me rechacen por culpa de mi peso. Ya es bastante malo tener que escuchar comentarios paternalistas que pretenden ser bien intencionados sobre lo bien que estaría “con unos kilos menos”.

El sesgo del llamado aspectismo, demoledor en los trabajos cara al público, llega a oficinas, talleres y despachos. A Gisela Aibar, administrativa de 54 años, su jefe le comentó un buen día que la había contratado “aunque le habían dicho que era ‘grande’”. Elena Andía, geóloga especializada en talla de gemas y especialista en diamantes, la rechazaron en una joyería por estar “demasiado gorda” (aunque no tiene ni rastro de obesidad) y le recomendaron que cenara “dos o tres yogures desnatados”. Un estudio de 2010 publicado en “Journal of Applied Psychology” reveló que las ejecutivas muy delgadas cobraban unos 22.000 dólares más al año que sus colegas y las delgadas, 7.000 más; por el contrario, las gruesas perdían 9.000 y las muy gruesas, 19.999. Además, otro estudio de 2013 constató que entre un 45 y un 65% de los CEO estadounidenses está gordo, un exceso que no se les consiente a las mujeres si pretenden ascender: solo un 5-22% de ellas tiene sobrepeso.

En tiempos en los que el mercado laboral adelgaza a pasos agigantados, los sesgos que los empleadores aplican para descartar demanda aumentan. Las mujeres partimos de una posición de desventaja, sea cual sea nuestro físico: el Observatorio Social de La Caixa reveló hace unas semanas que una mujer en igualdad de condiciones con un hombre tiene un 30% menos de opciones de llegar a un proceso de selección que este. En España no contamos con estudios similares a los estadounidenses acerca de cómo influye el físico en las remuneraciones y ascensos, pero si tomamos como referencia algunas investigaciones francesas, la influencia de los sesgos podría estar llegando a extremos ridículos. Según el sociólogo Jean-François Amadieu, las mujeres rubias pueden cobrar hasta un 7% más que las morenas pero, en contrapartida, lo tienen más difícil para alcanzar puestos de responsabilidad. El maquillaje es también un factor de peso: llevar ‘eye liner’ y labios rojos puede aumentar en casi 6.000 euros el bruto anual.

Sí existen datos al respecto de la discriminación por edad, aunque aquí más que un sesgo tendríamos hablar de un problema estructural grave: según los últimos datos de la EPA, España tiene 497.400 parados en la franja de edad de los mayores de 55 años, un 126% más que en 2008. Si a tener más de 55 le sumamos ser mujer y entrada en carnes, migrante, musulmana, gitana, trans o diversa funcional, el objetivo de lograr un trabajo se vuelve casi utópico. En el Estudio de Percepción de la Discriminación elaborado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 2013, la discriminación más aludida en la encuesta después de la de la edad y la del género es la del aspecto físico. De las personas que se habían sentido discriminadas en este sentido durante aquel año, el el 42,4% había sufrido la postergación en el ámbito laboral, el 36,1% fue humillado en la calle y el 24,6% en tiendas, locales de ocio, bares y similares.

La situación tiene su dosis de paradoja, pues justo ahora que echamos en falta los cuerpos de todos los tamaños, colores y generaciones en los entornos laborales, se ensalza y financia más que nunca el valor de la diversidad. Peggy Johnson, vicepresidente ejecutiva de Microsoft, ha confesado recientemente que lo que ha logrado reimpulsar el liderazgo de la compañía ha sido romper con “el modelo único de talento” (clones de Bill Gates), para reclutar a personas “con distintas experiencias vitales, origen geográfico y socioeconómico, cultura, edad y etnia” y “trabajar sobre los sesgos inconscientes”. Lo suyo no es filantropía: un reciente estudio de Boston Consulting Group (BCG) ha encontrado que la diversidad impulsa en un 19% los beneficios anuales de las empresas, gracias a su capacidad para producir innovación. La consultora McKinsey & Co., en un estudio realizado en 12 países, ya avanzó en 2015 que la diversidad cultural, étnica y de género va ligada a un mejor desempeño productivo de los equipos.

En España, la Fundación Diversidad promovida por la Fundación Alares representa el Charter de la Diversidad de la Comisión Europea, una iniciativa para promover el valor de la inclusión en las empresas. Alejandra Vázquez, coordinadora de proyectos de la fundación, confirma que son ya más de 900 compañías las que se han comprometido firma mediante a formarse para lograr este objetivo. Un dato consigna el optimismo de Vázquez acerca de la progresiva concienciación empresarios y ejecutivos: en 2016, un 20% de los firmantes del Charter afirmaban hacer uso de la práctica del currículum ciego, un porcentaje que en solo dos años ascendió hasta el 31%. Además, España es un referente en la consideración de la discapacidad, gracias sobre todo a esa cuota obligatoria del 2% de personal con este tipo de diversidad en las empresas de más de 50 trabajadores.

