Mis problemas con en el activismo cultural

Todo empieza con una molestia racionalmente incomprensible. No se trata del rutinario enfado de cada día sobre los contenidos mediáticos, sino una rabieta interior, sorda, insistente, ante iniciativas y contenidos que hace unos pocos meses podría haber defendido con la misma rabia que ahora me producen.

–¿Qué me pasa, doctor?

–Está usted derivando, señora. Derivando y deviniendo.

Los textos, si vienen cargados de sentido y potencia, no pasan por una sin consecuencias. Las feministas han intentado metaforizar tal efecto en la ñoña pero cierta expresión “ponerse las gafas violetas”. El mundo, al menos para las mujeres, no vuelve a ser el mismo tras leer teoría feminista. Se produce un cambio interior con efectos en el mundo exterior. Existe un vuelco, un subidón sanador y un volver a la Tierra equipada con otras ideas, otros objetivos y otras armas. También hay bajas en los afectos, porque lo personal es político.

Este primer clic feminista no fue, en mi caso, una estación término, sino una primera etapa. No por una ansia de saber sino más bien por mi adicción a las sensaciones. Los textos de las teorías críticas ofrecen lugares para la maravilla que ya no puede ser alcanzada por otros medios, por unos motivos o por otros. Además, el viaje no te lleva ya fuera del mundo, sino que te proponer sumergirte en él a través de experiencias vicarias. Esa maravilla tiene, como sucede con todo lo que afecta al cuerpo, un coste que no afecta a la salud, pero redistribuye los afectos y afectaciones. Lo que una vez satisfacía, puede de repente significar nada.

Me agarro fuertemente a esas pequeñas molestias, a esas rabietas aparentemente injustificables (que muchas veces libero en forma de tuit o en Facebook) porque son el ruido que hace mi derivar. Una deriva teórica (pero ya sabemos que lo teórico es también sensación y, por tanto, vida) que se topa con la posibilidad de un devenir. Me matriculé en un diplomado en pensamiento andino (del que jamás había oído) y feminismo decolonial (ni idea tampoco) en un puro derivar que, ahora, tiene enormes consecuencias en mi sentir y en mi pensar. Voy a tomar una muy primera lectura de lo que es el devenir de este artículo que no me canso de leer y citar.

“Devenir”, en primer lugar, es sin duda cambiar: ya no comportarse más ni sentir las cosas de la misma manera; ya no hacer las mismas evaluaciones. Sin duda no cambiamos de identidad: la memoria permanece cargada de todo lo que hemos vivido; el cuerpo envejece sin metamorfosis. Sin embargo, “devenir” significa que los datos más familiares de la vida han cambiado de sentido o que ya no mantenemos las mismas relaciones con los elementos habituales de nuestra existencia: el conjunto se juega de otra manera.

Recapitulando: debido al devenir al que me ha llevado la deriva, ya no me creo mi propio activismo cultural de hace un año. ¿Por qué? ¿Qué es lo que ahora me incomoda y me pica? ¿Qué es lo que se me rebela que antes dormía? Tras empollar el asunto una semana, he podido realizar un primer giro básico: no se trata de desacreditar la manera en que las mujeres deciden hacer activismo, sino constatar que no es ese el activismo que yo suscribiría ahora. No se trata de menoscabar la labor de Clásicas y modernas, Leticia Dolera o tantas otras instancias feministas del ahora, sino de identificar las razones por las cuales a mí ya no me sirven.

Las razones tienen mucho que ver con haber tenido la oportunidad de mirarme en el espejo del feminismo blanco, burgués, etnocéntrico, racista y eurocentrado que nos colocan delante las pensadoras decoloniales. Contemplar el retrato que de nosotras hacen las que luchan contra la colonialidad me parece un mínimo gesto de respeto hacia nosotras mismas y hacia las demás. La interseccionalidad, ese concepto que tanto usamos para aliñar en los textos académicos, supone la asunción de la cortedad de nuestros análisis feministas y del privilegio epistémico de los diagnósticos y soluciones de las que el poder sitúa bajo nuestros pies. Si el motor del feminismo es el desvelamiento de los procesos de dominación para impulsar el cambio social, queda doblemente subrayada esa tarea por la necesidad de asumir los análisis de quien más opresiones logre identificar. De otra manera, no haríamos más que sumar otra línea de dominación, la de las mujeres blancas y burguesas, a la que ya sostiene la hegemonía. Lo que se produce es un mínimo ensanchamiento, no un ascensor, ni siquiera una escalera.

Al ver el ciclo “Ni ellas musas ni ellos genios” de Clásicas y modernas, una asociación que ha aportado incontables análisis sobre la postergación de las mujeres en el mundo de la cultura, este año siento incomodidades que no sentía el año pasado, cuando el mismo ciclo se anunció en el mismo lugar (CaixaForum). Me cuestiono el sempiterno círculo cerrado de referentes femeninos que se barajan siempre en sus propuestas, una genealogía nada disruptiva y más que aceptada en el círculo mediático androcéntrico, portadora de un universo de ideas que no llega a cuestionar el sistema mismo, sino simplemente a rogar, pedir, solicitar un sitio el él. Es la misma cultura de las élites la que sigue circulando en el sistema, avalada por una mascarada de feminismo al que le han robado la subversión.

Esta dislocación que ahora es tan evidente, pude detectarla en fase inicial en un texto en el que descubrí, para mi propia sorpresa, que ya no me importaba nada la lucha por la visibilidad y el poder en las estructuras decadentes de los medios de comunicación tradicionales. Quiero decir: mi primer paso en el feminismo fue precisamente para denunciar la ausencia de creadoras en las secciones de cultura de los periódicos. Esa fue mi primera afectación real y ahí comenzó una travesía. La mujer que clamaba por un lugar para las autoras en los suplementos culturales de los periódicos ha desaparecido. Hoy me parecen un lugar caduco y decadente que tendríamos que abandonar a su suerte e incluso me parece una complicidad indeseable participar de esa estructura sin llevar a ella ideas para su propia autodestrucción.

