Categoría: Pensamiento

Audrey Lorde

 

 

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“Las que estamos fuera del círculo de la definición que esta sociedad de mujeres aceptables; las que hemos sido forjadas en las encrucijadas de las diferencias, las que somos pobres, somos lesbianas, somos negras o somos más viejas, sabemos que la supervivencia no es una habilidad académica. Es aprender cómo estar en pie sola, impopular y a veces vilipendiada, y cómo hacer causa común con esa otra gente identificada como ajena a las estructuras, con el fin de definir y buscar un mundo en el que todas nosotras podamos prosperar. Es aprender cómo coger nuestras diferencias y convertirlas en potencias. Porque las herramientas del amo no desmantelarán nunca la casa del amo. No permitirán ganarle provisionalmente a su propio juego, pero jamás nos permitirán provocar auténtico cambio. Y este hecho sólo resulta amenazador para esas mujeres que todavía definen la casa del amo como su única fuente de apoyo”.

 

El feminismo institucional se autodestruirá en 3, 2, 1…

Los libros de las maestras se han quedado mudos. Ellas mismas son zombies que hablan de un mundo que otras no reconocemos ya. Imposible reconciliar las posiciones políticas radicalmente anticapitalistas con su defensa de las democracias liberales que nos explotan. Complicado concederle voz a mujeres de otros lugares de la tierra desde la posición enunciadora que ellas ocupan.

Lo que se está gestando ya no tiene que ver ni con matar al padre ni con matar a la madre. Es una superación. Abolir el pensamiento abismal es mucho más que un genericidio, aunque tal abolición haya comenzado por los géneros. El reto está en convertirse en el otro, fundirse en el otro, ser el otro hasta que desaparezca tal. No hay el otro. No hay lo otro. Todo es uno.

Sirin Adlbi Sibai se ha atrevido a titular su libro “La cárcel del feminismo” porque el feminismo, tal y como pretenden seguir planteándolo las maestras que ocupan las cátedras y los despachos universitarios, es percibido como uno de los lugares de privilegio en los que construye la categoría “otra”. Renunciar a la categoría “otra” no es simplemente una operación retórica que alegremente nos abre una nueva temática para abrevar nuestro pensamiento. No es una ocupación de una posición y una apropiación de una voz. Es una operación material y política que empieza, a este lado, por dar un paso atrás.

El día de la marmota del 8 de marzo y otros fantasmas

Estoy preocupada por mi posición. Es una preocupación insidiosa que me lleva a la duda constante sobre lo que percibo y pienso y, como consecuencia, a cierta parálisis. Dudar es un artículo de lujo en mi profesión. Una periodista no cree en dudar, cree en que las herramientas que le han enseñado a usar producen verdad, objetividad o, en el peor de los casos, la mejor versión de la realidad. La consistencia, el rigor y la fiabilidad de los textos periodísticos dependen exclusivamente del convencimiento que la periodista tenga en que todo eso es posible. Al otro lado, la gente lo que quiere son certezas. La utilidad de los medios de comunicación, lejos de la clásica función de perro del poder, es reforzar lo que los lectores ya saben y reproducir el orden social ad infinitum.

Me reafirmo en la pobreza de mi filtro en una conversación reciente que mantengo con un amigo estimado. Hablamos del Ayuntamiento de Madrid y de sus políticas culturales, un ente al que en principio supongo el aura benéfica del que usa la retórica política que asegura devolver la cultura a la ciudadanía. Mi visión ciertamente burguesa de todo el asunto pinta de bonitos colores iniciativas como Patio Maravillas o librerías como Traficantes de Sueños, dos espacios de los que salen (por lo visto) muchas personas que hoy tienen voz a la hora de impulsar la vida cultural de Madrid desde su ayuntamiento. Mi estimado amigo, proletario cultural y cada vez más pobre, me abre los ojos a otro cuadro: el de la imposición de un concepto de “cultura” que proviene exclusivamente de universitarios con posibles, con toda la carga que ese sesgo conlleva. En los barrios, las asociaciones caen como moscas porque el Ayuntamiento de Carmena exige el pago de licencias, impuestos y tasas varias. No sólo el contenido de la cultura está en entredicho (es cultura cualquier libro impreso pero no lo es una charla de autoayuda, de cocina o macramé), sino también la posibilidad de que suceda al margen de la clase social designada para ello. La apuesta cultural de las élites progres pasa por el producto cool listo para ser deglutido por el mercado y las redes, no por una cultura que se manifiesta como red de sujeción y relación de afectos. Sometida al control administrativo, no se protege la cultura que no pasa por caja ni es detentada por los que pueden. De hecho, cuanto más pobre es un trabajador de la cultura, menos posibilidades tiene de que se escuche su discurso dentro del sistema. La condición de supervivencia en la pobreza de un proletario cultural es, precisamente, abandonar el territorio de privilegio que es la cultura.

