Categoría: Medios

El deseo de ser señora de la limpieza

Acabo de leer en el Independent que las mujeres que trabajan en la cultura y los medios de comunicación tienen un 69% más de probabilidades de suicidarse de la que indica la ratio nacional. No nos engañemos más: las industrias culturales y las empresas periodísticas se han convertido en verdaderas maquilas donde la mano de obra no solo es barata, sino que se ve obligada a trabajar horas y horas impulsada por el perverso trampantojo del “salario emocional”: estatus, vocación, esnobismo. La progresiva pauperización y precarización de las profesionales que se quisieron clase media nos aboca a una doble intemperie:  el desalojo de nuestro estilo de vida y el derribo de los castillos en el aire de la racionalidad productora-consumidora y la ausencia de las herramientas de las pedagogías de lo precario, lo comunitario y lo antisistema. Estamos en el aire. Desvalidas. Sin red. Y luego está esa sensación de sentirse esquirola en todas partes. Una impostora.

La semana pasada recibí un envío de una agencia de marketing de moda: artículos de papelería de diseño. Están valorados en más dinero del que voy a ganar este mes. Los trabajadores de la cultura hemos de dejar de visualizarnos como clase media y comenzar al vestir el traje obrero del que jamás debimos salir. Si los periodistas tuviéramos la mitad de la conciencia de clase y la capacidad de solidaridad que poseen los estibadores, otro gallo nos cantaría. Escribir gratis, aceptar tarifas de 50 euros por un artículo, viajar sin dietas o quedarse en las redacciones hasta las mil no son comportamientos que van a cesar de pedirnos tras la crisis. De hecho, son el día a día en los nuevos medios. ¿Por qué hemos tragado los periodistas con la perversa confusión entre contenidos y periodismo? Quisimos sobrevivir, pero nos vemos apretando tornillos en la cadena de montaje de la industria del copy-paste nacional.

Las periodistas, al menos las freelance, ganamos menos dinero por hora que las señoras de la limpieza. Eso da la justa medida de cómo valoran los lectores lo que nos ofrecen los medios de comunicación. No hay por dónde cogerlos, pero es que no nos dejan hacerlo mejor. Las que limpian, sin embargo, lo dejan todo como la patena sí o sí. Las periodistas al peso hemos de dejar de aparecer como personajas con cierto poder y reconocernos como las ‘kellys’ de los medios de comunicación. Me fascina comprobar cómo las camareras de los hoteles, mil veces más maltratadas que las periodistas, han logrado tejer su red mientras que nosotras continuamos fingiendo que todo pasará. Ji, ji, ja, ja. El sistema nos ha instruido bien en la competitividad y el miedo a perder la silla. Hoy no solo siento el malestar de mi desclasamiento y mi precariedad, sino a disgusto en mi propia profesión. Ojalá fuera yo señora de la limpieza.

 

La moda como régimen disciplinario de las mujeres

La mejor manera de esconder algo es dejarlo a la vista de todos. Eso es precisamente lo que sucede con el negocio de la moda: cuanto más más groseras son las manifestaciones de su burricie y vulgaridad, mayor es la atribución de sofisticación y distinción que le conceden sus acólitas. Véase esta fotografía de la campaña de primavera de Saint Laurent: ¿realmente estamos hablando de moda o se nos comunica, bien a las claras, el régimen disciplinario de la misma? La imagen lo tiene todo: sumisión, objetificación, infantilización, degradación, hipersexualización… Así de inermes ve las mujeres el que monta una red de trata.

No deja de sorprenderme la pedagogía de la obediencia que, a través de la moda, se inculca en las jóvenes. Las prácticas que exige militar en la moda, conocer las tendencias a través de las revistas, compras las prendas indicadas y llevarlas de la manera esperada en los cuerpos normativos, no hacen más que trasladar a nuestra subjetividad el mandato femenino de la obediencia. La moda nos programa desde bien niñas para obedecer las reglas hasta el punto de modificar nuestros cuerpos para practicarla. Y mientas nosotras pensamos que nos hablan de tendencias, en realidad nos inoculan el deseo de la sumisión que nos desactiva como seres pensantes, sintientes y políticos.

