Categoría: Desprogramación

Sobre la amistad entre mujeres

[Este texto se publicó en “Comadres”, una fantástica investigación comentada sobre cómo el humor ha limpiado, fijado y dado esplendor a esa regla del patriarcado que nos convierte en enemigas de nosotras mismas y, sobre todo, de las demás. Es obra de Raquel Manchado, editora de Antorcha, y se puede comprar aquí].

De todos los secuestros que vivimos las mujeres en nuestro aprendizaje de la feminidad, puede que sea este el que más dolor nos produce. Más que el que nos quita el espacio, nos disminuye el sustento o nos niega la autoridad y la historia. Más incluso que el que nos expropia el cuerpo, al servicio de cualquier otra cosa que no seamos nosotras mismas. Militar en la feminidad tiene mucho que ver con odiarse, con reprimirse, con limitarse. Pero eso no es lo peor de la pedagogía de la feminidad. La pervivencia de esta cruel guerra contra nosotras mismas, un adoctrinamiento de género que abreva en el terror a lo distinto y en su utilidad política como herramienta de sumisión, es posible gracias a otra guerra mucho más artera, perversa y dañina, insoportable de todo punto y prueba de cómo las mujeres somos producidas por la violencia: la guerra contra las otras.

En el primer capítulo de “Feud: Bette y Joan”, la serie de televisión que explora la terrible rivalidad entre Bette Davis y Joan Crawford, un periodista le pide a Olivia de Havilland (Catherine Zeta Jones) que explique los motivos de tan larga enemistad. Solo por esa frase de guión ya merece la pena la serie, un retrato tristísimo sobre la incapacidad de estas dos mujeres para reconocerse y apreciarse. «Feuds are never abour hate», explica la actriz. «They are about pain». «Las enemistades no tienen que ver con el odio, sino con el dolor». Dolor, aislamiento, privación, incomunicación. Tales son los valores que la cultura y especialmente el humor propagan mediante los relatos y chistes misóginos que nos pintan como chismosas, envidiosas y peligrosas para nuestras amigas. Las autoras de “The Social Sex: A History of Female Friendship”, Marilyn Yalom y Theresa Donovan Brown, explican que «casi todos los documentos que hablan de la amistad en los primeros 2.000 años de historia de la civilización occidental tienen que
ver con hombres».

La cultura quiere que veamos a las otras como competencia, no como aliadas; como amenaza, no como cómplices; como adversarias, no como cooperadoras. Se nos hurta, por razón de la feminidad, la posibilidad sanadora y emancipadora de la amistad: imposible confiar en la que se cree mala, envidiosa, cotilla, contrincante. Al ser configuradas por la ideología moderna como “idénticas”, una masa indistinta de cuerpos intercambiables, cualquier otra más guapa, más joven o más lista puede sustituirnos, quitarnos el sitio que nos valida socialmente, arrebatarnos el trabajo, el novio, el prestigio. Dicho de otra manera: los imaginarios simbólicos, especialmente los del humor que aquí se recopilan con tanto acierto, nos aíslan, nos dejan a merced de nuestro papel subalterno a los hombres y de una relación siembre bajo sospecha con nuestras iguales. Se nos niega la humanidad misma, si entendemos la existencia como el gozoso y libre discurrir de la vida a través de los lazos con los demás.

En “Sobre las mujeres” (1851), el filósofo alemán Arthur Schopenhauer sostenía que la corriente mutua de indiferencia que se producía en el encuentro casual de dos varones desconocidos se convertía en «verdadera enemistad» si las coincidentes eran mujeres. El escritor William Rounseville Alger concluyó lo siguiente en “La amistad de las mujeres” (1868): «A menudo me ha llamado la atención los pocos casos conocidos de buenos sentimientos entre mujeres (…) y la expresión habitual de la creencia de que existen obstáculos naturales que hacen de la amistad en una experiencia rara y débil entre ellas». En 1892, el antropólogo y criminólogo Cesare Lombroso publicó “La mujer criminal, la prostituta y la mujer normal” (1893), en el que defendía que «la antipatía de unas mujeres por las otras hace que roces triviales terminen en odios fieros; y debido a la irascibilidad de las mujeres, a veces pueden llevar rápidamente a insolencias y asaltos. (…) Las mujeres con un estatus social alto hacen lo mismo, pero de manera mas refinada para que los insultos no terminen en las cortes de justicia». El influyente crítico literario H.L. Mencken (1880-1956) escribió una definición que vuela alto aún hoy en día: «Un misógino es un hombre que odia a las mujeres tanto como ellas se odian las unas a las otras».

Las ficciones cinematográficas de la comedia y el drama están plagadas de mujeres contra mujeres, de “Lo que el viento se llevó” (1939) a “Mean Girls” (2004) y más allá. De la demonización de “la otra” en el cancionero, ni hablamos. Las trifulcas femeninas de famosas (Taylor Swift y Nicky Minaj; Rihanna y Beyoncé; Khloe Kardashian y Amber Rose) o los reality shows con base en la rivalidad femenina (todos los desarrollos de “Mujeres ricas de Beverly Hills”, por ejemplo) triunfan en la cultura pop. En las revistas que nos adiestran en la obediencia de lo femenino se leen frecuentemente textos que nos azuzan a la competición entre nosotras bajo la coartada de la mejora personal: la piel más tersa, el cabello más brillante, el cuerpo más elástico. El 25 de noviembre de 2015, El País tituló una noticia “Cuando la rival vive en casa”: hablaba de las hijas adolescentes de Vanessa Paradis, Cindy Crawford y Julianne Moore. Pero no descendamos a productos informativos trágicamente devaluados.

No interesa un vínculo culturalmente naturalizado de solidaridad entre mujeres y mucho menos uno políticamente establecido. De ahí la constante reelaboración de justificaciones de todo tipo para seguir sustentando nuestra amarga rivalidad. Sin embargo, la mítica nobleza masculina se organiza naturalmente en la amistad desde que Aristóteles escribiera aquello de «la amistad es lo más necesario para la vida. Sin amigos nadie querría existir». Desde el año 350 a.C. el hombre es un animal social. La mujer, no. Algunas lecturas críticas posteriores revelaron más detalles sobre la manera en que los hombres, guiados por Aristóteles, tienden lazos afectivos: más que promover el altruismo de género, lo que el sabio griego defendía era una especie de egoísmo recíproco en el que el bien de los amigos redunda en el propio y viceversa. El mercantilista pacto, sellado en la mismísima “Ética” aristotélica, resurgió en todo su esplendor transaccional en la capitalista Modernidad, cuando los hombre se reservaron la ciudadanía y el excedente económico del trabajo de las mujeres, y continúa hoy vivito y coleando en todo tipo de fratrías, por ejemplo los llamados old boys clubs, una figura de la sociología feminista del trabajo que explica porqué los hombres contratan a otros hombres.

El pacto de los hombres, formulado bajo la apariencia de una noble amistad, nos deja a las mujeres el espacio de su contrario: la rivalidad maligna. De ahí que sea tan importante retomar el asunto de la sororidad como en principio fue planteado por las feministas de la Librería de Mujeres de Milán y la Biblioteca de Mujeres de Parma: como un affidamento, un pacto político por la reconstrucción de nuestra confianza y autoridad. No como el buenismo acrítico que se nos vende desde los medios de comunicación o los púlpitos sociales de las microgurús del feminismo pop, sino como un lazo indestructible hacia el exterior y autocrítico en su interior, que impulse primeramente la base de la pirámide de lo subalternizado, no la élite de mujeres blancas y autónomas que aspiran a ganar altura en la escala de éxito patriarcal. Una amistad que no es escalera hacia el cielo de unas pocas: es red de seguridad para todas.