Cuando escupí el tuit “La agenda-setting del feminismo se produce mediáticamente en el hilo que va de Coixet a Dolera” sentipensaba precisamente esto: que las mujeres que aparecen en los medios de comunicación hablando de feminismo lo hacen porque son el máximo grado de subversión que los mismos medios toleran como funcionales a su supervivencia. Se admite hoy como funcional que las mujeres de las élites reclamen un reparto más equitativo del poder: dado que las mujeres se han empoderado como consumidoras para las que el sesgo de género es importante, resulta conveniente producir artefactos culturales que satisfagan sus necesidades de representación. Hablamos de un reparto mínimo, no de un trastocar de nada.

Alguien me preguntó en Twitter: “¿Has leído el artículo de Coixet? ¿En qué no estás de acuerdo?”. Le contesté: “Si te encargaran una columna en El País, ¿qué escribirías?”. Creo que las feministas blancas nos hemos lanzado a los espacios que el poder nos ha concedido paternalista e interesadamente sin demasiada reflexión. Los hemos tomado en nuestro propio beneficio, para nuestra propia causa, en nuestra egocéntrica primera persona, como si tal aprovechamiento fuera a redundar en un beneficio real para nosotras o para las generaciones venideras. Es un espacio tan endeblemente construido y tan ladinamente concedido, que basta un acuerdo de voluntades para confiscárnoslo. Lo hemos utilizado de tal forma que puede ser considerado la puntual consecuencia de una moda pasajera y, como vino, irse. Tal es la naturaleza de la concesión amable que no requiere que se revuelvan las raíces del poder.

¿Qué ocurriría si estas mujeres a las que millones de “otras” estamos impulsando como portavozas no hablaran tanto de los suyo sino de lo de las demás? ¿Acaso no ocasionaría más conmoción al sistema movilizar la situación de las madres solteras en paro, las Kellys, las gitanas, las viudas o los huérfanos desatendidos de la violencia machista; los viejos que se suicidan, los dependientes sin cuidadores o los migrantes; las mujeres que viven y trabajan en los bares que las explotan, las que viven el racismo como el pan nuestro de cada día, los pobres, que conformarse con pedir “más directoras de cine”? ¿No vendría eso por añadidura en una conmoción mucho más profunda y transversal? No digo yo que haya que anularse. No pretendo que Coixet y Dolera no hablen de su libro, pero si ambas se tiene por feministas, si en su horizonte de deseo está la emancipación de todas, ¿por qué se limitan a colaborar con las estrategias del mercado mediático en vez de convertirse en infiltradas, en caballos de Troya, en productoras de grietas? 

En el pequeño “Ilustración radical”, Marina Garcés defiende el poder de las humanidades como herramientas de cambio, asunto sobre el que se explaya en una reciente entrevista (no pongo el link porque es de un medio de comunicación liberal) hace un paralelismo con el ecologismo que viene muy bien para lo que trato de expresar:

“Hay un ecologismo conservacionista, que es el de los ricos que quieren seguir disfrutando de la naturaleza y lamentan su pérdida. Frente a ello, está lo que algunos llaman “ecologismo de los pobres”, que es el que cuida su hábitat porque le va la vida en ello. Pienso que el compromiso con las humanidades tiene que ser hoy del mismo tipo: no son un patrimonio a conservar sino un ecosistema en el que nos jugamos aspectos fundamentales de nuestras vidas, especialmente los menos ricos y por tanto más sujetos a las transformaciones del actual sistema de reproducción social. Lo que está en disputa hoy no es si hay más o menos asignaturas de letras en los curriculums, sino qué sentidos de la experiencia humana podremos compartir y elaborar en condiciones de igualdad y de reciprocidad”.

A mí me interesa más un feminismo que se preocupa por cuántas mujeres llegan a ser directoras, pero mucho más por cuántas mujeres pueden pagarse la entrada para ir al cine. Y me mueve un activismo cultural que se abre a otras genealogías y otros discursos no dominantes, justo aquellos silenciados que colocan ante nuestros ojos el retrato del monstruo que nos negamos a ser. ¿Por qué ninguna feminista ha denunciado que una mujer blanca haya sido puesta al frente de la primera cátedra de Cultura Gitana que ha creado la universidad española, en la Universidad de Alicante?

Atención a esto que dicen Dolores Sánchez (historiadora) y Maite Larrauri (filósofa) a propósito del libro que han escrito juntas, “Contra el elitismo. Gramsci: manual de uso”, en esta entrevista en Radio Nacional:

–(Sánchez): “Nosotras compartimos con Gramsci, desde nuestra modestia, que la cultura ha de abandonar posiciones elitistas, es decir de minorías, ponerse al servicio de la construcción de una nueva mayoría de progreso, una mayoría social que tiene finalidades de cambio democrático y progresista. Y nos revolvemos un poco contra la situación española, donde la cultura, por una serie de determinaciones que han venido siendo dadas a lo largo del franquismo y luego de una transición que ha tenido muchos claros y algunas sombras, ha acabado siendo una cultura hecha, pensada, dictada desde medios de comunicación determinados y que se ha movido y ha circulado entre una serie de minorías y que ha tenido una escasa vocación de ser cultura popular, huyendo de las connotaciones peyorativas del término. No quiere decir una cultura devaluada, sino una cultura para la mayoría”.

Existe en el feminismo, al menos en mi feminismo, una complejidad de clase y de raza que no encuentro en las portavozas que, supuestamente, me corresponden. Sin ser yo negra ni pobre. Esa deriva tiene que estar en el feminismo que es ideología, que es revolucionario, que es político. Todo lo demás es reproducir al monstruo que decimos combatir. Es hipocresía o espejismo. Es una camiseta.