Hubo un tiempo en el que las editoras de moda de las revistas vestían invariablemente de negro. Dicen que tal código indumentario procedía de un deseo de neutralidad y discreción que se ha roto en estos tiempos del culto a la personalidad. Puede que aquellas mujeres, indudablemente listas, aún fueran capaces de mostrar su resistencia y su independencia a un negocio que se basa en la sumisión. Hoy, cuando voy a alguna redacción y me cruzo con alguna joven mujer practicanta de las tendencias (sobremanera cuando observo a las bloggers e ‘influencers’ que hacen girar su vida sobre ellas), ya no veo la belleza de catálogo de su presencia. Solo siento pena.

La fuga del feminismo

De repente, llegan hasta mí, percibo o deseo-imagino muchas señales que alumbran un camino de salida del feminismo como herramienta de futuro. Creo que ya es hora de incorporarlo como un lugar de deslumbramiento que ha producido todos los efectos que había de producir. Los textos feministas cambian, sin duda, la vida que se deja afectar, pero los recibo ya más como un trampolín que te propulsa hacia otro sitio que como una posición en la que quedarse. Ahora que la palabra patriarcado puede ser dicha en el telediario, debe existir otra frontera en la que las cosas no sean impulsadas por la máquina total. Las palabras todas del feminismo que circula hoy han sido ocupadas, vaciadas y desactivadas. No hay proyecto ni hay red, hay autosatisfacción y complacencia. El feminismo que ha superado el cambio de siglo no subvierte, sino que se ve obligado a reproducir para sobrevivir. ¿Qué ha pasado para que hablemos más de sororidad, un sentimiento de solidaridad que siempre ha existido en los barrios obreros y clases medias-bajas y bajas, que de sospecha, una herramienta mucho más necesaria para habitar hoy la realidad? ¿Por qué se está imponiendo de una manera tan cruda y sin apenas resistencia la agenda neoliberal del consumo y de los deseos en el programa feminista?

Todo esto pienso mientras veo esta portada, la de la revista feminista que Conde Nast, editora de “Vogue”, pone en la calle de cara al 8 de marzo. La máquina de la feminidad heterocapitalista es feminista. Claro que sí, guapis.

 

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Autocensura

Hace algunos meses, durante la gira de presentación de las primeras memorias de Juan Luis Cebrián, indignó mucho su alusión a la autocensura de los periodistas como uno de los motivos que podrían explicar que “El País” no publique noticias que tienen que ver con anunciantes, propietarios o afines. Leo ahora que acaban de despedir a una periodista de Internacional, Lara Otero, que parece que no se autocensuraba en las asambleas, así que no parece demasiado honesto cargar la responsabilidad de lo que se publica en la tropa en vez de en los generales… En fin. El último “Informe anual de la Profesión Periodística 2016” de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) revela que el 74,8 por ciento de los periodistas cede a las presiones ante el “miedo” y las “represalias” a ser despedido o relegado en la asignación de trabajos, principalmente los autónomos, y un 57,2 % de los profesionales de los medios reconoce que se autocensura.

Hoy escribo un texto sobre las fundaciones de arte de las grandes corporaciones del lujo desde la autocensura. El periodismo queda en manos de los artistas. Esta obra es de Lucie Fontaine.

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Los medios que no amaban a las mujeres

De mucho tiempo a esta parte, no hay semana en el que un medio de comunicación no nos rompa el corazón. Lo leo en las redes y en las concentraciones, donde cientos de mujeres se duelen cuando se les clavan las flechas de esos titulares y esos textos escritos desde la mecánica inútil de un relato agotado. Casi 30 años después de que la prensa empezara a reflejar en sus páginas el asesinato de las mujeres por el hecho de serlo, las noticias sobre violencia machista se han convertido en un trámite, historias intercambiables sin un ápice de humanidad, política y contexto. Se ha robotizado tanto la narración del terrorismo de género, existe tanto rechazo y miedo a nombrar el privilegio estructural en el que se basa nuestro dolor, que más que noticias parece que nos cuentan plantillas prediseñadas, fórmulas preadmitidas en las que sólo hay que cambiar nombre, lugar y método.

