Categoría: Desprogramación

La fuga del feminismo

De repente, llegan hasta mí, percibo o deseo-imagino muchas señales que alumbran un camino de salida del feminismo como herramienta de futuro. Creo que ya es hora de incorporarlo como un lugar de deslumbramiento que ha producido todos los efectos que había de producir. Los textos feministas cambian, sin duda, la vida que se deja afectar, pero los recibo ya más como un trampolín que te propulsa hacia otro sitio que como una posición en la que quedarse. Ahora que la palabra patriarcado puede ser dicha en el telediario, debe existir otra frontera en la que las cosas no sean impulsadas por la máquina total. Las palabras todas del feminismo que circula hoy han sido ocupadas, vaciadas y desactivadas. No hay proyecto ni hay red, hay autosatisfacción y complacencia. El feminismo que ha superado el cambio de siglo no subvierte, sino que se ve obligado a reproducir para sobrevivir. ¿Qué ha pasado para que hablemos más de sororidad, un sentimiento de solidaridad que siempre ha existido en los barrios obreros y clases medias-bajas y bajas, que de sospecha, una herramienta mucho más necesaria para habitar hoy la realidad? ¿Por qué se está imponiendo de una manera tan cruda y sin apenas resistencia la agenda neoliberal del consumo y de los deseos en el programa feminista?

Todo esto pienso mientras veo esta portada, la de la revista feminista que Conde Nast, editora de “Vogue”, pone en la calle de cara al 8 de marzo. La máquina de la feminidad heterocapitalista es feminista. Claro que sí, guapis.

 

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Audrey Lorde

 

 

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“Las que estamos fuera del círculo de la definición que esta sociedad de mujeres aceptables; las que hemos sido forjadas en las encrucijadas de las diferencias, las que somos pobres, somos lesbianas, somos negras o somos más viejas, sabemos que la supervivencia no es una habilidad académica. Es aprender cómo estar en pie sola, impopular y a veces vilipendiada, y cómo hacer causa común con esa otra gente identificada como ajena a las estructuras, con el fin de definir y buscar un mundo en el que todas nosotras podamos prosperar. Es aprender cómo coger nuestras diferencias y convertirlas en potencias. Porque las herramientas del amo no desmantelarán nunca la casa del amo. No permitirán ganarle provisionalmente a su propio juego, pero jamás nos permitirán provocar auténtico cambio. Y este hecho sólo resulta amenazador para esas mujeres que todavía definen la casa del amo como su única fuente de apoyo”.

 

Mujeres que comen

Me acaban de enviar una referencia a este grupo de Facebook “Mujeres que comen”, compuesto por mujeres relevantes en el campo de la comunicación y las marcas. Mujeres que trabajan directa o indirectamente en las revistas de la obediencia femenina. Puedo leer en el nombre-manifiesto con el que se designan a sí mismas la satisfacción que les produce este acto psicomágico de liberación. No había encontrado hasta el momento una manifestación más libre y espontánea del corsé que imponen los soportes para los que trabajan.

Desgraciadamente, las mujeres que comemos sin más restricción que la propia voluntad no necesitamos manifestar especialmente que lo hacemos. ¿Cómo vamos a insistir grupo mediante en que comemos si lo hacemos todos los días? Sería un poco tonto… Quizá podríamos montar el grupo “Mujeres que no comen”, con un mix palpitante de mujeres a dieta y mujeres pobres. Pero volviendo a ellas… ¡qué maravilla saber que precisamente este grupo de mujeres tienen tal necesidad de gritarle al mundo todo que comen! ¡Son tan libres que hasta comen! ¡Y se quedan tan anchas!

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¿No es maravilloso, amigas?

Bueno, en realidad no se quedan tan anchas. No se ve mucha ancha en el grupo y tampoco parece que busquen ninguna anchura, tal y como manifiestan con una inocente broma a costa de unas señoras que, obviamente, sí comen.

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¿Acaso se juntan para comer precisamente en fecha en que se ven liberadas para hacerlo? ¿Tal es el régimen de obediencia a la que se ven sometidas que han de celebrar que, en ese día, a esa hora y en ese lugar, VAN EFECTIVAMENTE A COMER?

