El sujeto moderno de Kant a Trump: una propuesta de liquidación descolonial

En noviembre de 2015, tres ejemplares de macho político-periodístico se enredaron a propósito de Kant. El ciudadano Albert Rivera, el líder de la gente Pablo Iglesias y el gran preguntador Carlos Alsina debatían en un coloquio en la Universidad Carlos III cuando, ante la pregunta de un asistente, mentaron el nombre de Kant en vano: cayeron en la trampa del name-dropping sin haber leído nada del de Königsberg y fueron el chiste nacional durante unas horas. Sin embargo, su querencia kantiana tiene sentido: existe una afinidad invisible, suspendida, automática que enlaza a estos hombres poderosos de hoy con los padres de la Modernidad del ayer. Ellos son, más o menos, el sujeto moderno que aquellos pensaron, su proyecto hecho carne. Encarnan la fe incuestionable en la ciencia y la tecnología, el culto al progreso y el crecimiento, el liderazgo individualista, la europasión imperial y la mirada cosificadora y extractiva. ¿Acaso una raza superior? Precisamente este artículo enlaza fantásticamente el sujeto de la Modernidad con el nazismo (aunque resulta descorazonadora su clausura de la posibilidad de otra cultura que no sea la hegemónica). En todo caso, entre sujetos omnipotentes andaba el juego de la filosofía y ahí siguen sus creaciones, dándose cabezazos contra las paredes cual boxeador ciego de golpes.

Sin ser yo nada de lo anterior, he pecado mucho de kantiana. He sido muy platónica, muy descartiana, muy hegeliana pero, sobre todo, muy kantiana. Me obnubilaba la idea de la idea y la idea del llevar dentro de la cabeza un mundo, una galaxia, un universo autosuficiente al que escapar. ¿Y el cuerpo? En el limbo de la invisibilidad blanco-burguesa. Encontraba en el heroico sujeto moral de Kant, ese caminante que mira un mar de nubes en el cuadro de Friedrich, el evidente camino de la regeneración de lo humano. Así, a lo universal. En plan Moral Wars. El imperativo categórico (lo humano como un fin, jamás como un medio) me confortaba tanto como el recuerdo del arroz con leche a la murciana que me hacía mi madrina. Pero el imperativo categórico, alimentado hoy I know por el marco cristiano-católico que alojaron en mi subconsciente de niña (la monja en mí), llevaba bicho. Algunas miramos lo que la mano agita ante nuestros ojos sin darnos cuenta de que, con la otra, nos han metido algo en el bolsillo.

La definición que más me gusta de ese bicho la encuentro en el hit de Nitezsche: «El que lucha con monstruos debe tener cuidado para no resultar él un monstruo. Y si mucho miras a un abismo, el abismo concluirá por mirar dentro de ti» (Más allá del bien y del mal, 1886: 146). Ya tenemos ahí el impulso de dominación y la obsesión, dos virtudes primordiales del bicho que me ocupa: el susodicho sujeto moderno. Nietzsche fue uno de sus más fieros críticos, asqueado por su separación y enfrentamiento a la naturaleza y su condena de soledad. Hay que amar a Nietzsche por dionisíaco y, sobre todo, por esta denuncia suya del hombre moderno, del sujeto moderno de la Ilustración. El que, por otra parte, seguimos hoy sufriendo en silencio, cual hemorroides de la subjetividad. Este sujeto peligroso es el hombre que mira, el genio, el creador, el científico observador que convierte todo lo que tiene frente a los ojos en objeto. El cosificador universal y dios controlador de todo lo que existe. Tal es su poder, que si cierra los ojos, el mundo desaparece. En palabras de James Cameron:

Muchos han sabido ver el peligro de este sujeto, una creación europea que tras devorar el mundo trata de engullirse a sí mismo. Sin embargo, las mejores definiciones del bicho las encuentro en los territorios arrasados por el colonialismo y la colonialidad (del poder, del género, del ser, de la democracia liberal), donde deconstruir a este engendro nuestro es una cuestión de vida o muerte. El retrato que hacen de nuestra desmesura, de cómo les arrojamos a la inhumanidad, es el abismo donde los monstruos miramos para reconocernos como el horror, el horror. En La hybris del punto cero (2005 ), el colombiano Santiago Castro Gómez explica cómo el avance científico a lomos de la física y las matemáticas causó un ansia de reformulación racionalista del mundo tal, que convenció a los filósofos del siglo XVII de que existe un lugar neutro y no contaminado de observación social. Descartes recomendó pues abandonar las viejas ideas sobre lo humano y volver a construir todo el conocimiento desde un punto cero: «El del comienzo epistemológico absoluto, pero también el del control económico y social sobre el mundo. Ubicarse en el punto cero equivale a tener el poder de instituir, de representar, de construir una visión sobre el mundo social y natural reconocida como legítima y avalada por el Estado. Se trata de una representación en la que los “varones ilustrados” se definen a sí mismos como observadores neutrales e imparciales de la realidad». Toda la antropología pragmática de Kant, tomada como filosofía primera por la antropología filosófica que estudiamos hoy las esforzadas sufridoras de la Uned, gira alrededor de un punto cero de la moral, un fundamento trascendental que garantice un estatuto de universalidad. Ser Masters del Universo.

El punto cero, en realidad, cobija al sujeto moderno. Varón, blanco, burgués, heterosexual, católico, impulsor del proyecto capitalista que convirtió Europa en el amo del mundo. “La humanidad existe en su mayor perfección en la raza blanca. Los hindúes amarillos poseen una menor cantidad de talento. Los negros son inferiores y en el fondo se encuentra una parte de los pueblos americanos”, dejó escrito nuestro filósofo favorito. Algo después, Hegel nos entregaría esta perla: “Los americanos viven como niños, que se limitan a existir, lejos de todo lo que signifique pensamientos y fines elevados… (…) En África nos encontramos con lo que se ha llamado la “edad de la inocencia”, en la que se supone que el hombre vive de acuerdo con Dios y la naturaleza. En este estado, el hombre no es todavía consciente de sí mismo…, este estado natural primitivo es en realidad un estado de animalidad. El paraíso era un parque zoológico en el que el hombre vivía en un estado animal de inocencia”. Sus pareceres en Filosofía de la historia (1830) niegan el tiempo de la civilización y la historia a más de medio mundo. Esta separación entre lo uno y lo otro por razones cromáticas arraiga en la ontología que funciona en una civilización: en la consideración del ser en lo que existe. En Occidente, estamos ontológicamente programados para considerar todo lo que no es uno, objeto, instrumento, posibilidad, beneficio o infierno. Por ello, no podemos hablar de la Modernidad que aún nos rige sin mentar su reverso tenebroso: la Colonialidad. El sujeto moderno no solo camina por las altas cumbres, se embelesa en sus propios pensamientos e inventa prodigios y maravillas. También expropia territorios ajenos, esclaviza, saquea y mata. De ahí que no podamos volver a escribir nunca más sujeto moderno sin adosarle su hermano invisible: sujeto moderno/colonial. Toda la ciencia que la Modernidad derramó sobre Europa se produjo a fuerza del oro y el trabajo esclavo que infringió Colonialidad. Y el sistema, con algunos ajustes cosméticos, sigue funcionando.

El venezolano Edgardo Lander habla en La colonialidad del saber, eurocentrismo y ciencias sociales (2000) de las múltiples separaciones que construyen al hombre occidental y, entre ellas, destaca la que operó Descartes (1696-1659), padre de la filosofía moderna:

Es sin embargo a partir de la Ilustración y con el desarrollo posterior de las ciencias modernas cuando se sistematizan y se multiplican estas separaciones. Un hito histórico significativo en estos sucesivos procesos de separación lo constituye la ruptura ontológica entre cuerpo y mente, entre la razón y el mundo, tal como ésta es formulada en la obra de Descartes. La ruptura ontológica entre la razón y el mundo quiere decir que el mundo ya no es un orden significativo, está expresamente muerto. La comprensión del mundo ya no es un asunto de estar en sintonía con el cosmos, como lo era para los pensadores griegos clásicos. El mundo se convirtió en lo que es para los ciudadanos el mundo moderno, un mecanismo desespiritualizado que puede ser captado por los conceptos y representaciones construidos por la razón.

Esta total separación entre mente y cuerpo dejó al mundo y al cuerpo vacío de significado y subjetivizó radicalmente a la mente. Esta subjetivación de la mente, esta radical separación entre mente y mundo, colocó a los seres humanos en una posición externa al cuerpo y al mundo, con una postura instrumental hacia ellos. Se crea de esta manera, como señala Charles Taylor, una fisura ontológica, entre la razón y el mundo, separación que no está presente en otras culturas. Sólo sobre la base de estas separaciones –base de un conocimiento descorporeizado y descontextualizado– es concebible ese tipo muy particular de conocimiento que pretende ser des-subjetivado (esto es, objetivo) y universal.

Pero, cuidado, porque esta separación radical defendida por Descartes y alimentada por el escepticismo del pensar, de la duda permanente, no era tan original como pensamos: con la empresa colonizadora española de los siglos XV y XVI, génesis del capitalismo y la colonialidad racista, ya se desarrolló un ego conquistador caracterizado por la sospecha permanente acerca de la inhumanidad/casihumanidad de los desconocidos pobladores que salían a su paso. Tiene sentido que, ante la posibilidad de una acumulación de riquezas jamás antes posible en la historia, el sujeto premoderno elija cosificar su objeto de deseo para justificar la extracción, el despojo, la esclavitud y el espolio de todo. Lo cuenta el dominicano Nelson Maldonado-Torres en Sobre la colonialidad del ser: contribuciones al desarrollo de un concepto (2007):

La certidumbre del sujeto en su tarea de conquistador precedió la certidumbre de Descartes sobre el “yo” como sustancia pensante (res cogitans), y proveyó una forma de interpretarlo. Lo que sugiero aquí es que el sujeto práctico conquistador y la sustancia pensante tenían grados de certidumbre parecidos para el sujeto europeo. Además, el ego conquiro proveyó el fundamento práctico para la articulación del ego cogito. Dussel sugiere esta idea: “El “bárbaro” era el contexto obligatorio de toda reflexión sobre la subjetividad, la razón, el cogito” (1996, p. 133). Pero, tal contexto no estaba definido solamente por la existencia del bárbaro o, más bien, el bárbaro había adquirido nuevas connotaciones en la modernidad. El “bárbaro” era ahora un sujeto racializado. Y lo que caracterizaba esta racialización era un cuestionamiento radical o una sospecha permanente sobre la humanidad del sujeto en cuestión. Así, la “certidumbre” sobre la empresa colonial y el fundamento del ego conquiro quedan anclados, como el cogito cartesiano, en la duda o el escepticismo.