Escupamos sobre los suplementos culturales

Hace unos meses, descubrí cómo “El Cultural”, uno de los suplementos culturales más jóvenes del mercado y con dos mujeres en los lugares de mayor poder y peso (la dirección y en la sección literaria) camuflaba una supuesta mayor atención a la creación femenina tras distintos subterfugios cosméticos. La creación literaria sigue siendo terreno vedado a las mujeres españolas, pues la crítica se niega a visibilizar sus obras y al hacerlo niega su calidad y credibilidad. Comparto aquí las conclusiones de mi observación, que puede ser consultada enteramente AQUÍ.

Como hemos visto en el análisis de los datos, el “El Cultural” no acierta a la hora de reconocer el talento y la pertinencia de la creación literaria de las autoras españolas, ni siquiera en un momento de especial apertura de todo el campo social y político a la visibilización de lo femenino y lo feminista. Esta postergación y expulsión no afecta solo a las narradoras, sino también a las críticas, relegadas a un número ínfimo y a unas categorías predeterminadas de novedades editoriales que no alcanzan los espacios de la máxima reputación en la revista. Recurrir a las autoras extranjeras como vía para añadir un mayor porcentaje de autoría femenina al total reseñado puede ser una expresión más del sesgo misógino y elitista del androcentrismo o un reflejo de la manera de operar de las propias editoriales, estas sí interesadas en conectar con un público femenino pero dispuestas a hacerlo a través de traducciones de autoras que han triunfado ya fuera de nuestras fronteras y a las que se le supone el prestigio de lo extranjero.

Nos encontramos, pues, con una revista cultural que no parece preocupada por su propia permeabilidad al cambio social y las mutaciones que habrá de llevar a cabo para seguir en contacto con una masa lectora suficiente y renovable. Esta decisión editorial no solo puede tener carácter puramente ideológico y formar parte de la identidad de marca de “El Cultural”, sino que encuentra un definitivo refuerzo en las particularidades del sostenimiento mismo de la revista, dependiente de sus tres grandes patrocinadores (Telefónica, Banco Santander, La Caixa). Estos encuentran en su asociación con “El Cultural” una ligazón con la alta cultura, el canon tradicional más rancio y el universo de los grandes genios que pueden hablarse de igual a igual con los grandes actores del sistema económico y financiero. Aquí se revela expresivamente el miedo a que la presencia de lo femenino degrade la percepción de “El Cultural” ante sus sostenedores, en línea con el prejuicio que adjudica automáticamente a lo femenino los valores negativos de los fenómenos (Freixas, 2009: 79- 81). En esta hipótesis, la minusvaloración de la obra de las autoras españolas por parte de “El Cultural” sería, sobre todo, una cuestión de supervivencia de la propia publicación.

¿Cómo interpretar, entonces, el alineamiento general de las autoras españolas favorecidas por “El Cultural” y por la industria editorial en contra de las cuotas? La percepción general entre las autoras es la de que cualquier herramienta que favorezca la entrada de mujeres al mercado editorial puede menoscabar su propio talento. Vemos cómo existe una defensa de la propia posición, en vez de un reconocimiento de las dificultades que enfrentan sus colegas y herederas. Siguiendo a Simone de Beauvoir, podemos hablar incluso de cierta pretensión de elitismo y hasta de obturación: “La cultura no ha sido jamás sino patrimonio de una élite femenina, no de la masa; y es de la masa de donde han surgido con frecuencia los genios masculinos; las mismas privilegiadas encontraban a su alrededor obstáculos que les cerraban el paso a las grandes cimas. Nada podía detener el vuelo de una Santa Teresa, de una Catalina de Rusia; pero mil circunstancias se concitaban contra la mujer escritora” (1975: 180).

Parece claro que la facilitación de la entrada de un mayor número de mujeres en el mercado editorial pone en peligro a las que ya están instaladas en él y no solo a los hombres que tuvieran que ceder sus posiciones. Los efectos de las cuotas en las instituciones educativas y políticas son fulminantes a la hora de visibilizar realmente el talento disponible (Russ, 2005: 10). Pero, además de permitir que el talento femenino se abra paso sin tantos obstáculos, despoja de la categoría de excepcional a las que han llegado por unas razones o por otras, aumenta el número de mujeres escritoras visibles y dificulta la invisibilización de las mismas en el relato histórico. “When the memory of one’s predecessors is buried, the assumption persists that there were none and each generation of women believes itself to be faced with the burden of doing everything for the first time. And if no one ever did it before, if no woman was ever that socially sacred creature, “a great writer”, why do we think we can succeed now? The specter of “If women can, why haven’t they?” is as potent as it was in Margaret Cavendish’s time” (Russ, 2005: 93).

Este fenómeno de la acumulación numérica de casos, lo estamos viendo ahora mismo en la denuncia masiva de abusos sexuales en Hollywood, Westminster o el Parlamento Europeo, resulta central. La renuncia a la excepcionalidad de la autoría, la impugnación de un punto de vista crítico masculinizado (Segura, 2001: 21) y la apertura a experimentar la lectura como experiencia relacional y política aparecen como condición necesaria para derruir el principio de inferioridad y exclusión de las mujeres (Bourdieu, 2000: 59). Se trata de un movimiento decisivo en este momento definido ya como de “rearme patriarcal”, en el que parece que solo a fuerza de un estratégico agrupamiento numérico se puede contrarrestar el silenciamiento que imponen tanto los “varones moderados” que promulgan el espejismo de la igualdad como los “bárbaros del patriarcado” (Cobo Bedia, 2011: 13-23). Lo que está en juego es la primacía de la masculinidad frente a todo lo demás. “La violencia de algunas reacciones emocionales contra la entrada de las mujeres en tal o cual profesión se entiende si sabemos que las propias posiciones sociales están sexuadas, y son sexuantes, y que, al defender sus puestos contra la feminización, lo que los hombres pretenden proteger es su idea más profunda de sí mismos en cuanto que hombres” (Bourdieu, 2000: 117). Carla Lonzi lo expresó desde la posición femenina tres décadas antes: “La obra de arte no quiere perder la seguridad de un mito que se fundamenta en nuestro papel exclusivamente receptivo” (1972: 132).

