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El Periodismo es Mujer (robo filosófico-estético)

A veces las cosas hacen click y no hay más: el sentido se produce sin más retruécanos. Hoy me ha sucedido justo eso, una especie de minideslumbramiento producida por el ajuste inesperado de dos vídeos aparentemente en las antípodas y del que se deduce (y esa es mi única contribución) lo que digo: si The Future es Female, El Periodismo es Mujer. Vamos, lo que yo llamo mujer que es la sujeta subalternizada de toda la vida, sea cual sea su configuración biológica, pero definitivamente alejada del poder: pobres, racializadas, desidentificadas, habitantes de los límites. Me da mucha pena que se pierda mujer como herramienta filosófica y política vindicativa, más que nada por la hermenéutica que posibilita, pero el concepto es inservible si las mujeres blancas y burguesas no lo desocupamos para que logre acoger a las identidades oprimidas, también, por nosotras.

Creo que este vídeo que adjunto a continuación tendría que ser visto en todas las facultades e institutos. Lo que Cristina Fallarás nos regala es un relato de sentido que se nos ha hurtado y que ya no puede quedar por más tiempo en el armario: la manga ancha que la ciudadanía española demuestra a la hora de votar tiene origen en un relato de lo democrático fraguado, sobre todo, en Prisa, y que viene a convencernos de que cualquier pacto es válido con tal de progresar. Tal es el relato operacional que se instaló en la Transición y que continúa dando sus frutos hoy. Conviene ver el vídeo: Cristina lo explica con una pasión, un convencimiento y unas razones emocionantes.

Pero, antes de ver el vídeo, quisiera pediros que os fijarais también en la ponencia de Olga Rodríguez: de nuevo, cargada de pasión y de razones para denunciar el poco respeto que los periodistas le profesamos al mandato constitucional que protege nuestra profesión. Su impugnación del “periodismo equidistante” y del periodismo de declaraciones es un clamor que nadie se atreve a romper. ¡Brava! Como en el caso de Cristina, no hay por dónde cuestionar su narración, aunque yo sigo encontrándole mucha miga a la forma de su exposición. En ellas percibo yo una búsqueda de sentido a lo grande, totalmente desvinculada del ego, asentada en la experiencia personal pero elevada a la categoría de asunto público, sin retóricas de refuerzo de la propia valía. En suma, una notable ausencia del yoyoísmo habitual en estas performances que sí leo en las intervenciones de los dos periodistas, Fernando Berlín y Pere Rusiñol (ex redactor jefe de El País). ¿Percibís el impulso personalista o son imaginaciones mías?

¿De dónde viene esa pasión, esa rabia por la expulsión que infringen hoy los medios de comunicación a las periodistas que pretenden contar la realidad, esa tremenda moción de censura a todo el sistema? ¿Qué las carga a ellas de tanta razón e indignación que no alcanza a los mucho más circunspectos compañeros? ¿Cómo logran ellas afectar tanto más que ellos con discursos doblemente complejos? La respuesta la he encontrado, poco después, en otro vídeo, este protagonizado por Noelia Adánez. Se trata de su sesión sobre feminismo en la universidad de verano del Teatro del Barrio. Noelia problematiza filosóficamente el concepto de igualdad que manejan las instituciones en las que se maneja la sociedad para no asumir las reclamaciones de justicia de las mujeres. Después de verlo, me queda meridianamente claro porqué las mujeres estamos doblemente armadas para detectar y explicar las brechas por las que el sistema o cualquier subsistema nos expulsa.

Las mujeres estamos fuera del sistema, fuera de las instituciones, fuera de las leyes, desde que la Ilustración dio carta de naturaleza al individuo abstracto como base de su proyecto para la Modernidad. Pensar que los desarrollos legales e institucionales de los últimos tres siglos nos contemplan es engañarse, de la misma manera que las fuerzas antifascistas se engañaron para firmar el Pacto de la Transición. Lo institucional, el Periodismo incluido, es una ficción, un timo o, como dice Olga, “una farsa”. Las mujeres lo sabemos de primera mano, porque sufrimos doblemente las expulsiones que el sistema produce cada vez más rápida y generalmente: la pobreza es solo la última vuelta de tuerca de la expulsión de la individuación de lo humano que sufrimos al nacer. Somos las extensas idénticas, el otro que distingue al uno, el objeto mudo e ininteligible. Nosotras sí tenemos un corpus teórico, una teoría explicativa y una narración sobre este proceso de expulsión que ahora impulsa el neoliberalismo porque ya se nos impuso en el Pacto de la Ilustración. Nuestra rabia no se contiene desde hace un año, un lustro ni una década, sino desde hace 300 años. Lo raro es que nos conformemos solo con rabiar.

