Categoría: Cultura

“Fue Eva la que comió del árbol de la sabiduría, no Adán”

Cuelgo una entrevista a Nawal el Saadawi que se publicó en “Mujer Hoy”, el suplemento de los sábados de ABC, en versión reducida. Nótese que el católico ABC publica las palabras de una autora redomada marxista y atea. Cuando me pasaba la vida en la redacción, recuerdo haberle escuchado a mis mayores que fue ABC el diario que más y mejor contó todo lo de la Movida. Son curiosas estas paradojas: aquellos a los que les supones más restricciones no las contemplan, mientras que los lugares naturales para ciertos textos se cierran en banda. Sin embargo, lo fundamental sigue siendo no autocensurarse. Los periodistas nos autocensuramos todo el rato para encajar, para publicar y para cobrar. 

En un momento especialmente confuso para el feminismo y, en general, para lo político, donde pocos se atreven a poner sobre la mesa diagnósticos con vocación de universalidad, ideas fuertes, y soluciones posibles, la figura de Nawal el Saadawi (Kafr Tahl, Egipto, 1931) emerge como un faro-guía. Uno de los escasos asideros firmes en un mar de ideaciones líquidas y tanteos condicionados. ¿Tendrá que ver con la edad? Su ideario se opone con contundencia a la pertinencia de un feminismo religioso, al velo y a las mutaciones contemporáneas de un feminismo acomodado centrado en la autosatisfacción. A sus 86 años, su figura resulta más necesaria que nunca, como ejemplo, como contraste, como experiencia de vida. Sus palabras son como un relámpago: un destello de claridad en plena tormenta.

En los últimos meses, dos libros centrales en la producción literaria de Saadawi, el ensayo “La cara oculta de Eva. La mujer en los países árabes” (Kailas) y “Mujer en punto cero” (Capitán Swing), su cuarta novela, han llegado a las librerías españolas gracias a sendas reediciones. “La cara oculta de Eva” (Cairo, 1977), se convirtió instantáneamente en un clásico sobre la situación de las mujeres en los países árabes que no ha envejecido un ápice: es un análisis estructural, social y psicológico de las violencias contra las mujeres de gran profundidad. En su primer capítulo, Saadawi narraba su propia ablación a los seis años, y por tal atrevimiento sufrió persecución, amenazas y censuras. Hoy, en el prólogo a esta nueva edición, la escritora prueba que la situación de las egipcias no ha cambiado demasiado: el 85-95% de las niñas siguen siendo mutiladas. Y que su sometimiento tiene que ver más de lo que pensamos con el nuestro propio. Su erudición y razonamientos son tan preclaros e incontestables, que hacen palidecer los manifiestos pop del feminismo de nuestros días.

Escribe Saadawi: “La lengua de la gente es el arma contra la mujer, como la hoja de la navaja o el bisturí, que mutila la mente de la niña desde la infancia, para que no le interese más que su aspecto físico, los polvos de maquillaje o desnudar su cuerpo según las normas del libre mercado o, al contrario, cubrirlo según los preceptos de los hombres de religión, y permanecer con su marido hasta la muerte, aunque la pegue, la humille o la engañe con el resto de las mujeres de la tierra”. Su saber no viene sino de su propia vida. Dice de su segundo divorcio (tuvo tres), producido cuando se negó a dejar la escritura, tal y como le pedía su esposo: “Hombre y mujeres expresaron su rechazo ante mi decisión y dijeron que el matrimonio, la maternidad y conservar la familia son cosas sagradas, más importantes que la escritura en la vida de una mujer, porque esta no había sido creada por Dios para escribir, sino para dar la vida por la maternidad, la familia y la patria. ¿No son esos los valores morales en los que son criados los chicos y chicas en la mayoría de los países del mundo, desde Estados Unidos a Arabia Saudí?”.

“Mujer en punto cero” (Beirut, 1973) toma como punto de partida el testimonio real de una mujer encarcelada y posteriormente ejecutada por matar al hombre que la explotaba. En la ficción, su Firdaus es una muchacha pobre que sufre abusos sexuales de niña, ablación genital y matrimonio forzoso, y a la que la prostitución le ofrece la posibilidad de gestionar su tiempo y su vida. Su retrato del matrimonio como una esclavitud sexual y del trabajo en la calle como empoderante hicieron que el libro fuera rechazado en su país y tuviera que ser publicado en Libia. En esos años, Saadawi vivía ya hostigada por el gobierno egipcio por haber publicado el ensayo “Mujeres y sexo”, en el que abordaba por primera vez un asunto que ha puesto en el centro de su activismo: la ablación del clítoris, que ella misma sufrió de niña. Fue destituida como directora de Educación para la Salud y, en 1981, encarcelada en la misma prisión en la que entrevistó a la Firdaus real.