Qué paradójica y perversa es la situación de las clases medias empobrecidas durante esta crisis: aunque hoy soy una trabajadora pobre de la cultura, con ingresos que no llegan al salario mínimo ni me permiten prescindir de la ayuda familiar, mi educación en el privilegio sólo me hace notar la injusticia de mi propia situación y me impide cuestionar la injusticia del sistema mismo. Soy una ciudadana políticamente desactivada, incapaz de percibir otra demanda que no sea la de recuperar el propio estatus. Qué bien le viene al mercado que sólo se cuestione la sobrevenida austeridad que nos impone y no su funcionamiento mismo. Paradoja añadida: qué fácil es ser vegetariano, animalista, pacifista, y qué difícil es practicar la no violencia (simbólica) cuando no has sabido o podido educarte para comprender la realidad desde una mirada que no sea la tuya. Es en este sentido que la teoría feminista es liberadora: posee las técnicas y herramientas precisas para que percibamos racional y sentimentalmente tanto el sometimiento que invisibiliza el sistema como el privilegio que nos mantiene sobre otros.

Por esta y otras recientes buenas conversaciones, y por la TFM que escribo sobre el asunto, cuestiono constantemente la manera en que me informo y trabajo. En las redes, recibo información filtrada por mí o para mí. En los textos, me sirvo de las opiniones expertas y los libros que he seleccionado yo misma. ¿Cómo no va a resultar miope todo lo que escribo si yo misma lo soy? Encuentro que mi práctica profesional ha estado dirigida por la tendencia mental a cobijarse en las ideas que nos refuerzan y desechar las que nos retan: la realidad, explicada para unas pocas como yo. Estas dudas sobre el propio filtro se suman a ciertas condiciones que dificultan aún más la tarea de construir un relato más o menos justo sobre los acontecimientos. Por un lado, resulta cada vez más complejo desentrañar las líneas-fuerza mediante las que el poder nos doblega: la red de intereses al fondo del cuadro resulta invisible o se invisibiliza. Además, nuestro interlocutor, el-otro-lector, ya no es una como una misma, sino que se ha convertido en un ente diverso y multifacético, aunque las instancias de representación no quieran aún enterarse de ello. Por otro, cada vez es más raro que los periodistas salgamos de la redacción o de la habitación para escribir nuestros textos. Nos falta el input de la realidad, lo resolvemos todo por teléfono, por mail o por Skype. En la calle, el azar se encarga de romper los márgenes del propio filtro y deja pasar la mirada del vecino, el policía o una que pasaba por allí. Cocinados desde la mesa, los textos terminan tan filtrados que apenas llegan a sucedáneo insípido: todos decimos lo mismo todo el rato. En los peores casos no se trata ya de encontrarse las mismas ideas y opiniones una y otra vez, sino de leer directamente traducciones de artículos cocinados en otros medios. Todos los días leo en las webs españolas de información artículos de The Guardian, Independent, New York Times, The Atlantic, Salon y similares.

“La filosofía es una lucha contra el embrujamiento de nuestra inteligencia mediante el uso del lenguaje”, escribió Wittgenstein. Viene al caso porque quería escribir no sobre mi frustración profesional sino acerca de dos conceptos manejados por filósofos contemporáneos que me han servido para poner un poco de distancia crítica tanto en mi consumo de medios como con mi práctica periodística. Me han ayudado, por así decirlo, a desencantarme de los textos (los que vendo y los que me vendo) y a verles las trampas. Son fallas, grietas o, directamente, agujeros negros, que tienen que ver con la creciente polarización y fomento del conflicto por parte de los medios para vender más. El falso enfrentamiento y la viralidad que este produce hacen creer al público que se les presenta un dilema, cuando en realidad no existe tal. Un buen ejemplo son los distintos “escándalos” que jalonan la gestión de la concejalía de cultura madrileña (de los Reyes Magos a los titiriteros), oportunos trampantojos de una discusión mediática acerca del elitismo con piel de oveja de su pensar general. En el estudio “Manufactoring Conflic? How Journalists Intervene in the Conflict Frame Building Process”, realizado por Guus Bartholomé, Sophie Lecheler y Claes de Vreese, de la Universidad de Holanda, se confirma el papel de los periodistas como perpetradores necesarios de esta ficción de guerra sorda que, en realidad, eclipsa la auténtica guerra que se libra en otros lugares. Los periodistas preferimos el cómodo ejercicio de comentar la retórica de los políticos y los movimientos partidistas, tan proclive a los clics del público, que poner el foco en los asuntos y espacios donde se producen los roces y han de intercambiarse necesariamente ideas y valores.