Enrique Dussel, el sabio argentino, llama a esta manera de pensar europea en la que entre el sujeto que conoce y el objeto conocido solo puede existir una relación de exterioridad y asimetría “ontología de la totalidad”, y con ella explica el bloqueo de toda posibilidad de intercambio de conocimientos entre culturas en Occidente, puesto todo lo que no pertenece a Europa, todo lo que es exterior, se clasifica como barbarie. A esta “ontología de la totalidad”, Dussel suma el “mito eurocéntrico de la modernidad”, la pretensión que identifica la particularidad europea con la universalidad y en el que se funda la “falacia desarrollista”, según la cual todos los pueblos de la tierra deberán seguir las etapas de desarrollo marcadas por Europa con el fin de obtener su emancipación social, política, moral y tecnológica. La civilización europea es el fin de la historia mundial. Viva Hegel y viva Fukuyama. Cerremos esta irrupción del espanto de la Colonialidad en el gozoso relato de la Modernidad con una cita de La poscolonialidad contada para niños (2005), de Santiago Castro-Gómez, en la que comenta Imperio, de Hardt y Negri:

La Ilustración pretendía legitimar, a través de la ciencia, la instauración de aparatos disciplinarios que permitieran normalizar los cuerpos y las mentes para orientarlos hacia el trabajo productivo. En este proyecto ilustrado de normalización el colonialismo encajó como anillo al dedo. Construir el perfil de sujeto «normal» que el capitalismo necesitaba (blanco, varón, propietario, trabajador, ilustrado, heterosexual) requería la imagen de un «otro» ubicado en la exterioridad del espacio europeo. La identidad del sujeto burgués en el siglo XVII se construyó, a contraluz, mediante las imágenes que cronistas y viajeros habían difundido por toda Europa de los «salvajes» que vivían en América, África y Asia. Los valores presentes de la «civilización» fueron afirmados a partir de su contraste con el pasado de barbarie en el que vivían quienes estaban «afuera». La historia de la humanidad fue vista como el progreso incontenible hacia un modo de civilización capitalista en el cual Europa marcó la pauta sobre las demás formas de vida. El aparato trascendente de la Ilustración procuró construir una identidad europea unificada y, para ello, recurrió a la figura del «otro colonial» (Hardt y Negri 2001:149).

Todo este abundar en la subjetividad moderna/colonial viene a cuento de dos extraordinarios artículos que he leído esta semana en websites digitales (benditos sean): un fantástico análisis sobre la crisis del estado nación que nos remite fatalmente a la imagen de un mundo que se consume mientras Trump, Putin y demás sujetos imperiales tocan la lira; y el relato definitivo acerca de las razones del advenimiento de Trump y su manera de operar, escrito por Wendy Brown. Ambos describen cómo todo tipo de emociones negativas (miedo, ansiedad, humillación, rabia, frustración) nos remiten a una versión máximamente empoderada (imperial) del sujeto moderno y terminan empujándonos a buscar seguridad en figuras autoritarias, esquizofrénicas, “fascistas solares” que prometen salvarnos del apocalipsis mientras nos destruyen. El primero habla, directamente, de gangsterismo estatal. El segundo, de un “neoliberalismo Frankenstein” que ha mutado las democracias liberales en regímenes autoritarios, plutocráticos y etnonacionalistas. Se nos fue el monstruo trascendental del progreso a toda costa de las manos y, en vez del atildado caminante que se regodea en su espiritualidad contemplativa, ahora nos encontramos con algo muy parecido a Shadow King: un parásito predador de todo lo que existe.

En 1989, Feliz Guattari escribió lo siguiente en Las tres ecologías:

Hoy menos que nunca puede separarse la naturaleza de la cultura, y hay que aprender a pensar «transversalmente» las interacciones entre ecosistemas, mecanosfera y Universo de referencia sociales e individuales. De la misma manera que unas algas mutantes y monstruosas invaden la laguna de Venecia, las pantallas de televisión están saturadas de una población de imágenes y de enunciados «degenerados». Otra especie de alga, que en este caso tiene que ver con la ecología social, consiste en esa libertad de proliferación que ha permitido que hombres como Donald Trump se apoderen de barrios enteros de New York, de Atlantic City, etc., para «renovarlos», aumentar los alquileres y expulsar al mismo tiempo a decenas de millares de familias pobres, la mayor parte de las cuales están condenadas a devenir homeless, el equivalente aquí de los peces muertos de la ecología medioambiental. También habría que hablar de la desterritorialización salvaje del Tercer Mundo, que afecta conjuntamente a la textura cultural de las poblaciones, al hábitat, a las defensas inmunitarias, al clima, etcétera. Otro desastre de la ecología social: el trabajo de los niños, ¡que hoy día es más importante que en el siglo XIX! ¿Cómo recuperar el control de esta situación que hace que constantemente estemos al borde de catástrofes de autodestrucción?

La exactitud de su diagnóstico hace ya 30 años da escalofríos… Pero, ¿esto es lo que hay? ¿Debemos seguir jugando esta partida orquestada por un rey loco? ¿Nos abandonamos al automatismo y la inercia que nos provocan los dispositivos? Este nihilismo, este apocalipsis, esta condición póstuma (Marina Garcés dixit) que nos envuelve y nos paraliza se retroalimenta de la negatividad que nos genera pensar que estamos abocados a la autodestrucción. Es el mismo sujeto que inventó la máquina del supuesto progreso el que, devorado por su propia obra, se repliega sobre sí mismo y cierra los ojos para no ver más que donde pisa. ¡Sálvese quien pueda! Ahora que es nuestra la carne que combustiona en la máquina sacrificial capitalista, cerramos la persiana por escapismo, por desesperación, por depresión y, sobre todo, por miedo. Nada existe más ciego que el miedo y nadie sabe más de miedo que las mujeres racializadas. El miedo es un lugar central de pensamiento y de acción, no en vano las zapatistas llamaron a su encuentro en Chiapas del 8 de marzo refiriéndose directamente al miedo. Lo cuenta la investigadora mexicana Sylvia Marcos«Su invitación decía: “Si ustedes no tienen miedo o tienen miedo pero lo controlan, vengan”. Las zapatistas ya están aceptando y construyendo a partir del hecho de que tenemos miedo. Rompamos ese miedo, dicen las zapatistas. Te das cuenta de la sabiduría que hay ahí y que se explica por su propio proceso de subjetivación: ellas viven en un territorio permanentemente hostigado, con matanzas y desapariciones constantes. Ellas viven con miedo, pero lo controlan y se organizan». Cargar con el miedo y el dolor sin derrotarlo, simplemente asumiéndolo, ha sido en la cultura popular tarea del héroe guerrero y conquistador, qué ironía. Frank Herbert escribió para Dune una letanía esclarecedora: “I must not fear. Fear is the mind-killer. Fear is the little-death that brings total obliteration. I will face my fear. I will permit it to pass over me and through me. And when it has gone past, I will turn the inner eye to see its path. Where the fear has gone, there will be nothing. Only I will remain”.

Con el miedo en el cuerpo y la muerte en los talones también aquí importa más comprender el giro descolonial: allí donde vamos a hacernos cargo del racismo de nuestra tradición cultural, de nuestra civilización toda. La teoría descolonial es la hoguera de San Juan que nosotros mismos hemos prendido, un lugar de purificación que también es pira de sacrificio. Yo también creo como Yuderkis Espinosa que el feminismo blanco tiene que autodestruirse para continuar. Hemos de sumarnos al espanto que, en la mirada descolonial, sustituye al asombro como impulso filosófico. Maldonado-Torres (La descolonización y el giro descolonial, 2008) describe el pensar descolonial en los siguientes términos: «El pensador en este caso no busca meramente hallar la verdad sobre un mundo que se le aparece como extraño, sino determinar los problemas de un mundo que se le aparece como perverso y de hallar las vías posibles para su superación. La búsqueda de la verdad aquí está inspirada no por el desinterés teórico, sino por la no-indiferencia ante el Otro, expresado en la urgencia de contrarrestar el mundo de la muerte y de acabar con la relación naturalizada entre amo y esclavo en todas sus formas. La teoría surge en este caso con un ‘telos’ o finalidad definida: esta es la restauración de lo humano o la construcción del mundo del Tú, tal y como Fanon lo plantea (1973:192). La pregunta del qué y para qué conocer queda respondida aquí en términos de la oposición a la muerte del Otro y la posibilidad de la generosidad y el amor como superación de divisiones jerárquicas naturalizadas».

No esperemos, de momento, tal generosidad. La cuenta pendiente es larga y nuestras intenciones, poco claras. Enfrentadas a la potencia epistemológica de la teoría descolonial, a la fuerza de su verdad y a su poder terapéutico, las europeas no podemos más que escuchar, retribuir en lo posible y dar un paso atrás. No dejar de mirarnos en el espejo que nos espanta, pero hacernos cargo de nuestra herencia y operar en nuestra tradición. Qué deshonestidad toda traducción que se sirva de la colonialidad para no mencionar, expresa y primeramente, el racismo. Qué ligereza pretender interseccionalidad en las bases mientras el reparto de poder sigue siendo exactamente el mismo en los despachos. Qué fraude acudir a la diversidad sin asumir la multiplicidad de agravios que operan en una matriz de dominación (según la entiende Patricia Hills Collins). El impulso predador del sujeto moderno/colonial llega hasta las mismas conceptualizaciones que han de procurar alivio a los ya despojados de las mismas. Es necesario asumir un lugar de enunciación encarnado en nuestro cuerpo y entender sus límites: ¿Hasta dónde llega mi entender dada mi experiencia como mujer, europea y blanca? No más allá de mis zapatos. El punto de vista feminista de Sandra Hading y la corrección-puntualización de Chandra T. Mohanty hace tiempo que ha teorizado el privilegio epistémico de las miradas que se elevan desde el mismo suelo o desde el puro subsuelo.