Esos medios que nos duelen, los que todavía seguimos comprando y sintonizando, los medios en los que muchas periodistas feministas aún trabajamos, son los que escriben que las mujeres no son asesinadas, sino que mueren. Los que citan a una vecina que asegura que el asesino “era un hombre educado y normal”. Los que confirman, o no confirman, si ha habido denuncia previa a la agresión, con o sin muerte. Los que alimentan sus cámaras con los restos de la rabia y el dolor de la pérdida. Los que se regodean en los detalles macabros. Los que concitan a abogados que escenifiquen una siniestra pelea de gallos. Los que clonan una y otra vez el mismo relato de muerte, normalizando narrativamente el espanto y escamoteando el análisis estructural de una sociedad en la que habitan tantas muertes. Los que aún se atreven, qué desfachatez, a hablar de amor o de arrebatos de pasión.

Todo esto que hacen nuestros medios forma parte de la estructura que permite la existencia de lo que la antropóloga argentina Rita Segato ha bautizado como “pedagogía de la crueldad”: la exposición pública y pedagógica del mandato de masculinidad que obliga al hombre a mostrar a los otros hombres que es merecedor de su posición masculina. Es la consecución de la masculinidad la que, según esta autora, explica todas las violencias que los hombres inscriben en el cuerpo de las mujeres, desde el asesinato hasta la violación o el sometimiento psicológico. Los medios, al escamotear el análisis, impiden que el reconocimiento de causas y consecuencias pueda llevarnos a una hipotética sanación. Más aún: al desconectar unas muertes de otras y presentarlas como meros sucesos, obra de hombres que han perdido por un instante la razón, nos impiden pensarlas. Nuestros medios participan de la violencia, la reproducen en su universo simbólico y contribuyen a extenderla. Son, como la sociedad misma, violentos. En recientes palabras de Segato:

“¿Por qué a pesar del accionar de las instituciones, la promulgación de leyes y el habernos dotado de un vocabulario, la violencia no tiene fin? Parece que no se supera con los clásicos clichés, llamándola crímenes de odio o hablando de morir por el hecho de ser mujeres. El tema no se agota nombrándolo. Repetimos burocráticamente conceptos y definiciones, pero no hemos salido del lugar”.

Aún señala esta visionaria antropóloga otro efecto nocivo de los medios en este asunto de la violenta distribución de poder de nuestra sociedad: el refuerzo masivo de cierta configuración de la mujer como víctima y del hombre como victimario. En su definición, “el eje vertical de la violencia”. La réplica incesante de estos relatos en los que la mujer ocupa invariablemente el papel de víctima (apenas si conocemos lo que pasa con las mujeres maltratadas y violadas, cómo se reincorporan a la vida, su resiliencia y capacidad para sobreponerse) redunda en la ‘guetificación’ del problema. “Pensamos que la violencia es una problema de las mujeres, pero en realidad nos habla a toda la sociedad”, explica Segato. “Aceptar la expulsión de todo lo que le pasa a las mujeres, que se convierta en un tema minoritario, impide entender que ahí hay luz para entender la época, la civilización, la sociedad, la economía y, inclusive, la marcha del capital”.

Tengo la sensación de que nos hemos convertido en una sociedad que solo denuncia la violencia contra las mujeres ante la cámara y cuando están muertas”, se lamentaba la periodista Mónica Planas en las jornadas “Información y Violencia Machista” que se celebraron en el Auditorio de Zaragoza el pasado octubre. Tiene razón. Sólo ante la mujer muerta o muy malherida, los medios interpretan un falso rito de duelo que ni cala más allá del morbo ni tiene otro objetivo que cubrir un expediente y descargar de responsabilidad. No vemos, escuchamos o leemos relatos sobre condenas ridículas, juzgados que niegan protección, custodias compartidas concedidas a maltratadores, nada que pueda hacer luz sobre el status quo que facilita la reproducción de esta violencia. Si la mujer no está ya fehacientemente muerta, sino que ha sido violada, abusada o es víctima de trata, es sometida a un juicio sumarísimo y a un escrutinio de su vida que dirima si puede ser culpabilizada por no someterse al mandato de su propio género. Esta también es otra pedagogía, esta vez dirigida a nosotras, que nos enseña a tener miedo, a no disponer de la libertad que nos asegura la Constitución, si no queremos sufrir la violencia que nos destina salir del papel marcado. ¿Y del violento? Ni palabra. Nada solemos saber sobre el asesino, el maltratador, el proxeneta, el traficante o el putero.

