Categoría: Medios

El Feminismo en el menú

Era cuestión de tiempo y de clicks. Hoy veo por primera vez que FEMINISMO aparece como una opción temática más en un menú del website de un medio de comunicación. No se trata, por supuesto, de un periódico o un medio de información general, sino de una revista de moda. El FEMINISMO pasa así a convertirse en una herramienta más del menú que las revistas de tendencias ofrecen a sus lectoras para su mejor autocontrol y autodisciplina. Aquí, el FEMINISMO se une a los dispositivos castradores de la belleza o la moda para aplacar la sed narcisa de identidad y de presente infinito a las consumidoras, ofreciéndoles consuelo específico a su propia inanidad gracias a la promesa de una vida empoderada dentro de los límites del consumo. Las jóvenes lectoras de SMODA podrán así informarse sobre el FEMINISMO blanco, racista y extractivo que promocionan las revistas, sin que su universo autocomplaciente y desconectado sufra la más mínima grieta. De hecho, se llamarán a sí mismas FEMINISTAS y se sentirán en la vanguardia de su propia revolución, sin importarles lo más mínimo los indigentes ocho euros la hora que le pagan a la señora que les limpia y les plancha. Han de ahorrar porque ser FEMINISTA hoy es carísimo: las buenas cremas no bajan de los 100 euros. Chicas, hay que quererse.

El deseo de ser señora de la limpieza

Acabo de leer en el Independent que las mujeres que trabajan en la cultura y los medios de comunicación tienen un 69% más de probabilidades de suicidarse de la que indica la ratio nacional. No nos engañemos más: las industrias culturales y las empresas periodísticas se han convertido en verdaderas maquilas donde la mano de obra no solo es barata, sino que se ve obligada a trabajar horas y horas impulsada por el perverso trampantojo del “salario emocional”: estatus, vocación, esnobismo. La progresiva pauperización y precarización de las profesionales que se quisieron clase media nos aboca a una doble intemperie:  el desalojo de nuestro estilo de vida y el derribo de los castillos en el aire de la racionalidad productora-consumidora y la ausencia de las herramientas de las pedagogías de lo precario, lo comunitario y lo antisistema. Estamos en el aire. Desvalidas. Sin red. Y luego está esa sensación de sentirse esquirola en todas partes. Una impostora.

La semana pasada recibí un envío de una agencia de marketing de moda: artículos de papelería de diseño. Están valorados en más dinero del que voy a ganar este mes. Los trabajadores de la cultura hemos de dejar de visualizarnos como clase media y comenzar al vestir el traje obrero del que jamás debimos salir. Si los periodistas tuviéramos la mitad de la conciencia de clase y la capacidad de solidaridad que poseen los estibadores, otro gallo nos cantaría. Escribir gratis, aceptar tarifas de 50 euros por un artículo, viajar sin dietas o quedarse en las redacciones hasta las mil no son comportamientos que van a cesar de pedirnos tras la crisis. De hecho, son el día a día en los nuevos medios. ¿Por qué hemos tragado los periodistas con la perversa confusión entre contenidos y periodismo? Quisimos sobrevivir, pero nos vemos apretando tornillos en la cadena de montaje de la industria del copy-paste nacional.

Las periodistas, al menos las freelance, ganamos menos dinero por hora que las señoras de la limpieza. Eso da la justa medida de cómo valoran los lectores lo que nos ofrecen los medios de comunicación. No hay por dónde cogerlos, pero es que no nos dejan hacerlo mejor. Las que limpian, sin embargo, lo dejan todo como la patena sí o sí. Las periodistas al peso hemos de dejar de aparecer como personajas con cierto poder y reconocernos como las ‘kellys’ de los medios de comunicación. Me fascina comprobar cómo las camareras de los hoteles, mil veces más maltratadas que las periodistas, han logrado tejer su red mientras que nosotras continuamos fingiendo que todo pasará. Ji, ji, ja, ja. El sistema nos ha instruido bien en la competitividad y el miedo a perder la silla. Hoy no solo siento el malestar de mi desclasamiento y mi precariedad, sino a disgusto en mi propia profesión. Ojalá fuera yo señora de la limpieza.