Me asaltan más dudas acaso peores. ¿Será acaso esta otra fantasmagoría del marketing violento que quiere que las mujeres coman sin comer, que presuman de gourmands sin engordar, que se liberen pero dentro de un orden? ¿Acaso se juntan estas mujeres que comen para no comer, consistiendo este acto una manifestación incontrolable de un deseo autoreprimido? ¿Quién paga las comidas y, lo que es más importante, quién le ha puesto este nombre a esta cosa?

Porqué no hablamos las mujeres o cómo los padres de la Iglesia nos pusieron la mordaza

Leo últimamente artículos acerca de lo poco que hablamos las mujeres, de porqué no nos manifestamos en las reuniones, en los bares, en las redes. No sé si estas reflexiones pueden ofrecer alguna perspectiva a la hora de cuestionar el estereotipo de la mujer habladora o incluso a matizar la molestia que puede surgir cuando algunas mujeres nos manifestamos a cada paso que damos como si nos estuvieran interpelando en rueda de prensa. Porque lo cierto es que molestamos. No se me quita de la cabeza ese “cállate bonita” que le soltó un diputado del PSOE a Teresa Rodríguez el pasado mes de mayo en la cámara andaluza. “No tienes ni puta idea”, le dijo otro del PP.

En Eldiario.es, Barbijaputa se queja de que no tiene comentarios femeninos en sus artículos porque las mujeres callan en la red. En SModa, Begoña Gómez Urzaiz escribió hace algunas semanas un estupendo artículo que profundizaba algo más en la cuestión, exponiendo cómo la tradición excluye a las mujeres del discurso pues, para Telémaco desde la misma Odisea, “es cosa de hombres”. Me apunto a la tarea de deconstruir y exponer la cultura misógina que hemos heredado colgando un miniensayo acerca de cómo el catolicismo ordenó, supuestamente desde San Pablo, el silencio de las mujeres. Lo dice Laura Freixas en el artículo de Begoña: la palabra es poder, por eso nos exigen la callada por respuesta. Cuando nos piden que nos cerremos la boca nos están quitando poder y cuando accedemos a no hablar o nos sentimos demasiado ignorantes, pequeñas o chirriantes para hacerlo, estamos dejando que los mismos hablen por nosotras.

En los países católicos, el silencio de las mujeres suele tener su pistoletazo de salida en el mismísimo catolicismo primitivo, desde las prédicas de San Pablo de Tarso, el verdadero motor de la construcción y expansión del catolicismo por el Imperio Romano. Pablo pasó de perseguidor de cristianos a perseguido, pero en sus huidas y viajes contó siempre con el refugio y la subvención de infinidad de mujeres ricas y pobres que le escondieron, le alimentaron y sufragaron sus expediciones misioneras. Esta labor evergésica de las mujeres para con el catolicismo sugiere a algunas historiadoras que estas pudieron ver en este culto una oportunidad para trascender su yugo de género. ¿Por qué si no eran tan numerosas en las comunidades de primeros conversos y arriesgaban fortuna y vida a la hora de proteger a los predicadores?

Escribe Pablo en la primera carta a los Corintios: “Que las mujeres permanezcan calladas durante las asambleas: a ellas no les está permitido hablar. Que se sometan, como lo manda la Ley. Si necesitan alguna aclaración, que le pregunten al marido en su casa, porque no está bien que la mujer hable en las asambleas”. Así leída, las frases parecen bastante radicales y definitivas: el primer catolicismo no quería saber nada de mujeres con sabiduría. Sin embargo, las historiadoras modernas han vuelto a los textos, a repreguntarse sus relatos y a recontextualizarlos a la luz del género, con conclusiones tan discutidas como sorprendentes. La hipótesis es atrevida: que en los primeros tiempos del catolicismo, las mujeres ocupaban un lugar mucho más preeminente del que nos han hecho creer. Se habla incluso de un “ethos igualitario” entre hombres y mujeres. Los historiadores del canon, por supuesto, ponen el grito en el cielo ante esta versión alternativa de la Historia.