Más del 90% de la población sabe de violencia de género por la televisión, precisamente el medio que más burdamente trata la violencia de los hombres contra las mujeres. El Consejo Audiovisual de Andalucía, autor de la más reciente guía para el tratamiento periodístico de la violencia machista, tras estudiar los casos de “Espejo público” y “El programa de Ana Rosa”, hubo de pedirles no ya que emplearan el rigor que identifica un tratamiento periodístico digno, sino que desistieran de tratar estas temáticas. “Han llegado a hacer hasta juicios paralelos”, explica Carmen Fernández, presidenta de la Comisión de Contenidos del CAA. Incumplen el derecho a la intimidad, vulneran la protección a menores, lanzan rumores y lo tiñen todo de un tufo sensacionalista”. En la guía con el mismo propósito que ha editado también este año Apramp (Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención de Mujeres Prostituidas), las trabajadoras sociales, educadoras y psicólogas que trabajan sobre el terreno se ven en la tesitura de pedir a los periodistas lo impensable: que no pregunten a las mujeres víctimas de trata si las han violado o cuántos clientes habían de atender al día.

Pone los pelos de punta pensar que los periodistas, ante una mujer esclavizada, no vemos una víctima a la que proteger, sino una posibilidad para exponer morbosamente su trauma. Lo cierto es que el retrato de la profesión que se extrae de estos textos no resulta precisamente agradable. Un oficio que se construyó sobre la comunicación y la empatía aparece, por mor de una feroz mercantilización, totalmente deshumanizado. Roto. Me pregunto hasta cuándo seguiremos comprando, escuchando, sintonizando estos medios que no aman a las mujeres. Y confío en que ya estén con nosotras las generaciones de mujeres y hombres que apagan la tele tóxica, descartan los periódicos que no las retratan paritaria y justamente y evitan el sensacionalismo web. Niñas y niños a los que les debemos una ya imprescindible educación mediática que les permita transitar por el mar de medios que tratará de condicionar sus valores, ideas y decisiones. Jóvenes que, quizá, escriban algún día los periódicos que nosotras aún no hemos podido escribir.

El día de la marmota del 8 de marzo y otros fantasmas

Estoy preocupada por mi posición. Es una preocupación insidiosa que me lleva a la duda constante sobre lo que percibo y pienso y, como consecuencia, a cierta parálisis. Dudar es un artículo de lujo en mi profesión. Una periodista no cree en dudar, cree en que las herramientas que le han enseñado a usar producen verdad, objetividad o, en el peor de los casos, la mejor versión de la realidad. La consistencia, el rigor y la fiabilidad de los textos periodísticos dependen exclusivamente del convencimiento que la periodista tenga en que todo eso es posible. Al otro lado, la gente lo que quiere son certezas. La utilidad de los medios de comunicación, lejos de la clásica función de perro del poder, es reforzar lo que los lectores ya saben y reproducir el orden social ad infinitum.

