Categoría: Desprogramación

#Nosinmujeres (una propuesta troll para hackear los machopaneles y demás actividades machocentradas)

Pese a campañas en #Nosinmujeres que denuncian una y otra vez las iniciativas que cuentan únicamente con hombres, una expulsión de la autoridad que redunda en la desautorización de todas, las machoactividades continúan. La última, además, con twist de guión lamentable. La Fundación La Caixa ha abierto su ciclo «Jóvenes Precarios» en el Palacio de Macaya con un machopanel de libro: Francesc Torralba, filósofo, teólogo y coordinación de todo; Miquel Seguró, filósofo y escritor; Antonio Gómez, profesor de Filosofía de la UB y de la UAB (qué decepción ver a esta persona en un embolado macho, la verdad) y Oriol Pujol Humet, director general de la Fundación Pere Tarrés. Pero esto no es todo. Por si a alguien extrañaba tanto señor junto, se solventó la cuestión femenina con una idea genial: invitar a dos estudiantes mujeres. Qué mejor que mujeres para hablar de la experiencia personal de la vida privada. Qué mejor que hombres para dotar todo eso de un marco analítico adecuado.

Este tirarse la pelota los unos a los otros, este admirarse y regodearse en sus discursos machoncentrados sin que una mínima diferencia venga a poner un pero a sus análisis, me ha recordado a un párrafo genial de ‘El infinito en un junto’, el homenaje al libro y la lectura de Irene Vallejo, que os invito a copiar y pegar en los anuncios de las redes sociales de los machopaneles que nos invaden. Trata sobre la pederastia como facilitadora del aprendizaje y la transmisión de conocimientos en la Grecia antigua.

“El alfabeto empezó a echar raíces en un mundo de guerreros. Solo recibían enseanza –militar, deportiva y musical– los hijos de la aristocracia. Durante la niñez, les educaban sus ayos en palacio. Cuando llegaban a la adolescencia, entre los 13 y los 18 años, aprendían el arte de la guerra de sus amantes adultos –la pederastia griega tenía una función pedagógica–. Aquella sociedad consentía el mor entre los combatientes maduros y sus jóvenes elegidos, siempre de alto rango. Los griegos creían que la tensión erótica incrementaba el valor de ambos: el guerrero veterano deseaba brillar ante su joven favorito, y el amado intentaba estar a la altura del prestigioso guerrero que lo había seducido. Con las mujeres relegadas a los gineceos, las ciudades-estado eran clubs de hombres que se observan unos a otros, emulándose y enamorándose, obsesionados por el heroísmo bélico”. 

¿Podemos afirmar que en las reuniones de hombres sabios late una pulsión homoerótica que arraiga en la génesis misma de la cultura europea? En otras palabras: ¿son los machopaneles una sublimación de lo más oportuna del deseo de los unos por los otros? ¿Son sus competitivas discusiones y aceradas críticas una versión discursiva de aquel tomase la medida en el sexo y en la guerra? Cuando estos hombres conferenciantes se riegan con sus sabios discursos, ¿se están rozando, tocando, follando? A ver si estos señores con ‘autoritas’ han encontrado una vía de salida a la heteronorma del falologocentrismo en su día a día laboral, y no tienen que limitarse al carrusel deportivo…

En fin, podemos llevar la cuestión de los machofestivales y las machoactividades hasta la caricatura. Sin embargo, algo en la órbita del deseo resuena en esas reuniones de catedráticos, filósofos, profesores, sabios, genios, conferenciantes, artistas todos hombres, cuando ninguno se extraña de la ausencia de catedráticas, filósofas, profesoras, sabias, genios, conferenciantes, artistas mujeres. ¿Y si esta cerrazón a la entrada de mujeres entroncara, además, con un deseo erótico de lo mismo? A nadie que se dedique a la teoría se le escapa que existe un orden erótico del saber y hasta cierto fetichismo.

Safo, imaginada por el pintor inglés Simeon Solomon.

Podemos dejarlo todo en sospecha, aunque sospecho que habrá líneas y libros aclarando todo este asunto. O, mejor, al albur del paradigma indicial. Se trata de una maravilla epistemológica que encuentro en ‘El círculo secreto del Estado’, el libro de Luciana Cadahia. El paradigma indicial es defendido por el historiador Carlos Ginzburg como «un método interpretativo basado en lo secundario, en los datos marginales considerados reveladores».  Atención, porque se trata de un método basado en los hallazgos del investigador del arte Giovanni Morelli que también inspiraron la teoría psicoanalítica de Freud, con lo que de alguna manera la cosa del falo y del deseo sigue anudándose. Escribe Luciana Cadahia:

«Podríamos decir que tanto en Morelli como en Freud y [Conan] Doyle –a través de su personaje Sherlock Holmes– habría una desconfianza en cómo se nos presentan las cosas, la sospecha de que la legibilidad de lo dado encierra una serie de aspectos que tienden a torcer su armonía y apuntar hacia algo distinto, algo que no se deja asir fácilmente y que pareciera cobrar fuerza con su propia ausencia. (…) A diferencia del paradigma positivista, donde las cosas son lo que son y cada objeto coincidiría consigo mismo en un juego de verdad por correspondencia, el paradigma indiciario pareciera sugerirnos que las cosas no son lo que son, la cosa no puede coincidir consigo misma porque la realidad se encuentra estructurada metonímicamente. Y solo podemos referirnos a ella a través de sus efectos: los síntomas, los indicios, las huellas».

Safo, imaginada por Auguste Charles Mengin en 1877.

Por suerte, tenemos huellas de una alternativa a la elevación de la violencia y la muerte a través del sexo que establecían los hombres-guerreros en la Grecia arcaica. Tenemos a Safo, la poeta insólita que le dio la espalda a este arraigo de la cultura bélica en el máximo placer. La poeta de Mitilene, admirada por Platón, Ovidio y Horacio, detestada por Aristóteles y los Padres de la Iglesia, se atrevió a contradecir a la ‘Iliada’ y su épica heroica en este poema reconstruido por Anne Carson en ‘Si no, el invierno’ (Ed. Vaso Roto). No, lo más bello no es lo militar, sino lo que cada cual ama. Como he robado la traducción de Carson de una lectura de Aurora Luque, no puedo colocar los corchetes que indican la fragmentación. Aquí se puede escuchar la charla de Aurora sobre Safo y su lectura de este poema como acaso el primer poema pacifista de la historia.