Una prueba literaria del poder que se guarece en la amistad femenina así acordada puede remontarse a “Lisístrata” (411 a.C.), en la que Aristófanes imagina que un pacto entre mujeres es capaz de parar una guerra. Una prueba etnográfica de lo insumergible que resulta el íntimo deseo de las mujeres de conectar con otras mujeres son las celebraciones del carnavalesco Jueves de Comadres. Se festeja en el Carnaval de Asturias y de ciertas comunidades del valle de Tarija en Bolivia, y las historiadoras lo conectan con las Matronalias, fiestas romanas dedicadas a las mujeres casadas que se celebraban en honor de la diosa Juno, y durante las cuales estas tenían los mismos privilegios que los hombres. Cada año, miles de asturianas de todas las edades y condiciones salen esa noche a charlar, comer y beber como si no hubiera mañana, como si fueran hombres. Tan subversiva es una noche solo para las mujeres, que ha de producirse en Carnaval, los días dedicados a poner patas arriba categorías, costumbres y jerarquías. Lo que se habla durante el alegre trasnochar, las confesiones, las disculpas, las estrategias, las penas y las alegrías, funciona como bálsamo sanador y como pegamento político entre las comadres, liberadas por imperativo festivo de la pesada carga de la rivalidad impuesta.

La esencia socio-política de las comadres no pertenece a la amistad aristotélica ni a la definición envenenada de comadrear, sino a la raíz etimológica latina (“cum matre”, “con la madre”, “madrina”) que convierte a cada mujer en una potencial madre de los hijos de las demás. No hay bienes que se intercambian en la amistad entre mujeres, sino protección a la existencia. Alegría, potencialidad y vida es lo que derrochan las comadres achispadas, cantarinas, fartucas de dulces y de risas que toman una vez al año los chigres de Asturias. En su protector abrazo colectivo, estas comadres de las que tanto se ríen los chistes expresan mil veces mejor que Aristóteles el auténtico sentido de la amistad.

 

 

 

 

El sujeto moderno de Kant a Trump: una propuesta de liquidación descolonial

En noviembre de 2015, tres ejemplares de macho político-periodístico se enredaron a propósito de Kant. El ciudadano Albert Rivera, el líder de la gente Pablo Iglesias y el gran preguntador Carlos Alsina debatían en un coloquio en la Universidad Carlos III cuando, ante la pregunta de un asistente, mentaron el nombre de Kant en vano: cayeron en la trampa del name-dropping sin haber leído nada del de Königsberg y fueron el chiste nacional durante unas horas. Sin embargo, su querencia kantiana tiene sentido: existe una afinidad invisible, suspendida, automática que enlaza a estos hombres poderosos de hoy con los padres de la Modernidad del ayer. Ellos son, más o menos, el sujeto moderno que aquellos pensaron, su proyecto hecho carne. Encarnan la fe incuestionable en la ciencia y la tecnología, el culto al progreso y el crecimiento, el liderazgo individualista, la europasión imperial y la mirada cosificadora y extractiva. ¿Acaso una raza superior? Precisamente este artículo enlaza fantásticamente el sujeto de la Modernidad con el nazismo (aunque resulta descorazonadora su clausura de la posibilidad de otra cultura que no sea la hegemónica). En todo caso, entre sujetos omnipotentes andaba el juego de la filosofía y ahí siguen sus creaciones, dándose cabezazos contra las paredes cual boxeador ciego de golpes.

Sin ser yo nada de lo anterior, he pecado mucho de kantiana. He sido muy platónica, muy descartiana, muy hegeliana pero, sobre todo, muy kantiana. Me obnubilaba la idea de la idea y la idea del llevar dentro de la cabeza un mundo, una galaxia, un universo autosuficiente al que escapar. ¿Y el cuerpo? En el limbo de la invisibilidad blanco-burguesa. Encontraba en el heroico sujeto moral de Kant, ese caminante que mira un mar de nubes en el cuadro de Friedrich, el evidente camino de la regeneración de lo humano. Así, a lo universal. En plan Moral Wars. El imperativo categórico (lo humano como un fin, jamás como un medio) me confortaba tanto como el recuerdo del arroz con leche a la murciana que me hacía mi madrina. Pero el imperativo categórico, alimentado hoy I know por el marco cristiano-católico que alojaron en mi subconsciente de niña (la monja en mí), llevaba bicho. Algunas miramos lo que la mano agita ante nuestros ojos sin darnos cuenta de que, con la otra, nos han metido algo en el bolsillo.

La definición que más me gusta de ese bicho la encuentro en el hit de Nitezsche: «El que lucha con monstruos debe tener cuidado para no resultar él un monstruo. Y si mucho miras a un abismo, el abismo concluirá por mirar dentro de ti» (Más allá del bien y del mal, 1886: 146). Ya tenemos ahí el impulso de dominación y la obsesión, dos virtudes primordiales del bicho que me ocupa: el susodicho sujeto moderno. Nietzsche fue uno de sus más fieros críticos, asqueado por su separación y enfrentamiento a la naturaleza y su condena de soledad. Hay que amar a Nietzsche por dionisíaco y, sobre todo, por esta denuncia suya del hombre moderno, del sujeto moderno de la Ilustración. El que, por otra parte, seguimos hoy sufriendo en silencio, cual hemorroides de la subjetividad. Este sujeto peligroso es el hombre que mira, el genio, el creador, el científico observador que convierte todo lo que tiene frente a los ojos en objeto. El cosificador universal y dios controlador de todo lo que existe. Tal es su poder, que si cierra los ojos, el mundo desaparece. En palabras de James Cameron:

Muchos han sabido ver el peligro de este sujeto, una creación europea que tras devorar el mundo trata de engullirse a sí mismo. Sin embargo, las mejores definiciones del bicho las encuentro en los territorios arrasados por el colonialismo y la colonialidad (del poder, del género, del ser, de la democracia liberal), donde deconstruir a este engendro nuestro es una cuestión de vida o muerte. El retrato que hacen de nuestra desmesura, de cómo les arrojamos a la inhumanidad, es el abismo donde los monstruos miramos para reconocernos como el horror, el horror. En La hybris del punto cero (2005 ), el colombiano Santiago Castro Gómez explica cómo el avance científico a lomos de la física y las matemáticas causó un ansia de reformulación racionalista del mundo tal, que convenció a los filósofos del siglo XVII de que existe un lugar neutro y no contaminado de observación social. Descartes recomendó pues abandonar las viejas ideas sobre lo humano y volver a construir todo el conocimiento desde un punto cero: «El del comienzo epistemológico absoluto, pero también el del control económico y social sobre el mundo. Ubicarse en el punto cero equivale a tener el poder de instituir, de representar, de construir una visión sobre el mundo social y natural reconocida como legítima y avalada por el Estado. Se trata de una representación en la que los “varones ilustrados” se definen a sí mismos como observadores neutrales e imparciales de la realidad». Toda la antropología pragmática de Kant, tomada como filosofía primera por la antropología filosófica que estudiamos hoy las esforzadas sufridoras de la Uned, gira alrededor de un punto cero de la moral, un fundamento trascendental que garantice un estatuto de universalidad. Ser Masters del Universo.