Me reafirmo en la pobreza de mi filtro en una conversación reciente que mantengo con un amigo estimado. Hablamos del Ayuntamiento de Madrid y de sus políticas culturales, un ente al que en principio supongo el aura benéfica del que usa la retórica política que asegura devolver la cultura a la ciudadanía. Mi visión ciertamente burguesa de todo el asunto pinta de bonitos colores iniciativas como Patio Maravillas o librerías como Traficantes de Sueños, dos espacios de los que salen (por lo visto) muchas personas que hoy tienen voz a la hora de impulsar la vida cultural de Madrid desde su ayuntamiento. Mi estimado amigo, proletario cultural y cada vez más pobre, me abre los ojos a otro cuadro: el de la imposición de un concepto de “cultura” que proviene exclusivamente de universitarios con posibles, con toda la carga que ese sesgo conlleva. En los barrios, las asociaciones caen como moscas porque el Ayuntamiento de Carmena exige el pago de licencias, impuestos y tasas varias. No sólo el contenido de la cultura está en entredicho (es cultura cualquier libro impreso pero no lo es una charla de autoayuda, de cocina o macramé), sino también la posibilidad de que suceda al margen de la clase social designada para ello. La apuesta cultural de las élites progres pasa por el producto cool listo para ser deglutido por el mercado y las redes, no por una cultura que se manifiesta como red de sujeción y relación de afectos. Sometida al control administrativo, no se protege la cultura que no pasa por caja ni es detentada por los que pueden. De hecho, cuanto más pobre es un trabajador de la cultura, menos posibilidades tiene de que se escuche su discurso dentro del sistema. La condición de supervivencia en la pobreza de un proletario cultural es, precisamente, abandonar el territorio de privilegio que es la cultura.

Qué paradójica y perversa es la situación de las clases medias empobrecidas durante esta crisis: aunque hoy soy una trabajadora pobre de la cultura, con ingresos que no llegan al salario mínimo ni me permiten prescindir de la ayuda familiar, mi educación en el privilegio sólo me hace notar la injusticia de mi propia situación y me impide cuestionar la injusticia del sistema mismo. Soy una ciudadana políticamente desactivada, incapaz de percibir otra demanda que no sea la de recuperar el propio estatus. Qué bien le viene al mercado que sólo se cuestione la sobrevenida austeridad que nos impone y no su funcionamiento mismo. Paradoja añadida: qué fácil es ser vegetariano, animalista, pacifista, y qué difícil es practicar la no violencia (simbólica) cuando no has sabido o podido educarte para comprender la realidad desde una mirada que no sea la tuya. Es en este sentido que la teoría feminista es liberadora: posee las técnicas y herramientas precisas para que percibamos racional y sentimentalmente tanto el sometimiento que invisibiliza el sistema como el privilegio que nos mantiene sobre otros.

Por esta y otras recientes buenas conversaciones, y por la TFM que escribo sobre el asunto, cuestiono constantemente la manera en que me informo y trabajo. En las redes, recibo información filtrada por mí o para mí. En los textos, me sirvo de las opiniones expertas y los libros que he seleccionado yo misma. ¿Cómo no va a resultar miope todo lo que escribo si yo misma lo soy? Encuentro que mi práctica profesional ha estado dirigida por la tendencia mental a cobijarse en las ideas que nos refuerzan y desechar las que nos retan: la realidad, explicada para unas pocas como yo. Estas dudas sobre el propio filtro se suman a ciertas condiciones que dificultan aún más la tarea de construir un relato más o menos justo sobre los acontecimientos. Por un lado, resulta cada vez más complejo desentrañar las líneas-fuerza mediante las que el poder nos doblega: la red de intereses al fondo del cuadro resulta invisible o se invisibiliza. Además, nuestro interlocutor, el-otro-lector, ya no es una como una misma, sino que se ha convertido en un ente diverso y multifacético, aunque las instancias de representación no quieran aún enterarse de ello. Por otro, cada vez es más raro que los periodistas salgamos de la redacción o de la habitación para escribir nuestros textos. Nos falta el input de la realidad, lo resolvemos todo por teléfono, por mail o por Skype. En la calle, el azar se encarga de romper los márgenes del propio filtro y deja pasar la mirada del vecino, el policía o una que pasaba por allí. Cocinados desde la mesa, los textos terminan tan filtrados que apenas llegan a sucedáneo insípido: todos decimos lo mismo todo el rato. En los peores casos no se trata ya de encontrarse las mismas ideas y opiniones una y otra vez, sino de leer directamente traducciones de artículos cocinados en otros medios. Todos los días leo en las webs españolas de información artículos de The Guardian, Independent, New York Times, The Atlantic, Salon y similares.