Unos hombres dicen que una tropa a caballo

Y unos hombres dicen que una tropa de a pie

Y unos hombres dicen que una escuadra de naves

Es la cosa más bella

Sobre la negra tierra

Más yo digo que es lo que tú amas

Bien fácil es hacerlo comprensible por todos

Porque ella, que a todo ser humano sobrepasó en belleza

Helena

Dejó a su bello esposo atrás 

Y marchó en barco a Troya

No tuvo un pensamiento ni para hijos ni para amados padres, no

La descarrió

Porque, levemente, me hizo recordar ahora, a Anactoria, que ya no está

Preferiría ver su deseable andar y el juego de la luz sobre su rostro

Antes que carros livios o filas de soldados con ganas de guerrear

No es posible que ocurra

Rogar por compartir

Hacia

Inesperadamente

 

 

Optimismo cruel

 

 

*****

Mantener la ficción de la meritocracia –si trabajas duro lo conseguirás, el esfuerzo lo puede todo, el talento tiene premio, etc.– pasa una factura enorme a las generaciones jóvenes, especialmente vulnerables a los mensajes de este tipo que lanzan constantemente las celebrities, micro y macro, que siguen en las redes. Es lo que Laurent Berlant ha teorizado en el concepto OPTIMISMO CRUEL: la gente joven debe continuar inexorablemente en pos del éxito y la felicidad a pesar de su imposibilidad. Es más: perseguir la felicidad se convierte precisamente en el mayor obstáculo de su consecución.

Ni el cuerpo es nuestro, ni termina donde suponemos

[Esta es la versión primera de un texto que se publicó el pasado 20 de julio en la revista Mujer Hoy]

Cómo en las buenas novelas de detectives, las pistas están a la vista, no se esconden. Basta con fijarse en las noticias virales. El Dalai Lama confiesa a una periodista de la BBC que podría sucederle una mujer siempre que esta fuera atractiva, porque de lo contrario “no tendría demasiada utilidad”. En general, el Dalai Lama opina las mujeres “deberían gastar más en maquillaje” para ocultar su fealdad. Billie Eilish, la estrella pop de 17 años que admitió usar ropa ancha para evitar juicios de valor sobre su cuerpo, aparece públicamente con una camiseta de tirantes y los comentarios sobre el tamaño de su pecho por poco echan abajo Twitter. Cierra DeepNude, una aplicación que “causa terror entre las mujeres” al servirse de la inteligencia artificial y una base de datos de 10.000 desnudos para generar a partir de cualquier retrato vestido una imagen realista del cuerpo desnudo. Amaia saca disco y es noticia que aparezca sin nada de ropa en la portada, que no se depile o que no use sujetador.

La evidencia es abrumadora. El cuerpo de las mujeres es noticia sí o sí, por lo uno o por lo otro, todos los días, prueba de la fiscalización pública y el control al que se le somete. Resulta paradójico que nuestra cultura máximamente individualista consienta aún este tipo de colectivización simbólica. Así, se considera de mal gusto abundar en la riqueza de la propiedad privada de los hombres ricos, pero no se censuran los comentarios calificativos sobre las hechuras corporales de famosas o desconocidas. Cualquiera puede puede opinar, juzgar y legislar sobre nuestros cuerpos, con el resultado de miedo interiorizado y alerta extrema ante cualquier transgresión de la norma corporal socialmente más valorada. Por eso la frase “me da miedo engordar” desvela mucho más de lo que dice. Claramente, el patético objetivo de los creadores de DeepNude no era imaginar desnudos de mujeres “reales”. Pretendían valerse del miedo que produce el control del cuerpo femenino, de la vergüenza y el pudor que infiltra la norma corporal, para amedrentarlas. Lo mismo que los que violentan y chantajean haciendo circular vídeos e imágenes de desnudos obtenidos en confianza. ¿Cómo hemos llegado a convertir el cuerpo de las mujeres en un crimen?

Tenemos mal cuerpo. Es un mensaje que recibimos desde niñas hasta que nos morimos. Y en vez de aprender a amarlo como lo que nos constituye, como la materialización de lo que somos o lo que nos permite aventurarnos y conocer, nos enseñan a cuestionarlo (por estar siempre por debajo de la perfección) y a considerarlo únicamente en su vertiente sexual. La reducción de todo al sexo, lo sexi y la seducción explica absurdos como que las tenistas, a diferencia de sus compañeros, no puedan cambiarse la camiseta sudada en la pista. Nuestra cultura le da toda la cancha a los cuerpos hipersexualizados de las mujeres jóvenes en los anuncios de publicidad o los videoclips, pero reacciona con repugnancia cuando el pecho que se expone no es sexi. Increíblemente, la visión de un cuerpo de mujer que no se ofrece para el consumo sexual (por ejemplo, el de una madre que amamanta en público) resulta hoy un escándalo. Rosa Cobo, socióloga y directora del Centro de Estudios de Género de la Universidad de A Coruña, diagnostica una ampliación de la sobrecarga de sexualidad que tiene nuestro cuerpo desde los años 80: “Existe una poderosa presión normativa para que las mujeres hagan de su cuerpo y de su sexualidad el centro de su existencia vital”.

Por suerte, lo que muchas generaciones de mujeres naturalizamos y normalizamos se vive hoy con incomodidad y rebeldía. Muchas jóvenes tratan de escapar a este régimen de control como pueden: reapropiándose de su cuerpo y liberándolo del miedo a ser mostrado (como Amaia) o sacándolo del escaparate en el que es expuesto (como Billie Eilish). Aún así, es tan prolija la legislación que nos vigila que difícilmente pueden estas rebeldías trascender de lo puntual al alivio consistente. La mirada valorativa y sexualizante atrapa tanto a la diputada que se sube al estrado como a las Kellys. Esa mirada, la conocemos todas, produce la ficción de un juego de poder falso, envuelto en el caramelo de la vanidad. John Berger lo escribió así en “Formas de ver”: “Los hombres examinan a las mujeres antes de tratarlas. En consecuencia, el aspecto o apariencia que tenga una mujer para un hombre puede determinar el modo en que este la trate. Para adquirir cierto control sobre este proceso, la mujer debe abarcarlo e interiorizarlo”.