¿Qué podemos hacer las mujeres, lectoras, escritoras, ante la pertinacia de estos reductos androcéntricos que, sostenidos fundamentalmente por el sistema económico-político patriarcal neoliberal, se arrogan el privilegio de conceder el prestigio y sus consiguientes réditos materiales y simbólicos? Con Carla Lonzi, proponemos que este es el momento idóneo para abandonarlos a su suerte. ¿Para qué desgastarse tratando de entrar en el territorio de la alta cultura que defienden este tipo de publicaciones, cuando tal distinción hace tiempo que fue abolida por la irrupción de las redes? La idea de desestabilizar el orden establecido mediante una asunción del híbrido laboratorio popular que impulsa cultura de masas resulta especialmente sugerente en el campo de la escritura femenina (Catelli, 2011: 29). La paridad como indulgencia del varón no tiene porqué bastarnos (Lonzi, 1972: 132).

Participar en las exaltaciones de la creatividad masculina significa doblegarse ante la lisonja histórica de nuestra colonización, en su episodio culminante según la estrategia del mundo patriarcal. El culto de la supremacía varonil se convierte, cuando le falta la mujer, en colisión entre facciones de varones. Ausentándonos de los momentos exaltadores de las manifestaciones creativas masculinas, nosotras no formulamos un juicio ideológico sobre la creatividad, ni la refutamos pero, al negarnos a acogerla, ponemos en crisis el concepto de que el beneficio del arte sea una gracia que se pueda suministrar. No creemos que una liberación de reflejo pueda servir para sacar a la creatividad de su entramado patriarcal. Con su ausencia la mujer logra un gesto de toma de conciencia, liberador y por lo tanto creador. (Lonzi, 1972: 132-133)

La exhortación de Lonzi, pese a lo revolucionaria que pueda resultarnos, en realidad se lee hoy no solo como una estrategia política sino como una escapatoria al derrumbe del sistema tradicional de circulación de la cultura y de asignación del prestigio. Las redes y la irrupción de las tecnologías digitales dinamitan las posiciones autor, lector y crítico, en una atomización de plataformas, blogs, editoriales y softwares de autoedición que ya no sostienen la elitista distinción destinada al escritor-genio y al editor genial. Es lo que Stefan Bollman llama un “desplazamiento tectónico en el sistema literario” (2013, 632): los suplementos culturales y demás instituciones mediáticas relacionadas con la antigua industria del papel no logran ya capturar a los lectores, sino que estos se mueven libremente en la red. Habrá quien lea este terremoto como una falla que aboca a la literatura a una merma en el estándar de calidad negociado por unos pocos para otros tantos, pero es innegable que supone una oportunidad para que la escritura de las mujeres pueda exponerse y ser valorada sin sesgos.

¿Qué sucedería si las pocas mujeres que hoy acceden a ser objeto de critica y criticar en “El Cultural” renunciaran a tal indulgencia? ¿Qué pasaría si las lectoras ya no lo leyéramos? ¿Visibilizaríamos por fin claramente que la clamorosa ausencia de mujeres en un espacio no supone ya un indicio de calidad, sino un síntoma de irrelevancia, desactualización y muerte?

“El adulto que crea es el niño que ha sobrevivido”

Adiós a Ursula K. Le Guin, la niña que sobrevivió. He ido a buscar mi ejemplar de “Historias de Terramar” y no está en mi biblioteca. Me he dado cuenta de que si este libro no está donde yo estoy, es que aún no estoy en mi casa.

 

 

xxxxxx—–xxxxxx

—¿Qué tienen de malo los hombres? —preguntó Tenar con cautela.

Con igual cautela, en voz más baja, Musgo respondió: —No sé, queridita. He pensado en eso. Muchas veces lo he pensado. Lo único que puedo decir es esto: el hombre está metido dentro de su piel como una nuez en su cascara. —Alargó los largos dedos doblados y húmedos, como sosteniendo una nuez.— Es una cascara dura y resistente, y el hombre está lleno de sí mismo. Lleno de esa carne grandiosa de los hombres, del ser del hombre. Y eso es todo. Eso es todo lo que hay. Adentro no hay más que él y nada más.

Tenar reflexionó por un rato y finalmente preguntó: —¿Pero si es un hechicero…?

—Entonces todo lo que tiene adentro es poder. Él es su poder, así es. Eso es lo que pasa con los hombres. Y eso es todo. Cuando su poder desaparece, él también desaparece. — Cascó la nuez imaginaria y tiró los pedazos de la cascara.— Nada.

—¿Y qué pasa con una mujer, entonces?

—¡Ah, queridita!, una mujer es algo muy distinto. ¿Quién sabe dónde empieza y termina una mujer? Escucha esto, señora, yo tengo raíces, tengo raíces más profundas que esta isla. Más profundas que el mar, más antiguas que el surgimiento de las tierras. Me remonto a las sombras. —Los ojos de Musgo tenían un extraño brillo en los bordes enrojecidos y su voz era melodiosa como un instrumento.— ¡Me remonto a las sombras! Antes de la luna, ya existía. Nadie sabe, nadie sabe, nadie puede decir qué soy, qué es una mujer, una mujer de poder, el poder de una mujer que es más profundo que las raíces de los árboles, más profundo que las raíces de las islas, más antiguo que la Creación, más antiguo que la luna. ¿Quién se atreve a hacerles preguntas a las sombras? ¿Quién podría preguntarles su nombre a las sombras?