“La filosofía es una lucha contra el embrujamiento de nuestra inteligencia mediante el uso del lenguaje”, escribió Wittgenstein. Viene al caso porque quería escribir no sobre mi frustración profesional sino acerca de dos conceptos manejados por filósofos contemporáneos que me han servido para poner un poco de distancia crítica tanto en mi consumo de medios como con mi práctica periodística. Me han ayudado, por así decirlo, a desencantarme de los textos (los que vendo y los que me vendo) y a verles las trampas. Son fallas, grietas o, directamente, agujeros negros, que tienen que ver con la creciente polarización y fomento del conflicto por parte de los medios para vender más. El falso enfrentamiento y la viralidad que este produce hacen creer al público que se les presenta un dilema, cuando en realidad no existe tal. Un buen ejemplo son los distintos “escándalos” que jalonan la gestión de la concejalía de cultura madrileña (de los Reyes Magos a los titiriteros), oportunos trampantojos de una discusión mediática acerca del elitismo con piel de oveja de su pensar general. En el estudio “Manufactoring Conflic? How Journalists Intervene in the Conflict Frame Building Process”, realizado por Guus Bartholomé, Sophie Lecheler y Claes de Vreese, de la Universidad de Holanda, se confirma el papel de los periodistas como perpetradores necesarios de esta ficción de guerra sorda que, en realidad, eclipsa la auténtica guerra que se libra en otros lugares. Los periodistas preferimos el cómodo ejercicio de comentar la retórica de los políticos y los movimientos partidistas, tan proclive a los clics del público, que poner el foco en los asuntos y espacios donde se producen los roces y han de intercambiarse necesariamente ideas y valores.

El primero de estos conceptos que pueden ayudar a desbrozar la maraña de intereses en los textos periodísticos es “liminalidad”, un término que no había leído en mi vida y que me llegó primero desde la teoría poscolonial y luego desde la antropología cultural. En definición no especializada, significa “umbral”, viene del latín “limen” (¿amalgama? ¿membrana?) y evoca la ambigüedad, la desorientación, la indeterminación. El diccionario antropológico lo presenta como “el estado ambiguo del ser entre estados de ser”. Es interesante saber de la génesis académica de esta palabra para darse cuen de cómo avanza la ciencia social, cómo los nuevos investigadores retoman o reformulan o emprenden a partir de sus maestros (cómo me cuesta, acostumbrada a valerme de lo último que pillo, entrar por este aro de leer la tradición). El inventor de “liminalidad” fue el etnógrafo de origen alemán fundador de la etnografía francesa Arnold van Gennep (1873-1957). En su libro más famoso, “Los ritos de paso” (1909), señalaba las tres fases que caracterizan cualquier rito de este tipo, preliminal, liminal y postliminal, en un proceso de reajuste imbricado en el corazón del cambio social de cualquier grupo humano. Van Gennep incidía en que el progreso de un iniciado de un estatus a otro gracias a un rito de paso no es abrupto, sino que requiere de ese intermedio que llama “liminalidad”.

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Víctor Turner (1920-1983), un antropólogo escocés que estudió los ritos de la tribu ndembu de Zambia, retomó este concepto de “liminal” en su libro “El proceso ritual” (1967). Turner aseveró que el estado liminal no era simplemente un momento crepuscular en las transformaciones rituales, sino también un periodo de poder especial y peligroso, que tenía que ser restringido y canalizado para proteger el orden social. En esta fase, el sujeto (imaginemos a un futuro jefe de la tribu que va a ser instituido como tal) es marginado del grupo y despojado de los atributos de su posición primigenia, sin llegar aún a poseer los que le corresponden como jefe. Estamos en una especie de limbo en el que no funcionan las leyes, las costumbres, las convenciones o el ceremonial. Lo habitual es que las personas en este estado sean despojados de vestimenta para mostrar su humildad y ausencia de estatus, propiedad o rol y se comporten de manera pasiva a la hora de aceptar cualquier castigo, al que se someten sin queja. Han de ser reducidos a una especie de uniformidad para ser a continuación revestidos de sus nuevos poderes. Estamos fuera del tiempo y fuera de la estructura social: en la frontera.

[Por cierto: si alguna jubilada del sistema productivo como yo está leyendo estas líneas, le recomiendo el capítulo que adjunto a continuación del libro de Turner sobre los símbolos. Su análisis del rito al que se somete a las jóvenes casaderas ndembu muestra la extraordinaria riqueza simbólica de la cultura de esta tribu de Zambia: es una belleza. Te hace dudar muy mucho de la supuesta superioridad cultural con la que hoy se comporta la tribu occidental. Aquí va el link.