Doctora en Medicina, psiquiatra, escritora en las quinielas del Nobel y activista, sus avatares políticos y vitales son intensos hasta el punto del exilio (en 1991, a Estados Unidos y por amenazas de muerte de los islamistas). Desde 1996 vive de nuevo en Egipto, donde continúa sufriendo censura (en 2001 sus libros fueron vetados en la Feria del Libro de Cairo) fue acusada de apostasía (en 2002 y 2007, procesos de los que salió inocente) e incomodando todo lo que puede ( en 2005 se presentó como candidata a la Presidencia, solo para suscitar debate). En 2011, ella fue una de las muchas mujeres que se manifestaron en la Plaza Tahrir y desde entonces vive más o menos tranquila en una comunidad copta y respaldada “por el poder de la gente joven”.

Hace 35 años, cuando salió de la cárcel, escribió: “Nada es más peligroso que la verdad en un mundo que miente”. ¿Lo mantiene hoy?

No solo lo mantengo: afirmo que la situación ha empeorado desde entonces. El capitalismo salvaje (con Donald Trump y tantos otros a la cabeza) trabaja mano a mano con el terrorismo religioso. Y las mujeres y los niños son sus víctimas principales

Las mujeres somos entrenadas para no desear el conocimiento. ¿Por qué no hablamos más de ello?

¡Yo sí hablo de ello! Hablo y escribo constantemente sobre la mutilación de la mente, globalmente y también en mi cultura.

De hecho, sostiene que las mujeres desarrollan su intelecto antes que los hombres…

Bueno, la sabiduría no tiene órganos genitales. Pero es cierto que Eva comió del árbol del conocimiento antes que su hombre, y este hecho histórico explica más el poder político de las madres que el sexo.

¿Qué opina del feminismo islámico? ¿Cree que puede ser empoderador?

Ninguna religión tiene entre sus objetivos el empoderamiento de las mujeres. No existe un feminismo verdadero en ninguna de las religiones existentes. Todas ellas son patriarcales y, por tanto, opresoras de las mujeres. Si acometiéramos el trabajo de estudiar en profundidad la historia de las religiones y de compararlas con justeza, todos nos convenceríamos de la necesidad de luchar contra el uso de la religión como argumento en el mercado político.

Ha repetido en innumerables ocasiones que está en contra del ‘hijab’. ¿También del llamado “hijab político” o “hijab identitario”?

Cualquier ‘hijab’, todos los tipos de ‘hijab’, son símbolos políticos de la opresión. El argumento religioso, cultural, identitario o cualquier otro solo trata de engañar a las mujeres.

¿Encuentra factible o interesante la reforma del Islam que algunas investigadoras como Ayaan Hirsi Ali demandan?

Para nada. Forman parte del sistema de poder y este solo utiliza el feminismo para ganar más poder.

¿Qué papel juega la mutilación genital femenina allí donde se practica?

Es un crimen político y médico que practican los regímenes gobernantes patriarcales clasistas religiosos en Egipto y en otros tantos países del mundo para someter a las mujeres a la autoridad de los hombres a través de la privación del goce sexual.

En “La cara oculta de Eva” menciona los crímenes de la circuncisión. ¿Por qué apenas sabemos y apenas hablamos de los niños afectados?

En Egipto, el porcentaje de esta práctica abarca a prácticamente el 100% de la población masculina, de manera que es prácticamente imposible que un niño escape a esta operación quirúrgica en su primera semana de vida, sea musulmán, cristiano o judío. Se ha confirmado médicamente que provoca complicaciones graves en la salud, así como secuelas permanentes, corporales, psicológicas y sociales. Se trata de un tabú político mundial. Ni Naciones Unidas ni la OMS han decidido prohibir la circuncisión en el mundo. La gente tiene miedo de hablar sobre este tema por miedo a las acusaciones de antisemitismo.