“No está bien que la mujer hable en las asambleas”, escribe Pablo de Tarso a la comunidad cristina de Corinto desde Éfeso, durante el tercer año de su segundo viaje misionero (57 d.C.). Corinto era una ciudad rica y culta pero con fama de licenciosa, pues permitía la prostitución sagrada en el santuario de Afrodita y era cuna de las cultas y libérrimas hetairas (Beauvoir; 1949, 116-117). Allí, la pequeña comunidad cristiana fundada por Pablo se veía sometida a muchas tensiones espirituales y morales por la influencia de las costumbres paganas y el libertinaje propio de una ciudad portuaria. Que Pablo de Tarso exprese en su primera carta la implícita prohibición a las mujeres de hablar en la Iglesia recoge algo más que la asunción general de la aristotélica subordinación femenina, presente en decenas de textos literarios de la época (Beauvoir; 1949; 117-118). De momento señala que, al menos en los inicios de las comunidades cristianas, las mujeres tenían voz en los templos. Se refiere, sin duda, a las profetisas, las mismas que implícitamente avala, siempre y cuando usen el prescriptivo velo: “En consecuencia, el hombre que ora o profetiza con la cabeza cubierta deshonra a su cabeza; y la mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta deshonra a su cabeza, exactamente como si estuviera rapada”. (Corintios 11, versículos 4 y 5).

¿Podríamos inferir que Pablo acepta de hecho la presencia de mujeres profetisas siempre que se cubran y prohibe la voz de las casadas, sujetas a la voluntad del cabeza de familia? ¿Acaso privilegió la costumbre de su tiempo sobre sus propias convicciones para no dañar el éxito de su evangelización? (Brittain; 2011, 20) ¿Puede esta incoherencia apoyar las tesis (Barbara Leonhard4, Jerome Murphy-O’Connor) que sugieren una intervención posterior en la epístola, o sea, que tal prohibición no procede de Pablo, el apóstol que tantas patronas disfrutó y que tan respetuosa y elogiosamente habló de ellas (Cox Miller; 2005, 6)? ¿Podría la reconvención a Corinto ofrecer grado similar de control patriarcal al de la primera y epístola a Timoteo, cuya atribución a Pablo está en entredicho por su estilo, datación y contenido, y en la que se lee “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio”, además condenarla como culpable del pecado original y situarla como inferior al varón?

Siglo y medio después de las cartas de Pablo, Orígenes de Alejandría (185-254), erudito, impulsor del Cristianismo en Oriente y pilar de la teología cristiana junto a San Agustín (354-430) y Santo Tomás (1224-1274), recoge esta recomendación de Pablo y la comenta durante sus célebres clases en la Academia. Dice: “It is shameful for a woman to speak in church. Whatever she says even if she says something excellent or holy, because it comes from the mouth of a woman”. En ese momento, el panorama social parece haber cambiado sensiblemente, al menos para las mujeres. Aludiendo directamente al mismo hecho biológico de ser mujer como argumento que invalida la voz femenina, Orígenes arrebata autoridad, credibilidad y bondad a mujeres que, en aquellos años de afirmación de la Iglesia católica, habían logrado cierta preeminencia por sus sacrificios en pro de la Iglesia, su labor evergésica, catequista o incluso su labor profética. Podemos hablar de una campaña en toda regla (una que se extiende a lo largo de los siglos) para que las mujeres dejaran de beneficiarse del “ethos igualitario que rodeaba a los discípulos de Jesús de Nazareth” (Pedregal; 2004, 202). De hecho, el comentario de Orígenes que nos ocupa podría reforzar la idea de una ‘intervención propagandística’ posterior en la epístola de Pablo, ya que propone una radicalización de la misoginia más en el tono y coerción que la mantenida por este.

En el tiempo de Orígenes (y también seguimos refiriéndonos sobre todo a este área de Asia Menor), las profetisas y, en general, las mujeres que tomaban la voz o lideraban de alguna manera la comunidad comienzan a ser consideradas heréticas. Entre ellas, el nutrido grupo de profetisas corintias que Pablo protegió (Cox Miller; 2005, 31-40). También Maximilla, Quintilla y Priscila, profetisas del influyente movimiento Montanista, que predicaba la comunicación directa del Espíritu Santo con la comunidad a través de profetisas-obispas, un mensaje demasiado subversivo para la jerarquía eclesial, que en aquel momento lidiaba con una ensordecedora discusión dogmática por parte de una sociedad dividida entre los creyentes sólo de palabra (aún afectos a las costumbres ‘pecadoras’ paganas) y los de facto, divididos en distintos grados de rigorismo y gnosticismo (Brittain; 2011, 35). Las historiadoras aventuran que estas profetisas posteriores profetizaban como las coetáneas de Pablo, pero ya no en los templos y no para los hombres, sino preferentemente para otras mujeres, mandato que las montanistas, por ejemplo, ignoraban (Cox Miller; 2005 ,36-38). “En el II d.C, las mujeres ya insistían en vivir su propia vida, intervenían en discusiones acerca de literatura, matemáticas o filosofía y componían poesía música, dedicaciones estas que eran satirizadas y ridiculizadas por los hombres. Durante el imperio, las mujeres estaban en todas partes: negocios, vida social teatros, conciertos, fiestas, acontecimientos deportivos, con o sin sus maridos. Incluso entraban en batalla. (…) No sucedía así con las mujeres judías, que vivían encerradas en sus casas” (Pagel, 1979). “Afirmaciones como las de Jerónimo en el siglo IV según el cual detrás de todo hombre herético hay una mujer herética abonan la convicción de E. Pagel cuando afirma que es ese protagonismo femenino lo que provoca el hecho histórico de la exclusión de estos escritos [los evangelios gnósticos] cuando se confecciona el canon y su consideración en consecuencia como textos heterodoxos” (Pedregal; 2011, 209).

