La fuga del feminismo

De repente, llegan hasta mí, percibo o deseo-imagino muchas señales que alumbran un camino de salida del feminismo como herramienta de futuro. Creo que ya es hora de incorporarlo como un lugar de deslumbramiento que ha producido todos los efectos que había de producir. Los textos feministas cambian, sin duda, la vida que se deja afectar, pero los recibo ya más como un trampolín que te propulsa hacia otro sitio que como una posición en la que quedarse. Ahora que la palabra patriarcado puede ser dicha en el telediario, debe existir otra frontera en la que las cosas no sean impulsadas por la máquina total. Las palabras todas del feminismo que circula hoy han sido ocupadas, vaciadas y desactivadas. No hay proyecto ni hay red, hay autosatisfacción y complacencia. El feminismo que ha superado el cambio de siglo no subvierte, sino que se ve obligado a reproducir para sobrevivir. ¿Qué ha pasado para que hablemos más de sororidad, un sentimiento de solidaridad que siempre ha existido en los barrios obreros y clases medias-bajas y bajas, que de sospecha, una herramienta mucho más necesaria para habitar hoy la realidad? ¿Por qué se está imponiendo de una manera tan cruda y sin apenas resistencia la agenda neoliberal del consumo y de los deseos en el programa feminista?

Todo esto pienso mientras veo esta portada, la de la revista feminista que Conde Nast, editora de “Vogue”, pone en la calle de cara al 8 de marzo. La máquina de la feminidad heterocapitalista es feminista. Claro que sí, guapis.

 

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Audrey Lorde

 

 

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“Las que estamos fuera del círculo de la definición que esta sociedad de mujeres aceptables; las que hemos sido forjadas en las encrucijadas de las diferencias, las que somos pobres, somos lesbianas, somos negras o somos más viejas, sabemos que la supervivencia no es una habilidad académica. Es aprender cómo estar en pie sola, impopular y a veces vilipendiada, y cómo hacer causa común con esa otra gente identificada como ajena a las estructuras, con el fin de definir y buscar un mundo en el que todas nosotras podamos prosperar. Es aprender cómo coger nuestras diferencias y convertirlas en potencias. Porque las herramientas del amo no desmantelarán nunca la casa del amo. No permitirán ganarle provisionalmente a su propio juego, pero jamás nos permitirán provocar auténtico cambio. Y este hecho sólo resulta amenazador para esas mujeres que todavía definen la casa del amo como su única fuente de apoyo”.

 

Autocensura

Hace algunos meses, durante la gira de presentación de las primeras memorias de Juan Luis Cebrián, indignó mucho su alusión a la autocensura de los periodistas como uno de los motivos que podrían explicar que “El País” no publique noticias que tienen que ver con anunciantes, propietarios o afines. Leo ahora que acaban de despedir a una periodista de Internacional, Lara Otero, que parece que no se autocensuraba en las asambleas, así que no parece demasiado honesto cargar la responsabilidad de lo que se publica en la tropa en vez de en los generales… En fin. El último “Informe anual de la Profesión Periodística 2016” de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) revela que el 74,8 por ciento de los periodistas cede a las presiones ante el “miedo” y las “represalias” a ser despedido o relegado en la asignación de trabajos, principalmente los autónomos, y un 57,2 % de los profesionales de los medios reconoce que se autocensura.

Hoy escribo un texto sobre las fundaciones de arte de las grandes corporaciones del lujo desde la autocensura. El periodismo queda en manos de los artistas. Esta obra es de Lucie Fontaine.

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El feminismo institucional se autodestruirá en 3, 2, 1…

Los libros de las maestras se han quedado mudos. Ellas mismas son zombies que hablan de un mundo que otras no reconocemos ya. Imposible reconciliar las posiciones políticas radicalmente anticapitalistas con su defensa de las democracias liberales que nos explotan. Complicado concederle voz a mujeres de otros lugares de la tierra desde la posición enunciadora que ellas ocupan.