Instaladas en el fetiche, tenemos dificultades para elaborar una autoimagen que esté a la altura de nuestro potencial real. Y a los ojos del que nos mira como tal, nuestro proyecto gira fundamentalmente en torno al cumplimiento de este rol. En “La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres”, Siri Hustvedt escribe lo siguiente: “Los hombres ignoran o suprimen a todas las mujeres porque la idea de que puedan ser rivales en términos de logros humanos resulta impensable. Verse frente a frente con una mujer, cualquier mujer, es necesariamente castrante”. Es tan antiguo este orden de cosas, que no es extraño que haya quien lo asuma como natural. Desde los orígenes griegos del pensamiento occidental, nuestra cultura destina a los hombres (la mente) –el reino de lo racional, del pensamiento, de la inteligencia– y a las mujeres (el cuerpo), lo emocional, el placer, lo intuitivo, pasivo y engañoso. Por eso nuestro valor, como el de cualquier objeto, reside en su belleza y capacidad para seducir al que la mira. Somos por ello responsables de las respuestas corporales que provocamos, sean violentas o silentes. Así lo repiten hasta sentencias.

En “El mito de la belleza”, Naomi Wolf desgrana los mecanismos que nos llevan a valorarnos sobre todo en cuanto a cuerpo y las implicaciones que esto tiene.»Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no está obsesionada con la belleza de las mujeres, está obsesionada con la obediencia de éstas”, escribe. “La dieta es el sedante político más potente en la historia de las mujeres: una población tranquilamente loca es una población dócil» insiste. En realidad, la atención desmedida que destinamos a la moda, la belleza, las dietas, el fitness y, en general, a gestionar la ansiedad que nos produce no alcanzar la perfección corporal, es tiempo que le quitamos a nuestros proyectos de vida. Hemos cambiado unas servidumbres por otras. “La mujer victoriana se ­redujo a los ovarios de la misma manera que hoy se ha reducido a la belleza”, concluye Wolf.

No es una exageración. Un reciente artículo de The Guardian realiza una consistente comparación entre la globalmente deseada estética de las Kardashians y la de las mujeres del XIX: el esfuerzo y dedicación que supone a ambas la consecución de la belleza es un trabajo a plena jornada. Alexis Karl, especialista en aquella época, relata cómo la obsesión de la socialité Virginie Gautreau (Madame X en el maravilloso retrato de John Singer Sargent) por parecer apenas viva (imperaba el look de extrema debilidad de la tuberculosis) se pintaba con tinta azul las venas de los brazos, el cuello y hasta por encima del maquillaje facial, una especie de lacado que podía romperse en mil pedazos ante cualquier gesticulación. Kim Kardashian también tiene que cubrir gran parte de su cuerpo debido a una psoriasis y, gracias a su última colección de maquillajes para el cuerpo con seductores brillos irisados, también podremos hacerlo todas nosotras. Tengamos psoriasis o no.

Lo que nos jugamos es la confianza y, por el camino, nuestro proyecto de vida. Terminar colgadas del espejo (o del selfie) como la madrastra de Blancanieves. Las investigaciones confirman desde hace décadas que sumergirse en las revistas de moda y redes sociales que sostienen la ficción inalcanzable del cuerpo único no solo nos lleva a tener un peor concepto de nosotras mismas, sino que puede llegar a enfermarnos. Según datos de la organización británica Social Issues Research Centre, en 1917 la belleza femenina ideal alcanzaba los 64 kilos y medía 1,64 metros. Hace 25 años, las tops pesaban alrededor de un 8% menos que la media. Hoy ya es un 23% menos. Solo un 5% de la población femenina posee las condiciones genéticas necesarias para alcanzar tal objetivo. Si sumamos el requisito de la belleza, probablemente no llegaría al 1%. No nos extrañe que, como asegura Sara Bujalance, directora de la Fundación Imagen y Autoestima, el malestar de las niñas con su propio cuerpo comience alrededor de los seis años.

Rosalind Gill, socióloga y profesora de la Universidad de Londres, ha detectado cómo están evolucionando las estrategias de control sobre nuestros cuerpos gracias a su investigación del fenómeno del “body positive”, ese mensaje global que nos anima a querernos a nosotras mismas en todo tipo de anuncios. Para Gill, esas exhortaciones a que logremos autoconfianza contra el viento y marea de un mundo a la contra no solo termina invalidando nuestros malestares, ansiedades e inseguridades, sino que nos disuade de la tarea de desmontar esa dominación que interiorizamos y naturalizamos. Y lo que es peor: nos hace creer que somos responsables a título individual de esta insuficiencia perpetua que nos afecta, “exculpando instancias sociales, políticas, económicas, culturales y corporativas de su papel a la hora de mantener y reproducir la desigualdad y la injusticia”. Solo nosotras tenemos, una vez más, la culpa.

La trampa de la «buena presencia»

[Este texto se publicó el 4 de mayo en «Mujer Hoy», la revista de los sábados de ABC].

“¿No ha visto que se pedía buena presencia?”. Así despacharon a Mary Carmen Bozal, periodista zaragozana y treintañera, en una entrevista de trabajo a la que se presentó perfectamente arreglada, maquillaje impecable y look a estrenar incluido. Pecó de candidez: cualquier mujer con una talla superior a la 44 sabe que sus posibilidades son mínimas en los procesos de selección que proclaman el requerimiento expreso de la equívoca “buena presencia”. Si hubo un tiempo en el que tal cosa significó aseo y un vestir apropiado para hombres y mujeres, ese tiempo pasó. Bajo este lugar común se embosca hoy la demanda juventud, delgadez, feminidad y cierta capacidad de seducción que sirva como reclamo de venta para los clientes. No es una cuestión anecdótica: según Manpower, tres de cada cuatro nuevos puestos de trabajo que se crearán este año pertenecen al sector servicios, una tendencia que confirma la terciarización del empleo en nuestro país.

 

“¿Dónde están las gordas?”, se pregunta el colectivo francés Gras Politique (Grasa política) en el ensayo “Gros” n’est pas un gros mot” (“Gorda no es una palabra malsonante”), publicado recientemente en el país vecino. Podemos hacer la prueba en las calles más populosas y caras de nuestras grandes ciudades: no nos atenderá ni una. En las tiendas de moda lujosa o rápida, bares de barra o restaurantes de moda, recepciones de hotel ‘boutique’ o con estrellas, en las terrazas, heladerías, librerías o tiendas gourmet impera ya la misma ley que en los informativos de la tele: solo se admiten mujeres esbeltas, jóvenes, maquilladas discretamente y subidas a un tacón no más alto que el de sus potenciales clientas. “Cómo vas a vender una ropa que tú no te puedes poner”, le espetaron a Carla Álvarez, hoy teleoperadora en Madrid, cuando se postuló como vendedora para una conocida firma de lencería. Los sindicatos confirman que una gran marca de moda española envía a sus trabajadoras más veteranas y expertas a almacenes, mientras que las jóvenes atienden a los clientes en tienda.