El primero de estos conceptos que pueden ayudar a desbrozar la maraña de intereses en los textos periodísticos es “liminalidad”, un término que no había leído en mi vida y que me llegó primero desde la teoría poscolonial y luego desde la antropología cultural. En definición no especializada, significa “umbral”, viene del latín “limen” (¿amalgama? ¿membrana?) y evoca la ambigüedad, la desorientación, la indeterminación. El diccionario antropológico lo presenta como “el estado ambiguo del ser entre estados de ser”. Es interesante saber de la génesis académica de esta palabra para darse cuen de cómo avanza la ciencia social, cómo los nuevos investigadores retoman o reformulan o emprenden a partir de sus maestros (cómo me cuesta, acostumbrada a valerme de lo último que pillo, entrar por este aro de leer la tradición). El inventor de “liminalidad” fue el etnógrafo de origen alemán fundador de la etnografía francesa Arnold van Gennep (1873-1957). En su libro más famoso, “Los ritos de paso” (1909), señalaba las tres fases que caracterizan cualquier rito de este tipo, preliminal, liminal y postliminal, en un proceso de reajuste imbricado en el corazón del cambio social de cualquier grupo humano. Van Gennep incidía en que el progreso de un iniciado de un estatus a otro gracias a un rito de paso no es abrupto, sino que requiere de ese intermedio que llama “liminalidad”.

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Víctor Turner (1920-1983), un antropólogo escocés que estudió los ritos de la tribu ndembu de Zambia, retomó este concepto de “liminal” en su libro “El proceso ritual” (1967). Turner aseveró que el estado liminal no era simplemente un momento crepuscular en las transformaciones rituales, sino también un periodo de poder especial y peligroso, que tenía que ser restringido y canalizado para proteger el orden social. En esta fase, el sujeto (imaginemos a un futuro jefe de la tribu que va a ser instituido como tal) es marginado del grupo y despojado de los atributos de su posición primigenia, sin llegar aún a poseer los que le corresponden como jefe. Estamos en una especie de limbo en el que no funcionan las leyes, las costumbres, las convenciones o el ceremonial. Lo habitual es que las personas en este estado sean despojados de vestimenta para mostrar su humildad y ausencia de estatus, propiedad o rol y se comporten de manera pasiva a la hora de aceptar cualquier castigo, al que se someten sin queja. Han de ser reducidos a una especie de uniformidad para ser a continuación revestidos de sus nuevos poderes. Estamos fuera del tiempo y fuera de la estructura social: en la frontera.

[Por cierto: si alguna jubilada del sistema productivo como yo está leyendo estas líneas, le recomiendo el capítulo que adjunto a continuación del libro de Turner sobre los símbolos. Su análisis del rito al que se somete a las jóvenes casaderas ndembu muestra la extraordinaria riqueza simbólica de la cultura de esta tribu de Zambia: es una belleza. Te hace dudar muy mucho de la supuesta superioridad cultural con la que hoy se comporta la tribu occidental. Aquí va el link.

Vuelvo a encontrarme con la liminalidad en los textos de Homi Bhabha, figura central de la crítica poscolonial junto con Edward Said y Gayatri Spivak y autor en los 90 de “El lugar de la cultura” y “Narrando la nación”. Bhabha y sus colegas tratan de deconstruir las formas textuales mediante las que se lee al otro colonial, al salvaje, al aborigen, al indio, al negro. Se preguntan cómo se produce el conocimiento sobre estos seres humanos etiquetados como distintos, para desvelar las historias distorsionadas que circulan como Historia y poner sobre la mesa su trascendencia a la hora de configurar saberes académicos que circulan en un solo sentido: del centro a la periferia, sin camino de vuelta. Hoy no se puede entender la realidad ni la producción cultural ni artística sin mínimas nociones de teoría poscolonial. Por suerte, las tesis que deambulan por internet nos permiten enterarnos de estos asuntos en una extensión y lenguaje asequibles. En “Multiculturalismo y crítica poscolonial: la diáspora artística latinoamericana 1990-2000”, de Elizabeth Marín Hernández, doctoranda de la Universidad de Barcelona, encontramos un capítulo que puede servir para iniciarse en los misterios de la mirada poscolonial. Este es el link