Tehanu (Historias de Terramar)

 

 

xxxxxx—–xxxxxx

Y entonces vi de nuevo, y para siempre, lo que siempre había temido ver, y que siempre había evitado ver: que él era una mujer tanto como un hombre. Toda necesidad de explicarse los orígenes de ese miedo desapareció con el miedo mismo; y al fin no quedó en mí otra cosa que haber aceptado a Estraven tal como era. Hasta entonces yo lo había rechazado, había rehusado reconocerlo. Estraven había tenido mucha razón cuando dijo que él, la única persona de Gueden que había confiado en mí, era el único guedeniano de quien yo desconfiaba. Pues él era el único que me había aceptado del todo como ser humano; a quien yo le había agradado como persona y me había sido leal, y que por lo mismo había esperado de mi un grado semejante de reconocimiento, de aceptación. Yo me había resistido, y había tenido miedo. Yo no quería dar mi confianza y mi amistad a un hombre que era una mujer, a una mujer que era un hombre.

Estraven me explicó, tiesa y sencillamente, que estaba en kémmer, y que había estado tratando de evitarme aunque era difícil.

– No he de tocarte – dijo con mucho esfuerzo, y en seguida apartó los ojos. Yo dije: – Entiendo. Estoy en todo de acuerdo.

Pues me parecía, y creo que a él también, que de esa tensión sexual que había entre nosotros, admitida y entendida ahora, aunque no por eso aliviada, de esa tensión nacía la notable y repentina seguridad de que éramos amigos; una amistad que los dos necesitábamos tanto en nuestro exilio, y ya tan probada en los días y noches de aquel duro viaje, y que también, tanto ahora como después, podía llamarse amor. Pero ese amor venia de la diferencia entre nosotros, no de las afinidades y semejanzas, y esto era un puente en verdad, el único puente tendido sobre lo que tanto nos separaba. Para nosotros el contacto sexual hubiese sido encontrarnos de nuevo como extraños. Nos habíamos tocado del único modo posible. No fuimos más allá. No sé si teníamos razón.

Hablamos algo más aquella noche, y recuerdo que me costó mucho contestar de un modo coherente cuando Estraven me preguntó cómo eran las mujeres. Nos sentimos bastante tiesos y precavidos uno con el otro en el próximo par de días. Un amor profundo entre dos personas incluye, al fin y al cabo, el poder y la posibilidad de causar un daño profundo. Nunca se me hubiese ocurrido antes de esa noche que yo pudiera lastimar a Estraven.

La mano izquierda de la oscuridad

 

xxxxxx—–xxxxxx

—Es nuestro sufrimiento lo que nos une. No el amor. El amor no obedece a la mente, y cuando se lo violenta se transforma en odio. El vínculo que nos une está más allá de toda posible elección. Somos hermanos. Somos hermanos en aquello que compartimos. En el dolor, en ese dolor que todos nosotros hemos de sufrir a solas, en la pobreza y en la esperanza reconocemos nuestra hermandad. La reconocemos porque hemos tenido que vivir sin ella. Sabemos que para nosotros no hay otra salida que ayudarnos los unos a los otros, que ninguna mano nos salvará si nosotros mismos no tendemos la mano. Y la mano que vosotros tendéis está vacía, como lo está la mía. No tenéis nada. No poseéis nada. No sois dueños de nada. Sois libres. Todo cuanto tenéis es lo que sois, y lo quedáis.

»Estoy aquí porque vosotros veis en mí la promesa, la promesa que hicimos hace doscientos años en esta ciudad: la promesa cumplida. Nosotros la hemos cumplido. En Anarres no tenemos nada más que nuestra libertad. No tenemos nada que daros excepto vuestra propia libertad. No tenemos leyes excepto el principio único de la ayuda mutua. No tenemos gobierno excepto el principio único de la libre asociación. No tenemos naciones, ni presidentes, ni ministros, ni jefes, ni generales, ni patronos, ni banqueros, ni propietarios, ni salarios, ni caridad, ni policía, ni soldados, ni guerras. Tampoco tenemos otras cosas. No poseemos, compartimos. No somos prósperos. Ninguno de nosotros es rico. Ninguno de nosotros es poderoso. Si lo que vosotros queréis es Anarres, si es ése el futuro que buscáis, entonces os digo que vayáis a él con las manos vacías. Tenéis que ir a él solos, solos y desnudos, como viene el niño al mundo, al futuro, sin ningún pasado, sin ninguna propiedad, dependiendo totalmente de los otros para vivir. No podéis tomar lo que no habéis dado, y vosotros mismos tenéis que daros. No podéis comprar la Revolución. No podéis nacer la Revolución. Sólo podéis ser la Revolución. Ella está en vuestro espíritu, o no está en ninguna parte.

Los desposeídos

 

 

xxxxxx—–xxxxxx

Selver es un dios.

Eso era lo que había dicho la viejecita verde como si todo el mundo lo supiera, de la misma manera como hubiera podido decir Fulano es un cazador.

– Selver sha’ab.

Pero ¿qué significaba sha’ab? Muchas palabras de la Lengua de las Mujeres, el lenguaje cotidiano de los athshianos, venían de la Lengua de los Hombres, que era la misma en todas las comunidades, y a menudo esas palabras no sólo eran bisilábicas sino también bifacéticas. Eran monedas, anverso y reverso. Sha’ab significaba dios, o ente numinoso, o ser poderoso; también significaba algo muy diferente, pero Lyubov no podía recordar qué. A esa altura de sus reflexiones, Lyubov ya había llegado a su cabaña, y no tuvo más que consultar el diccionario que Selver y él habían compilado en cuatro meses de trabajo agotador pero armónico. Claro: sha’ab, traductor.