Beatriz Romero, politóloga y colaboradora de Weloversize.com, también se las ha visto con este filtro estético que pocas veces se menciona abiertamente. «Soy autónoma, pero no dejo de buscar constantemente oportunidades de empleo. En cuanto veo que entre las condiciones de la oferta de trabajo ponen ‘buena presencia’, la descarto inmediatamente. En su momento se me hizo muy duro asumir que jamás podría trabajar de camarera ni en tiendas de moda por no cumplir con ciertos cánones estéticos. Ahora que paso de los 30, me sigue dando pánico enfrentarme a que me rechacen por culpa de mi peso. Ya es bastante malo tener que escuchar comentarios paternalistas que pretenden ser bien intencionados sobre lo bien que estaría “con unos kilos menos”.

El sesgo del llamado aspectismo, demoledor en los trabajos cara al público, llega a oficinas, talleres y despachos. A Gisela Aibar, administrativa de 54 años, su jefe le comentó un buen día que la había contratado “aunque le habían dicho que era ‘grande’”. Elena Andía, geóloga especializada en talla de gemas y especialista en diamantes, la rechazaron en una joyería por estar “demasiado gorda” (aunque no tiene ni rastro de obesidad) y le recomendaron que cenara “dos o tres yogures desnatados”. Un estudio de 2010 publicado en “Journal of Applied Psychology” reveló que las ejecutivas muy delgadas cobraban unos 22.000 dólares más al año que sus colegas y las delgadas, 7.000 más; por el contrario, las gruesas perdían 9.000 y las muy gruesas, 19.999. Además, otro estudio de 2013 constató que entre un 45 y un 65% de los CEO estadounidenses está gordo, un exceso que no se les consiente a las mujeres si pretenden ascender: solo un 5-22% de ellas tiene sobrepeso.

En tiempos en los que el mercado laboral adelgaza a pasos agigantados, los sesgos que los empleadores aplican para descartar demanda aumentan. Las mujeres partimos de una posición de desventaja, sea cual sea nuestro físico: el Observatorio Social de La Caixa reveló hace unas semanas que una mujer en igualdad de condiciones con un hombre tiene un 30% menos de opciones de llegar a un proceso de selección que este. En España no contamos con estudios similares a los estadounidenses acerca de cómo influye el físico en las remuneraciones y ascensos, pero si tomamos como referencia algunas investigaciones francesas, la influencia de los sesgos podría estar llegando a extremos ridículos. Según el sociólogo Jean-François Amadieu, las mujeres rubias pueden cobrar hasta un 7% más que las morenas pero, en contrapartida, lo tienen más difícil para alcanzar puestos de responsabilidad. El maquillaje es también un factor de peso: llevar ‘eye liner’ y labios rojos puede aumentar en casi 6.000 euros el bruto anual.

Sí existen datos al respecto de la discriminación por edad, aunque aquí más que un sesgo tendríamos hablar de un problema estructural grave: según los últimos datos de la EPA, España tiene 497.400 parados en la franja de edad de los mayores de 55 años, un 126% más que en 2008. Si a tener más de 55 le sumamos ser mujer y entrada en carnes, migrante, musulmana, gitana, trans o diversa funcional, el objetivo de lograr un trabajo se vuelve casi utópico. En el Estudio de Percepción de la Discriminación elaborado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 2013, la discriminación más aludida en la encuesta después de la de la edad y la del género es la del aspecto físico. De las personas que se habían sentido discriminadas en este sentido durante aquel año, el el 42,4% había sufrido la postergación en el ámbito laboral, el 36,1% fue humillado en la calle y el 24,6% en tiendas, locales de ocio, bares y similares.

La situación tiene su dosis de paradoja, pues justo ahora que echamos en falta los cuerpos de todos los tamaños, colores y generaciones en los entornos laborales, se ensalza y financia más que nunca el valor de la diversidad. Peggy Johnson, vicepresidente ejecutiva de Microsoft, ha confesado recientemente que lo que ha logrado reimpulsar el liderazgo de la compañía ha sido romper con “el modelo único de talento” (clones de Bill Gates), para reclutar a personas “con distintas experiencias vitales, origen geográfico y socioeconómico, cultura, edad y etnia” y “trabajar sobre los sesgos inconscientes”. Lo suyo no es filantropía: un reciente estudio de Boston Consulting Group (BCG) ha encontrado que la diversidad impulsa en un 19% los beneficios anuales de las empresas, gracias a su capacidad para producir innovación. La consultora McKinsey & Co., en un estudio realizado en 12 países, ya avanzó en 2015 que la diversidad cultural, étnica y de género va ligada a un mejor desempeño productivo de los equipos.

En España, la Fundación Diversidad promovida por la Fundación Alares representa el Charter de la Diversidad de la Comisión Europea, una iniciativa para promover el valor de la inclusión en las empresas. Alejandra Vázquez, coordinadora de proyectos de la fundación, confirma que son ya más de 900 compañías las que se han comprometido firma mediante a formarse para lograr este objetivo. Un dato consigna el optimismo de Vázquez acerca de la progresiva concienciación empresarios y ejecutivos: en 2016, un 20% de los firmantes del Charter afirmaban hacer uso de la práctica del currículum ciego, un porcentaje que en solo dos años ascendió hasta el 31%. Además, España es un referente en la consideración de la discapacidad, gracias sobre todo a esa cuota obligatoria del 2% de personal con este tipo de diversidad en las empresas de más de 50 trabajadores.

“Lo que más falta hace en el empresariado español es la formación, tanto específica en género como en diversidad. En el Charter, cada país trabaja las áreas en función de la circunstancia social. Por ejemplo, en Dinamarca no inciden tanto en género como nosotros porque lo tienen muy avanzado, pero en cambio sí han enfocado mucho el tema de los refugiados, que allí ha tenido mucho impacto. Aquí la prioridad es la gestión generacional: recuperar el talento senior que ha desaparecido de las empresas con las prejubilaciones. Nos hace también falta un poco de impulso en la cuestión lgtbi: implementar medidas para que se sientan completamente incluidos y puedan, por ejemplo, pedir días para casarse tranquilamente”. La cuestión del aspectismo o la gordofobia “no entra dentro de nuestro proyecto”.