Bhabha elabora varios conceptos críticos a la hora de desentrañar el discurso colonial: la ambivalencia, el estereotipo como fetiche, el mimetismo y la hibridación. La hibridación es el resultado de la constante negociación de valores que se produce en los lugares de frontera. No hay, por tanto, esencias puras, sino un proceso constante de llegar a ser. A los críticos de la teoría poscolonial les interesa mucho este espacio liminal, estos “in between’ donde colono y colonizado negocian constantemente sus posiciones e identidades: si los estudios culturales ‘imperiales’ colocaban el corazón de una comunidad, el lugar de sus esencias identitarias, en el centro del territorio, Bhabha los descentra hacia los márgenes, pues es allí donde esas esencias son retadas, mordidas, cuestionadas y subastadas en las interacciones entre comunidades distintas. La nación y la identidad se elabora en espacios liminales, en las fronteras, en lo indeterminado. Allí están cobrándose los sentidos y alcanzándose los significados.

Al concepto de liminalidad como lugar peligroso y fronterizo, un lugar periférico y poco presente en los textos, quiero sumarle la defensa del disenso que hace el filósofo Jacques Rancière (Argel, 1940), del que he leído “El viraje ético de la estética y la política”. Se trata de una conferencia dictada en 2005 en la Universidad de Artes y Ciencias Sociales de Santiago de Chile, en la que el autor desvela la función de la ética como práctica aniquiladora del disenso, de la discusión de pareceres y de la convivencia con la diversidad. La ética no como juicio moral sobre las operaciones del arte o las acciones de la política, sino como lejía que borra la distinción entre el ser y el deber ser, entre el hecho y el derecho. El consenso que busca la “comunidad política despolitizada” no deja espacio para los otros e identifica disenso con violencia, razón que justifica el uso de otra violencia mayor, estatal, justificada por la ética del consenso. En su análisis, esta ética perversa del consenso se manifiesta en dos formas aún inexpugnables en la conversación de los medios: el humanitarismo y la “justicia infinita” que lucha contra el terrorismo. El viraje ético no sólo es el apaciguamiento del disenso en el orden consensual, sino la demonización de dichos disensos.

La comunidad política es, así, tendencialmente transformada en comunidad ética, es decir, en comunidad de un solo pueblo, donde todo el mundo supuestamente cuenta. Esta cuenta choca solamente con un resto problemático, al que denomina excluido. Pero hay dos maneras de plantear la exclusión misma. En la comunidad política, el excluido es un actor conflictivo, que se hace incluir como sujeto suplementario, portador de un derecho no reconocido o testigo de la injusticia del derecho existente. En cambio, en la comunidad ética, este suplemento ya no tiene lugar de ser, porque todo el mundo esta incluido. El excluido, entonces, no tiene estatuto. Por un lado, es simplemente el enfermo, el retardado, a quien la comunidad debe tender una mano que lo socorre. Por otro lado, se convierte en el otro radical, aquel que nada separa de la comunidad, salvo el simple hecho de ser extranjero en ella, y que por tanto la amenaza al mismo tiempo en cada uno de nosotros. La comunidad nacional despolitizada se constituye, entonces, en la duplicidad entre el servicio social de proximidad y el rechazo absoluto del otro”.