En el comentario de Orígenes asistimos, por tanto, al despliegue del rodillo que terminará con el papel activo de las mujeres en la Iglesia católica, justo en una zona en la que las mujeres, ya fueran diakonisas, patronas o profetisas, pudieron contribuir en mayor grado y beneficiarse de tal contribución (casos de Junia o Febe), además de portar una mayor influencia de los laxos ritos paganos orientales. El mismo Orígenes conoce bien la labor de estas mujeres poderosas, ya que es recogido por dos de ellas en momentos delicados de su biografía, hecho que refuerza su vinculación a la herejía que finalmente le procurará un martirio ansiado desde joven (Pedregal; 2012, 321-322). Es interesante, en el sentido de seguir apuntando a cómo la influencia de la labor exegética de Orígenes trasciende hasta su puntual vinculación herética, recoger la precisión que Benedicto XVI realizó al respecto de su tarea, aludiendo a cómo el teólogo pionero se esfuerza por desterrar los testimonios de fe orales como manifestaciones de la voluntad divina e integrar las escrituras en un mismo espíritu antiherético (antifemenino): “Hemos aludido a ese “cambio irreversible” que Orígenes inició en la historia de la teología y del pensamiento cristiano. ¿Pero en qué consiste este “cambio”, esta novedad tan llena de consecuencias? Consiste, principalmente, en haber fundamentado la teología en la explicación de las Escrituras. Orígenes llega a promover eficazmente la “lectura cristiana” del Antiguo Testamento, rebatiendo brillantemente las teorías de los herejes —sobre todo gnósticos y marcionitas— que oponían entre sí los dos Testamentos, rechazando el Antiguo”.

¿Por qué la afirmación del cristianismo supuso la subordinación y sometimiento de las mujeres, en un proceso histórico que supone el génesis del postergamiento que vivimos hasta el día de hoy? ¿Cómo pudo una sociedad que permitió la actividad científica y la influencia de tantas mujeres, de María la Judía (I d.C.) a Hipatia (fallecida en el 415) eclipsarlas? Martino y Bruzzese (1994, 43) hacen algo de luz al hilo de la trágica muerte de Hipatia: “En una época en la que la Iglesia cristiana, con sus Padres, asumía cada vez más el papel de institución y procedía a la marginación de las mujeres del culto y de las funciones sociales de poder, una pagana surgía como símbolo de sabiduría y competía con las autoridades religiosas de su ciudad. Un conflicto religioso que ocultaba una disensión mucho más profunda: Hipatia representaba la tradición de la sabiduría femenina, una antigua tradición egipcia y griega y, por consiguiente, causaba mayor disgusto como docta que como pagana: las mujeres no debían hablar ya en las asambleas o en los lugares de culto, y menos que nunca debían enseñar en las escuelas”. Pagels cita múltiples causas en “Los Evangelios Gnósticos”: la influencia de la tradición de los judíos convertidos; el ascenso del cristianismo de movimiento de clase baja, donde todos los esfuerzos son bienvenidos, a la clase media; la rivalidad entre los Apóstoles y María Magdalena, que se salda con la victoria de Pedro y la erradicación del ejemplo mariano de lo femenino… Castelli (1994, 98) acuerda denominar a las múltiples razones provenientes de distintos estudios lanzados desde disciplinas variadas una suerte de heteroglosia. Una diversidad de voces que “continuará sin duda molestando a los guardianes de las instituciones, de la misma manera que los discursos visionarios de las mujeres de Corinto molestaron a Pablo y sus legales hace veinte siglos”.