¿Percibe cierto renacimiento del sentimiento religioso? ¿Por qué cree que está sucediendo?

La religión es una ideología política que trabaja con el capitalismo global y el imperialismo. Su renacimiento tiene que ver con la necesidad de explotar aún más a la gente y colocarle aún más velos a las mentes. El patriarcado utiliza maneras diversas para nublar el entendimiento, según cómo sea el contexto político, religioso y educacional que domine en cada país.

¿Estamos realmente ante un choque de civilizaciones, ante unas nuevas guerras de religión?

Ese es uno de los argumentos que el poder utiliza para ponerle un velo a nuestras mentes y esconder la problemática real: la explotación del capitalismo colonial.

En la década de los 90, diagnosticó un retroceso del feminismo y una intensificación del conflicto entre los sexos. ¿Cuál es su diagnóstico 30 años después?

La situación es hoy aún peor debido al creciente poder del terrorismo religioso y capitalista. La lucha en favor de la igualdad entre hombres y mujeres y ricos y pobres es una batalla que se va ganando y perdiendo a la vez. Siempre se gana y se pierde. Así es la vida. Sin embargo, creo que el capitalismo y las religiones, no solo el islam, son los principales problemas de las mujeres en todo el mundo.

¿Qué papel ha jugado Internet en el acceso de las mujeres a discursos disidentes?

La conectividad ha ayudado a las mujeres, a los pobres y a los jóvenes a comunicarse y a intercambiar ideas. Incluso ha facilitado la revolución. Sin embargo, ahora los gobiernos están trabajando para usar Internet contra las mujeres y los pobres e invisibilizar sus reivindicaciones.

¿Qué error cometemos las europeas cuando hablamos del asuntos como el velo o la mutilación genital?

No entender el problema real de “la Otra” y olvidar que todas las mujeres vamos en el mismo barco. El problema de las mujeres en el mundo proviene del matrimonio, la opresión de clase, religiosa, racista y física, las leyes, la educación y la sociedad, y por ese motivo todas estamos en el mismo barco.

¿Qué significa para usted escribir?

Para mí, escribir es como respirar.

Arte y muerte en Regina José Galindo

(Esta es la entrevista a la artista guatemalteca Regina José Galindo que se publicó parcialmente ayer en Yo Dona-El Mundo). 

Mucho del dolor de Guatemala traspasa el cuerpo de Regina José Galindo (Ciudad de Guatemala, 1974), artista, performer, poeta, medium y también víctima del terror que significa existir en un país donde la violencia forma parte de la rutina de las mujeres. Vivir la experiencia de sus performances permite al menos intuir la tragedia social que recorre la población guatemalteca, enferma de una guerra que se hizo eterna (de 1960 a 1996) y del genocidio maya, que exterminó a más de 240.000 personas, muchas bajo la dictadura de José Efraín Ríos Montt, culpable de múltiples matanzas que el sistema judicial guatemalteco no termina de depurar.

La aniquilación de comunidades mayas durante los años 80 extiende su letal sombra hasta hoy, pues su violencia perdura en la violencia que aún sufren las guatemaltecas con total impunidad, como probó el reciente caso de las 41 niñas muertas en el incendio de un refugio estatal. La denuncia siempre a través de su cuerpo de los abusos del poder contra los más vulnerables le ha valido gran reconocimiento internacional desde el principio de su carrera: en 2005 ganó el Leon de Oro en la 51 Bienal de Venecia por “¿Quién puede borrar las huellas”, caminata descalza entre la Corte de Constitucionalidad y el Palacio Nacional de Guatemala dejando huellas hechas con sangre humana, en memoria de las víctimas de la guerra; e “Himenoplastia”, en la que se operó para reconstruirse el himen de la misma manera que se opera a las niñas traficadas.

En 2011 recibió el Premio Príncipe Claus por parte de los Países Bajos “por su capacidad para transformar la ira personal y la injusticia en poderosos actos públicos que demandan una respuesta que interrumpa la ignorancia y la complacencia ante la experiencia de los demás”. En “Hermana” (2010), era abofeteada, escupida y castigada por una compatriota maya-kiché. En “Mientras, ellos siguen libres”, una performance de 2007, se ató con cordones umbilicales reales a una cama-catre de la misma forma que las mujeres indígenas eran amarradas para ser violadas durante el conflicto armado. Galindo estaba embarazada de ocho meses, como tantas otras mujeres mayas embarazadas que perdieron sus hijos debido a múltiples violaciones y que relataron sus casos en el informe “Guatemala, memoria del silencio”.