Era casi demasiado exacto, demasiado a propósito.

¿Había una relación entre los dos significados? La había a menudo, pero no tanto como para constituir una regla. Si un dios era un traductor ¿qué traducía? Selver era en verdad un intérprete de talento, pero ese talento sólo había podido manifestarse en el hecho fortuito de que una lengua verdaderamente extranjera hubiese entrado en su mundo. ¿Era un sha’ab alguien que traducía el lenguaje del sueño y la filosofía, la Lengua de los Hombres, al lenguaje cotidiano? Pero eso podían hacerlo todos los Soñadores. Entonces, podía ser alguien capaz de traducir a la vida de la vigilia la experiencia capital de la visión: alguien que sirviera de eslabón entre las dos realidades, consideradas por los athshianos como idénticas, el tiempo-sueño y el tiempo-mundo, y cuyas relaciones, aunque vitales, son oscuras. Un eslabón: alguien que podía expresar con palabras las percepciones del subconsciente. «Hablar» esa lengua es actuar. Hacer una cosa nueva. Cambiar o ser cambiado, desde la raíz. Porque la raíz es el sueño.

Y el traductor es el dios. Selver había introducido una palabra nueva en el lenguaje de su pueblo. Había cometido un acto nuevo. La palabra, el acto, el crimen. Sólo un dios podía llevar de la mano a través del puente entre los mundos a un recién llegado tan majestuoso como la Muerte.

(…)

Una vez que uno ha aprendido a soñar sus sueños en el estado de vigilia total, a apoyar la salud de la mente no en el filo de navaja de la razón sino en el doble platillo, el delicado equilibrio de la razón y el sueño; una vez que uno ha aprendido eso, ya nunca puede olvidarse de cómo pensar.

El nombre del mundo es bosque

Por qué el mensaje tóxico de los Javis es letal-viral

Érase una vez un señor joven al que la vida le sonrió y, en el mejor ejemplo de mansplainning pitoniso que hemos visto hasta la fecha, decidió utilizar su poder mediático y su influencia entre la chavalada crédula para decirles que “TE VAN A QUERER Y VAS A ENCONTRAR TU SITIO”. ¿Mensaje infantil, mensaje ingenuo o mensaje tóxico? Los tres.

El discurso de Javier Calvo es un ejemplo perfecto de toxicidad por la vía de la terapéutica, una necesidad ampliamente explotada por el capitalismo, cuyo radar de detección de necesidades y deseos urgentes hace tiempo que concluyó que depositar la responsabilidad del éxito y la sanación exclusivamente en la capacidad del individuo engordaba un suculento mercado de adminículos, discursos y entrenadores dedicados a la automejora. Todo empezó por el famoso “si quieres, puedes” que, en el retrúecano de los Javis, se convierte en “todo va a salir bien”. Confiad en el mercado, confiad en el Estado, confiad en nosotros, confiad en lo que hay. LO QUE HAY PROVEERÁ.

Confiad, porque los Javis “VAMOS A ESCRIBIRTE HISTORIAS PARA QUE TÚ TE SIENTAS INSPIRADO”. Con su mercado de jóvenes sobradamente desesperados (y con razón ) bien cogido por los huevos de la sentimentalidad a saco, y con su propia historia de éxito como ejemplo de verdad, estos jóvenes emprendedores aseguran: NOSOTROS TENEMOS VUESTRA MEDICINA. Nosotros os contaremos historias que os harán triunfar, como lo estamos haciendo con los chicos de “Operación Triunfo”.

¿Es esto un timo en prime time, una ingenuidad egocéntrica o pura y dura expresión de la subjetividad millenial del capitalismo liberal apolítico y desclasado?

Recordemos: el paro juvenil en España es el segundo más alto de toda la Unión Europea, solo por detrás de Grecia: 40,5%. Según un informe del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, en 2017 el 37,6% está en riesgo de pobreza o exclusión social. Los jóvenes que sí trabajan necesitan el 60,8% de su sueldo para pagar la hipoteca. Si optan por el alquiler necesitarán el 85,4% del mismo. El 47,7% de los jóvenes trabajadores desempeña trabajos de menor cualificación que la que poseen. El horizonte de esperanza (ya ni hablamos de “realización personal”) para la mayoría de los menores de 30, aquellos que no tendrán la oportunidad de estudiar en el extranjero e integrarse en la élite global, pasa por emigrar hacia trabajos esclavos o autoesclavizarse a sí mismos en el negocio turístico-hostelero nacional. Más que narcotizarlos con un “todo va a ir bien”, ¿no habría que tratar de repolitizar a toda esta gente para que DEMANDARA FURIOSAMENTE su derecho a un futuro y un presente digno? Pues no: lo que los Javis proponen es QUE VAYAN AL CINE A INSPIRARSE. Porque todo el mundo sabe que, para salir del “no future” que nos propone hoy nuestra realidad política y económica, lo que hace falta es INSPIRACIÓN.

Este tipo de discurso anestésico, hipertóxico y sentimentaloide está más que estudiado. Esta es la estrategia de autoayuda y empoderamiento personal que podríamos analizar en LA OBRA de los Javis y, en especial, en el discurso del Javi que nos ocupa.

Sigo citando un trabajo académico de Andrea Vanina Papalini, “La autoayuda, un género de la literatura masiva”, que me parece muy clarificador del fondo ideológico de este discurso viral-letal:

La literatura de autoayuda satisface todos estos requerimientos: se involucra claramente con los problemas de los sujetos y su voz se hace oír por boca de otros que exteriorizan padecimientos semejantes, construyendo de esta manera la verosimilitud de la proposición del texto. Asume los deseos colectivos de felicidad –cifrados, básicamente, en la obtención del éxito y la eliminación del sufrimiento- y proporciona alternativas plausibles ante circunstancias perturbadoras. Los discursos de la ciencia o de la experiencia justifican sus respuestas. La “realidad” que muestran estos textos es fácilmente reconocible, pues se trata de la cotidianeidad.