En la empresa de reclutamiento Hays, Noelia de Lucas, directora comercial y experta en diversidad, reconoce que tampoco se ha parado a pensar jamás en que pudiera existir este tipo de discriminación. “Imagino que cuando las empresas diseñan sus planes de diversidad los enfocan a los colectivos que han detectado que necesitan apoyo, de ahí que el colectivo que mencionas no aparezca…”. En su opinión, la minusvaloración de la capacitación laboral debido al físico puede ser más una cuestión de “autosabotaje”: “El peor enemigo de las mujeres somos nosotras mismas y otras mujeres. Muchas veces juzgamos severamente y por el aspecto físico a otras mujeres, más que los propios hombres. Nos ponemos más presión de la que deberíamos tener. Todo el mundo tiene sesgos inconscientes sobre muchas cosas, de ahí la importancia de los currículos ciegos, pero jamás me había planteado que hubiera un sesgo de este tipo ni he visto datos específicos sobre él”.

La desaparición de los físicos poco agraciados de la vista del público general preocupa, y desde hace tiempo. En 2012, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero quiso incluir en su proyecto de Ley de Igualdad de Trato no solo las postergaciones que ya figuran en las legislaciones anti-discriminación (sexo, religión, edad, discapacidad, orientación sexual y origen étnico), sino otras cinco variables más: características genéticas, apariencia física, patrimonio, origen nacional y lengua. Esta ampliación se basaba en un informe elaborado por Fernando Rey Martínez, Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Valladolid, y David Giménez Glück, Profesor de Derecho Constitucional, Universidad Carlos III, para la extinta Fundación Ideas. “En el convencimiento de que la discriminación es un fenómeno mutable que ha de ser perseguido allí donde se presente, sea contra minorías étnicas, contra las mujeres, pero también contra nuevas dimensiones, como los sin techo o los obesos”, afirmaban.

Los autores ampliaban la consideración de “suelo pegajoso” a los grupos sociales “aislados y sin voz” que se convierten en “no-ciudadanos o ciudadanos de segunda categoría” por no aparecer ni en los escenarios de actividad pública ni en los medios de comunicación. Pensemos: ¿cuántas mujeres con físicos no normativos nos representan en la política o salen en televisión? En realidad, el señalamiento del diferente comienza en la escuela (Aldeas Infantiles SOS denuncia que el acoso escolar ha aumentado a un ritmo entre el 20 y el 22% anual en los últimos diez años), se transforma en invisibilidad en los espacios públicos y culmina en segregación en el acceso al trabajo. Los datos son tozudos: en 2008, “International Journal of Obesity” desveló que, en Estados Unidos, la discriminación hacia las mujeres por su peso iguala en frecuencia a la ocasionada por motivos de raza y hasta puede superar las tasas de discriminación por edad o sexo. En España, la discriminación por origen étnico o racial aún es la más percibida (64%), se­guida de la discriminación por discapacidad psíquica (60%) y por aspecto físico (55%), según el informe “Evolución de la discriminación en España 2013-2016” del Instituto de la Mujer y el CIS.

En los sindicatos reconocen que luchar contra este estado de cosas es complicado, más allá de denunciar los anuncios que piden directamente mujeres jóvenes y talla 38. “Tratamos de introducir en los convenios colectivos correcciones para que no se recurra a estereotipos, pero es cierto que no hemos incidido demasiado en el factor de la edad o la talla como vectores de diversidad”, reconoce Cristina Antoñanzas, vicesecretaria general de UGT. Lola Santillana, secretaria de Empleo, Cualificación Profesional y Migraciones en Comisiones Obreras, explica porqué no existen datos ni denuncias de las mujeres. “Cuando un anuncio pide expresamente “buena presencia”, las mujeres que no están delgadas ni se maquillan ni pueden ir a la moda directamente no se presentan. No pueden denunciar que son discriminadas en un proceso de selección porque son ellas mismas las que se autodescartan. No solo no saben que están siendo postergadas, sino que se sienten avergonzadas. Dan por hecho que no las van a coger”.

Pese a esta dificultad, el filósofo y sociólogo jienense José Luis Moreno Pestaña ha logrado elaborar un sólido marco teórico respaldado en casos a lo largo de un trabajo de investigación culminado en su ensayo “La cara oscura del capital erótico” (Akal). Moreno Pestaña desvela los sacrificios, a veces hasta llegar a los trastornos alimentarios, que realizan las aspirantes a trabajar cara al público (camareras, vendedoras, artistas, periodistas…) para adquirir y conservar la delgadez y estar al día en cuanto a las tendencias de moda, condiciones indispensables para obtener trabajo. Se trata de una “marca de clase” de las familias de los estratos sociales medios y altos, cuyo estilo de vida y socialización ha integrado la “necesidad” del deporte y la estetización, que ellas deben replicar. Aunque las trabajadoras casi mileuristas apenas puedan costeársela debido a la escasez de tiempo y escasos recursos económicos y puedan terminar recurriendo a ayunos y otras prácticas nocivas. “En la situación actual, los hijos de las clases medias-altas compiten con ventaja porque sus padres los llevan a natación, gimnasia… Los educan en ese modelo de delgadez que les favorecerá para lograr trabajo», explica el investigador.

Para este filósofo existen dos alternativas para interrumpir lo denomina “racismo estético”: oficializar el requerimiento estético para estas profesiones feminizadas y que los convenios colectivos reconozcan la necesidad de un salario y un horario adecuado para que las mujeres puedan trabajar su apariencia sin riesgos para la salud; o reconocer que el factor estético, un patrón de apreciación social con más de tres siglos de historia, es irrelevante a la hora de vender bien, comunicar, atender una barra o cantar. “Se comprueba fácilmente en el mundo de la alta costura, donde personas muy valoradas y con apariencias poco ortodoxas –algunas muy gordas– diseñan para todo tipo de cuerpos”, explica. “Por otra parte, la exhibición e insinuación erótica no tiene porqué formar parte de la atención de un público en un museo o en una empresa de viajes”.