Lo que se está gestando ya no tiene que ver ni con matar al padre ni con matar a la madre. Es una superación. Abolir el pensamiento abismal es mucho más que un genericidio, aunque tal abolición haya comenzado por los géneros. El reto está en convertirse en el otro, fundirse en el otro, ser el otro hasta que desaparezca tal. No hay el otro. No hay lo otro. Todo es uno.

Sirin Adlbi Sibai se ha atrevido a titular su libro “La cárcel del feminismo” porque el feminismo, tal y como pretenden seguir planteándolo las maestras que ocupan las cátedras y los despachos universitarios, es percibido como uno de los lugares de privilegio en los que construye la categoría “otra”. Renunciar a la categoría “otra” no es simplemente una operación retórica que alegremente nos abre una nueva temática para abrevar nuestro pensamiento. No es una ocupación de una posición y una apropiación de una voz. Es una operación material y política que empieza, a este lado, por dar un paso atrás.

Los medios que no amaban a las mujeres

De mucho tiempo a esta parte, no hay semana en el que un medio de comunicación no nos rompa el corazón. Lo leo en las redes y en las concentraciones, donde cientos de mujeres se duelen cuando se les clavan las flechas de esos titulares y esos textos escritos desde la mecánica inútil de un relato agotado. Casi 30 años después de que la prensa empezara a reflejar en sus páginas el asesinato de las mujeres por el hecho de serlo, las noticias sobre violencia machista se han convertido en un trámite, historias intercambiables sin un ápice de humanidad, política y contexto. Se ha robotizado tanto la narración del terrorismo de género, existe tanto rechazo y miedo a nombrar el privilegio estructural en el que se basa nuestro dolor, que más que noticias parece que nos cuentan plantillas prediseñadas, fórmulas preadmitidas en las que sólo hay que cambiar nombre, lugar y método.

Esos medios que nos duelen, los que todavía seguimos comprando y sintonizando, los medios en los que muchas periodistas feministas aún trabajamos, son los que escriben que las mujeres no son asesinadas, sino que mueren. Los que citan a una vecina que asegura que el asesino “era un hombre educado y normal”. Los que confirman, o no confirman, si ha habido denuncia previa a la agresión, con o sin muerte. Los que alimentan sus cámaras con los restos de la rabia y el dolor de la pérdida. Los que se regodean en los detalles macabros. Los que concitan a abogados que escenifiquen una siniestra pelea de gallos. Los que clonan una y otra vez el mismo relato de muerte, normalizando narrativamente el espanto y escamoteando el análisis estructural de una sociedad en la que habitan tantas muertes. Los que aún se atreven, qué desfachatez, a hablar de amor o de arrebatos de pasión.

Todo esto que hacen nuestros medios forma parte de la estructura que permite la existencia de lo que la antropóloga argentina Rita Segato ha bautizado como “pedagogía de la crueldad”: la exposición pública y pedagógica del mandato de masculinidad que obliga al hombre a mostrar a los otros hombres que es merecedor de su posición masculina. Es la consecución de la masculinidad la que, según esta autora, explica todas las violencias que los hombres inscriben en el cuerpo de las mujeres, desde el asesinato hasta la violación o el sometimiento psicológico. Los medios, al escamotear el análisis, impiden que el reconocimiento de causas y consecuencias pueda llevarnos a una hipotética sanación. Más aún: al desconectar unas muertes de otras y presentarlas como meros sucesos, obra de hombres que han perdido por un instante la razón, nos impiden pensarlas. Nuestros medios participan de la violencia, la reproducen en su universo simbólico y contribuyen a extenderla. Son, como la sociedad misma, violentos. En recientes palabras de Segato:

“¿Por qué a pesar del accionar de las instituciones, la promulgación de leyes y el habernos dotado de un vocabulario, la violencia no tiene fin? Parece que no se supera con los clásicos clichés, llamándola crímenes de odio o hablando de morir por el hecho de ser mujeres. El tema no se agota nombrándolo. Repetimos burocráticamente conceptos y definiciones, pero no hemos salido del lugar”.