Con estas herramientas en mente, la liminalidad y el disenso, resulta mucho más fácil realizar una mirada crítica a los textos periodísticos y desactivar los trampantojos que buscan envolvernos en su ficción de conflicto y falso progreso. Por ejemplo, la llamada celebración del 8 de marzo: ¿dónde podemos fijar los espacios-frontera donde encontramos ese disenso, el flujo de pareceres encontrados, el roce de posturas, vistos los conflictos que nos muestran hoy los medios? ¿En la censura por parte de Facebook de la promoción de un libro sobre masturbación femenina? (Sigo dándole vueltas a cómo la media-macho se ha apresurado a aprovechar la oportunidad de hablar del tema -mujer y cuerpo les pone siempre- y a las instancias que lo han ignorado) ¿En los textos y carteles machistas que se lanzan al ruedo público todos los años? ¿En el enésimo recuento de las violencias que no se atreve a exponer la violencia de las instrucciones de la feminidad (el “silencio administrativo” de la media acerca del régimen de la heterosexualidad también es graciosísimo)? ¿En los relatos de manifestaciones y reuniones de mujeres que claman por el aceptadísimo gap salarial? No parece que sean estos lugares de disenso sino de consenso general… Y, sin embargo, son los que llenan año tras año los contenidos de “celebración” del “Día de la Mujer”, sin apenas moverse un paso más allá ni acá. El 8 de marzo está más muerto que muerto, a efectos mediáticos. Es otro corta-pega más. Ha sido deglutido por el sistema de la misma manera que deglutió lo eco y deglutirá el animalismo: eliminando cualquier traza de subversión que implique cuestionar el régimen de poder y de representación. Seguimos enredadas en el cuerpo (qué bien le viene esto a todo el mundo), como si este no se hubiera disuelto ya en un continuo biológicamente diverso. Seguimos otorgando el estatus de la interlocución a los machistas, como si fuera ese camino ya trillado el único que quisiéramos o supiéramos andar. Usamos los medios como plataforma de queja, de exorcismo anual del malestar de las de siempre (entre las que me incluyo), hurtando ese espacio a la visibilidad de las mujeres en tierra de nadie: las viejas, las locas, las pobres, las prostitutas, las cuidadoras, las migrantes, las enfermas, las sin techo, las explotadas (¡arriba esas Kellys!)… Qué oportuno que los discursos del poder se afanen por convencernos de que nosotras también podemos “asaltar los cielos” (todos esos reportajes sobre mujeres ejecutivas y lideresas en el Ibex 35: basta ya), en vez de crear y narrar nuestro propio cielo sin necesidad de asaltos, techos, fronteras, muros, verjas.

Desalojar el disenso y ocultar los espacios de liminalidad (los márgenes) está hoy en la agenda de todos los medios de comunicación, necesitados como están de los clics de una mayoría que se busca a sí misma en los textos. Las víctimas y las representadas coinciden a mayor gloria de la caja mediática. Dice RancièreLo que sucede ahora en Europa –lo que llamamos un consenso– es que estamos configurando lo real extrañamente como algo de lo cual no se puede escapar. Todo es visible, claro y no se puede hacer otra cosa salvo lo que hacen nuestros gobiernos. Por supuesto, pienso que hay una lucha muy importante para romper con el monopolio de la descripción del mundo. Ciertamente la filosofía y el arte pueden funcionar en eso si la gente quiere usarlos para reconfigurar la inteligibilidad del mundo vivido. De todos modos, creo que deben ser modestos. Si quieren ser eficientes, los artistas y los filósofos deben ser conscientes de los límites de lo que pueden hacer”.

 

 

Un concepto en construcción: Genocidio de género

Leo en este artículo, interesantísimo, necesario, cambia conciencias, que se está cociendo un concepto que tendría que tener consecuencias jurídicas a nivel internacional, si viviéramos en una sociedad a la que le interesara el futuro. Es la extensión decisiva del feminicidio hacia el genocidio de género. ¿Están exterminando a las mujeres en ciertas zonas del mundo? Quien lo está pensando es la investigadora argentina Rita Segato, autora “Las estructuras elementales de la violencia”, doctora en Antropología, nacida en Argentina y profesora del Departamento de Antropología de la Universidad de Brasilia. Destaco aquí las conclusiones del artículo, que es escalofriante.

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La violación como manifestación de la nación: no volverás a decir ‘madre patria’ jamás

Hoy, Alfonso Muro me enviaba este extracto de mi libro de cabecera La mano izquierda de la oscuridad (Ursula K. Le Guin) con el comentario: “Me encanta cómo la Le Guin hila machismo, violación y guerra”. No deja de sorprenderme que tenga que ser precisamente en un relato fantástico donde encontremos expresada la relación directa que existe entre androcentrismo y violencia, y sugerida tan abiertamente la solución a los conflictos que tantas vidas cuestan: romper con el paradigma de la masculinidad y terminar con la desigualdad primigenia entre los géneros. No es fácil expresar ideas así fuera del ámbito académico. De hecho, apenas sí se escribe en textos literarios o medios de comunicación sobre la gran falla por la que que nuestro modelo social hace inevitablemente aguas. ¡No sabéis lo que alucino con que ideas que circulan desde hace tiempo en el ámbito de la investigación social no logren salir de ese gueto! ¿Quién ha decidido que no estamos capacitados para entenderlas, que no nos interesan o que son intrascendentes para nuestra vida? ¿De verdad tiene la culpa de todo Paolo Vasile?