 

La moda como régimen disciplinario de las mujeres

La mejor manera de esconder algo es dejarlo a la vista de todos. Eso es precisamente lo que sucede con el negocio de la moda: cuanto más más groseras son las manifestaciones de su burricie y vulgaridad, mayor es la atribución de sofisticación y distinción que le conceden sus acólitas. Véase esta fotografía de la campaña de primavera de Saint Laurent: ¿realmente estamos hablando de moda o se nos comunica, bien a las claras, el régimen disciplinario de la misma? La imagen lo tiene todo: sumisión, objetificación, infantilización, degradación, hipersexualización… Así de inermes ve las mujeres el que monta una red de trata.

No deja de sorprenderme la pedagogía de la obediencia que, a través de la moda, se inculca en las jóvenes. Las prácticas que exige militar en la moda, conocer las tendencias a través de las revistas, compras las prendas indicadas y llevarlas de la manera esperada en los cuerpos normativos, no hacen más que trasladar a nuestra subjetividad el mandato femenino de la obediencia. La moda nos programa desde bien niñas para obedecer las reglas hasta el punto de modificar nuestros cuerpos para practicarla. Y mientas nosotras pensamos que nos hablan de tendencias, en realidad nos inoculan el deseo de la sumisión que nos desactiva como seres pensantes, sintientes y políticos.

Hubo un tiempo en el que las editoras de moda de las revistas vestían invariablemente de negro. Dicen que tal código indumentario procedía de un deseo de neutralidad y discreción que se ha roto en estos tiempos del culto a la personalidad. Puede que aquellas mujeres, indudablemente listas, aún fueran capaces de mostrar su resistencia y su independencia a un negocio que se basa en la sumisión. Hoy, cuando voy a alguna redacción y me cruzo con alguna joven mujer practicanta de las tendencias (sobremanera cuando observo a las bloggers e ‘influencers’ que hacen girar su vida sobre ellas), ya no veo la belleza de catálogo de su presencia. Solo siento pena.

La fuga del feminismo

De repente, llegan hasta mí, percibo o deseo-imagino muchas señales que alumbran un camino de salida del feminismo como herramienta de futuro. Creo que ya es hora de incorporarlo como un lugar de deslumbramiento que ha producido todos los efectos que había de producir. Los textos feministas cambian, sin duda, la vida que se deja afectar, pero los recibo ya más como un trampolín que te propulsa hacia otro sitio que como una posición en la que quedarse. Ahora que la palabra patriarcado puede ser dicha en el telediario, debe existir otra frontera en la que las cosas no sean impulsadas por la máquina total. Las palabras todas del feminismo que circula hoy han sido ocupadas, vaciadas y desactivadas. No hay proyecto ni hay red, hay autosatisfacción y complacencia. El feminismo que ha superado el cambio de siglo no subvierte, sino que se ve obligado a reproducir para sobrevivir. ¿Qué ha pasado para que hablemos más de sororidad, un sentimiento de solidaridad que siempre ha existido en los barrios obreros y clases medias-bajas y bajas, que de sospecha, una herramienta mucho más necesaria para habitar hoy la realidad? ¿Por qué se está imponiendo de una manera tan cruda y sin apenas resistencia la agenda neoliberal del consumo y de los deseos en el programa feminista?

Todo esto pienso mientras veo esta portada, la de la revista feminista que Conde Nast, editora de “Vogue”, pone en la calle de cara al 8 de marzo. La máquina de la feminidad heterocapitalista es feminista. Claro que sí, guapis.

 

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Autocensura

Hace algunos meses, durante la gira de presentación de las primeras memorias de Juan Luis Cebrián, indignó mucho su alusión a la autocensura de los periodistas como uno de los motivos que podrían explicar que “El País” no publique noticias que tienen que ver con anunciantes, propietarios o afines. Leo ahora que acaban de despedir a una periodista de Internacional, Lara Otero, que parece que no se autocensuraba en las asambleas, así que no parece demasiado honesto cargar la responsabilidad de lo que se publica en la tropa en vez de en los generales… En fin. El último “Informe anual de la Profesión Periodística 2016” de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) revela que el 74,8 por ciento de los periodistas cede a las presiones ante el “miedo” y las “represalias” a ser despedido o relegado en la asignación de trabajos, principalmente los autónomos, y un 57,2 % de los profesionales de los medios reconoce que se autocensura.