BIBLIOGRAFÍA
Beauvoir, Simone. 1949. El segundo sexo. París: Gallimard.
Brittain, Alfred. Carroll, Mitchell. 1976. Women of Early Christianity. Woman in All Ages and in All Countries series. Nueva York: Gordon Press.
Castelli, Elizabeth A. 1994. “Heteroglossia, Hermeneutics and History. A Review Essay Of Recent Feminist Studies of Early Christianity”. Journal of Feminist Studies in Religion. 10, 2: 73-98
Cox Miller, Patrizia. 2005. Women in Early Christianity. Translation from Greek Texts. Washington, D.C. : Catholic University of America Press.
Martino, Giulio de y Bruzzese, Marina. 1994. Las filósofas. Madrid: Cátedra.
Pagels, Elaine H. 1979. The Gnostic Gospels. Nueva York: Randon House.
Pedregal, Amparo. 2004. “La Historia de las Mujeres y el Cristianismo Primitivo. Apuntes para un balance historiográfico”. La Historia de las Mujeres: una revisión
historiográfica
. Asociación Española de Investigación Histórica de las Mujeres. 201-228.
Pedregal, Amparo. 2011. “Las diferentes manifestaciones del patronazgo femenino en el cristianismo primitivo”. Arenal. Benefactoras y filántropas en las sociedades
antiguas
.18, 2: 309-334

Invasores de cuerpos: del topmodel famélico de Vogue a las multinacionales alimentarias

No detecto que nadie haya puesto el grito en ningún cielo ante la foto de este chaval extremadamente delgado, alarmantemente delgado, que se ofrece a la mirada de otros hombres como un cuerpo modelo. Y, sin embargo, da ganas de llorar. Se trata de uno de los chicos que han sido elegidos por el fotografo Brett Lloyd como “una de las nuevas caras de la moda para 2015”. Parece que al evangelio de los cuerpos según Vogue se le ha ido de nuevo la mano con el factor skinny. En realidad, lo que menos le importa a Vogue y a su factoría de deseos imposibles es el cuerpo de los menores. Todo vale con tal de que la ropa cuelgue de cuerpos como perchas. En el universo Vogue no figuran personas sino cuerpos jibarizados, reducidos a la mínima expresión, asfixiados de carne. Qué horror de campo de exterminio, Vogue. Si hoy existe una máquina de fabricar una raza terrible de cuerpos exhaustos, esa es Vogue.

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La media bombardea a los hombres jóvenes con dos cuerpos posibles: el skinny-skinny prepúber del fashionista que ha de enfocar su físico como herramienta de moda, o el musculado en distintos grados de definición, gracias a una combinación variable de gimnasio y sustancias que aportan artificialmente lo que la voluntad o la genética no logra alcanzar. Este artículo plantea cómo los jóvenes que se atiborran de batidos de proteínas podrían estar sometiendo a sus hígados al procesado de más químicos de los que sería deseable, exponiendo cómo la preocupación por los cuerpos que se enmascara a veces en un deseo de salud tiene más que ver con la vanidad, la presión social, la falta de autoestima real.

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“Los cuerpos de los hombres ya no sirven”, explica este doctor-investigador-autor de un estudio que muestra la creciente preocupación de los chavales por hacer músculo. También menciona las afecciones ligadas al uso de esteroides a temprana edad: depresión, ataques de rabia, tendencias suicidas, cardiopatías. No es extraño encontrar en las noticias acerca de adolescentes que pegan a sus padres, sus abuelos o sus compañeros de clase una referencia a los esteroides. Los médicos advierten de que la violencia acompaña el uso de estas sustancias, además de muchas otras contraindicaciones. La salud de estos cuerpos es sólo una ficción. No podemos seguir aceptando la coartada de la salud como justificación del continuo comentario y la prescripción más o menos sutil de estos cuerpos.