El punto cero, en realidad, cobija al sujeto moderno. Varón, blanco, burgués, heterosexual, católico, impulsor del proyecto capitalista que convirtió Europa en el amo del mundo. “La humanidad existe en su mayor perfección en la raza blanca. Los hindúes amarillos poseen una menor cantidad de talento. Los negros son inferiores y en el fondo se encuentra una parte de los pueblos americanos”, dejó escrito nuestro filósofo favorito. Algo después, Hegel nos entregaría esta perla: “Los americanos viven como niños, que se limitan a existir, lejos de todo lo que signifique pensamientos y fines elevados… (…) En África nos encontramos con lo que se ha llamado la “edad de la inocencia”, en la que se supone que el hombre vive de acuerdo con Dios y la naturaleza. En este estado, el hombre no es todavía consciente de sí mismo…, este estado natural primitivo es en realidad un estado de animalidad. El paraíso era un parque zoológico en el que el hombre vivía en un estado animal de inocencia”. Sus pareceres en Filosofía de la historia (1830) niegan el tiempo de la civilización y la historia a más de medio mundo. Esta separación entre lo uno y lo otro por razones cromáticas arraiga en la ontología que funciona en una civilización: en la consideración del ser en lo que existe. En Occidente, estamos ontológicamente programados para considerar todo lo que no es uno, objeto, instrumento, posibilidad, beneficio o infierno. Por ello, no podemos hablar de la Modernidad que aún nos rige sin mentar su reverso tenebroso: la Colonialidad. El sujeto moderno no solo camina por las altas cumbres, se embelesa en sus propios pensamientos e inventa prodigios y maravillas. También expropia territorios ajenos, esclaviza, saquea y mata. De ahí que no podamos volver a escribir nunca más sujeto moderno sin adosarle su hermano invisible: sujeto moderno/colonial. Toda la ciencia que la Modernidad derramó sobre Europa se produjo a fuerza del oro y el trabajo esclavo que infringió Colonialidad. Y el sistema, con algunos ajustes cosméticos, sigue funcionando.

El venezolano Edgardo Lander habla en La colonialidad del saber, eurocentrismo y ciencias sociales (2000) de las múltiples separaciones que construyen al hombre occidental y, entre ellas, destaca la que operó Descartes (1696-1659), padre de la filosofía moderna:

Es sin embargo a partir de la Ilustración y con el desarrollo posterior de las ciencias modernas cuando se sistematizan y se multiplican estas separaciones. Un hito histórico significativo en estos sucesivos procesos de separación lo constituye la ruptura ontológica entre cuerpo y mente, entre la razón y el mundo, tal como ésta es formulada en la obra de Descartes. La ruptura ontológica entre la razón y el mundo quiere decir que el mundo ya no es un orden significativo, está expresamente muerto. La comprensión del mundo ya no es un asunto de estar en sintonía con el cosmos, como lo era para los pensadores griegos clásicos. El mundo se convirtió en lo que es para los ciudadanos el mundo moderno, un mecanismo desespiritualizado que puede ser captado por los conceptos y representaciones construidos por la razón.

Esta total separación entre mente y cuerpo dejó al mundo y al cuerpo vacío de significado y subjetivizó radicalmente a la mente. Esta subjetivación de la mente, esta radical separación entre mente y mundo, colocó a los seres humanos en una posición externa al cuerpo y al mundo, con una postura instrumental hacia ellos. Se crea de esta manera, como señala Charles Taylor, una fisura ontológica, entre la razón y el mundo, separación que no está presente en otras culturas. Sólo sobre la base de estas separaciones –base de un conocimiento descorporeizado y descontextualizado– es concebible ese tipo muy particular de conocimiento que pretende ser des-subjetivado (esto es, objetivo) y universal.

Pero, cuidado, porque esta separación radical defendida por Descartes y alimentada por el escepticismo del pensar, de la duda permanente, no era tan original como pensamos: con la empresa colonizadora española de los siglos XV y XVI, génesis del capitalismo y la colonialidad racista, ya se desarrolló un ego conquistador caracterizado por la sospecha permanente acerca de la inhumanidad/casihumanidad de los desconocidos pobladores que salían a su paso. Tiene sentido que, ante la posibilidad de una acumulación de riquezas jamás antes posible en la historia, el sujeto premoderno elija cosificar su objeto de deseo para justificar la extracción, el despojo, la esclavitud y el espolio de todo. Lo cuenta el dominicano Nelson Maldonado-Torres en Sobre la colonialidad del ser: contribuciones al desarrollo de un concepto (2007):

La certidumbre del sujeto en su tarea de conquistador precedió la certidumbre de Descartes sobre el “yo” como sustancia pensante (res cogitans), y proveyó una forma de interpretarlo. Lo que sugiero aquí es que el sujeto práctico conquistador y la sustancia pensante tenían grados de certidumbre parecidos para el sujeto europeo. Además, el ego conquiro proveyó el fundamento práctico para la articulación del ego cogito. Dussel sugiere esta idea: “El “bárbaro” era el contexto obligatorio de toda reflexión sobre la subjetividad, la razón, el cogito” (1996, p. 133). Pero, tal contexto no estaba definido solamente por la existencia del bárbaro o, más bien, el bárbaro había adquirido nuevas connotaciones en la modernidad. El “bárbaro” era ahora un sujeto racializado. Y lo que caracterizaba esta racialización era un cuestionamiento radical o una sospecha permanente sobre la humanidad del sujeto en cuestión. Así, la “certidumbre” sobre la empresa colonial y el fundamento del ego conquiro quedan anclados, como el cogito cartesiano, en la duda o el escepticismo.

Enrique Dussel, el sabio argentino, llama a esta manera de pensar europea en la que entre el sujeto que conoce y el objeto conocido solo puede existir una relación de exterioridad y asimetría “ontología de la totalidad”, y con ella explica el bloqueo de toda posibilidad de intercambio de conocimientos entre culturas en Occidente, puesto todo lo que no pertenece a Europa, todo lo que es exterior, se clasifica como barbarie. A esta “ontología de la totalidad”, Dussel suma el “mito eurocéntrico de la modernidad”, la pretensión que identifica la particularidad europea con la universalidad y en el que se funda la “falacia desarrollista”, según la cual todos los pueblos de la tierra deberán seguir las etapas de desarrollo marcadas por Europa con el fin de obtener su emancipación social, política, moral y tecnológica. La civilización europea es el fin de la historia mundial. Viva Hegel y viva Fukuyama. Cerremos esta irrupción del espanto de la Colonialidad en el gozoso relato de la Modernidad con una cita de La poscolonialidad contada para niños (2005), de Santiago Castro-Gómez, en la que comenta Imperio, de Hardt y Negri:

La Ilustración pretendía legitimar, a través de la ciencia, la instauración de aparatos disciplinarios que permitieran normalizar los cuerpos y las mentes para orientarlos hacia el trabajo productivo. En este proyecto ilustrado de normalización el colonialismo encajó como anillo al dedo. Construir el perfil de sujeto «normal» que el capitalismo necesitaba (blanco, varón, propietario, trabajador, ilustrado, heterosexual) requería la imagen de un «otro» ubicado en la exterioridad del espacio europeo. La identidad del sujeto burgués en el siglo XVII se construyó, a contraluz, mediante las imágenes que cronistas y viajeros habían difundido por toda Europa de los «salvajes» que vivían en América, África y Asia. Los valores presentes de la «civilización» fueron afirmados a partir de su contraste con el pasado de barbarie en el que vivían quienes estaban «afuera». La historia de la humanidad fue vista como el progreso incontenible hacia un modo de civilización capitalista en el cual Europa marcó la pauta sobre las demás formas de vida. El aparato trascendente de la Ilustración procuró construir una identidad europea unificada y, para ello, recurrió a la figura del «otro colonial» (Hardt y Negri 2001:149).