El universalismo ciego que nos ha traído hasta aquí supone una desmesura cruel. Por fin identifico esa hybris en el feminismo que hoy se vocea desde tantos lugares y gracias a mujeres que encuentran en él cierto alivio rápido. En realidad, la primera vez que sentí que algo andaba mal, muy mal, en mi pensar fue al leer a prostitutas latinoamericanas en sus perfiles de Facebook. Con la claridad de un rayo supe que, por convincente que sea un marco teórico elaborado con las más finas hierbas de la campiña francesa (el abolicionismo que lleva por bandera el llamado feminismo radical), resulta indefendible la pretensión de trasplantarlo a fuerza de universalismo ciego. ¿Quién puede arrogarse el poder de determinar cómo debe sobrevivir una mujer en Perú, Colombia, Brasil o Barcelona? De ninguna manera yo misma: ¿acaso no contribuyo yo con mi trabajo de periodista a perpetuar un sistema de dominación (la maldita moda) tan poderoso simbólica y económicamente como el de la prostitución? ¿Quién y desde qué lugar dictamina las condiciones de supervivencia de una mujer? ¿Por qué unas estamos bendecidas para navegar como podamos las sucias aguas del capitalismo mientras otras tienen que preocuparse de que no les pinchen el salvavidas? Quién, dónde, cómo. Lugar de enunciación, territorio, política. Una vez que identificas al sujeto moderno/colonial de la Ilustración, se deshilachan sus productos y subproductos. Amelia Valcárcel dijo que “el feminismo es el hijo no deseado de la Ilustración”. Las feministas blancas nos centramos en “no deseado” (el lugar de la víctima) pero podríamos detenernos en que, deseado o no, somos progenie de un paradigma desmesurado, desencarnado, desterritorializado. Dice Sylvia Marcos:

La comunidad no tiene que ver con la identidad. Tiene que ver con el territorio. Compartes el territorio. Eso es lo que nos han tratado de enseñar los zapatistas. Cuando te dicen tu territorio es el edificio donde vives, ¿qué te estás diciendo? Pues que vivirás con gente de muchos lados, pero lo importante es que compartís un territorio. Aunque sea urbano. Ahí es donde hay que construir la política y la transformación. Es la Modernidad la que está matando esa responsabilidad colectiva de cuidarnos unos a otros en los territorios. Por eso para mí la Modernidad no es recuperable en ningún caso.

Deshacer la modernidad y encarnar lo político supone, en la propuesta de las filósofas materialistas feministas, retroceder hasta el siglo XVI y leer a Spinoza, Nietzsche, Foucault y Deleuze en vez de optar por la vía kantiana. El sujeto que nos encontramos en este universo no tienen nada que ver con la apisonadora moderna: no es unitario, no es trascendental, no está solo. Dejamos atrás la pesadilla de lo humano y comenzamos a visualizarnos en lo posthumano, como materia enlazada con toda la materia animada que existe a nuestro alrededor, ensamblados a todo tipo de prótesis materiales y mediados inevitablemente por la tecnología. Esa unidad de pensamiento moderna, esa conciencia egomanía sobre la que ha girado la manera en que nos visualizamos desde siempre, se rompe en mil pedazos. La inteligencia se derrama sobre todo lo vivo y lo no vivo y alcanza infinitas formas y resultados en insospechadas alianzas. El reencuentro con la inteligencia de lo vivo se abre ya paso en los productos de la cultura. En Aniquilación (Alex Garland, 2018), una bióloga (Natalie Portman) vive en propia carne la transmisión de adn entre todo lo vivo, una versión terrorífica de los monstruos y las alianzas de especies compañeras que desde hace tiempo teoriza otra bióloga, Donna Haraway. Resulta tremendamente sugerente que el director opte por elucubrar sobre una entente de especies distintas desde lo terrorífico y no desde lo esperanzador. ¿Acaso no es lo humano lo máximamente terrorífico? ¿No es mucho más escalofriante que nos estemos hibridando con el plástico que llega a nuestros intestinos a través del agua o con el glifosato de los herbicidas?

Tenemos que seguir vigilando nuestro bolsillo cuando miramos lo que se agita ante nuestros ojos. El entretenimiento y la cultura se han convertido en frentes privilegiado de la guerra del capitalismo avanzado pues operan suave y directamente en nuestra subjetividad. Necesitamos identificar, visibilizar y contrastar los significados que nos suministran y descentrarlos en mil interpretaciones para no dejarnos afectar tantísimo por ellos. Sospechemos de las seducciones que clasifican, jerarquizan y nos apartan. Comprometámonos con las políticas afirmativas y alegres que producen afirmación y alegría contra el miedo. Es una de las exhortaciones que realiza Rosi Braidotti en Por una política afirmativa. Itinerarios éticos (2018): «La afectividad juega un papel clave, ya sea en el trabajo de Haraway sobre el cíborg o en mi reflexión sobre el sujeto nómada. En ambas perspectivas está la invención de un nuevo estilo conceptual, que se niega a comprometerse en críticas negativas fines en sí mismas, prefiriendo en cambio partir de relaciones positivas y potenciadoras con textos, autores e ideas. El acento cae sobre el estilo cognitivo empático o de la profunda afinidad: es la capacidad de compasión que junta la potencia del entendimiento y la fuerza de resistir en sintonía con las personas, con toda la humanidad, con el planeta y la civilización en su conjunto. Se trata de una capacidad extrapersonal y transpersonal que debería ser conducida al abrigo de cualquier intento de universalista. La empatía arraigaría en la inminencia radical del sentido de pertenencia y responsabilidad hacia una comunidad, un pueblo y un territorio. Esta línea de una ética transversal produce un estilo teórico particular».

Que no nos importe la incomprensión. Marshall Berman escribe en Aventuras marxistas. Todo lo sólido se desvanece en el aire (1999).

La humanidad no puede aguantar demasiada realidad, incluso en el mejor de los tiempos; cuando la realidad es vergonzante o sombría, es aún más difícil de encarar. Un grupo social bajo presión es tan propenso a desarrollar mecanismos de defensa como un individuo en terapia; a exhibir las más elaboradas estrategias de resistencia (Freud) y ponerse la más gruesa e impermeable armadura de carácter que uno puede encontrar (Reich), para eludir el enfrentamiento con hechos desconcertantes. El paciente puede no escuchar cuando se le explica el argumento más revelador, o puede repetida y convenientemente olvidar, o puede gritar improperios muy alto en un esfuerzo de ahogar cualquier pensamiento perturbador que le surge de repente.

Lo dijo Virginia Woolf hace ahora 80 años: “Don’t feed the troll!”

Un consejito de Virginia Woolf para las mujeres burguesas, clase media o desclasadas universitarias que se disponen a iniciar la carrera de ratas en la academia, los medios de comunicación o la vida en general.

[“Las preguntas que debemos hacer y contestar sobre esa procesión en este momento de transición son lo suficientemente importantes como para cambiar la vida de hombres y mujeres para siempre. Debemos preguntarnos a nosotras mismas, aquí y ahora, ¿queremos unirnos a ese cortejo o no queremos? ¿Bajo qué condiciones deberíamos unirnos? Sobre todo, ¿dónde nos conduce, esta procesión de hombres ilustrados? No dejemos nunca de pensar: ¿en qué consiste esta “civilización” en la que nos encontramos? ¿Qué significan estas ceremonias y porqué tendríamos que formar parte de ellas? ¿Qué son estas profesiones y porqué tendríamos que vivir de ellas? ¿A dónde, en resumen, nos lleva el cortejo de los hijos de los hombres ilustrados?”].


Tres guineas se publicó en 1938: cumple 80 años. Woolf trata de pensar cómo parar las guerras, una cuestión que le ocupó prácticamente tres años porque su análisis es de calado: toca la socialización, la educación, la producción de cultura y conocimiento y el mundo laboral. Su análisis de la masculinidad es un punto de referencia estupendo para analizar las masculinidades de hoy en día y proponer un diagnóstico. Ahí ha de haber ya una brecha apreciable. Sin embargo, la pregunta clave que nos interpela directamente a nosotras sobre el colaboracionismo con el mundo de los hombres educados tiene toda su vigencia: no hemos avanzado casi nada. Seguimos caminando lo ya andado por el maestro como borregas. Hablamos de hacer mundo pero esperamos un permiso, una complicidad, una colaboración o yo qué sé qué. En esa encrucijada se deshace la sororidad de género y se descubren alianzas con sujetxs que escapan a la categoría mujer en una multiplicidad de diferencias. Ahí es donde está nuestra grieta.

Tres guineas ha envejecido, pero guarda perlas que por la vía de la descontextualización valen oro. Aquí va mi selección de fragmentos escogidos.

“Y estos pareceres nos inducen a poner en duda y a criticar el valor de la vida profesional; no su valor denigrado; este es grande; sino su valor espiritual, moral e intelectual. Nos inducen a opinar que las personas que tienen gran éxito en el ejercicio de la profesión pierden los sentidos. Se quedan sin visión. No tienen tiempo para mirar cuadros. Se quedan sin sonido. No tienen tiempo para escuchar música. Se quedan sin habla. No tienen tiempo para conversar. Se quedan sin el sentido de la proporción, de las relaciones entre las cosas. Se quedan sin humanidad. Ganar dinero llega a ser tan importante que deben trabajar por la noche igual que de día. Se quedan sin salud. Y tan grande llega a ser su ánimo de competir que se niegan a compartir el trabajo con otros, a pesar de que tienen más del que pueden realizar por sí mismos. ¿Qué queda, pues, en el ser humano que ha perdido la visión, el sonido y el sentido de la proporción? Sólo un tullido en una caverna”.