En la modalización que oficia la literatura de autoayuda aflora el “tono” de la época actual. Primero, porque la “revelación de los dolores del alma” ante un público extraño y masivo es culturalmente “audible” sin extrañeza alguna, en el mismo sentido en el que la subjetividad se vuelve un tema esencial y se adueña del núcleo vital de las preocupaciones sociales. Segundo, porque la apelación al otro con intención de convencer es un hecho corriente: es el lenguaje con el que la publicidad interpela a diario a la multitud. Tercero, porque el “hágalo usted mismo” a partir de una receta hunde sus raíces en dos significaciones vertebrales de la sociedad capitalista moderna: la noción de “utilidad” y la entronización del individuo omnipotente el “conquistador”, el “emprendedor”.Esta mirada ciega la visión de la sociedad y sus conflictos, anulados por la restricción al mundo individual.

Las prácticas terapéuticas tendientes a superarlos se basan en el control de las representaciones de los sujetos. Puede afirmarse que el objetivo perseguido es mejorar la adaptación a las condiciones de existencia, en consonancia con el universo de creencias y valores que caracterizan al capitalismo tardío.

En “Literatura de autoayuda: una subjetividad del Sí-mismo enajenado”, la misma autora concluye lo siguiente:

La autoayuda se ofrece como un espejo que retrata los padecimientos subjetivos de los hombres y mujeres contemporáneos y que propone una vía individual de resolución de conflictos. (…)  Otra de las técnicas consiste en la denegación del mundo. Se enseña a prescindir de la mirada del otro, de su crítica e inclusive de su opinión. La autoafirmación se basa en la omnipotencia del ego que todo lo puede y no necesita de nadie. El individuo es erigido en centro del mundo y no tiene otra responsabilidad que el éxito. Fortalecido el yo, tampoco existen responsabilidades hacia los otros. La ética que se postula es una ética del “cuidado de sí” egocéntrico. Estas técnicas, que persiguen como significación central la idea de éxito, apuntan a una condición del yo: la autoestima. (…) Vista así, la literatura de autoayuda se preserva a sí misma, pues no se confronta con una factualidad externa al sujeto sino que depende de la valoración y sentido que éste otorgue al mundo. La medida de su eficacia depende de las mismas representaciones que se propone readecuar: si el sujeto no percibe cambio alguno, es porque naufragó su intento y a él le cabe la responsabilidad por ese fracaso.

(..)

La experiencia del “cuidado de sí” deviene pseudo- experiencia que excluye los peligros de las sensaciones y sentimientos extremos, dolor y amor, felicidad y desdicha entre ellos. La autoayuda colabora en la mascarada de la despreocupación y la simpatía preten- diendo que las tribulaciones son nocivas para la vida. Su acción es semejante a la del analgésico, que disimula la primera alerta, las señales físicas; y a la del narcótico, que impide sentir. Es una estrategia de fuga donde no hay escape posible; es una fuga del afuera, es la negación del otro y de uno mismo.

Tanto para los defensores de la cultura de masas como para sus detractores, ésta socializa al individuo en las virtudes de obediencia y conformidad, enseñándole a aceptar el sistema social como orden natural perenne. Las organizaciones productoras de la cultura masiva, de la que los medios de difusión son parte, son instituciones del consenso, que reproducen los valores hegemónicos y que tienden a excluir ideas disidentes o formas simbólicas novedosas pongan en riesgo las significaciones instituidas. Los libros de autoayuda hacen de ésta su tarea. La experiencia literaria resulta así vicaria, ofreciéndose en su lugar una instancia de reproducción social. Lejos de iluminar senderos emancipatorios, construyen una subjetividad ausente: con lo paradojal que pueda parecer, se trata de una subjetividad del Sí-Mismo enajenado.

¿No sería síntoma de un verdadero interés en las personas, en la situación de desesperanza de muchas, en su sensación de inutilidad, promover la reunión, la asociación y la militancia cívica y política como lugar para la esperanza y el cambio? El sistema está construido para extraer toda la potencia que encuentre en nosotros. ¿No vendrá nuestra terapia de la acción política, militante, cívica, efectiva en vez de una anestesia opiácea suministrada aquí a través de productos culturales, pero que tanto recuerda al Oxicotín que se está llevando por delante a la clase media empobrecida estadounidense?

Estamos drogados casi todo el rato por la televisión o por las redes sociales. Somos habitantes de una no-vida que se parece mucho a la que Stanislaw Lem describió en “El congreso de futurología”. Necesitamos despertar al dolor de lo que nos están haciendo y de lo que estamos haciendo. Los muertos del Mediterráneo y de los campos de exterminio de Turquía, los desesperados de los desahucios y la pobreza, las apaleadas por el trabajo esclavo y las violadas de las fronteras no van al cine.

Porqué el #MeNo de las señoras francesas nos hace un favor

A cada paso, una reacción. A un lado del Atlántico, unas que pueden comienzan a construir un muro contra la violencia que reciben. Al otro, otras le tiran piedras como si tal asunto fuera con ellas. En fin: otra falsa polémica servida en bandeja por las fábricas de contenido barato en que se han convertido los medios de comunicación. Lo peor: contemplar a tantas mujeres inteligentes hacer el juego de este correveidile y entrar al trapo de un tema que no aporta nada de nada. Las feministas, y mucho menos las periodistas, no conseguimos hablar de lo urgente: pobreza, trabajo, DINERO.