“Lo que más falta hace en el empresariado español es la formación, tanto específica en género como en diversidad. En el Charter, cada país trabaja las áreas en función de la circunstancia social. Por ejemplo, en Dinamarca no inciden tanto en género como nosotros porque lo tienen muy avanzado, pero en cambio sí han enfocado mucho el tema de los refugiados, que allí ha tenido mucho impacto. Aquí la prioridad es la gestión generacional: recuperar el talento senior que ha desaparecido de las empresas con las prejubilaciones. Nos hace también falta un poco de impulso en la cuestión lgtbi: implementar medidas para que se sientan completamente incluidos y puedan, por ejemplo, pedir días para casarse tranquilamente”. La cuestión del aspectismo o la gordofobia “no entra dentro de nuestro proyecto”.

En la empresa de reclutamiento Hays, Noelia de Lucas, directora comercial y experta en diversidad, reconoce que tampoco se ha parado a pensar jamás en que pudiera existir este tipo de discriminación. “Imagino que cuando las empresas diseñan sus planes de diversidad los enfocan a los colectivos que han detectado que necesitan apoyo, de ahí que el colectivo que mencionas no aparezca…”. En su opinión, la minusvaloración de la capacitación laboral debido al físico puede ser más una cuestión de “autosabotaje”: “El peor enemigo de las mujeres somos nosotras mismas y otras mujeres. Muchas veces juzgamos severamente y por el aspecto físico a otras mujeres, más que los propios hombres. Nos ponemos más presión de la que deberíamos tener. Todo el mundo tiene sesgos inconscientes sobre muchas cosas, de ahí la importancia de los currículos ciegos, pero jamás me había planteado que hubiera un sesgo de este tipo ni he visto datos específicos sobre él”.

La desaparición de los físicos poco agraciados de la vista del público general preocupa, y desde hace tiempo. En 2012, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero quiso incluir en su proyecto de Ley de Igualdad de Trato no solo las postergaciones que ya figuran en las legislaciones anti-discriminación (sexo, religión, edad, discapacidad, orientación sexual y origen étnico), sino otras cinco variables más: características genéticas, apariencia física, patrimonio, origen nacional y lengua. Esta ampliación se basaba en un informe elaborado por Fernando Rey Martínez, Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Valladolid, y David Giménez Glück, Profesor de Derecho Constitucional, Universidad Carlos III, para la extinta Fundación Ideas. “En el convencimiento de que la discriminación es un fenómeno mutable que ha de ser perseguido allí donde se presente, sea contra minorías étnicas, contra las mujeres, pero también contra nuevas dimensiones, como los sin techo o los obesos”, afirmaban.

Los autores ampliaban la consideración de “suelo pegajoso” a los grupos sociales “aislados y sin voz” que se convierten en “no-ciudadanos o ciudadanos de segunda categoría” por no aparecer ni en los escenarios de actividad pública ni en los medios de comunicación. Pensemos: ¿cuántas mujeres con físicos no normativos nos representan en la política o salen en televisión? En realidad, el señalamiento del diferente comienza en la escuela (Aldeas Infantiles SOS denuncia que el acoso escolar ha aumentado a un ritmo entre el 20 y el 22% anual en los últimos diez años), se transforma en invisibilidad en los espacios públicos y culmina en segregación en el acceso al trabajo. Los datos son tozudos: en 2008, “International Journal of Obesity” desveló que, en Estados Unidos, la discriminación hacia las mujeres por su peso iguala en frecuencia a la ocasionada por motivos de raza y hasta puede superar las tasas de discriminación por edad o sexo. En España, la discriminación por origen étnico o racial aún es la más percibida (64%), se­guida de la discriminación por discapacidad psíquica (60%) y por aspecto físico (55%), según el informe “Evolución de la discriminación en España 2013-2016” del Instituto de la Mujer y el CIS.

En los sindicatos reconocen que luchar contra este estado de cosas es complicado, más allá de denunciar los anuncios que piden directamente mujeres jóvenes y talla 38. “Tratamos de introducir en los convenios colectivos correcciones para que no se recurra a estereotipos, pero es cierto que no hemos incidido demasiado en el factor de la edad o la talla como vectores de diversidad”, reconoce Cristina Antoñanzas, vicesecretaria general de UGT. Lola Santillana, secretaria de Empleo, Cualificación Profesional y Migraciones en Comisiones Obreras, explica porqué no existen datos ni denuncias de las mujeres. “Cuando un anuncio pide expresamente “buena presencia”, las mujeres que no están delgadas ni se maquillan ni pueden ir a la moda directamente no se presentan. No pueden denunciar que son discriminadas en un proceso de selección porque son ellas mismas las que se autodescartan. No solo no saben que están siendo postergadas, sino que se sienten avergonzadas. Dan por hecho que no las van a coger”.