 

“Pero no estamos aquí para cantar viejas canciones ni para encontrar palabras que rimen. Estamos aquí para analizar hechos. Y los hechos que acabamos de sacar de la biografía parecen demostrar que las profesiones tienen un innegable efecto en los profesores. Tienen la virtud de dar a las personas que las ejercen carácter posesivo, celoso de todos sus derechos y altamente combativo si alguien osa disputárselos. ¿Nos equivocaremos al afirmar que si nos entregamos a estas mismas profesiones adquirimos los mismos rasgos? ¿Y acaso estos rasgos no conducen a la guerra? ¿Si ejercemos las profesiones tal como se ejercen, acaso dentro de un siglo o más o menos no seremos igualmente celosas, igualmente competitivas y no estaremos igualmente seguras del veredicto de Dios, la Naturaleza, la Ley y la Propiedad?”.

 

“Pero las extrañas prescindirán de las exhibiciones al dictado, reglamentadas y oficiales sen la que solo los miembros de un sexo toman parte; esas exhibiciones, por ejemplo, condicionadas por la muerte de los reyes, o por su coronación, fuentes de su inspiración. Prescindirán, además, de las distinciones personales, medallas, cintas, cruces, birretes y togas, no por aversión al personal adorno, sino por el evidente efecto restrictivo de ellas, por su propensión a estereotipar y a destruir. En este punto, cual tan a menudo ocurre, al alcance de la mano tenemos el ejemplo de los países fascistas para ilustrarnos, ya que, si bien no tenemos ejemplo para ilustrar lo que deseamos, sí tenemos algo que quizá sea igualmente valioso, que es el cotidiano y luminoso ejemplo de lo que no deseamos ser. Teniendo a la vista el ejemplo que nos dan el poderío de las medallas, de los símbolos y de las órdenes de mérito, e incluso, parece, de los tinteros adornados, todo ello dirigido a hipnotizar a la mente humana, nuestro deber ha de consistir en negarnos a la sumisión a ese hipnotismo. Debemos apagar el burdo resplandor del anuncio y de la publicidad, y no solo debido a que los focos pueden estar en manos ineptas, sino debido, también, al efecto psicológico que esta iluminación produce en quien la recibe. (…) Tenemos razones que nos inducen a esbozar la hipótesis según la cual la fluidez y la libertad, el poder de cambiar y el poder de crecer, solamente pueden ser conservados en la oscuridad; y que si deseamos contribuir a que la mente humana cree y, al mismo tiempo, evitar que vuelva a incidir una vez más en la misma rodera, debemos hacer cuanto esté en nuestra mano para envolverla en penumbra”.

 

“Abstenerse, evidentemente. No suscribirse a periódicos que propugnan la esclavitud intelectual; no asistir a conferencias que prostituyen la cultura; ya que estamos acordes en que escribir, por orden de otro, lo que no se desea escribir significa la esclavitud, y mezclar la cultura con el encanto personal o con el anuncio es prostituir la cultura. Por estos medios actos y pasivos, hará usted cuanto está en su poder para romper la circunferencia, para romper el círculo vicioso, para romper la danza alrededor del moral, del envenenado árbol de intelectual putiferio”.

 

“Todo parece indicar que la común conciencia que engloba a marido, mujer y Cámara de los Comunes experimenta simultáneamente el deseo de dominar, la necesidad de obedecer para que haya paz y la necesidad de dominar los deseos de dominio, lo cual representa un conflicto psicológico que explica, en gran parte, cuanto hay de contradictorio y turbulento en la opinión contemporáneo. El placer del dominio queda mayormente complicado, como es natural, por el hecho consistente en que todavía va unido, en las clases educadas, con los placeres de la riqueza y el prestigio social o profesional. Lo que le distingue de los relativamente sencillo placeres –como pasar por el campo, por ejemplo– radica en el temor a ridículo que los grandes psicólogos, lo mismo que Sófocles, han advertido en el dominante, que es particularmente susceptible, según la misma autoridad, a que el sexo femenino le ponga en ridículo o le desafíe. En consecuencia, un elemento esencial de este placer parece tener su origen, no en el sentimiento en sí mismo, sino en el reflejo de los sentimientos de otras personas, de lo que se sigue que el sentimiento puede se modificado por el procedimiento de alterar esos sentimientos. Quizás el más indicado antídoto del dominio sea la risa”.

 

“La atmósfera, sin la menos duda, es un muy poderoso factor. La atmósfera no solo cambia el tamaño y la forma de las cosas, sino que también afecta a los cuerpos sólidos, como los sueldos, que quizá se pensara fueran ajenos a los efectos de la atmósfera. Se podría escribir un poema épico acerca de la atmósfera, y también se podría escribir una novela de diez o quince volúmenes. Pero, como sea que esto es solamente una carta, y que vive usted apremiado, limitémonos a formular la sencilla afirmación de que la atmósfera es uno de los más poderosos enemigos, en parte debido a que es de lo más intangibles, con los que las hijas de los hombres con educación deben luchar Si cree que esta afirmación es exagerada, vuelva a examinar las muestras de atmósfera contenidas en las tres cartas citadas. En ellas, no solo encontraremos la razón por la que el sueldo de la mujer profesional es tan reducido, sino también algo más peligroso, algo que, si se difunde, puede envenenar por igual a ambos sexos. Ahí, en estas tres citas, está el huevo de ese mismo gusano que conocemos, bajo otros nombres, en otros países. En embrión, tenemos ahí a ese ser, el dictador, cual le llamamos si es italiano o alemán, que cree tener el derecho, e importa poco que alegue haberlo recibido de Dios, la naturaleza, el sexo o la raza, que le permite imponer a sus semejantes el modo en que han de vivir, lo que deben hacer. Citemos otra vez: «El hogar es, verdaderamente, el sitio en que deben estar esas mujeres que actualmente obligan a los hombres a estar sin trabajo. Ya es hora de que el gobierno exhorte a las empresas a dar trabajo a más hombres, permitiéndoles así casarse con esas mujeres a las que ahora no siquiera se pueden acercar». Situemos esta cita al lado de otra:«En la vida de la nación hay dos mundos, el mundo de los hombres y el mundo de las mujeres. La naturaleza obró bien al encomendar al hombre la custodia de la familia y de la nación. El mundo de la mujer es su familia, su marido, sus hijos y su hogar». La primera está escrita en inglés, la segunda lo está en alemán. ¿Cuál es la diferencia? ¿Acaso no dicen lo mismo? ¿No son ambas voces de dictadores, tanto si hablan en inglés como si lo hacen en alemán? ¿Y no estamos todos de acuerdo en que el dictador, cuando lo encontramos en países extranjeros, es un animal muy peligroso y feo? Y está aquí, entre nosotros, alzando su repulsiva cabeza, escupiendo su veneno, todavía pequeño, aovillado como una oruga en la hoja, pero en el corazón de Inglaterra. ¿No saldrá de ese huevo, dicho sea una vez más con palabras del señor Wells «la práctica anulación de la libertad de la mujer por parte de los nazis y los fascistas»? ¿Y la mujer que tiene que respirar esta ponzoña y luchar contra este insecto, en secreto y sin armas, en su oficina, acaso no lucha contra los fascistas y los nazis, lo mismo que quienes luchan con ellos, con las armas, bajo los focos de la publicidad? ¿Y esta lucha, acaso no agotará, forzosamente, sus fuerzas y sus ánimos? ¿Es que no tenemos que ayudarla a aplastar a este dictador en nuestro país, antes de pedirle que nos ayude a aplastarlo en el exterior? ¿Y qué derecho tenemos, señor, a vocear nuestros ideales de libertad y justicia en otros países, cuando, pudiendo sacudir de las páginas de nuestros más respetables diarios un huevo como este, no lo hacemos?”.

Una reconversión feminista para el periodismo herido

[Este artículo se publicó hoy en el periódico asturiano “La Nueva España”]

A pesar de que hoy seamos mayoría en las redacciones, el periodismo no ha tratado siempre bien a las mujeres. La profesión se levantó sobre unos pilares (largos horarios, exigente dedicación, competitividad extrema, necesidad de acceso a las cerradas fratrias del poder, la objetividad como trampantojo de lo únicamente masculino) que no nos han puesto nada fácil la tarea de contar, desde nuestro punto de vista, el mundo. Sintomáticamente, la masiva popularización del feminismo y la evidente feminización de la profesión coincide en el tiempo con el declive de ese periodismo masculinizado y masculinizante: el público, saturado, desconfía de los periodistas; la crisis de las empresas produce un empobrecimiento de las prácticas profesionales y un bajón en la calidad; la publicación de noticias falsas compromete el pacto deontológico que asegura la supervivencia de los medios. Con la irrupción de las redes como espacio libre de intercambio de información, la pregunta sobre lo que el periodismo puede hacer por el feminismo resulta, de repente, intrascendente.

Una vez las feministas nos hemos visibilizado, viralidad mediante, como demanda distintiva y suficiente, los medios de comunicación nos han abierto la puerta, pero no nos engañemos: ha sido por pura necesidad. El tratamiento periodístico de los temas que tienen que ver con la desigualdad, especialmente en todo lo que se refiere a la violencia, sigue siendo sangrante, prueba de que no existe convicción ni formación feminista suficiente en las redacciones, sino la percepción de una oportunidad comercial. En su desesperada carrera en pos del tráfico digital que asegure la supervivencia, los directores de los medios no dudan en alimentar sus websites con casos descontextualizados de violencia sexual y machista, vanas disputas entre blogueras feministas y trolls o columnas extemporáneas de patriarcas literarios. La polémica es nutritiva.

Aún así, la apertura es enorme. Para muchos, hasta avasalladora. La suspensión del androcentrismo mediático ya no es la excepción paternalista del 8 de marzo: sucede cada vez más todos los días. Hoy, con miles de mujeres manifestándose por la dignidad de su trabajo, algunas periodistas no nos preguntamos ya qué puede hacer el periodismo por las mujeres, sino que podría hacer el feminismo por este periodismo herido, si acaso se dejara. Especialmente por el periodismo local o de medio alcance, más capaz de crear vínculos que el que sigue aspirando a una gran audiencia adicta a un mínimo común denominador. Jeff Jarvis, el gran gurú de los medios estadounidenses, no solo ha confirmado la anunciada muerte de la comunicación de masas, sino que cuestiona la centralidad de la noticia como producto mediático. Ahogada entre tanto y tan vano contenido, pierde sentido a la misma velocidad que se abre paso una nueva demanda: la de la conexión.