Gracias al trabajo de Moreno Pestaña, Comisiones Obreras Andalucía creó el pasado mes de febrero un grupo de trabajo para explorar las discriminaciones debidas al físico. Nuria Martínez, secretaria de Condiciones de Trabajo y Salud Laboral, advierte de que “hemos interiorizado los sesgos hasta el punto de que nos parecen normales”, de ahí que no choque que las trabajadoras de más edad y físico menos deseable se releguen a los lugares sin visibilidad y nos atiendan casi siempre mujeres jóvenes y delgadas, las mismas que se suben a los escenarios, se ponen delante de las cámaras o ascienden hasta los lugares de poder. Su objetivo es proteger a las que deben esforzarse más para lograr disciplinar el cuerpo. “Queremos intervenir en aquellos centros de trabajo en los que los “supuestos” requisitos del puesto unidos a unas precarias condiciones de trabajo pueden terminar siendo un cóctel brutal para las mujeres, porque desgraciadamente la mayoría de los sectores entre los que se produce discriminación corporal están feminizados: cajeras, camareras, dependientas de tiendas de moda, peluquería, estética, relaciones públicas, monitoras de gimnasios, bailarinas, cantantes, actrices, modelos, presentadoras, etc.”.

Martínez recuerda el caso de una joven secretaria de un prestigioso bufete que debía mantener irreprochable su traje de chaqueta talla 38 a lo largo de una jornada laboral que llegaba a las 10 horas, pero su única opción para comer en media hora y con su sueldo era hacerlo en un banco en la calle. Este caso es paradigmático no solo por la imposibilidad de acceder ni a la comida sana ni al gimnasio que requiere un cuerpo joven y delgado, sino por el estrés y la angustia que supone el esfuerzo extra de mantener una apariencia inmaculada en estas condiciones y el sufrimiento psicológico que puede desencadenar. Una regulación adecuada podría democratizar el acceso a los medios que permiten lograr la imagen intachable que se exige en según qué profesiones, pero lo realmente democrático sería que todos los tipos de cuerpos, de cualquier edad y condición, pudieran desplegar su talento sin temor a consideraciones estéticas. Que la próxima vez que entráramos en esa tienda de moda o encendiéramos la tele nos preguntáramos: ¿porqué aquí no hay mujeres mayores, gordas, gitanas o con discapacidad?

 

¿Quién puede hablar de la sentencia de ‘la manada’?

[Comparto una observación acerca del acceso de las mujeres expertas y con autoridad, en este caso de las juristas, a los medios de comunicación, los días posteriores a la publicación de la sentencia a la manada en abril de 2018. Se puede leer entera y verdadera aquí, pero cuelgo el powerpoint que me acompañó en su presentación porque resume lo esencial].

Significados políticos de la rabia

[Mujer Hoy me dio la oportunidad de escribir sobre la reacción de censura global al enfado de Serena Williams en el Open de Estados Unidos. Comparto el texto superlargo que no pudo leerse en la edición en papel]

La imagen es poderosa: una mujer negra, físicamente imponente y que casualmente es la mejor jugadora de tenis de la historia, apunta con un dedo acusador a un hombre blanco, de porte enjuto y mediana edad y sentado en posición de altura: el juez de silla. Este recibe atónito un chorreo de acusaciones por parte de la jugadora, que le acusa de sexista tras haberla penalizado con tres puntos por tres infracciones del código: recibir instrucciones de su entrenador, llamarle ladrón y mentiroso y romper la raqueta. Como consecuencia, Serena Williams pierde la final del US Open contra la joven tenista Naomi Osaka. La derrota es altamente simbólica: en cierta manera, no solo estaba en juego el jugoso premio y la posición en el ranking, sino la validación de los discursos de una jugadora que hace bandera del feminismo antirracista y cuya sola presencia pone en jaque el establishment de un deporte extraordinariamente elitista. En Reino Unido, el gobierno amenaza con dejar de subvencionar a la federación nacional ante su incapacidad de poner el tenis al alcance de las familias que no pueden pagar el alquiler de las pistas.

En los análisis apresurados, la única evidencia admitida en la argumentación fue la obvia mala educación de la tenista. Sin embargo, los malos modos no solo no son raros en las pistas de tenis, sino que el relato deportivo habitual los ha considerado expresiones de la personalidad, la pasión o la tensión que experimentan los geniales jugadores. Los monumentales enfados de John McEnroe –inolvidable aquel “¡La bola entró!” en primera ronda de Wimbledon 1981, una perreta que le propulsó a millonaria estrella de la publicidad– o las rabietas con raquetas destrozadas de Federer, Murray, Djokovic, Lendl, Agassi, Connors y tantos otros han ido siempre acompañadas de todo tipo de gritos, lamentos y palabras gruesas. En el Roland Garros de 2008, el ruso Mikhail Youzhny llegó a hacerse sangre en la cara de un raquetazo que se propinó a sí mismo. Jamás nadie puso el grito en el cielo por ello.

Carlos Ramos, el árbitro portugués al que se enfrentó Williams, lleva a gala su reputación de inflexible: ha tenido encontronazos serios con Rafa Nadal, Novak Djokovic o Andy Murray. La diferencia: a ellos no les penalizó con ningún punto. Se conformó con amonestarles. En cuartos de final del último Wimbledón, Djokovic y Kei Nishikori arrojaron al suelo sus respectivas raquetas: cero consecuencias. En la pasada edición de Roland Garros, tras dos advertencias por juego lento, Nadal amenazó al árbitro portugués asegurándole que jamás volvería a arbitrarle. Ningún punto le fue arrebatado. En la final del Abierto de Australia de 2015, Murray le llamó “estúpido” sin que tuviera que enfrentarse tampoco a ninguna penalización ni multa. Gracias a Williams, el doble rasero sale del armario de las prácticas habituales para estrellarse contra la perplejidad de los que, consciente o inconscientemente, lo aplican.

En el torneo que nos ocupa, el austriaco Dominic Thiem recibió elogios porque, tras romper su raqueta de la misma ira, se la regaló a una fan. Y cuando se hizo evidente que Nick Kyrgios no paraba de recibir instrucciones de su entrenador, el juez de silla, Mohamen Lahyani, se limitó a dirigirse a las gradas para reconvenir durante varios minutos al coach antes de proseguir el partido como si nada. Antes del estallido del Serenagate, el sexismo del tenis ya se había hecho carne aquí de manera grosera. Ante el inmisericorde calor que azotaba las pistas, todos los jugadores masculinos tuvieron que cambiarse las camisetas empapadas en sudor. Cuando la tenista francesa Alize Cornet hizo lo propio, fue amonestada por mostrar su más que modesto sujetador deportivo. El cuerpo de las mujeres sigue siendo visible solo cuando a ellos les interesa.