¿Es violencia la misoginia de los dominicales? El caso de El País

Vivo sin vivir en mí porque la semana pasada no encontré en PAPEL, el nuevo dominical de EL MUNDO, ni una sola mujer representada. Y estaba dejando que la rabia se diluyera en el barbecho y las premuras de los plazos de entrega cuando, hete aquí, que cae en mis manos el dominical de El País. Y veo lo siguiente:

Estas son las páginas de publicidad insertas hoy en la revista. Como podéis ver, excepto una, todas son figuras femeninas:

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Estos son los protagonistas de los espacios periodísticos. Como podéis ver, todos son hombres:

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Me gustaría que alguien me explicara, si fuera posible, porqué profesionales cultos y con acceso al conocimiento mantienen un régimen simbólico-ideológico en el que las mujeres figuran sólo como cebos, cuerpos, objetos.

Ahora que las feministas nos movilizamos contra las violencias machistas, me parece importante que las mujeres que hacemos el Periodismo hablemos de la sigilosa violencia simbólica que apuntala todas las demás, en este caso desde la prensa.

En esta denuncia deben comparecer, también, medios que recurren a las causas feministas y se llenan lo boca con alegatos en favor de la igualdad y la paridad, pero que son escritos mayoritariamente por hombres. Las mujeres no podemos seguir colaborando con nuestros clicks y suscripciones con estos medios. Me refiero a La Marea, que esta semana lanza esta campaña.

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Y me refiero, también, a Eldiario.es. Pero, en fin, esa es otra historia.

Hombres vs. Mujeres: la guerra inducida por el sistema

Hoy, en la sección España de El País, Patricia Ortega Doltz publica el enésimo reportaje que se sirve de la violencia mediática aplicada a los asesinatos machistas de mujeres y niños. El reportaje es este y las dos estrategias violentas, recurrentes últimamente en unos periódicos hambrientos de morbo son, principalmente, dos:

1. Aplicar el tratamiento de suceso a los asesinatos machistas, narrándolos como crímenes de El Caso, como si fueran un cuento gore, aludiendo al sentimentalismo o el terror, al morbo. Doltz narra el asesinato con todo lujo de detalles cinematográficos. De esta manera, se conciben como eventos terribles, puntuales, ajenos, “de ficción”. Al no contextualizarlos en una sucesión de causas, al no aludir a la raíz del problema (la violencia patriarcal), quedan en el aire e impiden al lector comprender que cualquiera puede ser objeto/sujeto de este tipo de violencia.

2. Utilizar el terrible eufemismo “violencia doméstica” o incluso “crímenes caseros” o “kamikaze doméstico”, que ejerce la función de invisibilizar el terrorismo machista, circunscribiendo las muertes al terreno de lo privado, de la casa, a un espacio en el que no se debe intervenir. El civismo de vecinos y familiares queda así vetado en este espacio y las mujeres y los niños quedan simbólicamente encerrados en lo doméstico.

3. Inexplicablemente, en medio de su delirante narración amarillesca de crímenes “dantescos” (no se priva de usar lugares comunes la redactora), introduce este suceso como si tal cosa:

“Dos días más tarde, en una especie de extraño y delirante rito, una mujer degollaba a su bebé en un altar de la capilla del cementerio de La Villa de Don Fadrique (Toledo)”.

Inexplicablemente, la periodista inconsciente mezcla churros con merinas, e introduce en una sucesión de casos de asesinatos machistas un crimen que nada tiene que ver con la violencia que se produce debido al sistema de poder que organiza y mantiene el patriarcado.

¡¡¡¡PERO QUÉ INVENTO ES ESTO!!!!!

Es momento de exigir a los periodistas justicia informativa. Los profesionales de los medios han de formarse para relatar debidamente las muertes por violencia machista o asumir que, debido a su relato incompleto o directamente nocivo, contribuyen a la violencia simbólica que sustenta el privilegio de los hombres en el sistema patriarcal. Sí, a las periodistas les da miedo usar estas palabras: patriarcado, patriarcal, poder masculino. Pero llega un punto en que cuando los periodistas, universitarios formados, invisibilizan su exiStencia, niegan su existencia, sólo puede tomarse como síntoma de mala fe.

Stop a la violencia mediática.

