El deseo de ser señora de la limpieza

Acabo de leer en el Independent que las mujeres que trabajan en la cultura y los medios de comunicación tienen un 69% más de probabilidades de suicidarse de la que indica la ratio nacional. No nos engañemos más: las industrias culturales y las empresas periodísticas se han convertido en verdaderas maquilas donde la mano de obra no solo es barata, sino que se ve obligada a trabajar horas y horas impulsada por el perverso trampantojo del “salario emocional”: estatus, vocación, esnobismo. La progresiva pauperización y precarización de las profesionales que se quisieron clase media nos aboca a una doble intemperie:  el desalojo de nuestro estilo de vida y el derribo de los castillos en el aire de la racionalidad productora-consumidora y la ausencia de las herramientas de las pedagogías de lo precario, lo comunitario y lo antisistema. Estamos en el aire. Desvalidas. Sin red. Y luego está esa sensación de sentirse esquirola en todas partes. Una impostora.

La semana pasada recibí un envío de una agencia de marketing de moda: artículos de papelería de diseño. Están valorados en más dinero del que voy a ganar este mes. Los trabajadores de la cultura hemos de dejar de visualizarnos como clase media y comenzar al vestir el traje obrero del que jamás debimos salir. Si los periodistas tuviéramos la mitad de la conciencia de clase y la capacidad de solidaridad que poseen los estibadores, otro gallo nos cantaría. Escribir gratis, aceptar tarifas de 50 euros por un artículo, viajar sin dietas o quedarse en las redacciones hasta las mil no son comportamientos que van a cesar de pedirnos tras la crisis. De hecho, son el día a día en los nuevos medios. ¿Por qué hemos tragado los periodistas con la perversa confusión entre contenidos y periodismo? Quisimos sobrevivir, pero nos vemos apretando tornillos en la cadena de montaje de la industria del copy-paste nacional.

Las periodistas, al menos las freelance, ganamos menos dinero por hora que las señoras de la limpieza. Eso da la justa medida de cómo valoran los lectores lo que nos ofrecen los medios de comunicación. No hay por dónde cogerlos, pero es que no nos dejan hacerlo mejor. Las que limpian, sin embargo, lo dejan todo como la patena sí o sí. Las periodistas al peso hemos de dejar de aparecer como personajas con cierto poder y reconocernos como las ‘kellys’ de los medios de comunicación. Me fascina comprobar cómo las camareras de los hoteles, mil veces más maltratadas que las periodistas, han logrado tejer su red mientras que nosotras continuamos fingiendo que todo pasará. Ji, ji, ja, ja. El sistema nos ha instruido bien en la competitividad y el miedo a perder la silla. Hoy no solo siento el malestar de mi desclasamiento y mi precariedad, sino a disgusto en mi propia profesión. Ojalá fuera yo señora de la limpieza.

 

La moda como régimen disciplinario de las mujeres

La mejor manera de esconder algo es dejarlo a la vista de todos. Eso es precisamente lo que sucede con el negocio de la moda: cuanto más más groseras son las manifestaciones de su burricie y vulgaridad, mayor es la atribución de sofisticación y distinción que le conceden sus acólitas. Véase esta fotografía de la campaña de primavera de Saint Laurent: ¿realmente estamos hablando de moda o se nos comunica, bien a las claras, el régimen disciplinario de la misma? La imagen lo tiene todo: sumisión, objetificación, infantilización, degradación, hipersexualización… Así de inermes ve las mujeres el que monta una red de trata.

No deja de sorprenderme la pedagogía de la obediencia que, a través de la moda, se inculca en las jóvenes. Las prácticas que exige militar en la moda, conocer las tendencias a través de las revistas, compras las prendas indicadas y llevarlas de la manera esperada en los cuerpos normativos, no hacen más que trasladar a nuestra subjetividad el mandato femenino de la obediencia. La moda nos programa desde bien niñas para obedecer las reglas hasta el punto de modificar nuestros cuerpos para practicarla. Y mientas nosotras pensamos que nos hablan de tendencias, en realidad nos inoculan el deseo de la sumisión que nos desactiva como seres pensantes, sintientes y políticos.

Hubo un tiempo en el que las editoras de moda de las revistas vestían invariablemente de negro. Dicen que tal código indumentario procedía de un deseo de neutralidad y discreción que se ha roto en estos tiempos del culto a la personalidad. Puede que aquellas mujeres, indudablemente listas, aún fueran capaces de mostrar su resistencia y su independencia a un negocio que se basa en la sumisión. Hoy, cuando voy a alguna redacción y me cruzo con alguna joven mujer practicanta de las tendencias (sobremanera cuando observo a las bloggers e ‘influencers’ que hacen girar su vida sobre ellas), ya no veo la belleza de catálogo de su presencia. Solo siento pena.