Parece que el nuevo periodismo que todos quieren atribuirse no tiene tanto que ver con la tecnología o la política, como con lo político, entendido filosóficamente como la manera en que queremos relacionarnos con los demás. Este nuevo periodismo resulta profundamente feminista porque arraiga en el aquí y se encarna en la vivencia de aquellos a los que conecta y sirve. Su misión no pasa por servir de altavoz del poder, sino que se centra en la creación de lazo social. Su agenda no está marcada por la agenda política oficial, sino que se mueve alrededor de los vecinos. No promueve la confrontación, la tensión, la preocupación, el entretenimiento adictivo ni el desbordamiento de la emoción, sino que crea valor a través de una experiencia útil, que permite formar parte de una comunidad.

Las mujeres estamos especialmente equipadas para tejer lazos: ha sido asunto nuestro desde tiempo inmemorial. Esta abrumadora feminización de la profesión anuncia un giro hacia el servicio en el que se juega la supervivencia. Derrumbado el pedestal de los periodistas, queda el oficio a ras de suelo, justo donde nosotras operamos desde siempre, a la espera de la emergencia de nuevas estéticas, prácticas y modelos de negocio. Muchas periodistas feministas ensayan ya el futuro del oficio desde su trabajo en plataformas cívicas, asociaciones o entidades de trabajo social. Descubrieron en el corazón de la teoría feminista las herramientas con las que construyen el periodismo del mañana: aprecio de las diferencias y los disensos, confianza en la fluidez de las posiciones, facilidad para las alianzas… Un periodismo no entendido como campo de batalla, sino como una herramienta que nos orienta a un mejor vivir juntos.

Mis problemas con en el activismo cultural

Todo empieza con una molestia racionalmente incomprensible. No se trata del rutinario enfado de cada día sobre los contenidos mediáticos, sino una rabieta interior, sorda, insistente, ante iniciativas y contenidos que hace unos pocos meses podría haber defendido con la misma rabia que ahora me producen.

–¿Qué me pasa, doctor?

–Está usted derivando, señora. Derivando y deviniendo.

Los textos, si vienen cargados de sentido y potencia, no pasan por una sin consecuencias. Las feministas han intentado metaforizar tal efecto en la ñoña pero cierta expresión “ponerse las gafas violetas”. El mundo, al menos para las mujeres, no vuelve a ser el mismo tras leer teoría feminista. Se produce un cambio interior con efectos en el mundo exterior. Existe un vuelco, un subidón sanador y un volver a la Tierra equipada con otras ideas, otros objetivos y otras armas. También hay bajas en los afectos, porque lo personal es político.

Este primer clic feminista no fue, en mi caso, una estación término, sino una primera etapa. No por una ansia de saber sino más bien por mi adicción a las sensaciones. Los textos de las teorías críticas ofrecen lugares para la maravilla que ya no puede ser alcanzada por otros medios, por unos motivos o por otros. Además, el viaje no te lleva ya fuera del mundo, sino que te proponer sumergirte en él a través de experiencias vicarias. Esa maravilla tiene, como sucede con todo lo que afecta al cuerpo, un coste que no afecta a la salud, pero redistribuye los afectos y afectaciones. Lo que una vez satisfacía, puede de repente significar nada.

Me agarro fuertemente a esas pequeñas molestias, a esas rabietas aparentemente injustificables (que muchas veces libero en forma de tuit o en Facebook) porque son el ruido que hace mi derivar. Una deriva teórica (pero ya sabemos que lo teórico es también sensación y, por tanto, vida) que se topa con la posibilidad de un devenir. Me matriculé en un diplomado en pensamiento andino (del que jamás había oído) y feminismo decolonial (ni idea tampoco) en un puro derivar que, ahora, tiene enormes consecuencias en mi sentir y en mi pensar. Voy a tomar una muy primera lectura de lo que es el devenir de este artículo que no me canso de leer y citar.

“Devenir”, en primer lugar, es sin duda cambiar: ya no comportarse más ni sentir las cosas de la misma manera; ya no hacer las mismas evaluaciones. Sin duda no cambiamos de identidad: la memoria permanece cargada de todo lo que hemos vivido; el cuerpo envejece sin metamorfosis. Sin embargo, “devenir” significa que los datos más familiares de la vida han cambiado de sentido o que ya no mantenemos las mismas relaciones con los elementos habituales de nuestra existencia: el conjunto se juega de otra manera.

Recapitulando: debido al devenir al que me ha llevado la deriva, ya no me creo mi propio activismo cultural de hace un año. ¿Por qué? ¿Qué es lo que ahora me incomoda y me pica? ¿Qué es lo que se me rebela que antes dormía? Tras empollar el asunto una semana, he podido realizar un primer giro básico: no se trata de desacreditar la manera en que las mujeres deciden hacer activismo, sino constatar que no es ese el activismo que yo suscribiría ahora. No se trata de menoscabar la labor de Clásicas y modernas, Leticia Dolera o tantas otras instancias feministas del ahora, sino de identificar las razones por las cuales a mí ya no me sirven.

Las razones tienen mucho que ver con haber tenido la oportunidad de mirarme en el espejo del feminismo blanco, burgués, etnocéntrico, racista y eurocentrado que nos colocan delante las pensadoras decoloniales. Contemplar el retrato que de nosotras hacen las que luchan contra la colonialidad me parece un mínimo gesto de respeto hacia nosotras mismas y hacia las demás. La interseccionalidad, ese concepto que tanto usamos para aliñar en los textos académicos, supone la asunción de la cortedad de nuestros análisis feministas y del privilegio epistémico de los diagnósticos y soluciones de las que el poder sitúa bajo nuestros pies. Si el motor del feminismo es el desvelamiento de los procesos de dominación para impulsar el cambio social, queda doblemente subrayada esa tarea por la necesidad de asumir los análisis de quien más opresiones logre identificar. De otra manera, no haríamos más que sumar otra línea de dominación, la de las mujeres blancas y burguesas, a la que ya sostiene la hegemonía. Lo que se produce es un mínimo ensanchamiento, no un ascensor, ni siquiera una escalera.

Al ver el ciclo “Ni ellas musas ni ellos genios” de Clásicas y modernas, una asociación que ha aportado incontables análisis sobre la postergación de las mujeres en el mundo de la cultura, este año siento incomodidades que no sentía el año pasado, cuando el mismo ciclo se anunció en el mismo lugar (CaixaForum). Me cuestiono el sempiterno círculo cerrado de referentes femeninos que se barajan siempre en sus propuestas, una genealogía nada disruptiva y más que aceptada en el círculo mediático androcéntrico, portadora de un universo de ideas que no llega a cuestionar el sistema mismo, sino simplemente a rogar, pedir, solicitar un sitio el él. Es la misma cultura de las élites la que sigue circulando en el sistema, avalada por una mascarada de feminismo al que le han robado la subversión.

Esta dislocación que ahora es tan evidente, pude detectarla en fase inicial en un texto en el que descubrí, para mi propia sorpresa, que ya no me importaba nada la lucha por la visibilidad y el poder en las estructuras decadentes de los medios de comunicación tradicionales. Quiero decir: mi primer paso en el feminismo fue precisamente para denunciar la ausencia de creadoras en las secciones de cultura de los periódicos. Esa fue mi primera afectación real y ahí comenzó una travesía. La mujer que clamaba por un lugar para las autoras en los suplementos culturales de los periódicos ha desaparecido. Hoy me parecen un lugar caduco y decadente que tendríamos que abandonar a su suerte e incluso me parece una complicidad indeseable participar de esa estructura sin llevar a ella ideas para su propia autodestrucción.

Cuando escupí el tuit “La agenda-setting del feminismo se produce mediáticamente en el hilo que va de Coixet a Dolera” sentipensaba precisamente esto: que las mujeres que aparecen en los medios de comunicación hablando de feminismo lo hacen porque son el máximo grado de subversión que los mismos medios toleran como funcionales a su supervivencia. Se admite hoy como funcional que las mujeres de las élites reclamen un reparto más equitativo del poder: dado que las mujeres se han empoderado como consumidoras para las que el sesgo de género es importante, resulta conveniente producir artefactos culturales que satisfagan sus necesidades de representación. Hablamos de un reparto mínimo, no de un trastocar de nada.

Alguien me preguntó en Twitter: “¿Has leído el artículo de Coixet? ¿En qué no estás de acuerdo?”. Le contesté: “Si te encargaran una columna en El País, ¿qué escribirías?”. Creo que las feministas blancas nos hemos lanzado a los espacios que el poder nos ha concedido paternalista e interesadamente sin demasiada reflexión. Los hemos tomado en nuestro propio beneficio, para nuestra propia causa, en nuestra egocéntrica primera persona, como si tal aprovechamiento fuera a redundar en un beneficio real para nosotras o para las generaciones venideras. Es un espacio tan endeblemente construido y tan ladinamente concedido, que basta un acuerdo de voluntades para confiscárnoslo. Lo hemos utilizado de tal forma que puede ser considerado la puntual consecuencia de una moda pasajera y, como vino, irse. Tal es la naturaleza de la concesión amable que no requiere que se revuelvan las raíces del poder.

¿Qué ocurriría si estas mujeres a las que millones de “otras” estamos impulsando como portavozas no hablaran tanto de los suyo sino de lo de las demás? ¿Acaso no ocasionaría más conmoción al sistema movilizar la situación de las madres solteras en paro, las Kellys, las gitanas, las viudas o los huérfanos desatendidos de la violencia machista; los viejos que se suicidan, los dependientes sin cuidadores o los migrantes; las mujeres que viven y trabajan en los bares que las explotan, las que viven el racismo como el pan nuestro de cada día, los pobres, que conformarse con pedir “más directoras de cine”? ¿No vendría eso por añadidura en una conmoción mucho más profunda y transversal? No digo yo que haya que anularse. No pretendo que Coixet y Dolera no hablen de su libro, pero si ambas se tiene por feministas, si en su horizonte de deseo está la emancipación de todas, ¿por qué se limitan a colaborar con las estrategias del mercado mediático en vez de convertirse en infiltradas, en caballos de Troya, en productoras de grietas? 