Además de negarse a explicar las razones de la violencia subterránea que debido al sistema patriarcal sufren mujeres, hombres y niños, la negación de los periodistas a nombrarlo y darle carta de naturaleza tiene un efecto nocivo más. Los periodistas, por ignorancia o por sustentar su propio privilegio, construyen sus relatos de manera que los hombres, caracterizados como arrebatados, perturbados, drogados, obsesionados o enamorados, son los enemigos de las mujeres, víctimas, impotentes, inútiles, fallidas por no denunciar, locas por no poder salir corriendo. La perpetuación de este relato en los medios de comunicación es tan violento como el hecho mismo: no sólo las mujeres se encuentran atrapadas en el papel de víctimas, sino que los hombres se ven simbólicamente presos en el papel del eterno agresor.

Al sistema que sustentan los medios de comunicación les interesa que los hombres aparezcan como el enemigo. Al designar como enemigo nada menos que a la mitad de la población, neutralizan las demandas femeninas por absurdas. Les interesa, además, que la gran mayoría de los hombres, ajenos a la violencia, no se puedan proyectar en las reivindicaciones feministas. Al sentirse simbólicamente agredidos, tachados de violentos, no se manifiestan con nosotras, no postean nuestras muertes en sus redes sociales, no se horrorizan con nuestro dolor, no quieren pringarse en unos relatos de los que se sienten ajenos. De esta manera, los hombres jamás se unirán masivamente a nuestra lucha: no la sienten como suya sino en su contra. Paralelamente, esta prisión de la víctima disuade a las mujeres de tomar la iniciativa, las mantiene inermes, atenazadas por el miedo, inútiles.

No son los hombres el enemigo último, aunque sean ellos los que levantan la mano, el hacha o la radial. Los relatos de los medios de comunicación han de explicar, de una vez por todas, que es el sistema de poder vigente a nuestra sociedad el último culpable de lo que nos pasa. Todos, hombres y mujeres, somos víctimas del sistema patriarcal. Todos vivimos en ese Matrix del que hay que deshacerse para vivir desde una igualdad más o menos real. Las mujeres, como subalternas en ese sistema, vamos por delante a la hora de reconocer el patriarcado y su reparto de poder no equitativo, pero son legión las mujeres que crían a sus hijos y a sus hijas para que acepten el sistema de dominio patriarcal en el amor romántico, en los cuidados, en la feminidad y la masculinidad estereotípica. Muchos hombres viven su vida desde la conciencia de la igualdad y no se sienten concernidos por la violencia de los otros hombres (¡cómo reconocerse en un asesino!), pero no terminan de ver claro cuál es ese privilegio en el que inevitablemente se les educa, y menos aún entienden el complejo y difuso sistema de obediencia al que somos sometidas las mujeres. En todo caso, piensan que tenemos libre albedrío.

Este es el libro universitario más básico de Antropología cultural, usado en la UNED desde hace años. Su autor, Conrad Philip Kottak, lo escribió como libro de texto básico en 1999: no creo que este señor de la Universidad de Columbia, miembro de la Academia de las Ciencias estadounidense, pueda ser “sospechoso de feminismo”. Utiliza un concepto básico en la investigación antropológica, patriarcado, y lo relaciona directamente con la violencia.

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Los medios de comunicación tiene la obligación ética de situarse al nivel que les exige la sociedad del siglo XXI y visibilizar cómo funciona el sistema que produce tanta violencia para familias enteras, mujeres, hombres y niños. Tienen que usar las palabras que la literatura científica usa desde hace décadas y reconocerse parte del problema y la solución. Puede que el mayor defecto de los periodistas entre los que me incluyo sea la soberbia: creemos saberlo todo. No existe ningún programa de formación en los periódicos para que los profesionales accedan al conocimiento que necesitan para lidiar con la violencia machista: en las redacciones, el conocimiento pasa de los mayores a los jóvenes. Pero, ¿cómo van a formar los mayores en un conocimiento que no poseen por mera circunstancia generacional o incluso por una ideología mal entendida? ¿Qué mayores van a formar a los jóvenes periodistas si estos han sido erradicados de las redacciones por caros, molestos o inservibles?

Los periodistas son, queramos o no, nuestro intermediarios con la realidad. ¿En manos de quién estamos dejando la explicación de nuestro mundo?

Terrorismo machista y prensa femenina: una relación complicada

Llevo todo el día viendo cómo los distintos medios presentan el caso de Laura del Hoyo y Marina Okarynska, asesinadas en Cuenca por el ex novio con antecedentes por maltrato y retención ilegal de Marina. Y, vaya, nada fuera de lo habitual: la prensa se lava la conciencia aludiendo una y otra vez a la ausencia de denuncias y aprovecha en cuanto puede para culpabilizar a la víctima y victimizar al culpable. El mundo al revés que tan bien se explica desde el análisis de los privilegios del heteropatriarcado. En otra palabras: nena mala.