Aún señala esta visionaria antropóloga otro efecto nocivo de los medios en este asunto de la violenta distribución de poder de nuestra sociedad: el refuerzo masivo de cierta configuración de la mujer como víctima y del hombre como victimario. En su definición, “el eje vertical de la violencia”. La réplica incesante de estos relatos en los que la mujer ocupa invariablemente el papel de víctima (apenas si conocemos lo que pasa con las mujeres maltratadas y violadas, cómo se reincorporan a la vida, su resiliencia y capacidad para sobreponerse) redunda en la ‘guetificación’ del problema. “Pensamos que la violencia es una problema de las mujeres, pero en realidad nos habla a toda la sociedad”, explica Segato. “Aceptar la expulsión de todo lo que le pasa a las mujeres, que se convierta en un tema minoritario, impide entender que ahí hay luz para entender la época, la civilización, la sociedad, la economía y, inclusive, la marcha del capital”.

Tengo la sensación de que nos hemos convertido en una sociedad que solo denuncia la violencia contra las mujeres ante la cámara y cuando están muertas”, se lamentaba la periodista Mónica Planas en las jornadas “Información y Violencia Machista” que se celebraron en el Auditorio de Zaragoza el pasado octubre. Tiene razón. Sólo ante la mujer muerta o muy malherida, los medios interpretan un falso rito de duelo que ni cala más allá del morbo ni tiene otro objetivo que cubrir un expediente y descargar de responsabilidad. No vemos, escuchamos o leemos relatos sobre condenas ridículas, juzgados que niegan protección, custodias compartidas concedidas a maltratadores, nada que pueda hacer luz sobre el status quo que facilita la reproducción de esta violencia. Si la mujer no está ya fehacientemente muerta, sino que ha sido violada, abusada o es víctima de trata, es sometida a un juicio sumarísimo y a un escrutinio de su vida que dirima si puede ser culpabilizada por no someterse al mandato de su propio género. Esta también es otra pedagogía, esta vez dirigida a nosotras, que nos enseña a tener miedo, a no disponer de la libertad que nos asegura la Constitución, si no queremos sufrir la violencia que nos destina salir del papel marcado. ¿Y del violento? Ni palabra. Nada solemos saber sobre el asesino, el maltratador, el proxeneta, el traficante o el putero.

Más del 90% de la población sabe de violencia de género por la televisión, precisamente el medio que más burdamente trata la violencia de los hombres contra las mujeres. El Consejo Audiovisual de Andalucía, autor de la más reciente guía para el tratamiento periodístico de la violencia machista, tras estudiar los casos de “Espejo público” y “El programa de Ana Rosa”, hubo de pedirles no ya que emplearan el rigor que identifica un tratamiento periodístico digno, sino que desistieran de tratar estas temáticas. “Han llegado a hacer hasta juicios paralelos”, explica Carmen Fernández, presidenta de la Comisión de Contenidos del CAA. Incumplen el derecho a la intimidad, vulneran la protección a menores, lanzan rumores y lo tiñen todo de un tufo sensacionalista”. En la guía con el mismo propósito que ha editado también este año Apramp (Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención de Mujeres Prostituidas), las trabajadoras sociales, educadoras y psicólogas que trabajan sobre el terreno se ven en la tesitura de pedir a los periodistas lo impensable: que no pregunten a las mujeres víctimas de trata si las han violado o cuántos clientes habían de atender al día.