En el pequeño “Ilustración radical”, Marina Garcés defiende el poder de las humanidades como herramientas de cambio, asunto sobre el que se explaya en una reciente entrevista (no pongo el link porque es de un medio de comunicación liberal) hace un paralelismo con el ecologismo que viene muy bien para lo que trato de expresar:

“Hay un ecologismo conservacionista, que es el de los ricos que quieren seguir disfrutando de la naturaleza y lamentan su pérdida. Frente a ello, está lo que algunos llaman “ecologismo de los pobres”, que es el que cuida su hábitat porque le va la vida en ello. Pienso que el compromiso con las humanidades tiene que ser hoy del mismo tipo: no son un patrimonio a conservar sino un ecosistema en el que nos jugamos aspectos fundamentales de nuestras vidas, especialmente los menos ricos y por tanto más sujetos a las transformaciones del actual sistema de reproducción social. Lo que está en disputa hoy no es si hay más o menos asignaturas de letras en los curriculums, sino qué sentidos de la experiencia humana podremos compartir y elaborar en condiciones de igualdad y de reciprocidad”.

A mí me interesa más un feminismo que se preocupa por cuántas mujeres llegan a ser directoras, pero mucho más por cuántas mujeres pueden pagarse la entrada para ir al cine. Y me mueve un activismo cultural que se abre a otras genealogías y otros discursos no dominantes, justo aquellos silenciados que colocan ante nuestros ojos el retrato del monstruo que nos negamos a ser. ¿Por qué ninguna feminista ha denunciado que una mujer blanca haya sido puesta al frente de la primera cátedra de Cultura Gitana que ha creado la universidad española, en la Universidad de Alicante?

Atención a esto que dicen Dolores Sánchez (historiadora) y Maite Larrauri (filósofa) a propósito del libro que han escrito juntas, “Contra el elitismo. Gramsci: manual de uso”, en esta entrevista en Radio Nacional:

–(Sánchez): “Nosotras compartimos con Gramsci, desde nuestra modestia, que la cultura ha de abandonar posiciones elitistas, es decir de minorías, ponerse al servicio de la construcción de una nueva mayoría de progreso, una mayoría social que tiene finalidades de cambio democrático y progresista. Y nos revolvemos un poco contra la situación española, donde la cultura, por una serie de determinaciones que han venido siendo dadas a lo largo del franquismo y luego de una transición que ha tenido muchos claros y algunas sombras, ha acabado siendo una cultura hecha, pensada, dictada desde medios de comunicación determinados y que se ha movido y ha circulado entre una serie de minorías y que ha tenido una escasa vocación de ser cultura popular, huyendo de las connotaciones peyorativas del término. No quiere decir una cultura devaluada, sino una cultura para la mayoría”.

Existe en el feminismo, al menos en mi feminismo, una complejidad de clase y de raza que no encuentro en las portavozas que, supuestamente, me corresponden. Sin ser yo negra ni pobre. Esa deriva tiene que estar en el feminismo que es ideología, que es revolucionario, que es político. Todo lo demás es reproducir al monstruo que decimos combatir. Es hipocresía o espejismo. Es una camiseta.

Escupamos sobre los suplementos culturales

Hace unos meses, descubrí cómo “El Cultural”, uno de los suplementos culturales más jóvenes del mercado y con dos mujeres en los lugares de mayor poder y peso (la dirección y en la sección literaria) camuflaba una supuesta mayor atención a la creación femenina tras distintos subterfugios cosméticos. La creación literaria sigue siendo terreno vedado a las mujeres españolas, pues la crítica se niega a visibilizar sus obras y al hacerlo niega su calidad y credibilidad. Comparto aquí las conclusiones de mi observación, que puede ser consultada enteramente AQUÍ.

Como hemos visto en el análisis de los datos, el “El Cultural” no acierta a la hora de reconocer el talento y la pertinencia de la creación literaria de las autoras españolas, ni siquiera en un momento de especial apertura de todo el campo social y político a la visibilización de lo femenino y lo feminista. Esta postergación y expulsión no afecta solo a las narradoras, sino también a las críticas, relegadas a un número ínfimo y a unas categorías predeterminadas de novedades editoriales que no alcanzan los espacios de la máxima reputación en la revista. Recurrir a las autoras extranjeras como vía para añadir un mayor porcentaje de autoría femenina al total reseñado puede ser una expresión más del sesgo misógino y elitista del androcentrismo o un reflejo de la manera de operar de las propias editoriales, estas sí interesadas en conectar con un público femenino pero dispuestas a hacerlo a través de traducciones de autoras que han triunfado ya fuera de nuestras fronteras y a las que se le supone el prestigio de lo extranjero.

Nos encontramos, pues, con una revista cultural que no parece preocupada por su propia permeabilidad al cambio social y las mutaciones que habrá de llevar a cabo para seguir en contacto con una masa lectora suficiente y renovable. Esta decisión editorial no solo puede tener carácter puramente ideológico y formar parte de la identidad de marca de “El Cultural”, sino que encuentra un definitivo refuerzo en las particularidades del sostenimiento mismo de la revista, dependiente de sus tres grandes patrocinadores (Telefónica, Banco Santander, La Caixa). Estos encuentran en su asociación con “El Cultural” una ligazón con la alta cultura, el canon tradicional más rancio y el universo de los grandes genios que pueden hablarse de igual a igual con los grandes actores del sistema económico y financiero. Aquí se revela expresivamente el miedo a que la presencia de lo femenino degrade la percepción de “El Cultural” ante sus sostenedores, en línea con el prejuicio que adjudica automáticamente a lo femenino los valores negativos de los fenómenos (Freixas, 2009: 79- 81). En esta hipótesis, la minusvaloración de la obra de las autoras españolas por parte de “El Cultural” sería, sobre todo, una cuestión de supervivencia de la propia publicación.

¿Cómo interpretar, entonces, el alineamiento general de las autoras españolas favorecidas por “El Cultural” y por la industria editorial en contra de las cuotas? La percepción general entre las autoras es la de que cualquier herramienta que favorezca la entrada de mujeres al mercado editorial puede menoscabar su propio talento. Vemos cómo existe una defensa de la propia posición, en vez de un reconocimiento de las dificultades que enfrentan sus colegas y herederas. Siguiendo a Simone de Beauvoir, podemos hablar incluso de cierta pretensión de elitismo y hasta de obturación: “La cultura no ha sido jamás sino patrimonio de una élite femenina, no de la masa; y es de la masa de donde han surgido con frecuencia los genios masculinos; las mismas privilegiadas encontraban a su alrededor obstáculos que les cerraban el paso a las grandes cimas. Nada podía detener el vuelo de una Santa Teresa, de una Catalina de Rusia; pero mil circunstancias se concitaban contra la mujer escritora” (1975: 180).

Parece claro que la facilitación de la entrada de un mayor número de mujeres en el mercado editorial pone en peligro a las que ya están instaladas en él y no solo a los hombres que tuvieran que ceder sus posiciones. Los efectos de las cuotas en las instituciones educativas y políticas son fulminantes a la hora de visibilizar realmente el talento disponible (Russ, 2005: 10). Pero, además de permitir que el talento femenino se abra paso sin tantos obstáculos, despoja de la categoría de excepcional a las que han llegado por unas razones o por otras, aumenta el número de mujeres escritoras visibles y dificulta la invisibilización de las mismas en el relato histórico. “When the memory of one’s predecessors is buried, the assumption persists that there were none and each generation of women believes itself to be faced with the burden of doing everything for the first time. And if no one ever did it before, if no woman was ever that socially sacred creature, “a great writer”, why do we think we can succeed now? The specter of “If women can, why haven’t they?” is as potent as it was in Margaret Cavendish’s time” (Russ, 2005: 93).

Este fenómeno de la acumulación numérica de casos, lo estamos viendo ahora mismo en la denuncia masiva de abusos sexuales en Hollywood, Westminster o el Parlamento Europeo, resulta central. La renuncia a la excepcionalidad de la autoría, la impugnación de un punto de vista crítico masculinizado (Segura, 2001: 21) y la apertura a experimentar la lectura como experiencia relacional y política aparecen como condición necesaria para derruir el principio de inferioridad y exclusión de las mujeres (Bourdieu, 2000: 59). Se trata de un movimiento decisivo en este momento definido ya como de “rearme patriarcal”, en el que parece que solo a fuerza de un estratégico agrupamiento numérico se puede contrarrestar el silenciamiento que imponen tanto los “varones moderados” que promulgan el espejismo de la igualdad como los “bárbaros del patriarcado” (Cobo Bedia, 2011: 13-23). Lo que está en juego es la primacía de la masculinidad frente a todo lo demás. “La violencia de algunas reacciones emocionales contra la entrada de las mujeres en tal o cual profesión se entiende si sabemos que las propias posiciones sociales están sexuadas, y son sexuantes, y que, al defender sus puestos contra la feminización, lo que los hombres pretenden proteger es su idea más profunda de sí mismos en cuanto que hombres” (Bourdieu, 2000: 117). Carla Lonzi lo expresó desde la posición femenina tres décadas antes: “La obra de arte no quiere perder la seguridad de un mito que se fundamenta en nuestro papel exclusivamente receptivo” (1972: 132).

¿Qué podemos hacer las mujeres, lectoras, escritoras, ante la pertinacia de estos reductos androcéntricos que, sostenidos fundamentalmente por el sistema económico-político patriarcal neoliberal, se arrogan el privilegio de conceder el prestigio y sus consiguientes réditos materiales y simbólicos? Con Carla Lonzi, proponemos que este es el momento idóneo para abandonarlos a su suerte. ¿Para qué desgastarse tratando de entrar en el territorio de la alta cultura que defienden este tipo de publicaciones, cuando tal distinción hace tiempo que fue abolida por la irrupción de las redes? La idea de desestabilizar el orden establecido mediante una asunción del híbrido laboratorio popular que impulsa cultura de masas resulta especialmente sugerente en el campo de la escritura femenina (Catelli, 2011: 29). La paridad como indulgencia del varón no tiene porqué bastarnos (Lonzi, 1972: 132).