Como las imágenes valen más que mil argumentos, os planteo algunos pantallazos para la reflexión crítica. En posesión de todas mis facultades racionales, yo diría que hacen falta profesionales con formación específica en las redacciones. Pero si me dejara llevar por la mala leche, pediría la cabeza de algunos a la Reina de Corazones.

*El País y ABC coinciden al mostrar el sesgo de género en el tratamiento de la violencia ejercida por las mujeres y por los hombres: ella degüella, él mata (la mujer siempre muere, pocas veces es asesinada).

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*El terrorismo machista no se considera tal. Ni hablar de contextualizarlo en un agravamiento de la sintomatología de la enfermedad patriarcal. El sexismo y el machismo ambiental no tiene nada que ver. Son casos individuales, aislados y que no se pueden prever: sucesos puros y duros. Quizá por eso no encuentro en prensa ningún columnista/analista que se atreva hoy con la cuestión de fondo: no existe. Sólo un valiente en ABC sigue la línea ideológica de negar la mayor y afirmar el menor daño posible para el sistema: es cuestión de locos y locas.

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*Sin sentido ni sensibilidad: el peligro de las florituras. Un retruécano inesperado se produce en El Mundo, con una ilustración ilustrativa (¿de verdad es necesario ilustrar violencia con violencia?) que pone los pelos de punta.

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*Para rematar, una página creada para total descargo de los agresores: no sólo ellas no denuncian con lo que se privan de la protección que pudieran reclamar a la sociedad, sino que ellos son víctimas, aturdidos momentáneamente por una enfermedad no descrita que sólo esperan que les abran los ojos. Algo así. De nuevo, ni rastro de alusión a la posibilidad de que nos encontremos ante los #hijossanosdelpatriarcado

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Visto el panorama en las “ligas mayores”, ¿qué habríamos de esperar las mujeres de las revistas femeninas de los sábados? El tema tiene su intríngulis, sin duda… En principio, resulta bastante extraño que las revistas no se pronuncien en sus redes de alguna manera ante unas muertes que dominan hoy la conversación de las lectoras. Ni YoDona ni MujerHoy dicen ni mu de las muertes de Cuenca o Castelldefels, o de las muertes que llevamos en todo el verano. Sin embargo, un breve repaso a las webs y al timeline de SModa me lleva a replantearme si no será, esta callada por respuesta, la contestación más honesta.

En el muro de Facebook de MujerHoy no existen hoy Laura y Marina ni tampoco en el de YoDona. Y casi es mejor así. Esta semana, El Mundo colgaba en su web un reportaje sobre violencia de género con un error/desliz/descuido terrible, terrible, que no te explicas cómo se le puede haber pasado por alto a la cantidad de profesionales que supervisan los contenidos, a no ser que estos se vigilen desde un punto de vista estrictamente mecánico, sin una sensibilización expresa en violencia de género. Tomado de la revista Yo Dona, donde aparece efectivamente bajo el indicativo Reportaje/Sociedad, en la web lo consideran un tema de Lifestyle. Y se quedan tan anchos, oiga.

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Otro tratamiento paradójico del terrorismo contra las mujeres que me hace replantearme la bondad de que las revistas se apropien del asunto es el que realiza SModa.
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¿Cómo una publicación que mantiene el sexismo extremo propio del sistema de la moda/belleza, con su control coercitivo extremo sobre cómo ha de ser el cuerpo de las mujeres, defender coherentemente la no violencia contra las mujeres? Quiero decir: la violencia simbólica que estas publicaciones realizan es cada vez mayor. ¿Es ético que se laven las manos de su función engrasadora del sistema de género sumándose sin más, sin más acto de contrición ni propósito de enmienda ni dolor de los pecados, sin haber expuesto siquiera las razones hondas de las más de 1000 muertes que nos vamos a echar a la mochila este año?

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Así las cosas, casi es preferible que no digan nada. Que admitan, con su silencio, que de alguna manera forman parte, como formamos parte todos, de la ingeniería social antediluviana que nos ordena para que unos sean dominantes y otras, sumisas; unos poseedores y otras, poseídas. Porque todo el relato de la feminidad, del amor y del cuerpo que con mayor o menor coerción plantean rema en la misma dirección que los relatos que construyen a esos machos dolidos en su hombría, desposeídos de su virilidad y locos de amor que terminan matándonos. Yo creo que ese silencio, además de servil con la publicidad que nos vende la aspiración a Matrix, también es una manera digna de no sacar partido del dolor, de respeto a las víctimas y a sus familias. Yo lo prefiero.