Podemos intentar no leer todo este asunto a mayor gloria de Catherine Deneuve de la manera literal en la que nos lo presentan. ¿De verdad vamos a discutir, al menos las adultas, la distinción entre cortejo sexual y acoso? ¿No huelen estas disquisiciones repetitivas a chamusquina? No podemos seguir enredándonos en discutir cuestiones que ya estaban claras y zanjadas y privarnos de la ocasión de avanzar, si no ya para nosotras, para las que vienen detrás. Avancemos, hagamos avanzar los textos las que los escribimos. ¿Por qué la moda y sus tendencias pueden ser aspiracionales y los textos periodísticos han de buscar de una manera tan grosera la identificación, a veces irracional? ¿Por qué tanto texto reforzando bandos en una cuestión que no existe? Qué triste mercancía.

A mí, lo que me parece más maravilloso de todo este ruido es que cada vez estamos más cerca, muy muy cerca, de cuestionar la posición dominante de los hombres en el régimen sexual actual. Los hombres tienen derecho a expresar su deseo públicamente y nosotras tenemos el deber de recibirlo. Lo que podríamos estar discutiendo es un relevo en la posición dominante en el régimen expresivo del deseo: ¿qué ocurriría su fuéramos las mujeres las que tuviéramos la responsabilidad y el derecho de iniciar el avance sexual? ¿Qué pasaría si la satisfacción de nuestro deseo fuera prioritario y urgente? ¿Cómo afectaría eso al régimen de heteronormatividad que recibimos como instrucción máxima desde niñas? ¿Qué pasaría con las prácticas sexuales habituales? ¿Y con el porno? ¿Y con la prostitución?

Las mujeres, sobre todo las que tenemos una edad, nos hemos educado y socializado bajo la amenaza constante del premio o el castigo de la mirada masculina. ¿Qué ocurriría si fuéramos nosotras las que miráramos, deseáramos y tomáramos? ¿A quién y cómo tomaríamos? Está claro que Catherine Deneuve ha disfrutado (o eso quiero pensar) como objeto de deseo de los hombres, el juego permitido por lo político y lo social, Pero, ¿porqué no podemos cambiar de juego? ¿Por qué no desear que se elimine el factor violento o agresivo que planea en las sombras del cortejo cuando se vuelve caza de forma que nosotras podamos acceder a la posición de sujeto deseante?

En el centro del feminismo sigue aguardando la cuestión que las mujeres nos resistimos a encarar: la cuestión sexual.

Encuentra las diferencias con lo de Antena 3 y Cristina Pedroche

Aquí un empresario chino de máquinas de ferias que, para promocionar su producto, ha decidido introducir una mujer como si fuera un premio más. Una chica con poca ropa como reclamo comercial. Como cebo. Como presa. Como objeto. Como decoración. Como reducción. Como silencio. Como muñecas de carne y hueso. Empresarias de sí mismas. O eso creen ellas.

 

¿Es Beyoncé feminista?

En una galaxia muy lejana, como en 2014, me devanaba yo mucho los sesos con la cuestión de si Beyoncé era feminista o no: las revistas me encargaban muchos articulitos sobre la repentina visibilización de celebrities feministas y no tenía nada claro lo que estaba pasando. Como en el periodismo freelance los plazos te empujan a coger el dinero y correr, me limité a fluir con el flow. Sin embargo, la duda se quedó en algún sitio de mi cerebro como un lugar problemático más trascendente que la concesión o no concesión del carnet de feminista a una famosa. Lo que no terminaba de encajar en mi cabeza era lo siguiente: ¿qué sentido tiene que las periodistas feministas publiquemos textos sobre el feminismo de las famosas o el feminismo del empoderamiento en los medios? ¿Estamos traicionando el ideario feminista o a las feministas mismas al someter una ideología de emancipación a las lógicas de unos productos que, en último término, proponen cierto tipo de sometimiento? No le encontraba sentido a nada.

Para resolver la cuestión, quise que mi trabajo de fin de máster (el Máster en Género y Diversidad que hice en la Universidad de Oviedo) versara sobre el asunto. Por fin tuve una excusa, esta académica, para pensar la cuestión, hasta donde yo puedo pensarla por mi posición ciertamente implicada personalmente. Probablemente una investigadora académica que no trabajara en los medios hubiera llegado a otras conclusiones, acaso más severas. En mi caso no solo ha pesado mucho la necesidad de encontrar un sentido a la manera en que me gano la vida, sino la voluntad pensada y asumida de no escribir para la impotencia y la tristeza, sino a la búsqueda de grietas que nos permitan ir haciendo algo de luz sin quebrar nuestra supervivencia. Y aunque en el fondo mis conclusiones son una carta de amor al periodismo (una carta de amor muy sutil y silenciosa, como las escribimos las norteñas adustas), a la vez pienso que ya se han cerrado prácticamente todas las oportunidades de contar historias con potencial para el cambio en la prensa mainstream y en la mayoría de los nuevos soportes digitales. La noticia-denuncia se ha comido la crónica y el reportaje donde aún podía ponerse sobre la mesa un poco de complejidad.

Una versión corta de mi trabajo de fin de master se acaba de publicar en la revista “Investigaciones Feministas”. Os pongo el link por si os interesa echarle un vistazo. Me llena de orgullo y satisfacción ser capaz de firmar en Cosmopolitan y en las revistas científicas (je, je: Caballo de Troya). El mundo académico no tienen nada que envidiarle al periodismo en cuanto al surrealismo de su mecánica extractiva y competitividad salvaje. Por eso, la investigación que pensé como una ventana que se abría, ha terminado en puertas que se cierran. Empezaremos el año haciendo borrón y cuenta nueva hacia lo desconocido. Haya paz.

http://revistas.ucm.es/index.php/INFE/article/view/54975/52658