Hoy escribo un texto sobre las fundaciones de arte de las grandes corporaciones del lujo desde la autocensura. El periodismo queda en manos de los artistas. Esta obra es de Lucie Fontaine.

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Los medios que no amaban a las mujeres

De mucho tiempo a esta parte, no hay semana en el que un medio de comunicación no nos rompa el corazón. Lo leo en las redes y en las concentraciones, donde cientos de mujeres se duelen cuando se les clavan las flechas de esos titulares y esos textos escritos desde la mecánica inútil de un relato agotado. Casi 30 años después de que la prensa empezara a reflejar en sus páginas el asesinato de las mujeres por el hecho de serlo, las noticias sobre violencia machista se han convertido en un trámite, historias intercambiables sin un ápice de humanidad, política y contexto. Se ha robotizado tanto la narración del terrorismo de género, existe tanto rechazo y miedo a nombrar el privilegio estructural en el que se basa nuestro dolor, que más que noticias parece que nos cuentan plantillas prediseñadas, fórmulas preadmitidas en las que sólo hay que cambiar nombre, lugar y método.

Esos medios que nos duelen, los que todavía seguimos comprando y sintonizando, los medios en los que muchas periodistas feministas aún trabajamos, son los que escriben que las mujeres no son asesinadas, sino que mueren. Los que citan a una vecina que asegura que el asesino “era un hombre educado y normal”. Los que confirman, o no confirman, si ha habido denuncia previa a la agresión, con o sin muerte. Los que alimentan sus cámaras con los restos de la rabia y el dolor de la pérdida. Los que se regodean en los detalles macabros. Los que concitan a abogados que escenifiquen una siniestra pelea de gallos. Los que clonan una y otra vez el mismo relato de muerte, normalizando narrativamente el espanto y escamoteando el análisis estructural de una sociedad en la que habitan tantas muertes. Los que aún se atreven, qué desfachatez, a hablar de amor o de arrebatos de pasión.

Todo esto que hacen nuestros medios forma parte de la estructura que permite la existencia de lo que la antropóloga argentina Rita Segato ha bautizado como “pedagogía de la crueldad”: la exposición pública y pedagógica del mandato de masculinidad que obliga al hombre a mostrar a los otros hombres que es merecedor de su posición masculina. Es la consecución de la masculinidad la que, según esta autora, explica todas las violencias que los hombres inscriben en el cuerpo de las mujeres, desde el asesinato hasta la violación o el sometimiento psicológico. Los medios, al escamotear el análisis, impiden que el reconocimiento de causas y consecuencias pueda llevarnos a una hipotética sanación. Más aún: al desconectar unas muertes de otras y presentarlas como meros sucesos, obra de hombres que han perdido por un instante la razón, nos impiden pensarlas. Nuestros medios participan de la violencia, la reproducen en su universo simbólico y contribuyen a extenderla. Son, como la sociedad misma, violentos. En recientes palabras de Segato:

“¿Por qué a pesar del accionar de las instituciones, la promulgación de leyes y el habernos dotado de un vocabulario, la violencia no tiene fin? Parece que no se supera con los clásicos clichés, llamándola crímenes de odio o hablando de morir por el hecho de ser mujeres. El tema no se agota nombrándolo. Repetimos burocráticamente conceptos y definiciones, pero no hemos salido del lugar”.