Masculinidad tóxica: el carnicero de ElPaís/Icon

Tienen razón los que tocan a difunto: la masculinidad y la feminidad convencional, jerárquica y cosmética están muriendo. Por mucho que se empeñen los tradicionalistas y los medios de comunicación, que necesitan de la publicidad que se sirve de esos estereotipos para vender sus necesidades segregadas, el futuro camina ya por otras vías que, y esto es un acto de fe, se construyen desde lo mejor de lo femenino y lo masculino, sin código binario de por medio. La pureza, repasemos la endogámica genealogía de los Borbones, por ejemplo, sólo trae enfermedad y fealdad. En la mezcla se extreman la belleza y la inteligencia.

Lamentarse por la desradicalización (desratización, desinfectación) de la masculinidad y la feminidad es no conocer demasiado acerca de su íntima, intimísima, relación con la violencia. Las mujeres militantes en una feminidad extrema son víctimas fáciles del maltrato porque ejercen la subalternidad y esperan ser completadas y salvadas por un macho fuerte y controlador. Creen en el amor romántico que el sistema nos vende para que no se descomponga la familia tradicional, esa lacra. La relación de la hipermasculinidad con la violencia está estudiadísima: la esencia misma del ser masculino es prescribir la violencia como solución. ¿Tengo que aclarar aquí que masculino NO EQUIVALE A TODOS LOS HOMBRES? La cultura masculina no tiene en su formulación un sujeto biológico determinado, aunque en la práctica sea sostenida mayoritariamente por hombres. Efectivamente, los hombres que practican esta masculinidad extrema son víctimas del propio sistema. Ceden a la máquina de construir violentos. La masculinidad violenta, lo mismo que la feminidad necesitada, se construye en gran parte a través de los medios de comunicación.

En este artículo de The Guardian sobre una reciente conferencia internacional sobre masculinidad que se ha celebrado en Estados Unidos se lee un párrafo que muestra cómo la masculinidad, incluso en su concentración más común, genera hombre incapaces de comunicar sus emociones a sus amigos. Incluso cómo pueden ser rechazados por estos cuando tratan de cambiar este patrón de incomunicación:

“Robert Garfield, psiquiatra, terapéuta e investigador en la Universidad de Pensilvania, nos cuenta que el hombre contemporáneo está solo.Quierehablar asus amigos hombres sobresus sentimientos, pero no lohace. De nuevo aparece la idea del macho estoico. ‘Las herramientas para construir la intimidad emocional no son suministradas por Dios, no están en la naturaleza del hombre’, escribe Garfield, quien acaba de publicar un libro titulado “Rompiendo el código del macho” . Algunas de las conclusiones de su investigación prueban que más del 60% de los hombres desea más cercanía emocional con sus amigos. En su laboratorio-taller, Garfield enseña a los hombres cómo mostrar cercanía amistosa a otros hombres. Los asistentes usan una “rueda de sentimientos” para identificar cómo se sienten. Acuden una vez a la semana, exploca Garfield. Lo más duro es cuando tratan de poner en práctica lo que han aprendido en su laboratorio con sus amigos, desprevenidos”. ¡Qué tristeza todo!

Fue en la misma conferencia en la que Jane Fonda les aclaró a los cienes de hombres asistentes que “La masculinidad, tal y como se define hoy, es tóxica”:

“Aquí está el problema: esta profunda sensación de los hombres de que han de epara su pensamieto de sus emociones. Y de que ello es un síntoma de inteligencia y madurez. En realidad, esta separación es síntoma de un trauma. La herida es el patriarcado. A él le debemos que los hombres hayan tenido que desdoblarse, robándoles así la humanidad. La sabiduría popular afirma que así es como son los hombres, mientras que las mujeres son maduras y emocionales. La actual percepción de la masculinidad ha lesionado la expresión de lo emocional en los hombres y por eso estamos ahora aquí, para contestar a la pregunta: ¿Cómo la recuperamos?”.