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En una serendipia fantástica, mientras Alfonso me enviaba esa foto me encontraba yo contándole a mis compañeros de máster el contenido de un artículo titulado “La Madre Patria: de las metáforas nacionalistas a la violación como crimen de guerra”, de Belén Martín Lucas. Jamás hubiera sospechado yo la peligrosa ideología que se esconde tras una imagen supuestamente benéfica como la de “la madre patria”, una expresión que yo he misma he usado cienes de veces, aunque casi siempre con ironía. Ahora sé exactamente qué quería decir Virginia Woolf cuando, en Tres Guineas, declaraba que las mujeres no tenemos país ni patria. A ver si logro explicarlo como se merece. Todo empieza con la construcción de las naciones, el invento político que aún nos ordena.

Con un pensamiento pobre (no existe un Hobbes o un Tocqueville del nacionalismo), una historia corta (pese a la ficción de remontarse a tiempos legendarios) y cierta inevitabilidad universal (todo el mundo ha de tener una), la nación surge como una comunidad (en el sentido de fraternidad, de hermanos que matan y mueren los unos por los otros) política imaginada (lo de las identidades nacionales homogéneas no se sostiene en ningún análisis serio), limitada (las fronteras nos separan a ‘nosotros’ de ‘ellos’) y soberana (sustituyendo a las monarquías dinásticas que la Ilustración se llevó por delante). Da pena sólo escribirlo. La nación reproduce, además, a la familia patriarcal, en la que el hombre es la razón y la mujer, la naturaleza que ha de ser controlada por este. El hombre para cada mujer y la nación para todas las mujeres ha de controlar el cuerpo femenino porque es el único capaz de producir más nacionalistas: sin mujeres que den a luz no hay nación. Las medidas de natalidad, las leyes del aborto, el acceso a la contracepción están en manos del Estado-nación. De la misma manera, es el matrimonio heterosexual la única manera de relación que interesa la nación como la célula no sólo de producción de nuevos nacionalistas, sino de reproducción gracias a su papel de cuidadoras y educadoras del pensamiento nacional y de género. Así, “la santa”, “el ángel del hogar” o “el reposo del guerrero” se convierten, en el universo de la nación, en “la madre patria”.

Las alegorías de las naciones que utilizan el cuerpo femenino en edad fértil no tienen fin: Britannia (Gran Bretaña), Marianne (Francia), Hibernia (Irlanda)… Este constante recurrir al cuerpo femenino para referirse a la nación es perverso: al imaginar la tierra como una mujer la colocamos en la posición de ser explorada, cultivada, quemada, rescatada o penetrada (metáforas todas presentes en los discursos nacionalistas), una maniobra que resulta lógico si tenemos presente esa big picture en la que las mujeres son concebidas como propiedad del hombre. De hecho, la cuestión de la mujer, la cuestión de la relación entre las mujeres y los hombres, es el fundamento mismo del nacionalismo. “Los principios retóricos y de organización más básicos de la nación son tropos y expresiones de poder de género”, dice Mary Layoun. Así, la figura de la madre se convierte en el lugar donde se expresan los valores culturales y raciales de la nación, el orgullo nacional y la pureza. La madre es la nación. Las mujeres solteras no son valiosas, sino putas o no-válidas para el proyecto nacional. La madre es la patria. La mujer no sólo está un escalón por debajo de su marido en el orden familiar, al figurar bajo su tutela como su propiedad y ejercer de depositaria del honor familiar. Es que tampoco adquiere totalmente la categoría de ser humano en el orden social y político, ya que su papel como símbolo de la nación reafirma su cosificación, su instrumentalización al servicio del nacionalismo. Para decirlo más directamente: cada vez que un soldado viola a una mujer, no está violando una persona, está violando la nación enemiga.

En el contexto nacionalista, la cuestión no es que las mujeres no sean iguales. Es que ni siquiera son. Ajenas a la categoría de ser humano, se las suma como una posesión familiar más, similar al terreno que cada hombre ha podido darse para ganarse la vida. La mujer, como la tierra, será sembrada para que dé sus frutos, que pertenecerán al varón. Será explotada como mano de obra impaga. Como la tierra, podrá ser invadida, atacada, horadada y arrasada por otros varones debido a los motivos más diversos: codicia, venganza, guerra. Puede que la mujer sea simbólicamente la madre patria, pero en la práctica no resulta tan violentamente defendida como aquella.