Esta manera de aplicar la norma, rigurosamente cuando se trata de una mujer y con laxitud cuando los infractores son ellos, no es noticia ni para las tenistas ni para muchas otras profesionales. La campeona estadounidense Billie Jean King tuiteó lo siguiente: «Cuando una mujer expresa sus emociones, se le llama ‘histérica’ y es penalizada por ello. Cuando un hombre hace lo mismo, es ‘franco’ y no hay repercusiones. Gracias, @serenawilliams, por invocar este doble estándar”. La Women Tennis Association realizó la misma lectura de la situación: “La WTA cree que no debe haber diferencia en los estándares de tolerancia previstos para las emociones expresadas por hombres y mujeres y está comprometida a trabajar con el deporte para asegurar que todos los profesionales sean tratados de la misma manera. No creemos que esto sucediese en la final del US Open”.

Algo nos dice, sin embargo, que resulta apresurado clausurar esta cuestión como una manifestación más de cómo el sexismo agarra fuerte en el deporte de élite. Es llamativo: hasta que Serena Williams levantó la voz en la pista central de Flushing Meadows no habíamos presenciado una reacción tan negativamente unánime a una pataleta tenística. ¿Cómo explicar esta escandalizada reacción global? ¿A qué se debe tan visceral rechazo? ¿Qué significados, qué sentidos, qué relatos se desplegaron en esos escasos minutos de enfado, capaces de convertir no solo al común de las redes sino también a prestigiadas mujeres feministas en jueces de circo romano? No nos conformamos con quien apunta a que se trata, sencillamente, de un caso de mala educación. Demasiados se han sentido incómodos cuando no ofendidos. Como Conan Doyle hizo aseverar a Sherlock Holmes, digamos además que “nada hay más engañoso que lo obvio”.

Empecemos por lo que se quiere obviar: Serena es una mujer negra. Toda ella es una anomalía en una cancha de tenis. En toda la historia de los Gran Slam (93 años) solo ha habido otras cuatro tenistas negras en el máximo nivel: su hermana Venus, Chanda Rubin (número 6 del ranking mundial en 1996), Zina Garrison (finalista en Wimbledon 1990) y Althea Gibson (ganadora de Roland Garros en 1956). No es raro que, desde las gradas, los insultos sobre su color de piel o su cuerpo le recuerden que no está en territorio amigo. Su fisionomía, musculada y fuerte, atenta directamente contra el canon blanco y radiante de la feminidad que fija y da esplendor la normativa del tenis de élite. Cuando Williams apareció en Roland Garros con un mono negro, una vestimenta propicia para evitar la formación de coágulos de sangre después del parto (fue madre ocho meses antes), la organización se apresuró a advertir que no lo toleraría nunca más. Un murmullo de desaprobación general reveló la incomodidad de la masculinidad blanca ante su negra y fiera presencia. Sin embargo, Anna White recibió elogios cuando, en Wimbledon 85, acudió a jugar con una malla blanca que resaltaba su figura juncal. Se prohibió el look, pero no hirió sensibilidad alguna.

En 2002, Anna Kournikova declaró lo siguiente: “Detesto mis músculos. No soy Serena Williams. Soy femenina. No quiero ser como ella. No me gusta esa masculinidad”. En 2012, durante un partido de exhibición, Caroline Wozniacki se colocó unos rellenos en los pechos y en el trasero para ridiculizar la silueta de Williams. Durante toda su adolescencia, tanto ella como su hermana Venus tuvieron que escuchar todo tipo de comentarios al respecto de sus peinados y sus cuerpos: la presión para que se sometan al molde fabricado para la agradable feminidad de las tenistas no ha cedido en las dos últimas décadas. Las aficionadas españolas no podemos extrañarnos totalmente ante estas manifestaciones: también hemos escuchado comentarios insultantes sobre la fisionomía de Conchita Martínez o la energía a veces agresiva de Arantxa Sánchez Vicario.

Subrayando esa fragilidad de la masculinidad que rechaza los cuerpos que no encajan en el ideal de lo femenino, Serena decidió jugar la final del US Open con un tutú negro. La ironía es evidente. Este tipo de rebeldías, jaleadas además por la ingente masa de fans feministas de la tenista, no juegan en su favor dentro de la cancha. Las reprimendas de la ortodoxia a Serena no son solo deportivas, son políticas. Ella es en sí misma la negación de la ley del agrado: así denomina Amelia Valcárcel el deber de agradar que tiene el sexo femenino, “incluso por encima de otros deberes como la obediencia, el ser hacendoso, la limpieza, la pureza sexual o la abnegación”. De hecho, Valcárcel observa que mientras esos otros deberes se van debilitando, este de agradar no cede un centímetro sino que se incrementa. En otras palabras: podemos conquistar nuevas cotas de autonomía y libertad mientras en lo estético sigamos siendo femeninas, sonrientes, complacientes, y agradablemente sexys.

La furia expresada en el rostro de la iracunda Serena hizo volar los resortes de la ley del agrado en mil pedazos. No hemos tenido demasiadas ocasiones para contemplar a mujeres enfadadas ni en la realidad ni en la ficción: funciona en ambos planos el elemento disuasorio que supone la posibilidad de recibir violencia física a cambio de nuestras reclamaciones. Por nuestra seguridad y para nuestra sujeción, nos educamos en la represión de nuestra furia. Por eso tantas brujas y asesinas de ficción eligen estrategias subterráneas, arteras, silenciosas para llevar a término sus objetivos. De ahí que el estereotipo que nos retrata de natural civilizadas y pacíficas, nos empuja como contrapartida al territorio del sarcasmo amargado y la maldad recóndita. En nuestro mito fundacional, los dioses siempre expresan su cólera de manera legítima, mientras que cuando Hera hace lo propio ante los desmanes promiscuos de Zeus, es tachada de infantil y celosa.