Todo este abundar en la subjetividad moderna/colonial viene a cuento de dos extraordinarios artículos que he leído esta semana en websites digitales (benditos sean): un fantástico análisis sobre la crisis del estado nación que nos remite fatalmente a la imagen de un mundo que se consume mientras Trump, Putin y demás sujetos imperiales tocan la lira; y el relato definitivo acerca de las razones del advenimiento de Trump y su manera de operar, escrito por Wendy Brown. Ambos describen cómo todo tipo de emociones negativas (miedo, ansiedad, humillación, rabia, frustración) nos remiten a una versión máximamente empoderada (imperial) del sujeto moderno y terminan empujándonos a buscar seguridad en figuras autoritarias, esquizofrénicas, “fascistas solares” que prometen salvarnos del apocalipsis mientras nos destruyen. El primero habla, directamente, de gangsterismo estatal. El segundo, de un “neoliberalismo Frankenstein” que ha mutado las democracias liberales en regímenes autoritarios, plutocráticos y etnonacionalistas. Se nos fue el monstruo trascendental del progreso a toda costa de las manos y, en vez del atildado caminante que se regodea en su espiritualidad contemplativa, ahora nos encontramos con algo muy parecido a Shadow King: un parásito predador de todo lo que existe.

En 1989, Feliz Guattari escribió lo siguiente en Las tres ecologías:

Hoy menos que nunca puede separarse la naturaleza de la cultura, y hay que aprender a pensar «transversalmente» las interacciones entre ecosistemas, mecanosfera y Universo de referencia sociales e individuales. De la misma manera que unas algas mutantes y monstruosas invaden la laguna de Venecia, las pantallas de televisión están saturadas de una población de imágenes y de enunciados «degenerados». Otra especie de alga, que en este caso tiene que ver con la ecología social, consiste en esa libertad de proliferación que ha permitido que hombres como Donald Trump se apoderen de barrios enteros de New York, de Atlantic City, etc., para «renovarlos», aumentar los alquileres y expulsar al mismo tiempo a decenas de millares de familias pobres, la mayor parte de las cuales están condenadas a devenir homeless, el equivalente aquí de los peces muertos de la ecología medioambiental. También habría que hablar de la desterritorialización salvaje del Tercer Mundo, que afecta conjuntamente a la textura cultural de las poblaciones, al hábitat, a las defensas inmunitarias, al clima, etcétera. Otro desastre de la ecología social: el trabajo de los niños, ¡que hoy día es más importante que en el siglo XIX! ¿Cómo recuperar el control de esta situación que hace que constantemente estemos al borde de catástrofes de autodestrucción?

La exactitud de su diagnóstico hace ya 30 años da escalofríos… Pero, ¿esto es lo que hay? ¿Debemos seguir jugando esta partida orquestada por un rey loco? ¿Nos abandonamos al automatismo y la inercia que nos provocan los dispositivos? Este nihilismo, este apocalipsis, esta condición póstuma (Marina Garcés dixit) que nos envuelve y nos paraliza se retroalimenta de la negatividad que nos genera pensar que estamos abocados a la autodestrucción. Es el mismo sujeto que inventó la máquina del supuesto progreso el que, devorado por su propia obra, se repliega sobre sí mismo y cierra los ojos para no ver más que donde pisa. ¡Sálvese quien pueda! Ahora que es nuestra la carne que combustiona en la máquina sacrificial capitalista, cerramos la persiana por escapismo, por desesperación, por depresión y, sobre todo, por miedo. Nada existe más ciego que el miedo y nadie sabe más de miedo que las mujeres racializadas. El miedo es un lugar central de pensamiento y de acción, no en vano las zapatistas llamaron a su encuentro en Chiapas del 8 de marzo refiriéndose directamente al miedo. Lo cuenta la investigadora mexicana Sylvia Marcos«Su invitación decía: “Si ustedes no tienen miedo o tienen miedo pero lo controlan, vengan”. Las zapatistas ya están aceptando y construyendo a partir del hecho de que tenemos miedo. Rompamos ese miedo, dicen las zapatistas. Te das cuenta de la sabiduría que hay ahí y que se explica por su propio proceso de subjetivación: ellas viven en un territorio permanentemente hostigado, con matanzas y desapariciones constantes. Ellas viven con miedo, pero lo controlan y se organizan». Cargar con el miedo y el dolor sin derrotarlo, simplemente asumiéndolo, ha sido en la cultura popular tarea del héroe guerrero y conquistador, qué ironía. Frank Herbert escribió para Dune una letanía esclarecedora: “I must not fear. Fear is the mind-killer. Fear is the little-death that brings total obliteration. I will face my fear. I will permit it to pass over me and through me. And when it has gone past, I will turn the inner eye to see its path. Where the fear has gone, there will be nothing. Only I will remain”.

Con el miedo en el cuerpo y la muerte en los talones también aquí importa más comprender el giro descolonial: allí donde vamos a hacernos cargo del racismo de nuestra tradición cultural, de nuestra civilización toda. La teoría descolonial es la hoguera de San Juan que nosotros mismos hemos prendido, un lugar de purificación que también es pira de sacrificio. Yo también creo como Yuderkis Espinosa que el feminismo blanco tiene que autodestruirse para continuar. Hemos de sumarnos al espanto que, en la mirada descolonial, sustituye al asombro como impulso filosófico. Maldonado-Torres (La descolonización y el giro descolonial, 2008) describe el pensar descolonial en los siguientes términos: «El pensador en este caso no busca meramente hallar la verdad sobre un mundo que se le aparece como extraño, sino determinar los problemas de un mundo que se le aparece como perverso y de hallar las vías posibles para su superación. La búsqueda de la verdad aquí está inspirada no por el desinterés teórico, sino por la no-indiferencia ante el Otro, expresado en la urgencia de contrarrestar el mundo de la muerte y de acabar con la relación naturalizada entre amo y esclavo en todas sus formas. La teoría surge en este caso con un ‘telos’ o finalidad definida: esta es la restauración de lo humano o la construcción del mundo del Tú, tal y como Fanon lo plantea (1973:192). La pregunta del qué y para qué conocer queda respondida aquí en términos de la oposición a la muerte del Otro y la posibilidad de la generosidad y el amor como superación de divisiones jerárquicas naturalizadas».

No esperemos, de momento, tal generosidad. La cuenta pendiente es larga y nuestras intenciones, poco claras. Enfrentadas a la potencia epistemológica de la teoría descolonial, a la fuerza de su verdad y a su poder terapéutico, las europeas no podemos más que escuchar, retribuir en lo posible y dar un paso atrás. No dejar de mirarnos en el espejo que nos espanta, pero hacernos cargo de nuestra herencia y operar en nuestra tradición. Qué deshonestidad toda traducción que se sirva de la colonialidad para no mencionar, expresa y primeramente, el racismo. Qué ligereza pretender interseccionalidad en las bases mientras el reparto de poder sigue siendo exactamente el mismo en los despachos. Qué fraude acudir a la diversidad sin asumir la multiplicidad de agravios que operan en una matriz de dominación (según la entiende Patricia Hills Collins). El impulso predador del sujeto moderno/colonial llega hasta las mismas conceptualizaciones que han de procurar alivio a los ya despojados de las mismas. Es necesario asumir un lugar de enunciación encarnado en nuestro cuerpo y entender sus límites: ¿Hasta dónde llega mi entender dada mi experiencia como mujer, europea y blanca? No más allá de mis zapatos. El punto de vista feminista de Sandra Hading y la corrección-puntualización de Chandra T. Mohanty hace tiempo que ha teorizado el privilegio epistémico de las miradas que se elevan desde el mismo suelo o desde el puro subsuelo.