La violencia ejercida sobre las mujeres durante las guerras, silenciada desde los raptos de la mitología griega hasta que fueron europeas las afectadas masivamente en la guerra de los Balcanes, parece proporcional a la intensidad del sentimiento nacionalista de los hombres en conflicto. Como he escrito antes, si la mujer es la patria, la mujer violada simboliza la nación invadida. Si además de violarla se queda embarazada, se logra el objetivo doble de romper la reproducción del linaje étnico o religioso y el repudio de la madre por parte de su familia. Los informes de las organizaciones humanitarias que intervienen en conflictos armados y en poblaciones desplazadas de refugiados levantan acta de las enfermedades que desarrollan las mujeres torturadas por sus violadores: trastorno por estrés postraumático, trastornos depresivos, trastorno bipolar, pánico, fobias, ansiedad, adicción a las drogas y suicidio. Son mujeres que arrastrarán el estigma de por vida.

Sin embargo, las ventajas militares de la violación como arma de guerra no se encuentran tanto entre los confines del cuerpo femenino, como en las consecuencias que ocasiona en la familia y en la comunidad. Por supuesto, humilla al varón que posee a la mujer, ya sea padre, hermano o marido. Pero, además, rompe la unidad familiar, que queda desmembrada, arrasando incluso la solidaridad entre mujeres: las violadas son expulsadas de la familia y la comunidad. También marca para siempre la vida del barrio o del pueblo donde se aplica, ya que ofrece justificación para replicar con el mismo comportamiento sobre las mujeres del bando enemigo. También explica el refugio de muchas mujeres en ideologías radicales patriarcales que ofrecen una ficción de protección, como el islamismo.

El feminismo, al centrarse en la identidad de género antes que en la identidad política, rompe el discurso nacionalista y termina con la ficción de la mujer madre de la nación. Por eso las feministas son tachadas invariablemente de malas patriotas o malas representantes de una cultura o religión determinada. Cuando Virgina Woolf escribía en Tres Guineas que no reconocía una patria sino el mundo entero, reclamaba de alguna manera la emancipación de los postergados contra una construcción al servicio de los que la crearon. Me pregunto si será este capitalismo salvaje el que finalmente terminará con la ficción de los estados-nación, donde la categoría de ciudadanos de pleno derecho aparece cada vez más restringida, alcanzable para cada vez menos. Acaso la disolución del sometimiento de unos por otros haya de venir de la mano de un nuevo ordenamiento político, de una nueva narrativa que no tiene que acudir al sentimentalismo para convencer porque le sobra la justicia de los afectos. La humanidad.

Los privilegios de la mujer blanca heterosexual (yes, we suck)

Lo mejor de este master que estoy haciendo, con mucha diferencia, es la guía bibliográfica. Que te muestren los libros que han marcado caminos, han supuesto un vuelco o han cambiado enfoques, de manera que no tienes que andar dando tumbos entre blogs y recomendaciones varias en una prueba-error exasperante (detesto perder el tiempo con libros malos). Muchas veces, las bibliografías incluso te dirigen a los capítulos concretos, los párrafos clave o los artículos publicados. En materia de teoría feminista y de género (creo que, en general, en la investigación académica), casi todos los libros van publicándose por ensayos más o menos breves en revistas especializadas. Esto se me hace raro como lectora: no hay linealidad. El asunto se despedaza antes de tratarlo y se va estudiando por partes. Es una manera de adaptarse a un mundo académico que cada vez está más afectado por las dinámicas de mercado: todo ha de ir rápido, rápido. Han de llenarse revistas, programaciones de congresos, becas de investigación. La fiebre de los ‘papers’ es buena para los estudiantes porque es posible acceder al conocimiento de manera más fácil y barata, pero al acortar drásticamente la cantidad de palabras que han de sustentar un estudio (al hilo de la maldita fragmentación) se pierde el contexto. ¿Qué es el pensamiento sin contexto? Yo creo que un pequeño timo.

Al grano, que me voy por las ramas. Los libros de teoría feminista no son fáciles para una lectora de revistas como yo. Muchas veces vienen firmados por filósofas y casi todos manejan con soltura conceptos de postestructuralismo e incluso el psicoanálisis imposibles de aprehender sin haber dominado esas materias. Sin embargo, me los leo igualmente. Aunque por párrafos no entienda en realidad lo que quieren decir. Es un espectáculo increíble contemplar cómo la mente puede construir esas estructuras mentales, esas elaboraciones discursivas, esos castillos de ideas. En algún punto me ha venido a la cabeza la idea de si no serán simplemente una exposición, un poco narcisa y desconectada, de la potencia de una mente. Quiero decir…. no todo es Foucault, cuyos libros revelan cómo estamos sometidos a todo tipo de controles y relaciones de poder. Rosi Braidotti y sus sujetos nómadas me provocaron un poco esta sensación. Lo cierto es que es un libro dificilísimo e interesantísimo a la vez para frikis de los discursos como yo, pero tendría que volver a leérmelo con más armas (nota para mí misma). Está escrito desde el feminismo de la diferencia (posición de las teóricas que sostienen que existe una diferencia entre hombre y mujer), pero es su conceptualización de los sujetos como nómadas, como inmersos en un proceso infinito, lo que me interesa. En fin, volveré sobre él, sobre todo por aquello de la igualdad/diferencia entre hombres y mujeres, en algún post futuro.