En estas estamos cuando veo en el inspirador muro de LaTira un artículo de Icon/El País titulado “¿Por qué no iba un carnicero a estar tan de moda como un futbolista?”. Un asunto peregrino donde los haya. Desgraciadamente, el texto suministra todos los mensajes castradores y estereotipos absurdos que las mujeres hemos ido recibiendo durante décadas. Se ve que el periodista tenía la buena intención de hablar de un empresario ganadero que ha llevado su negocio al éxito, de la carne y de los carniceros del siglo XXI. Pero para poder meter la historia en una revista de moda y en El País no basta ese enfoque: hay que suministrar la información de manera mucho más espectacular y lesiva: apelando a los tópicos de la masculinidad y al sexo. El pobre ganadero aquí ni pincha ni corta en el rollo hipsteriano con que se le presenta. Es el periodista el que, tratando de convertir un artículo sobre carniceros en un hype, termina construyendo un modelo de masculinidad tóxica. Qué vieja y qué británica es esta operación, madre mía, con lo guay que hubiera sido atreverse a escribir una simple declaración de amor a la carne y sus carniceros. Probablemente, otro tipo de hombre se hubiera devanado las meninges para suministrar otro tipo de masculinidad, menos lesiva. Apuesto a que no se trata probablemente de una operación mental consciente, expresa. Simplemente sale a la luz el fondo de armario mental del periodista, profundamente sexista. El lenguaje es taaaaaan delator. Mirad cómo va suministrando perlas de sabiduría:

  • El carnicero/idealmasculino como epítome de lo sexual. Álvaro regenta junto a sus dos hermanos mayores La Finca, la explotación ganadera más sexy de España”. Detesto la sexificación de la vida, que nos lo vendan todo con el sexo. Qué cosa más aburrida. La unidad de destino en lo universal del ser humano es ser sexy. El universo simbólico del carnicero es complicado: alude a la violencia, el asesinato en serie, la deshumanización… “El carnicero”, de Chabrol, se sirve esplendidamente de él para construir un personaje tierno y delicado. En “Hechizo de luna”Norman Jewison también se sirve de la brutalidad que se le asocia en el imaginario simbólico para enriquecer el personaje de Nicholas Cage. Es incontestable que el carnicero opera en nuestro imaginario como símbolo de violencia. Que se asocie, aunque sea en este nivel de comprensión tan sutil, con lo sexy me produce sentimientos muy muy muy encontrados. Desde luego yo jamás hubiera puesto el acento en lo sexual, sino en lo humano. Así todos salimos ganando.
  • El carnicero/idealmasculino como hombre rico y adornado por los símbolos de la riqueza: no sería tan deseable si fuera un carnicero clase media. El menor de los Jiménez Barbero hoy conduce un BMW, tiene un iPhone 6 y aparece enfundado en un abrigo de Scotch & Soda tras visitar La Tasquería, el restaurante dedicado a la casquería que Javi Estévez está a punto de abrir en Madrid y que servirá carne de La Finca.
  • Las mujeres como personas interesadas eminentemente en el dinero del otro. Si fuera una chica, le daba mi número”, escribe el periodista. Piensa el ladrón, dice el refrán. Hasta el mismísimo de que se nos pinte siempre como las malas zorras que perseguimos el dinero del macho. Como si el interés tuviera sexo.
  • Cuando el carnicero es rico y majo, hasta se le puede preguntar por la ropa, ese asunto de chicas que a los hombres de verdad no les interesa nada. “Animados por la efusividad de Applestone hemos decidido formularle algunas preguntas sacadas del cuestionario tipo que tenemos para las entrevistas con maniquís”.
  • A la mitad de camino, siente la necesidad de justificar el despropósito: se huele que algo no funciona y ha de explicárselo al lector. Si hemos convertido hasta a los panaderos en estrellas mediáticas, no se nos ocurre ninguna razón por la que no pudiéramos hacer lo mismo con los carniceros”. Desafortunadamente, New York Times ya realizó la operación de glamourización en 2009 y era igualmente absurda.

Corto y cierro con una frase que me ha llamado la atención. Podemos sustituir carnicería por cualquier consumo del mercado actual, ya que este se basa en la reposición acelerada en cualquier especialidad. Pero no me ha llamado la atención por la perogrullada sino porque, cuando le leía, me vino a la cabeza Groucho Marx.

“Además, como todo el mundo sabe, la carnicería es tendencia: “En cierto modo, la carnicería es uno de los campos en los que actualmente más claramente se pueden describir lo que es tendencia y lo que no”.

El feminismo blando de la globomedia: cómo nos venden la moto

Pico como tonta en el cebo filosófico de El País y rompo el compromiso conmigo misma de no leer periódicos hasta las elecciones. Error. La lectora con escrúpulos que llevo dentro encuentra enseguida argumento para su cabreo. Se trata del enésimo artículo sobre pop y feminismo, que ocupa portada en las páginas de chascarrillos intrascendentes de El País (revista del sábados) en vez de hacerse hueco en el de análisis concienzudo de los domingos. Consecuentemente, el periodista, al que supongo agotado como lo estamos muchos de tanto llenar y llenar líneas ya no sabemos de qué ni a qué precio, se las apaña para llegar al final del texto colocando opiniones de unos y de otros sin aclarar una cuestión que, y eso sí que es díficil, tampoco ha sido directamente planteada. Para el caso, lo importante es que los cuerpos-reclamo de Beyoncé, Rihanna y Nicki Minaj salen a toda página y que la palabra feminismo sirve de aliño y percha enrollada para el racial pack. Dame veneno que quiero morir. Dame veneno.