El universalismo ciego que nos ha traído hasta aquí supone una desmesura cruel. Por fin identifico esa hybris en el feminismo que hoy se vocea desde tantos lugares y gracias a mujeres que encuentran en él cierto alivio rápido. En realidad, la primera vez que sentí que algo andaba mal, muy mal, en mi pensar fue al leer a prostitutas latinoamericanas en sus perfiles de Facebook. Con la claridad de un rayo supe que, por convincente que sea un marco teórico elaborado con las más finas hierbas de la campiña francesa (el abolicionismo que lleva por bandera el llamado feminismo radical), resulta indefendible la pretensión de trasplantarlo a fuerza de universalismo ciego. ¿Quién puede arrogarse el poder de determinar cómo debe sobrevivir una mujer en Perú, Colombia, Brasil o Barcelona? De ninguna manera yo misma: ¿acaso no contribuyo yo con mi trabajo de periodista a perpetuar un sistema de dominación (la maldita moda) tan poderoso simbólica y económicamente como el de la prostitución? ¿Quién y desde qué lugar dictamina las condiciones de supervivencia de una mujer? ¿Por qué unas estamos bendecidas para navegar como podamos las sucias aguas del capitalismo mientras otras tienen que preocuparse de que no les pinchen el salvavidas? Quién, dónde, cómo. Lugar de enunciación, territorio, política. Una vez que identificas al sujeto moderno/colonial de la Ilustración, se deshilachan sus productos y subproductos. Amelia Valcárcel dijo que “el feminismo es el hijo no deseado de la Ilustración”. Las feministas blancas nos centramos en “no deseado” (el lugar de la víctima) pero podríamos detenernos en que, deseado o no, somos progenie de un paradigma desmesurado, desencarnado, desterritorializado. Dice Sylvia Marcos:

La comunidad no tiene que ver con la identidad. Tiene que ver con el territorio. Compartes el territorio. Eso es lo que nos han tratado de enseñar los zapatistas. Cuando te dicen tu territorio es el edificio donde vives, ¿qué te estás diciendo? Pues que vivirás con gente de muchos lados, pero lo importante es que compartís un territorio. Aunque sea urbano. Ahí es donde hay que construir la política y la transformación. Es la Modernidad la que está matando esa responsabilidad colectiva de cuidarnos unos a otros en los territorios. Por eso para mí la Modernidad no es recuperable en ningún caso.

Deshacer la modernidad y encarnar lo político supone, en la propuesta de las filósofas materialistas feministas, retroceder hasta el siglo XVI y leer a Spinoza, Nietzsche, Foucault y Deleuze en vez de optar por la vía kantiana. El sujeto que nos encontramos en este universo no tienen nada que ver con la apisonadora moderna: no es unitario, no es trascendental, no está solo. Dejamos atrás la pesadilla de lo humano y comenzamos a visualizarnos en lo posthumano, como materia enlazada con toda la materia animada que existe a nuestro alrededor, ensamblados a todo tipo de prótesis materiales y mediados inevitablemente por la tecnología. Esa unidad de pensamiento moderna, esa conciencia egomanía sobre la que ha girado la manera en que nos visualizamos desde siempre, se rompe en mil pedazos. La inteligencia se derrama sobre todo lo vivo y lo no vivo y alcanza infinitas formas y resultados en insospechadas alianzas. El reencuentro con la inteligencia de lo vivo se abre ya paso en los productos de la cultura. En Aniquilación (Alex Garland, 2018), una bióloga (Natalie Portman) vive en propia carne la transmisión de adn entre todo lo vivo, una versión terrorífica de los monstruos y las alianzas de especies compañeras que desde hace tiempo teoriza otra bióloga, Donna Haraway. Resulta tremendamente sugerente que el director opte por elucubrar sobre una entente de especies distintas desde lo terrorífico y no desde lo esperanzador. ¿Acaso no es lo humano lo máximamente terrorífico? ¿No es mucho más escalofriante que nos estemos hibridando con el plástico que llega a nuestros intestinos a través del agua o con el glifosato de los herbicidas?

Tenemos que seguir vigilando nuestro bolsillo cuando miramos lo que se agita ante nuestros ojos. El entretenimiento y la cultura se han convertido en frentes privilegiado de la guerra del capitalismo avanzado pues operan suave y directamente en nuestra subjetividad. Necesitamos identificar, visibilizar y contrastar los significados que nos suministran y descentrarlos en mil interpretaciones para no dejarnos afectar tantísimo por ellos. Sospechemos de las seducciones que clasifican, jerarquizan y nos apartan. Comprometámonos con las políticas afirmativas y alegres que producen afirmación y alegría contra el miedo. Es una de las exhortaciones que realiza Rosi Braidotti en Por una política afirmativa. Itinerarios éticos (2018): «La afectividad juega un papel clave, ya sea en el trabajo de Haraway sobre el cíborg o en mi reflexión sobre el sujeto nómada. En ambas perspectivas está la invención de un nuevo estilo conceptual, que se niega a comprometerse en críticas negativas fines en sí mismas, prefiriendo en cambio partir de relaciones positivas y potenciadoras con textos, autores e ideas. El acento cae sobre el estilo cognitivo empático o de la profunda afinidad: es la capacidad de compasión que junta la potencia del entendimiento y la fuerza de resistir en sintonía con las personas, con toda la humanidad, con el planeta y la civilización en su conjunto. Se trata de una capacidad extrapersonal y transpersonal que debería ser conducida al abrigo de cualquier intento de universalista. La empatía arraigaría en la inminencia radical del sentido de pertenencia y responsabilidad hacia una comunidad, un pueblo y un territorio. Esta línea de una ética transversal produce un estilo teórico particular».

Que no nos importe la incomprensión. Marshall Berman escribe en Aventuras marxistas. Todo lo sólido se desvanece en el aire (1999).

La humanidad no puede aguantar demasiada realidad, incluso en el mejor de los tiempos; cuando la realidad es vergonzante o sombría, es aún más difícil de encarar. Un grupo social bajo presión es tan propenso a desarrollar mecanismos de defensa como un individuo en terapia; a exhibir las más elaboradas estrategias de resistencia (Freud) y ponerse la más gruesa e impermeable armadura de carácter que uno puede encontrar (Reich), para eludir el enfrentamiento con hechos desconcertantes. El paciente puede no escuchar cuando se le explica el argumento más revelador, o puede repetida y convenientemente olvidar, o puede gritar improperios muy alto en un esfuerzo de ahogar cualquier pensamiento perturbador que le surge de repente.

Lo dijo Virginia Woolf hace ahora 80 años: “Don’t feed the troll!”

Un consejito de Virginia Woolf para las mujeres burguesas, clase media o desclasadas universitarias que se disponen a iniciar la carrera de ratas en la academia, los medios de comunicación o la vida en general.