Vuelvo a encontrarme con la liminalidad en los textos de Homi Bhabha, figura central de la crítica poscolonial junto con Edward Said y Gayatri Spivak y autor en los 90 de “El lugar de la cultura” y “Narrando la nación”. Bhabha y sus colegas tratan de deconstruir las formas textuales mediante las que se lee al otro colonial, al salvaje, al aborigen, al indio, al negro. Se preguntan cómo se produce el conocimiento sobre estos seres humanos etiquetados como distintos, para desvelar las historias distorsionadas que circulan como Historia y poner sobre la mesa su trascendencia a la hora de configurar saberes académicos que circulan en un solo sentido: del centro a la periferia, sin camino de vuelta. Hoy no se puede entender la realidad ni la producción cultural ni artística sin mínimas nociones de teoría poscolonial. Por suerte, las tesis que deambulan por internet nos permiten enterarnos de estos asuntos en una extensión y lenguaje asequibles. En “Multiculturalismo y crítica poscolonial: la diáspora artística latinoamericana 1990-2000”, de Elizabeth Marín Hernández, doctoranda de la Universidad de Barcelona, encontramos un capítulo que puede servir para iniciarse en los misterios de la mirada poscolonial. Este es el link

Bhabha elabora varios conceptos críticos a la hora de desentrañar el discurso colonial: la ambivalencia, el estereotipo como fetiche, el mimetismo y la hibridación. La hibridación es el resultado de la constante negociación de valores que se produce en los lugares de frontera. No hay, por tanto, esencias puras, sino un proceso constante de llegar a ser. A los críticos de la teoría poscolonial les interesa mucho este espacio liminal, estos “in between’ donde colono y colonizado negocian constantemente sus posiciones e identidades: si los estudios culturales ‘imperiales’ colocaban el corazón de una comunidad, el lugar de sus esencias identitarias, en el centro del territorio, Bhabha los descentra hacia los márgenes, pues es allí donde esas esencias son retadas, mordidas, cuestionadas y subastadas en las interacciones entre comunidades distintas. La nación y la identidad se elabora en espacios liminales, en las fronteras, en lo indeterminado. Allí están cobrándose los sentidos y alcanzándose los significados.

Al concepto de liminalidad como lugar peligroso y fronterizo, un lugar periférico y poco presente en los textos, quiero sumarle la defensa del disenso que hace el filósofo Jacques Rancière (Argel, 1940), del que he leído “El viraje ético de la estética y la política”. Se trata de una conferencia dictada en 2005 en la Universidad de Artes y Ciencias Sociales de Santiago de Chile, en la que el autor desvela la función de la ética como práctica aniquiladora del disenso, de la discusión de pareceres y de la convivencia con la diversidad. La ética no como juicio moral sobre las operaciones del arte o las acciones de la política, sino como lejía que borra la distinción entre el ser y el deber ser, entre el hecho y el derecho. El consenso que busca la “comunidad política despolitizada” no deja espacio para los otros e identifica disenso con violencia, razón que justifica el uso de otra violencia mayor, estatal, justificada por la ética del consenso. En su análisis, esta ética perversa del consenso se manifiesta en dos formas aún inexpugnables en la conversación de los medios: el humanitarismo y la “justicia infinita” que lucha contra el terrorismo. El viraje ético no sólo es el apaciguamiento del disenso en el orden consensual, sino la demonización de dichos disensos.

La comunidad política es, así, tendencialmente transformada en comunidad ética, es decir, en comunidad de un solo pueblo, donde todo el mundo supuestamente cuenta. Esta cuenta choca solamente con un resto problemático, al que denomina excluido. Pero hay dos maneras de plantear la exclusión misma. En la comunidad política, el excluido es un actor conflictivo, que se hace incluir como sujeto suplementario, portador de un derecho no reconocido o testigo de la injusticia del derecho existente. En cambio, en la comunidad ética, este suplemento ya no tiene lugar de ser, porque todo el mundo esta incluido. El excluido, entonces, no tiene estatuto. Por un lado, es simplemente el enfermo, el retardado, a quien la comunidad debe tender una mano que lo socorre. Por otro lado, se convierte en el otro radical, aquel que nada separa de la comunidad, salvo el simple hecho de ser extranjero en ella, y que por tanto la amenaza al mismo tiempo en cada uno de nosotros. La comunidad nacional despolitizada se constituye, entonces, en la duplicidad entre el servicio social de proximidad y el rechazo absoluto del otro”.