Si un analista dominguero con mediano fuste hubiera tenido que escribir un artículo sobre esta insistente aparición de la palabra feminismo en los lugares más insospechados del showbussiness contemporáneo, ¿qué hubiera escrito? Me gustaría muchísimo saberlo. ¿Cómo explicarían este extraño fenómeno las mentes avezadas en desmontar los contextos para explicar los procesos? Sin caer en la tentación de arrogarme la propiedad del movimiento (aunque, padre, confieso que ante estas cosas se me viene a la mente el segundo mandamiento), cuál es el contenido de este feminismo que nos arrojan desde lugares donde el igualitarismo brilla por su ausencia? ¿Dónde encontrar explicación a porqué este cúmulo de cuerpos hiperexpuestos abanderan el feminismo? Como (ex)lectora de periódicos, me deben un contexto. No el blah, blah, blah de corte y pega de rigor. Amigos de El País: si regaláis libros de filosofía a vuestros lectores, ¿por qué publicáis textos que podrían servirle a Cuore?

Pero volvamos a la cuestión. Esta semana también me topo con mil y una alabanzas hacia una nueva campaña de la marca Dove, que se quiere feminista por alentar a las niñas a aceptar su pelo rizado. Según estudios llevados por Dove, tan sólo cuatro de diez niñas sienten que su cabello rizado es hermoso. Sin embargo, el mensaje es enviado en general a todas las mujeres del mundo para que den el ejemplo y sientan seguridad en sí mismas, y de su belleza natural, sin importar los estándares que dicta la sociedad”. La anterior campaña de Dove, “Love your curves”, abrió la veda de la publicidad-autoayuda para las marcas que quisieran investirse de ángel guardián de las mujeres. Una pena que el mundo nos haya educado para no aceptar caramelos de extraños: más que preocuparse por el bienestar mental de las mujeres, Dove se avalanza sobre un nuevo grupo consumidor detectado por los estudios de mercado que son las mujeres con baja autoestima. Su tamaño es enorme, gigante, pues el sistema capitalista que premia la belleza, la juventud y la delgadez se encarga de producir gran cantidad de mujeres llenas de ansiedad por no encajar en el inalcanzable estándar. Total: nos venden empowerment por la vía de un jabón.

El caso de Dove es bastante paradigmático del toco mocho que el mercado, sus marcas y los medios de comunicación que se sustentan en ellas nos están colocando. La web Sheknows ha bautizado el fenómeno como femvertising (femenine+advertising) y lo describe como aquel por el cual las mujeres demandan más compromiso de las marcas que consumen. Estas producen mensajes que alientan a chicas y mujeres a quererse y a apreciar sus cuerpos porque un 52% de su público cuenta que les influye cómo la marca retrata u trata a las mujeres y porque un 94% de las mujeres cree que la manera en que los anuncios convencionales representan a la mujer es dañino. Nike, Hanes, Olay, Dove, Always, Pantene, Playtex, Covergirl, Underarmour o Sears han puesto en marcha campañas de este estilo. Personalmente recomiendo el de leche Kaiku sin lactosa. No hay palabras. No hay que ser Einstein para sospechar el timo que cobijan estos mensajes publicitarios: dado que la marca no puede respaldar la agenda feminista que busca la representación de distintos cuerpos de cualquier edad porque para vender ha de asociarse siempre a la belleza normativa, la sustituye por un difuso mensaje de autoayuda que no llega ni a feminismo light y lo hace pasar por un compromiso cierto con el igualitarismo. No way, Dove y todos los demás.

El asunto no tendría mayor trascendencia sino fuera porque la idea de que el feminismo se limita al acomodo en el propio cuerpo por parte de las mujeres no estuviera calando tan fuertemente. No seré yo la que diga que la cuestión no es importante, ahora bien. Parece que interesa al sistema convertir lo que siempre ha sido una lucha colectiva, pública, política en un dilema individual, íntimo, psicológico, que la mujer ha de resolver sirviéndose de los benéficos productos y mensajes que el mercado les pone a su disposición. Así, entretenidas en la tarea de amarnos a nosotras mismas, apenas sí nos enteramos de lo que pasa en la plaza pública de la política, que es de lo que se trata. Al patriarcado siempre le ha obsesionado confinarnos en el espacio reducido de lo privado. ¿Qué hay más reducido y privado que el propio cuerpo convertido en cárcel que, encima, debemos amar?