[“Las preguntas que debemos hacer y contestar sobre esa procesión en este momento de transición son lo suficientemente importantes como para cambiar la vida de hombres y mujeres para siempre. Debemos preguntarnos a nosotras mismas, aquí y ahora, ¿queremos unirnos a ese cortejo o no queremos? ¿Bajo qué condiciones deberíamos unirnos? Sobre todo, ¿dónde nos conduce, esta procesión de hombres ilustrados? No dejemos nunca de pensar: ¿en qué consiste esta “civilización” en la que nos encontramos? ¿Qué significan estas ceremonias y porqué tendríamos que formar parte de ellas? ¿Qué son estas profesiones y porqué tendríamos que vivir de ellas? ¿A dónde, en resumen, nos lleva el cortejo de los hijos de los hombres ilustrados?”].


Tres guineas se publicó en 1938: cumple 80 años. Woolf trata de pensar cómo parar las guerras, una cuestión que le ocupó prácticamente tres años porque su análisis es de calado: toca la socialización, la educación, la producción de cultura y conocimiento y el mundo laboral. Su análisis de la masculinidad es un punto de referencia estupendo para analizar las masculinidades de hoy en día y proponer un diagnóstico. Ahí ha de haber ya una brecha apreciable. Sin embargo, la pregunta clave que nos interpela directamente a nosotras sobre el colaboracionismo con el mundo de los hombres educados tiene toda su vigencia: no hemos avanzado casi nada. Seguimos caminando lo ya andado por el maestro como borregas. Hablamos de hacer mundo pero esperamos un permiso, una complicidad, una colaboración o yo qué sé qué. En esa encrucijada se deshace la sororidad de género y se descubren alianzas con sujetxs que escapan a la categoría mujer en una multiplicidad de diferencias. Ahí es donde está nuestra grieta.

Tres guineas ha envejecido, pero guarda perlas que por la vía de la descontextualización valen oro. Aquí va mi selección de fragmentos escogidos.

“Y estos pareceres nos inducen a poner en duda y a criticar el valor de la vida profesional; no su valor denigrado; este es grande; sino su valor espiritual, moral e intelectual. Nos inducen a opinar que las personas que tienen gran éxito en el ejercicio de la profesión pierden los sentidos. Se quedan sin visión. No tienen tiempo para mirar cuadros. Se quedan sin sonido. No tienen tiempo para escuchar música. Se quedan sin habla. No tienen tiempo para conversar. Se quedan sin el sentido de la proporción, de las relaciones entre las cosas. Se quedan sin humanidad. Ganar dinero llega a ser tan importante que deben trabajar por la noche igual que de día. Se quedan sin salud. Y tan grande llega a ser su ánimo de competir que se niegan a compartir el trabajo con otros, a pesar de que tienen más del que pueden realizar por sí mismos. ¿Qué queda, pues, en el ser humano que ha perdido la visión, el sonido y el sentido de la proporción? Sólo un tullido en una caverna”.

 

“Pero no estamos aquí para cantar viejas canciones ni para encontrar palabras que rimen. Estamos aquí para analizar hechos. Y los hechos que acabamos de sacar de la biografía parecen demostrar que las profesiones tienen un innegable efecto en los profesores. Tienen la virtud de dar a las personas que las ejercen carácter posesivo, celoso de todos sus derechos y altamente combativo si alguien osa disputárselos. ¿Nos equivocaremos al afirmar que si nos entregamos a estas mismas profesiones adquirimos los mismos rasgos? ¿Y acaso estos rasgos no conducen a la guerra? ¿Si ejercemos las profesiones tal como se ejercen, acaso dentro de un siglo o más o menos no seremos igualmente celosas, igualmente competitivas y no estaremos igualmente seguras del veredicto de Dios, la Naturaleza, la Ley y la Propiedad?”.

 

“Pero las extrañas prescindirán de las exhibiciones al dictado, reglamentadas y oficiales sen la que solo los miembros de un sexo toman parte; esas exhibiciones, por ejemplo, condicionadas por la muerte de los reyes, o por su coronación, fuentes de su inspiración. Prescindirán, además, de las distinciones personales, medallas, cintas, cruces, birretes y togas, no por aversión al personal adorno, sino por el evidente efecto restrictivo de ellas, por su propensión a estereotipar y a destruir. En este punto, cual tan a menudo ocurre, al alcance de la mano tenemos el ejemplo de los países fascistas para ilustrarnos, ya que, si bien no tenemos ejemplo para ilustrar lo que deseamos, sí tenemos algo que quizá sea igualmente valioso, que es el cotidiano y luminoso ejemplo de lo que no deseamos ser. Teniendo a la vista el ejemplo que nos dan el poderío de las medallas, de los símbolos y de las órdenes de mérito, e incluso, parece, de los tinteros adornados, todo ello dirigido a hipnotizar a la mente humana, nuestro deber ha de consistir en negarnos a la sumisión a ese hipnotismo. Debemos apagar el burdo resplandor del anuncio y de la publicidad, y no solo debido a que los focos pueden estar en manos ineptas, sino debido, también, al efecto psicológico que esta iluminación produce en quien la recibe. (…) Tenemos razones que nos inducen a esbozar la hipótesis según la cual la fluidez y la libertad, el poder de cambiar y el poder de crecer, solamente pueden ser conservados en la oscuridad; y que si deseamos contribuir a que la mente humana cree y, al mismo tiempo, evitar que vuelva a incidir una vez más en la misma rodera, debemos hacer cuanto esté en nuestra mano para envolverla en penumbra”.

 

“Abstenerse, evidentemente. No suscribirse a periódicos que propugnan la esclavitud intelectual; no asistir a conferencias que prostituyen la cultura; ya que estamos acordes en que escribir, por orden de otro, lo que no se desea escribir significa la esclavitud, y mezclar la cultura con el encanto personal o con el anuncio es prostituir la cultura. Por estos medios actos y pasivos, hará usted cuanto está en su poder para romper la circunferencia, para romper el círculo vicioso, para romper la danza alrededor del moral, del envenenado árbol de intelectual putiferio”.

 

“Todo parece indicar que la común conciencia que engloba a marido, mujer y Cámara de los Comunes experimenta simultáneamente el deseo de dominar, la necesidad de obedecer para que haya paz y la necesidad de dominar los deseos de dominio, lo cual representa un conflicto psicológico que explica, en gran parte, cuanto hay de contradictorio y turbulento en la opinión contemporáneo. El placer del dominio queda mayormente complicado, como es natural, por el hecho consistente en que todavía va unido, en las clases educadas, con los placeres de la riqueza y el prestigio social o profesional. Lo que le distingue de los relativamente sencillo placeres –como pasar por el campo, por ejemplo– radica en el temor a ridículo que los grandes psicólogos, lo mismo que Sófocles, han advertido en el dominante, que es particularmente susceptible, según la misma autoridad, a que el sexo femenino le ponga en ridículo o le desafíe. En consecuencia, un elemento esencial de este placer parece tener su origen, no en el sentimiento en sí mismo, sino en el reflejo de los sentimientos de otras personas, de lo que se sigue que el sentimiento puede se modificado por el procedimiento de alterar esos sentimientos. Quizás el más indicado antídoto del dominio sea la risa”.