Aunque los medios de comunicación se defienden de las acusaciones de imponer un cuerpo único y un modelo único de delgadez (para ellas) y musculación (para ellos) aludiendo a la epidemia de obesidad que nos sobreviene, apenas encuentro en ellos mensajes que se refieran a tal circunstancia. Paradójico, ¿no? La invisibilidad de todos los cuerpos que no se ajusten a la norma es un clamor, pero lo es más la ausencia de informaciones claras y relevantes acerca de dónde acecha la mala alimentación. Los mensajes mediáticos recomiendan todo tipo de productos de una industria que se alimenta de la mala alimentación. Los medios de comunicación también se alimentan de la publicidad de la industria que se alimenta de la mala alimentación. Atacar la mala alimentación sería atacarse a sí mismos. Más que preocuparse porque los gordos dejen de serlo, les preocupa que desaparezcamos. ¿Quién compraría todo lo que anuncian?

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En realidad, la mala alimentación domina el mundo. La comida es la droga legal que más gente se lleva por delante. Gente pobre, claro, que no puede acceder a comida no adulterada. A la industria de la comida adulterada, de la comida cortada con matarratas, les interesa que sigamos comiendo. Son diez las multinacionales que controlan el 90% de lo que ingerimos. Desde mi punto de vista, ellas son el gobierno real del mundo. A la industria de los cuerpos, medios de comunicación incluidos, les interesa que sigamos comiendo sus productos y necesitando otros que nos prometen lo que sólo la buena alimentación puede darnos. Los medios que podrían advertirnos de la situación se alimentan de los anuncios de la industria que nos vampiriza mientras nuestros cuerpos son ignorados, adulterados, frustrados o acosados por sus instrucciones imposibles. Son parásitos de los cuerpos de los pobres.

A lo que me refiero, señora Obama, es a que además de combatir el sedentarismo con sus simpáticos bailes, no estaría de más un discurso serio sobre la industria alimentaria estadounidense (global). De esa manera, no estaríamos entregando el mensaje de que los gordos son gordos porque no mueven su gordo culo y fomentando la gordofobia que nos ocupa tanto espacio mental a algunas. De hecho, escribo este post algunos días despues de que una videobloguera muy celebrada y periodista de cine muy irónica, muy inteligente y muy cool (?) escribiera en Facebook un comentario despreciativo hacia las gordas que poblamos el mundo (ya lo siento), que desapareció como 20 segundos despues de colgarlo (una pena que casualmente me pillara mirando, ha ha ha). Pero sigamos. Por suerte, son muchos los médicos que comienzan a tirar por tierra esa imagen interesada que las multinacionales fomentan (y los medios replican) por la cual no es la comida la que causa la epidemia de obesidad que nos aguarda, sino la falta de actividad física. Es lamentable ver cómo se afanan los medios de comunicación y los políticos en encubrir los intereses comerciales de sus dueños transnacionales, ignorando que en la maniobra se llevan por delante los cuerpos y las vidas de tantas personas. En este artículo se hace notar asimismo cómo esas mismas marcas, con Coca Cola a la cabeza, esponsorizan incansablemente eventos deportivos, a sabiendas de que con ello refuerzan la ficción de inocuidad de sus productos. Pero todos sabemos que son veneno, droga barata para los pobres.

First lady Michelle Obama dances with students at Alice Deal Middle School in northwest Washington, Tuesday, May 3, 2011, during a surprise visit for the school's Let's Move! event.    (AP Photo/Manuel Balce Ceneta)

First lady Michelle Obama dances with students at Alice Deal Middle School in northwest Washington, Tuesday, May 3, 2011, during a surprise visit for the school’s Let’s Move! event. (AP Photo/Manuel Balce Ceneta)

Este documental se plantea la cuestion más seriamente que los asesores en marketing político de los Obama: es imposible quemar con ejercicio la comida adulterada que la industria nos suministra. Ni siquiera es procesada por el cuerpo de la misma manera que los alimentos orgánicos. ¿Por qué no dirigimos más presión, más legislación, más control a las multinacionales, en vez de destruir las cuentas corrientes, los cuerpos y las mentes de las personas (¡de los niños!) que no pueden o no saben darse más alimento que el de la comida basura? Lo recomiendo tanto, tanto, tanto. Vedlo, por favor. Es bueno para la empatía.

Nuestra sociedad, los medios de comunicación, las empresas vampirizan tanto nuestros cuerpos con sus instrucciones sobre lo bello, lo saludable y lo cool y sus productos adictivos, que nos acostumbramos a que la norma de nuestro sistema cuerpo-mente no sea el equilibrio, sino una tensión insoportable entre el ser y el deber ser que se visibiliza especialmente en los gordos, blancos fáciles de los que no exteriorizan esa lucha interna o tienen la inteligencia de sustraerse a ella, y en las personas con transtornos alimenticios graves, mayoritariamente mujeres (porque las normas de obediencia del cuerpo se dirigen sobre todo a ellas), pero cada vez más hombres (porque el sistema necesita seguir devorando cuerpos y los de ellas ya nos son suficiente). Si no habéis visto jamás cómo tiembla una mujer anoréxica ante la perspectiva de comerse una magdalena, esta es vuestra oportunidad para el horror.