No me cuesta nada, sin embargo, alinearme con Judith Butler, por el contrario una predicadora de la igualdad, de una democracia radical de seres humanos iguales. Me parece que sus artículos y libros parten casi siempre de una observación muy directa de la realidad y que sus ideas tienen el poder de, efectivamente, cambiar el marco de pensamiento. El enfoque. Hasta de una lectora de revistas como yo. Sus textos tienen fama de difíciles, pero creo que ha ido puliendo un poco esa traba y los últimos, que son los que más me interesan, se leen bastante bien. Además, no escamotea hilos de pensamiento: sus discursos adoptan la forma de una red de araña porque suele exponer todos los caminos que camina su lógica. Al leer sus libros y conferencias, puede una hacerse a la idea de cómo discurre una gran mente.

Estoy bajo los efectos de la teoría de la vulnerabilidad de Butler. La filósofa encuentra que aquello que más nos une a todos los seres humanos, la categoría totalizadora que habría de conformarse contexto de nuestra civilización, es la vulnerabilidad, entendida no como debilidad sino como disposición para ser afectado por todo tipo de relaciones. Somos seres básicamente vulnerables: nuestra existencia se ve afectada por multitud de relaciones, simbólicas y materiales, que determinan la dignidad de nuestra vida. Nuestras vidas son, por tanto, precarias, por depender de tantas relaciones, que van tejiendo una tupida red entre todos los seres humanos. Yo soy yo pero sobre todo muchos otros yoes. Todos los yoes. No se puede entender una vida humana sin sus relaciones y no se puede construir dignidad para una vida humana sin atender la dignidad de las demás.

Todo este rollo viene al caso para hablaros del texto que más me ha impresionado de todos los que he leído gracias al master. Es de Bel Hooks, una feminista negra estadounidense. OS LO RECOMIENDO MUCHÍSIMO AQUÍ LO TENÉIS. Al volver a leerlo, me ha dado por pensar que tiene que ver, de alguna manera, con la vulnerabilidad. Hooks describe cómo el feminismo blanco, heterosexual y acomodado se ve atacado cuando se exponen sus privilegios de raza, de clase. ¿Puede una llamarse a sí misma feminista sin haber revisado sus propios privilegios? ¿Puede una llamarse a sí misma feminista si no se siente inextricablemente unida en su vulnerabilidad con todas estas mujeres pobres, de otras razas y religiones, cuya agenda feminista es tan distinta a la occidental? ¿Cómo podemos las feministas europeas hablar, escribir y pensar por estas mujeres, si lo primero que hemos de cederles es el nombre, la voz, la presencia? Soy de las que piensan que cualquier puede ser feminista (con Cristina Lucas, creo que todas las buenas personas lo son). Pero al adjudicarse a uno mismo ese nombre, ha de iniciar la tarea de revisar sus privilegios y dar un paso atrás en favor del que está por debajo. Eso vale, en nuestras sociedades ricas, por los hombres que se dicen feministas: para serlo, han de dar un paso atrás y ceder la voz y el espacio a las mujeres. También para las feministas blancas, heterosexuales: demos un paso atrás para que hablen las feministas gitanas, por ejemplo. Descentremos el foco de nosotras mismas, y pongámonos en el lugar de las mujeres pobres, sin estudios o enfermas, por ejemplo. Citémoslas. Hablemos de ellas. Hagámosles hueco. Pensemos en sus condiciones de vida, integrémoslas en nuestros estudios.

Mientras escribo esto me acuerdo de Rafa Doctor, un hombre feminista y animalista que, en una de esas listas que le piden a los importantes los medios de comunicación, se desmarcó de todos y todas sus colegas y citó a la boliviana María Galindo y sus Mujeres Creando como su artista favorita o su proyecto artístico con más futuro, no recuerdo muy bien. Qué manera tan extraordinaria de exponer la agenda ética y estética de uno. María Galindo está el miércoles 21 en Madrid, en Vaciador. Yo no me lo perdería. Aquí la vemos “arruinando un concurso de belleza”, así lo ve la presentadora del telediario 🙂 Y si alguien va y graba el audio, le prometo el sol de una paella al sol. Tenemos un trato.