 

“La atmósfera, sin la menos duda, es un muy poderoso factor. La atmósfera no solo cambia el tamaño y la forma de las cosas, sino que también afecta a los cuerpos sólidos, como los sueldos, que quizá se pensara fueran ajenos a los efectos de la atmósfera. Se podría escribir un poema épico acerca de la atmósfera, y también se podría escribir una novela de diez o quince volúmenes. Pero, como sea que esto es solamente una carta, y que vive usted apremiado, limitémonos a formular la sencilla afirmación de que la atmósfera es uno de los más poderosos enemigos, en parte debido a que es de lo más intangibles, con los que las hijas de los hombres con educación deben luchar Si cree que esta afirmación es exagerada, vuelva a examinar las muestras de atmósfera contenidas en las tres cartas citadas. En ellas, no solo encontraremos la razón por la que el sueldo de la mujer profesional es tan reducido, sino también algo más peligroso, algo que, si se difunde, puede envenenar por igual a ambos sexos. Ahí, en estas tres citas, está el huevo de ese mismo gusano que conocemos, bajo otros nombres, en otros países. En embrión, tenemos ahí a ese ser, el dictador, cual le llamamos si es italiano o alemán, que cree tener el derecho, e importa poco que alegue haberlo recibido de Dios, la naturaleza, el sexo o la raza, que le permite imponer a sus semejantes el modo en que han de vivir, lo que deben hacer. Citemos otra vez: «El hogar es, verdaderamente, el sitio en que deben estar esas mujeres que actualmente obligan a los hombres a estar sin trabajo. Ya es hora de que el gobierno exhorte a las empresas a dar trabajo a más hombres, permitiéndoles así casarse con esas mujeres a las que ahora no siquiera se pueden acercar». Situemos esta cita al lado de otra:«En la vida de la nación hay dos mundos, el mundo de los hombres y el mundo de las mujeres. La naturaleza obró bien al encomendar al hombre la custodia de la familia y de la nación. El mundo de la mujer es su familia, su marido, sus hijos y su hogar». La primera está escrita en inglés, la segunda lo está en alemán. ¿Cuál es la diferencia? ¿Acaso no dicen lo mismo? ¿No son ambas voces de dictadores, tanto si hablan en inglés como si lo hacen en alemán? ¿Y no estamos todos de acuerdo en que el dictador, cuando lo encontramos en países extranjeros, es un animal muy peligroso y feo? Y está aquí, entre nosotros, alzando su repulsiva cabeza, escupiendo su veneno, todavía pequeño, aovillado como una oruga en la hoja, pero en el corazón de Inglaterra. ¿No saldrá de ese huevo, dicho sea una vez más con palabras del señor Wells «la práctica anulación de la libertad de la mujer por parte de los nazis y los fascistas»? ¿Y la mujer que tiene que respirar esta ponzoña y luchar contra este insecto, en secreto y sin armas, en su oficina, acaso no lucha contra los fascistas y los nazis, lo mismo que quienes luchan con ellos, con las armas, bajo los focos de la publicidad? ¿Y esta lucha, acaso no agotará, forzosamente, sus fuerzas y sus ánimos? ¿Es que no tenemos que ayudarla a aplastar a este dictador en nuestro país, antes de pedirle que nos ayude a aplastarlo en el exterior? ¿Y qué derecho tenemos, señor, a vocear nuestros ideales de libertad y justicia en otros países, cuando, pudiendo sacudir de las páginas de nuestros más respetables diarios un huevo como este, no lo hacemos?”.

Por qué el mensaje tóxico de los Javis es letal-viral

Érase una vez un señor joven al que la vida le sonrió y, en el mejor ejemplo de mansplainning pitoniso que hemos visto hasta la fecha, decidió utilizar su poder mediático y su influencia entre la chavalada crédula para decirles que “TE VAN A QUERER Y VAS A ENCONTRAR TU SITIO”. ¿Mensaje infantil, mensaje ingenuo o mensaje tóxico? Los tres.

El discurso de Javier Calvo es un ejemplo perfecto de toxicidad por la vía de la terapéutica, una necesidad ampliamente explotada por el capitalismo, cuyo radar de detección de necesidades y deseos urgentes hace tiempo que concluyó que depositar la responsabilidad del éxito y la sanación exclusivamente en la capacidad del individuo engordaba un suculento mercado de adminículos, discursos y entrenadores dedicados a la automejora. Todo empezó por el famoso “si quieres, puedes” que, en el retrúecano de los Javis, se convierte en “todo va a salir bien”. Confiad en el mercado, confiad en el Estado, confiad en nosotros, confiad en lo que hay. LO QUE HAY PROVEERÁ.

Confiad, porque los Javis “VAMOS A ESCRIBIRTE HISTORIAS PARA QUE TÚ TE SIENTAS INSPIRADO”. Con su mercado de jóvenes sobradamente desesperados (y con razón ) bien cogido por los huevos de la sentimentalidad a saco, y con su propia historia de éxito como ejemplo de verdad, estos jóvenes emprendedores aseguran: NOSOTROS TENEMOS VUESTRA MEDICINA. Nosotros os contaremos historias que os harán triunfar, como lo estamos haciendo con los chicos de “Operación Triunfo”.

¿Es esto un timo en prime time, una ingenuidad egocéntrica o pura y dura expresión de la subjetividad millenial del capitalismo liberal apolítico y desclasado?

Recordemos: el paro juvenil en España es el segundo más alto de toda la Unión Europea, solo por detrás de Grecia: 40,5%. Según un informe del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, en 2017 el 37,6% está en riesgo de pobreza o exclusión social. Los jóvenes que sí trabajan necesitan el 60,8% de su sueldo para pagar la hipoteca. Si optan por el alquiler necesitarán el 85,4% del mismo. El 47,7% de los jóvenes trabajadores desempeña trabajos de menor cualificación que la que poseen. El horizonte de esperanza (ya ni hablamos de “realización personal”) para la mayoría de los menores de 30, aquellos que no tendrán la oportunidad de estudiar en el extranjero e integrarse en la élite global, pasa por emigrar hacia trabajos esclavos o autoesclavizarse a sí mismos en el negocio turístico-hostelero nacional. Más que narcotizarlos con un “todo va a ir bien”, ¿no habría que tratar de repolitizar a toda esta gente para que DEMANDARA FURIOSAMENTE su derecho a un futuro y un presente digno? Pues no: lo que los Javis proponen es QUE VAYAN AL CINE A INSPIRARSE. Porque todo el mundo sabe que, para salir del “no future” que nos propone hoy nuestra realidad política y económica, lo que hace falta es INSPIRACIÓN.

Este tipo de discurso anestésico, hipertóxico y sentimentaloide está más que estudiado. Esta es la estrategia de autoayuda y empoderamiento personal que podríamos analizar en LA OBRA de los Javis y, en especial, en el discurso del Javi que nos ocupa.

Sigo citando un trabajo académico de Andrea Vanina Papalini, “La autoayuda, un género de la literatura masiva”, que me parece muy clarificador del fondo ideológico de este discurso viral-letal:

La literatura de autoayuda satisface todos estos requerimientos: se involucra claramente con los problemas de los sujetos y su voz se hace oír por boca de otros que exteriorizan padecimientos semejantes, construyendo de esta manera la verosimilitud de la proposición del texto. Asume los deseos colectivos de felicidad –cifrados, básicamente, en la obtención del éxito y la eliminación del sufrimiento- y proporciona alternativas plausibles ante circunstancias perturbadoras. Los discursos de la ciencia o de la experiencia justifican sus respuestas. La “realidad” que muestran estos textos es fácilmente reconocible, pues se trata de la cotidianeidad.