Veo, además, cómo este enclaustramiento se replica en órdenes distintos al íntimo por parte de mujeres supuestamente empoderadas. En octubre pasado leí un artículo interesante titulado “Las conferencias de mujeres poderosas ya no empoderan a nadie”, acerca del la saturación que tenemos ya de ver a las mismas profesionales de éxito dando conferencias y protagonizando simposios que no sirven más que para lavar la cara de las empresas y llenar el bolsillo a las que se prestan al juego. Las charlas sobre empoderamiento se han convertido en otro producto del mercado y la ética de las mujeres que cobran por impartir unas charlas que no van a ningún sitio queda aquí puesta en cuestión. Esas mujeres no tendrían que quedarse en la zona de confort que les provee una audiencia rendida y necesitada, sino forzar la conversación con las empresas para lograr mejoras políticas concretas. Son ellas las que han de romper el techo de cristal y abrir brecha. Son ellas las que han de producir las condiciones que permitan a las mujeres que pagan por escucharlas perseguir su sueño. Seguir ordeñando la vaca del feminismo en petit comité sirve lo mismo que comprar jabones Dove para gustarse más a una misma.

Entre unas cosas y otras, nos desactivan. O nos desactivamos. Es menos comprometido y fastidioso apuntarse al feminismo de baja intensidad, a esa hipnótica autoayuda mente-cuerpo, que militar, reunirse, manifestarse, recoger firmas, plantearse objetivos ambiciosos, presentarse a unas elecciones, ejercer sin traicionar las propias convicciones. Al final, entretenidas en la misma vanidad que nos ha tenido presas por los siglos de los siglos, con una seguridad que se sostiene sobre unos ejes cada vez más precarios, rehuimos cualquier discurso que nos supone poner en cuestión nuestra manera de pensar o de obrar. Descalificamos las ideas que no provienen del paternalismo que sólo nos exige adornar y nos creemos la letal cantinela de que si no hemos logrado lo que soñábamos ha sido porque no somos lo suficientemente buenas. Es cierto: no somos tan listas ni tenemos tanto talento. Pero somos más bellas. Y estamos enamoradas de nosotras mismas. Tenemos la autoestima por las nubes. Ja-ja.

Mientras aprendemos a ser bellas dentro de los estándares de la sensatez rectora, a amar nuestra cara naturalmente maquillada y a sentirnos bien en nuestra piel (¡qué perverso quien nos haya enseñado lo contrario!) gracias a los consejos de tantas marcas, revistas y programas de la tele, suceden cosas como esta:

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Es cuando menos curioso que mientras Emma Watson lee sus discursos bienintencionados, no lo dudo, pero escasos de concreciones, las mujeres que se sientan en las mesas de negociación se vean tan desasistidas de poder e influencia. ¿Por qué no son estas mujeres las que dan los discursos? ¿Qué propósito tiene dejar que una jovencita abandere una causa de la que le dejan saber poco más que eslóganes? ¿Por qué a las instituciones no les interesa dar la palabra a las feministas reales?

Nadie parece querer tomarse en serio el feminismo (la igualdad). La palabra va, como la falsa moneda, de mano en mano. La manosean las celebrities, la moda, las revistas, los telediarios, las instituciones… pero queda en un mero adorno vacío. Las famosas y las marcas se llenan la boca con un feminismo vacío de contenido porque ese es el único que la globomedia patriarcal está dispuesta a respaldar. No-se-pue-de-cues-tio-nar-quién-de-ten-ta-el-po-der. A las mujeres nos vamos despertando del sueño de las idénticas, nos conceden el sucedáneo del feminismo de autoayuda que confina a la mujer en el armario de su propio yo; el de la hipersexualidad falsamente subversiva que modela a las mujeres para la mirada masculina; o el inocuo consuelo del feminismo de salón de las conferenciantes profesionales y académicas. ¿Cómo va El País a tomarse el feminismo (la igualdad) en serio, a contravenir el discurso oficial elaborado por el sistema que le sustenta? El feminismo, para El País y para todos los demás periódicos, es un chascarrillo, una broma, una extravagancia de las mujeres que no va a ninguna parte.

Ese es el compromiso que tiene el sistema para terminar con la violencia de la desigualdad. Un chiste.