No podemos seguir admitiendo que el cuerpo de las mujeres, los niños, los pobres sigan alimentando la avaricia de las industrias del cuerpo: la alimentación, la moda, la cosmética, los medios de comunicación. En la tarea de romper con el dualismo de nuestra cultura, esa ficción miope que enfrenta tozudamente los pares hombre-mujer, masculino-femenino, cultura-naturaleza, activo-pasivo, virtual-real, personal-político, etc., hemos de añadir urgentemente el par mente-cuerpo, y exigir el mismo respeto para nuestra materialidad que recibe la expresión de pensamiento y el mismo conocimiento. Si nos protegemos de los discursos violentos sustrayéndolos de la mirada de los más pequeños, ¿por qué no otorgamos a los cuerpos, sobre todo a los cuerpos de los niños, similar protección? Si prohibimos las drogas y censuramos el alcohol y el tabaco con limitaciones e impuestos, ¿por qué no advertimos más seriamente sobre las consecuencias lesivas de los pseudoalimentos de las multinacionales?

Existe una razón por la que el cuerpo no es tomado en consideración por el pensamiento hegemónico, por el poder. En la tradición filosófica occidental, el cuerpo ha sido siempre relegado a la desacreditada esfera de lo femenino, mientras que la mente, el conocimiento, el pensar fue adscrito a lo inequívocamentente masculino. La supuesta incapacidad de las mujeres para pensar hasta nos ha sacado del canon de la Filosofía (y casi de la disciplina misma). «No solo el pensamiento occidental ha devaluado el cuerpo y la feminidad; tanto lo femenino como el cuerpo se niegan en la constitución del pensamiento como tal. La razón no se da mediante una subordinación del cuerpo. La razón está separada del cuerpo y esencial y radicalmente dividida de la materialidad», escribe Claire Colebrook. La base del pensamiento filosófico occidental niega la corporeidad, lo femenino, la materia. La masculinidad blanca no tiene cuerpo, sólo razón. Así, al no encarnarse el pensamiento, se postula como universalmente valido para todo bicho viviente, sea cual sea su sexo, género, orientación sexual, raza o clase social. Lo que dice el hombre blanco, heterosexual y rico va a misa. De ahí el simpático palabro falogocentrismo: la palabra del hombre es universal.

Quizá porque solo nos dejaron el cuerpo, despersonalizado, mudo, inservible, deseado, rechazado, expuesto o invisible, las filósofas y teóricas feministas siempre han hecho del cuerpo una cuestión central, tanto como mapa de la obediencia/desobediencia de cada mujer, como como espacio que rescatar y curar. En los últimos años, algunas filósofas llevan algún tiempo ocupándose del indivisible par mente-cuerpo desde la corriente bautizada nuevo materialismo feminista, que básicamente (muy básicamente expresado por mi parte) busca interesar a las teorizaciones más allá de la habitual masculinidad abstracta para plantearse cómo se materializan dichas teorías en los cuerpos. El pensar implica pues lo ético y lo político y también una insoslayable flexibilidad para acomodarse en infinitas circunstancias materiales. El pensamiento está ineludiblemente encarnado en un cuerpo. Por cada cuerpo, un pensamiento diferente en constante fluir con sus circunstancias. Hemos de ser en todo momento conscientes de la parcialidad que implica un conocimiento situado en una posición determinada y, a la vez, en fuga. Donna Haraway entiende por conocimiento situado «la política y epistemologías de la posición, el posicionamiento y situación, donde es la parcialidad y no la universalidad la condición que hay que tener en cuenta para llegar a conclusiones relativas al conocimiento racional». Todos los cuerpos. Todas las ideas.

Reapropiarse del cuerpo es también reapropiarse del pensamiento. Al pensar se imprimen las ideas en nuestra materialidad. No dejemos ni ideas ni cuerpo en manos de las revistas ni de las multinacionales de la alimentación. Pensemos en lo que comemos. Comamos como pensamos.