En la modalización que oficia la literatura de autoayuda aflora el “tono” de la época actual. Primero, porque la “revelación de los dolores del alma” ante un público extraño y masivo es culturalmente “audible” sin extrañeza alguna, en el mismo sentido en el que la subjetividad se vuelve un tema esencial y se adueña del núcleo vital de las preocupaciones sociales. Segundo, porque la apelación al otro con intención de convencer es un hecho corriente: es el lenguaje con el que la publicidad interpela a diario a la multitud. Tercero, porque el “hágalo usted mismo” a partir de una receta hunde sus raíces en dos significaciones vertebrales de la sociedad capitalista moderna: la noción de “utilidad” y la entronización del individuo omnipotente el “conquistador”, el “emprendedor”.Esta mirada ciega la visión de la sociedad y sus conflictos, anulados por la restricción al mundo individual.

Las prácticas terapéuticas tendientes a superarlos se basan en el control de las representaciones de los sujetos. Puede afirmarse que el objetivo perseguido es mejorar la adaptación a las condiciones de existencia, en consonancia con el universo de creencias y valores que caracterizan al capitalismo tardío.

En “Literatura de autoayuda: una subjetividad del Sí-mismo enajenado”, la misma autora concluye lo siguiente:

La autoayuda se ofrece como un espejo que retrata los padecimientos subjetivos de los hombres y mujeres contemporáneos y que propone una vía individual de resolución de conflictos. (…)  Otra de las técnicas consiste en la denegación del mundo. Se enseña a prescindir de la mirada del otro, de su crítica e inclusive de su opinión. La autoafirmación se basa en la omnipotencia del ego que todo lo puede y no necesita de nadie. El individuo es erigido en centro del mundo y no tiene otra responsabilidad que el éxito. Fortalecido el yo, tampoco existen responsabilidades hacia los otros. La ética que se postula es una ética del “cuidado de sí” egocéntrico. Estas técnicas, que persiguen como significación central la idea de éxito, apuntan a una condición del yo: la autoestima. (…) Vista así, la literatura de autoayuda se preserva a sí misma, pues no se confronta con una factualidad externa al sujeto sino que depende de la valoración y sentido que éste otorgue al mundo. La medida de su eficacia depende de las mismas representaciones que se propone readecuar: si el sujeto no percibe cambio alguno, es porque naufragó su intento y a él le cabe la responsabilidad por ese fracaso.

(..)

La experiencia del “cuidado de sí” deviene pseudo- experiencia que excluye los peligros de las sensaciones y sentimientos extremos, dolor y amor, felicidad y desdicha entre ellos. La autoayuda colabora en la mascarada de la despreocupación y la simpatía preten- diendo que las tribulaciones son nocivas para la vida. Su acción es semejante a la del analgésico, que disimula la primera alerta, las señales físicas; y a la del narcótico, que impide sentir. Es una estrategia de fuga donde no hay escape posible; es una fuga del afuera, es la negación del otro y de uno mismo.

Tanto para los defensores de la cultura de masas como para sus detractores, ésta socializa al individuo en las virtudes de obediencia y conformidad, enseñándole a aceptar el sistema social como orden natural perenne. Las organizaciones productoras de la cultura masiva, de la que los medios de difusión son parte, son instituciones del consenso, que reproducen los valores hegemónicos y que tienden a excluir ideas disidentes o formas simbólicas novedosas pongan en riesgo las significaciones instituidas. Los libros de autoayuda hacen de ésta su tarea. La experiencia literaria resulta así vicaria, ofreciéndose en su lugar una instancia de reproducción social. Lejos de iluminar senderos emancipatorios, construyen una subjetividad ausente: con lo paradojal que pueda parecer, se trata de una subjetividad del Sí-Mismo enajenado.

¿No sería síntoma de un verdadero interés en las personas, en la situación de desesperanza de muchas, en su sensación de inutilidad, promover la reunión, la asociación y la militancia cívica y política como lugar para la esperanza y el cambio? El sistema está construido para extraer toda la potencia que encuentre en nosotros. ¿No vendrá nuestra terapia de la acción política, militante, cívica, efectiva en vez de una anestesia opiácea suministrada aquí a través de productos culturales, pero que tanto recuerda al Oxicotín que se está llevando por delante a la clase media empobrecida estadounidense?

Estamos drogados casi todo el rato por la televisión o por las redes sociales. Somos habitantes de una no-vida que se parece mucho a la que Stanislaw Lem describió en “El congreso de futurología”. Necesitamos despertar al dolor de lo que nos están haciendo y de lo que estamos haciendo. Los muertos del Mediterráneo y de los campos de exterminio de Turquía, los desesperados de los desahucios y la pobreza, las apaleadas por el trabajo esclavo y las violadas de las fronteras no van al cine.

Porqué el #MeNo de las señoras francesas nos hace un favor

A cada paso, una reacción. A un lado del Atlántico, unas que pueden comienzan a construir un muro contra la violencia que reciben. Al otro, otras le tiran piedras como si tal asunto fuera con ellas. En fin: otra falsa polémica servida en bandeja por las fábricas de contenido barato en que se han convertido los medios de comunicación. Lo peor: contemplar a tantas mujeres inteligentes hacer el juego de este correveidile y entrar al trapo de un tema que no aporta nada de nada. Las feministas, y mucho menos las periodistas, no conseguimos hablar de lo urgente: pobreza, trabajo, DINERO.

Podemos intentar no leer todo este asunto a mayor gloria de Catherine Deneuve de la manera literal en la que nos lo presentan. ¿De verdad vamos a discutir, al menos las adultas, la distinción entre cortejo sexual y acoso? ¿No huelen estas disquisiciones repetitivas a chamusquina? No podemos seguir enredándonos en discutir cuestiones que ya estaban claras y zanjadas y privarnos de la ocasión de avanzar, si no ya para nosotras, para las que vienen detrás. Avancemos, hagamos avanzar los textos las que los escribimos. ¿Por qué la moda y sus tendencias pueden ser aspiracionales y los textos periodísticos han de buscar de una manera tan grosera la identificación, a veces irracional? ¿Por qué tanto texto reforzando bandos en una cuestión que no existe? Qué triste mercancía.

A mí, lo que me parece más maravilloso de todo este ruido es que cada vez estamos más cerca, muy muy cerca, de cuestionar la posición dominante de los hombres en el régimen sexual actual. Los hombres tienen derecho a expresar su deseo públicamente y nosotras tenemos el deber de recibirlo. Lo que podríamos estar discutiendo es un relevo en la posición dominante en el régimen expresivo del deseo: ¿qué ocurriría su fuéramos las mujeres las que tuviéramos la responsabilidad y el derecho de iniciar el avance sexual? ¿Qué pasaría si la satisfacción de nuestro deseo fuera prioritario y urgente? ¿Cómo afectaría eso al régimen de heteronormatividad que recibimos como instrucción máxima desde niñas? ¿Qué pasaría con las prácticas sexuales habituales? ¿Y con el porno? ¿Y con la prostitución?

Las mujeres, sobre todo las que tenemos una edad, nos hemos educado y socializado bajo la amenaza constante del premio o el castigo de la mirada masculina. ¿Qué ocurriría si fuéramos nosotras las que miráramos, deseáramos y tomáramos? ¿A quién y cómo tomaríamos? Está claro que Catherine Deneuve ha disfrutado (o eso quiero pensar) como objeto de deseo de los hombres, el juego permitido por lo político y lo social, Pero, ¿porqué no podemos cambiar de juego? ¿Por qué no desear que se elimine el factor violento o agresivo que planea en las sombras del cortejo cuando se vuelve caza de forma que nosotras podamos acceder a la posición de sujeto deseante?

En el centro del feminismo sigue aguardando la cuestión que las mujeres nos resistimos a encarar: la cuestión sexual.