Participar en las exaltaciones de la creatividad masculina significa doblegarse ante la lisonja histórica de nuestra colonización, en su episodio culminante según la estrategia del mundo patriarcal. El culto de la supremacía varonil se convierte, cuando le falta la mujer, en colisión entre facciones de varones. Ausentándonos de los momentos exaltadores de las manifestaciones creativas masculinas, nosotras no formulamos un juicio ideológico sobre la creatividad, ni la refutamos pero, al negarnos a acogerla, ponemos en crisis el concepto de que el beneficio del arte sea una gracia que se pueda suministrar. No creemos que una liberación de reflejo pueda servir para sacar a la creatividad de su entramado patriarcal. Con su ausencia la mujer logra un gesto de toma de conciencia, liberador y por lo tanto creador. (Lonzi, 1972: 132-133)

La exhortación de Lonzi, pese a lo revolucionaria que pueda resultarnos, en realidad se lee hoy no solo como una estrategia política sino como una escapatoria al derrumbe del sistema tradicional de circulación de la cultura y de asignación del prestigio. Las redes y la irrupción de las tecnologías digitales dinamitan las posiciones autor, lector y crítico, en una atomización de plataformas, blogs, editoriales y softwares de autoedición que ya no sostienen la elitista distinción destinada al escritor-genio y al editor genial. Es lo que Stefan Bollman llama un “desplazamiento tectónico en el sistema literario” (2013, 632): los suplementos culturales y demás instituciones mediáticas relacionadas con la antigua industria del papel no logran ya capturar a los lectores, sino que estos se mueven libremente en la red. Habrá quien lea este terremoto como una falla que aboca a la literatura a una merma en el estándar de calidad negociado por unos pocos para otros tantos, pero es innegable que supone una oportunidad para que la escritura de las mujeres pueda exponerse y ser valorada sin sesgos.

¿Qué sucedería si las pocas mujeres que hoy acceden a ser objeto de critica y criticar en “El Cultural” renunciaran a tal indulgencia? ¿Qué pasaría si las lectoras ya no lo leyéramos? ¿Visibilizaríamos por fin claramente que la clamorosa ausencia de mujeres en un espacio no supone ya un indicio de calidad, sino un síntoma de irrelevancia, desactualización y muerte?

“El adulto que crea es el niño que ha sobrevivido”

Adiós a Ursula K. Le Guin, la niña que sobrevivió. He ido a buscar mi ejemplar de “Historias de Terramar” y no está en mi biblioteca. Me he dado cuenta de que si este libro no está donde yo estoy, es que aún no estoy en mi casa.

 

 

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—¿Qué tienen de malo los hombres? —preguntó Tenar con cautela.

Con igual cautela, en voz más baja, Musgo respondió: —No sé, queridita. He pensado en eso. Muchas veces lo he pensado. Lo único que puedo decir es esto: el hombre está metido dentro de su piel como una nuez en su cascara. —Alargó los largos dedos doblados y húmedos, como sosteniendo una nuez.— Es una cascara dura y resistente, y el hombre está lleno de sí mismo. Lleno de esa carne grandiosa de los hombres, del ser del hombre. Y eso es todo. Eso es todo lo que hay. Adentro no hay más que él y nada más.

Tenar reflexionó por un rato y finalmente preguntó: —¿Pero si es un hechicero…?

—Entonces todo lo que tiene adentro es poder. Él es su poder, así es. Eso es lo que pasa con los hombres. Y eso es todo. Cuando su poder desaparece, él también desaparece. — Cascó la nuez imaginaria y tiró los pedazos de la cascara.— Nada.

—¿Y qué pasa con una mujer, entonces?

—¡Ah, queridita!, una mujer es algo muy distinto. ¿Quién sabe dónde empieza y termina una mujer? Escucha esto, señora, yo tengo raíces, tengo raíces más profundas que esta isla. Más profundas que el mar, más antiguas que el surgimiento de las tierras. Me remonto a las sombras. —Los ojos de Musgo tenían un extraño brillo en los bordes enrojecidos y su voz era melodiosa como un instrumento.— ¡Me remonto a las sombras! Antes de la luna, ya existía. Nadie sabe, nadie sabe, nadie puede decir qué soy, qué es una mujer, una mujer de poder, el poder de una mujer que es más profundo que las raíces de los árboles, más profundo que las raíces de las islas, más antiguo que la Creación, más antiguo que la luna. ¿Quién se atreve a hacerles preguntas a las sombras? ¿Quién podría preguntarles su nombre a las sombras?

Tehanu (Historias de Terramar)

 

 

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Y entonces vi de nuevo, y para siempre, lo que siempre había temido ver, y que siempre había evitado ver: que él era una mujer tanto como un hombre. Toda necesidad de explicarse los orígenes de ese miedo desapareció con el miedo mismo; y al fin no quedó en mí otra cosa que haber aceptado a Estraven tal como era. Hasta entonces yo lo había rechazado, había rehusado reconocerlo. Estraven había tenido mucha razón cuando dijo que él, la única persona de Gueden que había confiado en mí, era el único guedeniano de quien yo desconfiaba. Pues él era el único que me había aceptado del todo como ser humano; a quien yo le había agradado como persona y me había sido leal, y que por lo mismo había esperado de mi un grado semejante de reconocimiento, de aceptación. Yo me había resistido, y había tenido miedo. Yo no quería dar mi confianza y mi amistad a un hombre que era una mujer, a una mujer que era un hombre.

Estraven me explicó, tiesa y sencillamente, que estaba en kémmer, y que había estado tratando de evitarme aunque era difícil.

– No he de tocarte – dijo con mucho esfuerzo, y en seguida apartó los ojos. Yo dije: – Entiendo. Estoy en todo de acuerdo.

Pues me parecía, y creo que a él también, que de esa tensión sexual que había entre nosotros, admitida y entendida ahora, aunque no por eso aliviada, de esa tensión nacía la notable y repentina seguridad de que éramos amigos; una amistad que los dos necesitábamos tanto en nuestro exilio, y ya tan probada en los días y noches de aquel duro viaje, y que también, tanto ahora como después, podía llamarse amor. Pero ese amor venia de la diferencia entre nosotros, no de las afinidades y semejanzas, y esto era un puente en verdad, el único puente tendido sobre lo que tanto nos separaba. Para nosotros el contacto sexual hubiese sido encontrarnos de nuevo como extraños. Nos habíamos tocado del único modo posible. No fuimos más allá. No sé si teníamos razón.

Hablamos algo más aquella noche, y recuerdo que me costó mucho contestar de un modo coherente cuando Estraven me preguntó cómo eran las mujeres. Nos sentimos bastante tiesos y precavidos uno con el otro en el próximo par de días. Un amor profundo entre dos personas incluye, al fin y al cabo, el poder y la posibilidad de causar un daño profundo. Nunca se me hubiese ocurrido antes de esa noche que yo pudiera lastimar a Estraven.

La mano izquierda de la oscuridad

 

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—Es nuestro sufrimiento lo que nos une. No el amor. El amor no obedece a la mente, y cuando se lo violenta se transforma en odio. El vínculo que nos une está más allá de toda posible elección. Somos hermanos. Somos hermanos en aquello que compartimos. En el dolor, en ese dolor que todos nosotros hemos de sufrir a solas, en la pobreza y en la esperanza reconocemos nuestra hermandad. La reconocemos porque hemos tenido que vivir sin ella. Sabemos que para nosotros no hay otra salida que ayudarnos los unos a los otros, que ninguna mano nos salvará si nosotros mismos no tendemos la mano. Y la mano que vosotros tendéis está vacía, como lo está la mía. No tenéis nada. No poseéis nada. No sois dueños de nada. Sois libres. Todo cuanto tenéis es lo que sois, y lo quedáis.

»Estoy aquí porque vosotros veis en mí la promesa, la promesa que hicimos hace doscientos años en esta ciudad: la promesa cumplida. Nosotros la hemos cumplido. En Anarres no tenemos nada más que nuestra libertad. No tenemos nada que daros excepto vuestra propia libertad. No tenemos leyes excepto el principio único de la ayuda mutua. No tenemos gobierno excepto el principio único de la libre asociación. No tenemos naciones, ni presidentes, ni ministros, ni jefes, ni generales, ni patronos, ni banqueros, ni propietarios, ni salarios, ni caridad, ni policía, ni soldados, ni guerras. Tampoco tenemos otras cosas. No poseemos, compartimos. No somos prósperos. Ninguno de nosotros es rico. Ninguno de nosotros es poderoso. Si lo que vosotros queréis es Anarres, si es ése el futuro que buscáis, entonces os digo que vayáis a él con las manos vacías. Tenéis que ir a él solos, solos y desnudos, como viene el niño al mundo, al futuro, sin ningún pasado, sin ninguna propiedad, dependiendo totalmente de los otros para vivir. No podéis tomar lo que no habéis dado, y vosotros mismos tenéis que daros. No podéis comprar la Revolución. No podéis nacer la Revolución. Sólo podéis ser la Revolución. Ella está en vuestro espíritu, o no está en ninguna parte.

Los desposeídos

 

 

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Selver es un dios.

Eso era lo que había dicho la viejecita verde como si todo el mundo lo supiera, de la misma manera como hubiera podido decir Fulano es un cazador.

– Selver sha’ab.

Pero ¿qué significaba sha’ab? Muchas palabras de la Lengua de las Mujeres, el lenguaje cotidiano de los athshianos, venían de la Lengua de los Hombres, que era la misma en todas las comunidades, y a menudo esas palabras no sólo eran bisilábicas sino también bifacéticas. Eran monedas, anverso y reverso. Sha’ab significaba dios, o ente numinoso, o ser poderoso; también significaba algo muy diferente, pero Lyubov no podía recordar qué. A esa altura de sus reflexiones, Lyubov ya había llegado a su cabaña, y no tuvo más que consultar el diccionario que Selver y él habían compilado en cuatro meses de trabajo agotador pero armónico. Claro: sha’ab, traductor.

Era casi demasiado exacto, demasiado a propósito.