Aún señala esta visionaria antropóloga otro efecto nocivo de los medios en este asunto de la violenta distribución de poder de nuestra sociedad: el refuerzo masivo de cierta configuración de la mujer como víctima y del hombre como victimario. En su definición, “el eje vertical de la violencia”. La réplica incesante de estos relatos en los que la mujer ocupa invariablemente el papel de víctima (apenas si conocemos lo que pasa con las mujeres maltratadas y violadas, cómo se reincorporan a la vida, su resiliencia y capacidad para sobreponerse) redunda en la ‘guetificación’ del problema. “Pensamos que la violencia es una problema de las mujeres, pero en realidad nos habla a toda la sociedad”, explica Segato. “Aceptar la expulsión de todo lo que le pasa a las mujeres, que se convierta en un tema minoritario, impide entender que ahí hay luz para entender la época, la civilización, la sociedad, la economía y, inclusive, la marcha del capital”.

Tengo la sensación de que nos hemos convertido en una sociedad que solo denuncia la violencia contra las mujeres ante la cámara y cuando están muertas”, se lamentaba la periodista Mónica Planas en las jornadas “Información y Violencia Machista” que se celebraron en el Auditorio de Zaragoza el pasado octubre. Tiene razón. Sólo ante la mujer muerta o muy malherida, los medios interpretan un falso rito de duelo que ni cala más allá del morbo ni tiene otro objetivo que cubrir un expediente y descargar de responsabilidad. No vemos, escuchamos o leemos relatos sobre condenas ridículas, juzgados que niegan protección, custodias compartidas concedidas a maltratadores, nada que pueda hacer luz sobre el status quo que facilita la reproducción de esta violencia. Si la mujer no está ya fehacientemente muerta, sino que ha sido violada, abusada o es víctima de trata, es sometida a un juicio sumarísimo y a un escrutinio de su vida que dirima si puede ser culpabilizada por no someterse al mandato de su propio género. Esta también es otra pedagogía, esta vez dirigida a nosotras, que nos enseña a tener miedo, a no disponer de la libertad que nos asegura la Constitución, si no queremos sufrir la violencia que nos destina salir del papel marcado. ¿Y del violento? Ni palabra. Nada solemos saber sobre el asesino, el maltratador, el proxeneta, el traficante o el putero.

Más del 90% de la población sabe de violencia de género por la televisión, precisamente el medio que más burdamente trata la violencia de los hombres contra las mujeres. El Consejo Audiovisual de Andalucía, autor de la más reciente guía para el tratamiento periodístico de la violencia machista, tras estudiar los casos de “Espejo público” y “El programa de Ana Rosa”, hubo de pedirles no ya que emplearan el rigor que identifica un tratamiento periodístico digno, sino que desistieran de tratar estas temáticas. “Han llegado a hacer hasta juicios paralelos”, explica Carmen Fernández, presidenta de la Comisión de Contenidos del CAA. Incumplen el derecho a la intimidad, vulneran la protección a menores, lanzan rumores y lo tiñen todo de un tufo sensacionalista”. En la guía con el mismo propósito que ha editado también este año Apramp (Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención de Mujeres Prostituidas), las trabajadoras sociales, educadoras y psicólogas que trabajan sobre el terreno se ven en la tesitura de pedir a los periodistas lo impensable: que no pregunten a las mujeres víctimas de trata si las han violado o cuántos clientes habían de atender al día.

Pone los pelos de punta pensar que los periodistas, ante una mujer esclavizada, no vemos una víctima a la que proteger, sino una posibilidad para exponer morbosamente su trauma. Lo cierto es que el retrato de la profesión que se extrae de estos textos no resulta precisamente agradable. Un oficio que se construyó sobre la comunicación y la empatía aparece, por mor de una feroz mercantilización, totalmente deshumanizado. Roto. Me pregunto hasta cuándo seguiremos comprando, escuchando, sintonizando estos medios que no aman a las mujeres. Y confío en que ya estén con nosotras las generaciones de mujeres y hombres que apagan la tele tóxica, descartan los periódicos que no las retratan paritaria y justamente y evitan el sensacionalismo web. Niñas y niños a los que les debemos una ya imprescindible educación mediática que les permita transitar por el mar de medios que tratará de condicionar sus valores, ideas y decisiones. Jóvenes que, quizá, escriban algún día los periódicos que nosotras aún no hemos podido escribir.