Pese a esta dificultad, el filósofo y sociólogo jienense José Luis Moreno Pestaña ha logrado elaborar un sólido marco teórico respaldado en casos a lo largo de un trabajo de investigación culminado en su ensayo “La cara oscura del capital erótico” (Akal). Moreno Pestaña desvela los sacrificios, a veces hasta llegar a los trastornos alimentarios, que realizan las aspirantes a trabajar cara al público (camareras, vendedoras, artistas, periodistas…) para adquirir y conservar la delgadez y estar al día en cuanto a las tendencias de moda, condiciones indispensables para obtener trabajo. Se trata de una “marca de clase” de las familias de los estratos sociales medios y altos, cuyo estilo de vida y socialización ha integrado la “necesidad” del deporte y la estetización, que ellas deben replicar. Aunque las trabajadoras casi mileuristas apenas puedan costeársela debido a la escasez de tiempo y escasos recursos económicos y puedan terminar recurriendo a ayunos y otras prácticas nocivas. “En la situación actual, los hijos de las clases medias-altas compiten con ventaja porque sus padres los llevan a natación, gimnasia… Los educan en ese modelo de delgadez que les favorecerá para lograr trabajo”, explica el investigador.

Para este filósofo existen dos alternativas para interrumpir lo denomina “racismo estético”: oficializar el requerimiento estético para estas profesiones feminizadas y que los convenios colectivos reconozcan la necesidad de un salario y un horario adecuado para que las mujeres puedan trabajar su apariencia sin riesgos para la salud; o reconocer que el factor estético, un patrón de apreciación social con más de tres siglos de historia, es irrelevante a la hora de vender bien, comunicar, atender una barra o cantar. “Se comprueba fácilmente en el mundo de la alta costura, donde personas muy valoradas y con apariencias poco ortodoxas –algunas muy gordas– diseñan para todo tipo de cuerpos”, explica. “Por otra parte, la exhibición e insinuación erótica no tiene porqué formar parte de la atención de un público en un museo o en una empresa de viajes”.

Gracias al trabajo de Moreno Pestaña, Comisiones Obreras Andalucía creó el pasado mes de febrero un grupo de trabajo para explorar las discriminaciones debidas al físico. Nuria Martínez, secretaria de Condiciones de Trabajo y Salud Laboral, advierte de que “hemos interiorizado los sesgos hasta el punto de que nos parecen normales”, de ahí que no choque que las trabajadoras de más edad y físico menos deseable se releguen a los lugares sin visibilidad y nos atiendan casi siempre mujeres jóvenes y delgadas, las mismas que se suben a los escenarios, se ponen delante de las cámaras o ascienden hasta los lugares de poder. Su objetivo es proteger a las que deben esforzarse más para lograr disciplinar el cuerpo. “Queremos intervenir en aquellos centros de trabajo en los que los “supuestos” requisitos del puesto unidos a unas precarias condiciones de trabajo pueden terminar siendo un cóctel brutal para las mujeres, porque desgraciadamente la mayoría de los sectores entre los que se produce discriminación corporal están feminizados: cajeras, camareras, dependientas de tiendas de moda, peluquería, estética, relaciones públicas, monitoras de gimnasios, bailarinas, cantantes, actrices, modelos, presentadoras, etc.”.

Martínez recuerda el caso de una joven secretaria de un prestigioso bufete que debía mantener irreprochable su traje de chaqueta talla 38 a lo largo de una jornada laboral que llegaba a las 10 horas, pero su única opción para comer en media hora y con su sueldo era hacerlo en un banco en la calle. Este caso es paradigmático no solo por la imposibilidad de acceder ni a la comida sana ni al gimnasio que requiere un cuerpo joven y delgado, sino por el estrés y la angustia que supone el esfuerzo extra de mantener una apariencia inmaculada en estas condiciones y el sufrimiento psicológico que puede desencadenar. Una regulación adecuada podría democratizar el acceso a los medios que permiten lograr la imagen intachable que se exige en según qué profesiones, pero lo realmente democrático sería que todos los tipos de cuerpos, de cualquier edad y condición, pudieran desplegar su talento sin temor a consideraciones estéticas. Que la próxima vez que entráramos en esa tienda de moda o encendiéramos la tele nos preguntáramos: ¿porqué aquí no hay mujeres mayores, gordas, gitanas o con discapacidad?