¿Había una relación entre los dos significados? La había a menudo, pero no tanto como para constituir una regla. Si un dios era un traductor ¿qué traducía? Selver era en verdad un intérprete de talento, pero ese talento sólo había podido manifestarse en el hecho fortuito de que una lengua verdaderamente extranjera hubiese entrado en su mundo. ¿Era un sha’ab alguien que traducía el lenguaje del sueño y la filosofía, la Lengua de los Hombres, al lenguaje cotidiano? Pero eso podían hacerlo todos los Soñadores. Entonces, podía ser alguien capaz de traducir a la vida de la vigilia la experiencia capital de la visión: alguien que sirviera de eslabón entre las dos realidades, consideradas por los athshianos como idénticas, el tiempo-sueño y el tiempo-mundo, y cuyas relaciones, aunque vitales, son oscuras. Un eslabón: alguien que podía expresar con palabras las percepciones del subconsciente. «Hablar» esa lengua es actuar. Hacer una cosa nueva. Cambiar o ser cambiado, desde la raíz. Porque la raíz es el sueño.

Y el traductor es el dios. Selver había introducido una palabra nueva en el lenguaje de su pueblo. Había cometido un acto nuevo. La palabra, el acto, el crimen. Sólo un dios podía llevar de la mano a través del puente entre los mundos a un recién llegado tan majestuoso como la Muerte.

(…)

Una vez que uno ha aprendido a soñar sus sueños en el estado de vigilia total, a apoyar la salud de la mente no en el filo de navaja de la razón sino en el doble platillo, el delicado equilibrio de la razón y el sueño; una vez que uno ha aprendido eso, ya nunca puede olvidarse de cómo pensar.

El nombre del mundo es bosque

Por qué el mensaje tóxico de los Javis es letal-viral

Érase una vez un señor joven al que la vida le sonrió y, en el mejor ejemplo de mansplainning pitoniso que hemos visto hasta la fecha, decidió utilizar su poder mediático y su influencia entre la chavalada crédula para decirles que “TE VAN A QUERER Y VAS A ENCONTRAR TU SITIO”. ¿Mensaje infantil, mensaje ingenuo o mensaje tóxico? Los tres.

El discurso de Javier Calvo es un ejemplo perfecto de toxicidad por la vía de la terapéutica, una necesidad ampliamente explotada por el capitalismo, cuyo radar de detección de necesidades y deseos urgentes hace tiempo que concluyó que depositar la responsabilidad del éxito y la sanación exclusivamente en la capacidad del individuo engordaba un suculento mercado de adminículos, discursos y entrenadores dedicados a la automejora. Todo empezó por el famoso “si quieres, puedes” que, en el retrúecano de los Javis, se convierte en “todo va a salir bien”. Confiad en el mercado, confiad en el Estado, confiad en nosotros, confiad en lo que hay. LO QUE HAY PROVEERÁ.

Confiad, porque los Javis “VAMOS A ESCRIBIRTE HISTORIAS PARA QUE TÚ TE SIENTAS INSPIRADO”. Con su mercado de jóvenes sobradamente desesperados (y con razón ) bien cogido por los huevos de la sentimentalidad a saco, y con su propia historia de éxito como ejemplo de verdad, estos jóvenes emprendedores aseguran: NOSOTROS TENEMOS VUESTRA MEDICINA. Nosotros os contaremos historias que os harán triunfar, como lo estamos haciendo con los chicos de “Operación Triunfo”.

¿Es esto un timo en prime time, una ingenuidad egocéntrica o pura y dura expresión de la subjetividad millenial del capitalismo liberal apolítico y desclasado?

Recordemos: el paro juvenil en España es el segundo más alto de toda la Unión Europea, solo por detrás de Grecia: 40,5%. Según un informe del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, en 2017 el 37,6% está en riesgo de pobreza o exclusión social. Los jóvenes que sí trabajan necesitan el 60,8% de su sueldo para pagar la hipoteca. Si optan por el alquiler necesitarán el 85,4% del mismo. El 47,7% de los jóvenes trabajadores desempeña trabajos de menor cualificación que la que poseen. El horizonte de esperanza (ya ni hablamos de “realización personal”) para la mayoría de los menores de 30, aquellos que no tendrán la oportunidad de estudiar en el extranjero e integrarse en la élite global, pasa por emigrar hacia trabajos esclavos o autoesclavizarse a sí mismos en el negocio turístico-hostelero nacional. Más que narcotizarlos con un “todo va a ir bien”, ¿no habría que tratar de repolitizar a toda esta gente para que DEMANDARA FURIOSAMENTE su derecho a un futuro y un presente digno? Pues no: lo que los Javis proponen es QUE VAYAN AL CINE A INSPIRARSE. Porque todo el mundo sabe que, para salir del “no future” que nos propone hoy nuestra realidad política y económica, lo que hace falta es INSPIRACIÓN.

Este tipo de discurso anestésico, hipertóxico y sentimentaloide está más que estudiado. Esta es la estrategia de autoayuda y empoderamiento personal que podríamos analizar en LA OBRA de los Javis y, en especial, en el discurso del Javi que nos ocupa.

Sigo citando un trabajo académico de Andrea Vanina Papalini, “La autoayuda, un género de la literatura masiva”, que me parece muy clarificador del fondo ideológico de este discurso viral-letal:

La literatura de autoayuda satisface todos estos requerimientos: se involucra claramente con los problemas de los sujetos y su voz se hace oír por boca de otros que exteriorizan padecimientos semejantes, construyendo de esta manera la verosimilitud de la proposición del texto. Asume los deseos colectivos de felicidad –cifrados, básicamente, en la obtención del éxito y la eliminación del sufrimiento- y proporciona alternativas plausibles ante circunstancias perturbadoras. Los discursos de la ciencia o de la experiencia justifican sus respuestas. La “realidad” que muestran estos textos es fácilmente reconocible, pues se trata de la cotidianeidad.

En la modalización que oficia la literatura de autoayuda aflora el “tono” de la época actual. Primero, porque la “revelación de los dolores del alma” ante un público extraño y masivo es culturalmente “audible” sin extrañeza alguna, en el mismo sentido en el que la subjetividad se vuelve un tema esencial y se adueña del núcleo vital de las preocupaciones sociales. Segundo, porque la apelación al otro con intención de convencer es un hecho corriente: es el lenguaje con el que la publicidad interpela a diario a la multitud. Tercero, porque el “hágalo usted mismo” a partir de una receta hunde sus raíces en dos significaciones vertebrales de la sociedad capitalista moderna: la noción de “utilidad” y la entronización del individuo omnipotente el “conquistador”, el “emprendedor”.Esta mirada ciega la visión de la sociedad y sus conflictos, anulados por la restricción al mundo individual.

Las prácticas terapéuticas tendientes a superarlos se basan en el control de las representaciones de los sujetos. Puede afirmarse que el objetivo perseguido es mejorar la adaptación a las condiciones de existencia, en consonancia con el universo de creencias y valores que caracterizan al capitalismo tardío.

En “Literatura de autoayuda: una subjetividad del Sí-mismo enajenado”, la misma autora concluye lo siguiente:

La autoayuda se ofrece como un espejo que retrata los padecimientos subjetivos de los hombres y mujeres contemporáneos y que propone una vía individual de resolución de conflictos. (…)  Otra de las técnicas consiste en la denegación del mundo. Se enseña a prescindir de la mirada del otro, de su crítica e inclusive de su opinión. La autoafirmación se basa en la omnipotencia del ego que todo lo puede y no necesita de nadie. El individuo es erigido en centro del mundo y no tiene otra responsabilidad que el éxito. Fortalecido el yo, tampoco existen responsabilidades hacia los otros. La ética que se postula es una ética del “cuidado de sí” egocéntrico. Estas técnicas, que persiguen como significación central la idea de éxito, apuntan a una condición del yo: la autoestima. (…) Vista así, la literatura de autoayuda se preserva a sí misma, pues no se confronta con una factualidad externa al sujeto sino que depende de la valoración y sentido que éste otorgue al mundo. La medida de su eficacia depende de las mismas representaciones que se propone readecuar: si el sujeto no percibe cambio alguno, es porque naufragó su intento y a él le cabe la responsabilidad por ese fracaso.

(..)

La experiencia del “cuidado de sí” deviene pseudo- experiencia que excluye los peligros de las sensaciones y sentimientos extremos, dolor y amor, felicidad y desdicha entre ellos. La autoayuda colabora en la mascarada de la despreocupación y la simpatía preten- diendo que las tribulaciones son nocivas para la vida. Su acción es semejante a la del analgésico, que disimula la primera alerta, las señales físicas; y a la del narcótico, que impide sentir. Es una estrategia de fuga donde no hay escape posible; es una fuga del afuera, es la negación del otro y de uno mismo.

Tanto para los defensores de la cultura de masas como para sus detractores, ésta socializa al individuo en las virtudes de obediencia y conformidad, enseñándole a aceptar el sistema social como orden natural perenne. Las organizaciones productoras de la cultura masiva, de la que los medios de difusión son parte, son instituciones del consenso, que reproducen los valores hegemónicos y que tienden a excluir ideas disidentes o formas simbólicas novedosas pongan en riesgo las significaciones instituidas. Los libros de autoayuda hacen de ésta su tarea. La experiencia literaria resulta así vicaria, ofreciéndose en su lugar una instancia de reproducción social. Lejos de iluminar senderos emancipatorios, construyen una subjetividad ausente: con lo paradojal que pueda parecer, se trata de una subjetividad del Sí-Mismo enajenado.

¿No sería síntoma de un verdadero interés en las personas, en la situación de desesperanza de muchas, en su sensación de inutilidad, promover la reunión, la asociación y la militancia cívica y política como lugar para la esperanza y el cambio? El sistema está construido para extraer toda la potencia que encuentre en nosotros. ¿No vendrá nuestra terapia de la acción política, militante, cívica, efectiva en vez de una anestesia opiácea suministrada aquí a través de productos culturales, pero que tanto recuerda al Oxicotín que se está llevando por delante a la clase media empobrecida estadounidense?

Estamos drogados casi todo el rato por la televisión o por las redes sociales. Somos habitantes de una no-vida que se parece mucho a la que Stanislaw Lem describió en “El congreso de futurología”. Necesitamos despertar al dolor de lo que nos están haciendo y de lo que estamos haciendo. Los muertos del Mediterráneo y de los campos de exterminio de Turquía, los desesperados de los desahucios y la pobreza, las apaleadas por el trabajo esclavo y las violadas de las fronteras no van al cine.