Con estas herramientas en mente, la liminalidad y el disenso, resulta mucho más fácil realizar una mirada crítica a los textos periodísticos y desactivar los trampantojos que buscan envolvernos en su ficción de conflicto y falso progreso. Por ejemplo, la llamada celebración del 8 de marzo: ¿dónde podemos fijar los espacios-frontera donde encontramos ese disenso, el flujo de pareceres encontrados, el roce de posturas, vistos los conflictos que nos muestran hoy los medios? ¿En la censura por parte de Facebook de la promoción de un libro sobre masturbación femenina? (Sigo dándole vueltas a cómo la media-macho se ha apresurado a aprovechar la oportunidad de hablar del tema -mujer y cuerpo les pone siempre- y a las instancias que lo han ignorado) ¿En los textos y carteles machistas que se lanzan al ruedo público todos los años? ¿En el enésimo recuento de las violencias que no se atreve a exponer la violencia de las instrucciones de la feminidad (el “silencio administrativo” de la media acerca del régimen de la heterosexualidad también es graciosísimo)? ¿En los relatos de manifestaciones y reuniones de mujeres que claman por el aceptadísimo gap salarial? No parece que sean estos lugares de disenso sino de consenso general… Y, sin embargo, son los que llenan año tras año los contenidos de “celebración” del “Día de la Mujer”, sin apenas moverse un paso más allá ni acá. El 8 de marzo está más muerto que muerto, a efectos mediáticos. Es otro corta-pega más. Ha sido deglutido por el sistema de la misma manera que deglutió lo eco y deglutirá el animalismo: eliminando cualquier traza de subversión que implique cuestionar el régimen de poder y de representación. Seguimos enredadas en el cuerpo (qué bien le viene esto a todo el mundo), como si este no se hubiera disuelto ya en un continuo biológicamente diverso. Seguimos otorgando el estatus de la interlocución a los machistas, como si fuera ese camino ya trillado el único que quisiéramos o supiéramos andar. Usamos los medios como plataforma de queja, de exorcismo anual del malestar de las de siempre (entre las que me incluyo), hurtando ese espacio a la visibilidad de las mujeres en tierra de nadie: las viejas, las locas, las pobres, las prostitutas, las cuidadoras, las migrantes, las enfermas, las sin techo, las explotadas (¡arriba esas Kellys!)… Qué oportuno que los discursos del poder se afanen por convencernos de que nosotras también podemos “asaltar los cielos” (todos esos reportajes sobre mujeres ejecutivas y lideresas en el Ibex 35: basta ya), en vez de crear y narrar nuestro propio cielo sin necesidad de asaltos, techos, fronteras, muros, verjas.

Desalojar el disenso y ocultar los espacios de liminalidad (los márgenes) está hoy en la agenda de todos los medios de comunicación, necesitados como están de los clics de una mayoría que se busca a sí misma en los textos. Las víctimas y las representadas coinciden a mayor gloria de la caja mediática. Dice RancièreLo que sucede ahora en Europa –lo que llamamos un consenso– es que estamos configurando lo real extrañamente como algo de lo cual no se puede escapar. Todo es visible, claro y no se puede hacer otra cosa salvo lo que hacen nuestros gobiernos. Por supuesto, pienso que hay una lucha muy importante para romper con el monopolio de la descripción del mundo. Ciertamente la filosofía y el arte pueden funcionar en eso si la gente quiere usarlos para reconfigurar la inteligibilidad del mundo vivido. De todos modos, creo que deben ser modestos. Si quieren ser eficientes, los artistas y los filósofos deben ser conscientes de los límites de lo que pueden hacer”.