Pone los pelos de punta pensar que los periodistas, ante una mujer esclavizada, no vemos una víctima a la que proteger, sino una posibilidad para exponer morbosamente su trauma. Lo cierto es que el retrato de la profesión que se extrae de estos textos no resulta precisamente agradable. Un oficio que se construyó sobre la comunicación y la empatía aparece, por mor de una feroz mercantilización, totalmente deshumanizado. Roto. Me pregunto hasta cuándo seguiremos comprando, escuchando, sintonizando estos medios que no aman a las mujeres. Y confío en que ya estén con nosotras las generaciones de mujeres y hombres que apagan la tele tóxica, descartan los periódicos que no las retratan paritaria y justamente y evitan el sensacionalismo web. Niñas y niños a los que les debemos una ya imprescindible educación mediática que les permita transitar por el mar de medios que tratará de condicionar sus valores, ideas y decisiones. Jóvenes que, quizá, escriban algún día los periódicos que nosotras aún no hemos podido escribir.

Lo político es personal

Llevo meses dándole vueltas al aserto de Kate Millet (en Sexual Politics, 1970), el que llevó al debate político temas supuestamente íntimos como el cuidado, las costumbres sexuales o las tareas domésticas, resituándolos como espacios en los que se expresan relaciones de dominio, espacios de sometimiento para las mujeres. Ahora que se comienza a desdibujar este mapa de poder, con nuevas generaciones de mujeres y hombres compartiendo tareas, fluyendo entre prácticas sexuales y relacionándose con el afecto sin tantas reglas ni tensiones, siento la urgencia de voltear el mantra e insistir en que lo político es personal, es identidad, es ética, es dignidad.

No hay nada más personal que lo político. Es la piel bajo la que bombea el corazón, es la materia de la que está hecho cada horizonte y posiblemente sea también el propio destino. Lo político expresa el amor que uno tiene para sí y para los otros, la confianza que ha sabido darse o le han dado y la que merece de otros. La generosidad, la bondad y el miedo son métricas de lo político. Nadie puede esconderse de lo político, porque hasta esconderse políticamente es propio de una determinada configuración personal. El alma no está en los ojos ni en la glándula pineal, sino en el impulso político expresado en la anchura que le damos a la vida.

De vez en cuando, lo político toma la forma de voto. Y es un privilegio que esto suceda, porque significa que quien vota ejerce su ser político sin miedo, sin manipulaciones ni cálculos. Imposible saber cuántos se expresaron a través del miedo en Weimar y cuántos mostraron el monstruo político que les habitaba. ¿Va antes el miedo o el fascismo? Alguno ya predice que el temor es hoy síntoma prefascista: primero te inoculan el virus y luego, tú mismo lo exorcizas en la carne de los demás. En todo caso, lo político termina siendo muy muy personal, y el voto, un retrato fotográfico del alma. Cuanto más miro el mapa de los votos, ese gran manchurrón azul, más me digo: qué negra tenemos el alma en España, qué negra y qué pobre, qué mal nos han traído al mundo y qué poco hemos sabido entenderlo.

En plena emergencia social, con sanidad y educación desmantelándose, con el terror neoliberal del TTIP encima y un mercado laboral que ya sólo admite esclavos, muchos se refocilaron en su autosatisfacción en vez de sentir la necesidad de los otros. Mi sillón, mi día de piscina, mi ideología, mi rechazo hacia tal o cual candidato, mi enchufe debido, mi vagancia, mi pose… Toda la gama de posibilidades, desde el desprecio, la indiferencia y la dejadez hasta los variados grados de psicopatía, aparecen impresionados en el voto. Qué poco hay más personal que un voto. Apenas nada que hable mejor del tipo de mundo que cree habitar cada uno: una selva en el que los más grandes se comen a los más pequeños o un lugar en el que la prioridad de los fuertes es cuidar de los vulnerables.

Es muy triste el alma del que no sabe cuidar del otro, cuánta emoción, cuánta intensidad, cuánta vida se pierde. Los votos del miedo a perder y de la desesperación por conservar son, para mí, una expresión exacta de qué es quién. Acaso lo político no sea sólo personal sino lo único que ha de contabilizarse como realmente personal. ¿Y el miedo, el miedo que dicen que tenemos? Maquillaje. Camuflaje. Vergüenza.