Katherine Hepburn protagonizó La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938) sin calificar más que como gatita: si se salía con la suya era por hacer pucheros o no darse por enterada de lo que se esperaba con ella. El personaje de Jo, la rebelde escritora de Mujercitas (Louise May Alcott, 1868), luchaba infructuosamente contra su temperamento, hasta el punto de tenerse por odiosa. En un momento del relato, le pide a su madre: “¡Es mi mal genio! Trato de corregirlo. Creo que lo he logrado pero, entonces, surge peor que antes. ¡Oh, mamá!, ¿qué puedo hacer? (…) Tengo miedo de que un día haré algo terrible y estropearé mi vida, haciéndome aborrecer de todo el mundo. ¡Oh, mamá, ayúdame! ¡Ayúdame!”. La contestación de su madre no tiene desperdicio: “Yo misma he tratado de mejorarlo desde hace cuarenta años y sólo he logrado reprimirlo. Me enojo casi todos los días de mi vida, Jo; pero he aprendido a no demostrarlo, y todavía tengo la esperanza de aprender a no sentirlo, aunque necesite otros cuarenta años para conseguirlo”.

Por lo general, perder los estribos es cosa de mujeres inestables, histéricas, locas. De ahí que las mujeres fuertes de nuestra ficción actual, de Olivia Pope a Cersei Lannister, traten por todos los medios de controlar su furia. Cuando Daenerys Targaryan se enfada, su ira se traspasa automáticamente a un dragón mientras ella mantiene su legendaria gelidez: contemplar a una heroína desatada cual William Wallace o el mismísimo Hulk resulta impensable. Ni siquiera Jessica Jones, una fuerza de la naturaleza, se atreve a lidiar con su propia ira y la ahoga en alcohol. En Inside Out (Del revés), el perspicaz análisis de nuestro sistema emocional de Pixar, la ira se encarna en un personaje masculino, reforzando la idea de que es un lugar que les corresponde, por tradición, a ellos. El recuerdo catártico de la furia asesina de Uma Thurman en Kill Bill (Quentin Tarantino, 2003) se desinfló cuando escuchamos de sus labios que antes de hablar de su experiencia con Harvey Weinstein necesitaba serenarse: “No soy una niña y he aprendido que, cuando hablo desde el enfado, normalmente me arrepiento de cómo me expreso. Cuando esté lista diré lo que tenga que decir”.

En el mundo anglosajón se utiliza la expresión tone policing (algo así como la policía del tono) para referirse a la técnica que busca silenciar las manifestaciones de una persona señalando lo inadecuado de su tono y obviando la carga emocional que puede conllevar su mensaje. Las mujeres, en la ficción y en el mundo material, sabemos que nuestra credibilidad depende en un altísimo porcentaje de nuestro control del tono. Si nos enfadamos, si dejamos que la agresividad entre en el juego de la expresión, seremos tachadas de inadecuadas, como poco. En 2014, el documental estadounidense She’s beautiful when she’s angry (Es hermosa cuando se enfada) mostró cómo solo la furia de las mujeres de los 70 logró romper la cárcel de la domesticidad, el silencio sobre los derechos reproductivos o la invisibilidad del cuerpo femenino. El aplauso ante la determinación furiosa de estas mujeres airadas, mayoritariamente blancas, fue general. ¿Por qué ha molestado tanto a cierto feminismo blanco la comprensible ira de Serena?

¿Acaso no soy yo una mujer?, clamaba Sojourner Truth en 1851, ante la evidencia de que las mujeres negras seguían en los trabajos forzados mientras los derechos se repartían entre las blancas. La pregunta sigue siendo pertinente hoy. El escrutinio, la vigilancia, el disciplinamiento y la agresión sobre las mujeres racializadas sigue sin ser reconocido y sus rebeldías y resistencias continúan hiriendo la sensibilidad de las que han asumido un autocontrol que han podido intercambiar por ventajas. Las censuras desde el feminismo a la explosión iracunda de Serena cierran los ojos ante el racismo, presente y pasado, que se infringió a las mujeres negras. El esclavismo elaboró el mito de su agresividad para justificar torturas inimaginables y forzar su total sumisión y silencio. Cualquier mujer racializada, negra, latina, gitana o indígena, es hoy percibida automáticamente como agresiva y se le supone mayor predisposición a perder el control. La persistencia y profundo enraizamiento del estereotipo en nuestra sociedad convierte el enfado en un lugar vedado para ellas, de ahí que el feminismo luche por abrirlo: la expresión de su furia no puede ser otra cosa que un privilegio bien ganado.

Serena Williams ha escuchado insultos fuera y dentro de las pistas durante toda su carrera; su vestimenta es vigilada como ninguna otra; se cuestiona constantemente su integridad, se rechaza su corpulencia, sus rasgos, su pelo. Es habitual que sea comparada con un animal. ¿No es comprensible su ira? En julio, la misma Williams reveló en su cuenta de Twitter otra evidencia del trato discriminatorio que se le dispensa: es la tenista más controlada, de largo, por medio de controles antidoping. Mucho menos que, por ejemplo Maria Sharapova, positivo en Meldonium en 2016 y dos años suspendida, pero con su reputación y sponsors intactos. En la caricatura viral del periódico australiano Herald Sun, Serena es retratada como una mujer enorme, fea, enfadada, con los rasgos del estereotipo esclavista de la mammy, mientras que Naomi Osaka aparece rubia, esbelta y aniñada. Problema: Osaka es también una mujer negra. Su padre es haitiano. Pero el blanqueamiento era necesario para que la broma racista funcionara. Si la sociedad es machista por defecto, es racista por la misma razón.

 

Crystal Marie Fleming, profesora de Estudios Africanos y autora de How to Be Less Stupid About Race: On Racism, White Supremacy and the Racial Divide habla de misoginoir (misoginia negra) y de la necesidad de una alfabetización racial que solo puede empezar escuchando a las mujeres de color. Reprimir su justificado enfado con nuestras exigencias de autocontrol supone deslegitimar su existencia misma, enfrentada a postergaciones intolerables en cualquier rango de ingresos y agresiones insoportables para las mujeres en situación de precariedad. ¿Cómo pretender que repriman su rabia frente a la injusticia, si es la energía que les permite luchar contra ella? Gloria Andalzúa, escritora chicana, lo dice mucho mejor en Borderlands: “Como en mi raza, que cada en cuando deja caer esa esclavitud de obedecer, de callarse y aceptar, en mí está la rebeldía encimita de mi carne. Debajo de mi humillada mirada está una cara insolente lista para explotar”.