La fuga del feminismo

De repente, llegan hasta mí, percibo o deseo-imagino muchas señales que alumbran un camino de salida del feminismo como herramienta de futuro. Creo que ya es hora de incorporarlo como un lugar de deslumbramiento que ha producido todos los efectos que había de producir. Los textos feministas cambian, sin duda, la vida que se deja afectar, pero los recibo ya más como un trampolín que te propulsa hacia otro sitio que como una posición en la que quedarse. Ahora que la palabra patriarcado puede ser dicha en el telediario, debe existir otra frontera en la que las cosas no sean impulsadas por la máquina total. Las palabras todas del feminismo que circula hoy han sido ocupadas, vaciadas y desactivadas. No hay proyecto ni hay red, hay autosatisfacción y complacencia. El feminismo que ha superado el cambio de siglo no subvierte, sino que se ve obligado a reproducir para sobrevivir. ¿Qué ha pasado para que hablemos más de sororidad, un sentimiento de solidaridad que siempre ha existido en los barrios obreros y clases medias-bajas y bajas, que de sospecha, una herramienta mucho más necesaria para habitar hoy la realidad? ¿Por qué se está imponiendo de una manera tan cruda y sin apenas resistencia la agenda neoliberal del consumo y de los deseos en el programa feminista?

Todo esto pienso mientras veo esta portada, la de la revista feminista que Conde Nast, editora de “Vogue”, pone en la calle de cara al 8 de marzo. La máquina de la feminidad heterocapitalista es feminista. Claro que sí, guapis.

 

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Audrey Lorde

 

 

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“Las que estamos fuera del círculo de la definición que esta sociedad de mujeres aceptables; las que hemos sido forjadas en las encrucijadas de las diferencias, las que somos pobres, somos lesbianas, somos negras o somos más viejas, sabemos que la supervivencia no es una habilidad académica. Es aprender cómo estar en pie sola, impopular y a veces vilipendiada, y cómo hacer causa común con esa otra gente identificada como ajena a las estructuras, con el fin de definir y buscar un mundo en el que todas nosotras podamos prosperar. Es aprender cómo coger nuestras diferencias y convertirlas en potencias. Porque las herramientas del amo no desmantelarán nunca la casa del amo. No permitirán ganarle provisionalmente a su propio juego, pero jamás nos permitirán provocar auténtico cambio. Y este hecho sólo resulta amenazador para esas mujeres que todavía definen la casa del amo como su única fuente de apoyo”.

 

Autocensura

Hace algunos meses, durante la gira de presentación de las primeras memorias de Juan Luis Cebrián, indignó mucho su alusión a la autocensura de los periodistas como uno de los motivos que podrían explicar que “El País” no publique noticias que tienen que ver con anunciantes, propietarios o afines. Leo ahora que acaban de despedir a una periodista de Internacional, Lara Otero, que parece que no se autocensuraba en las asambleas, así que no parece demasiado honesto cargar la responsabilidad de lo que se publica en la tropa en vez de en los generales… En fin. El último “Informe anual de la Profesión Periodística 2016” de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) revela que el 74,8 por ciento de los periodistas cede a las presiones ante el “miedo” y las “represalias” a ser despedido o relegado en la asignación de trabajos, principalmente los autónomos, y un 57,2 % de los profesionales de los medios reconoce que se autocensura.

Hoy escribo un texto sobre las fundaciones de arte de las grandes corporaciones del lujo desde la autocensura. El periodismo queda en manos de los artistas. Esta obra es de Lucie Fontaine.

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El feminismo institucional se autodestruirá en 3, 2, 1…

Los libros de las maestras se han quedado mudos. Ellas mismas son zombies que hablan de un mundo que otras no reconocemos ya. Imposible reconciliar las posiciones políticas radicalmente anticapitalistas con su defensa de las democracias liberales que nos explotan. Complicado concederle voz a mujeres de otros lugares de la tierra desde la posición enunciadora que ellas ocupan.

Lo que se está gestando ya no tiene que ver ni con matar al padre ni con matar a la madre. Es una superación. Abolir el pensamiento abismal es mucho más que un genericidio, aunque tal abolición haya comenzado por los géneros. El reto está en convertirse en el otro, fundirse en el otro, ser el otro hasta que desaparezca tal. No hay el otro. No hay lo otro. Todo es uno.

Sirin Adlbi Sibai se ha atrevido a titular su libro “La cárcel del feminismo” porque el feminismo, tal y como pretenden seguir planteándolo las maestras que ocupan las cátedras y los despachos universitarios, es percibido como uno de los lugares de privilegio en los que construye la categoría “otra”. Renunciar a la categoría “otra” no es simplemente una operación retórica que alegremente nos abre una nueva temática para abrevar nuestro pensamiento. No es una ocupación de una posición y una apropiación de una voz. Es una operación material y política que empieza, a este lado, por dar un paso atrás.