En su reciente visita a Madrid, Regina Galindo realizó una performance de su proyecto “Presencia”, una denuncia de la impunidad de los asesinatos de mujeres en todo el mundo. La artista concita el espíritu de trece mujeres horriblemente asesinadas poniéndose sus vestidos. En Madrid llevó el último que vistió Mindy Rodas, una víctima del terror machista que a punto estuvo de lograr una nueva vida en nuestro país. Quiso así conectarnos a las de aquí con las de allá, ofreciendo su propio cuerpo como el lugar donde el dolor nos convierte a todas en una.

En tu primera pieza, “El dolor en un pañuelo” (1999), ya hablabas de la violencia contra las mujeres y utilizabas tu cuerpo como herramienta. Lo tuviste muy claro desde el principio…

Sí, en mi trabajo anterior de poeta ya se veía que el género y la impunidad eran temas de preocupación para mí. Pero es que, además, a finales de los 90 la situación era espeluznante, ni siquiera teníamos la Ley contra el Femicidio, que se aprobó en 2008. Es interesante que menciones esa performances porque nos da una idea de cómo se ha descompuesto la sociedad y cómo los grados de perversión e impunidad han aumentado: si entonces aquellas noticias que proyecté sobre mi cuerpo desnudo hablaban de 30 violaciones en dos meses, hoy tenemos dos asesinadas por día y unos índices de violencia sexual terriblemente altos. Es una situación invivible para las mujeres.

La antropóloga argentina Rita Segato habla de una guerra contra las mujeres.

Es una guerra y es el conflicto más antiguo que tenemos. Es espeluznante lo que está sucediendo en Argentina, esta situación de empalar a las mujeres… ¡Parece que se ha convertido en una tendencia! Hoy hablamos mucho más del tema, los asesinatos salen a la luz, la cultura de la denuncia es más amplia, pero el mensaje que damos a los perpetradores es que no hay un castigo ejemplificador a estos crímenes. Los casos suceden a la luz del día, los casos se tratan en los medios de comunicación, pero no han recibido justicia. Tras el incendio en el refugio estatal en el que murieron quemadas vivas41 niñas, una institución dirigida por la esposa del presidente, el juez dejó en libertad con una multa absurda de 1.500 quetzales (casi 130 euros) a los tres directivos acusados. ¿Qué mensaje está dando el gobierno a la sociedad? Si este es el castigo que se le está dando a los responsables de 41 muertes, ¿cuál es el castigo que se le puede dar al resto de perpetradores? Tenemos un problema el el camino hacia la justicia, y no es un problema que existe solo en Guatemala, sino que se da a nivel mundial.

¿Por qué pasaste de la poesía a la performance, a usar directamente tu cuerpo como herramienta expresiva? ¿No bastaban las palabras?

No, no es que sintiera que las palabras no eran suficientes… Claro que la palabra tienen la capacidad de generar todo tipo de cosas. Pero yo tenía una sensación en el plexo solar que me decía que para mí no eran suficiente. Se me removía todo por dentro. En mi caso personal, había una sensación real, que la sentía en mi cuerpo, de que yo necesitaba hacer algo más.

Creo que muchas mujeres sentimos dolor, un dolor colectivo, social, ante cada asesinato en Argentina, en Guatemala, en España.

Al final todas estamos conectadas. No es una cuestión de empatía o sororidad, sino de colectividad: en la medida en que una avanza, todas avanzan; en la medida en que siga existiendo impunidad para una, seguirá existiendo impunidad para todas. Es una cuestión de verse reflejadas en las demás, porque todas tenemos la posibilidad de pasar por esto. Lo que ocurre en Guatemala es que la violencia no solo tiene efectos en la psique de la población, sino que tiene también consecuencias físicas que se traducen en enfermedades. Experimentamos el dolor a nivel físico de una manera terrible. ¿Cómo manejas esta situación de impunidad, de terror? Porque, al final, tú tienes que seguir viviendo en esa situación, en esa crisis. Yo tengo una hija de 10 años. ¿Cómo le explico a esta niña que yo no tengo posibilidad de creer en un mejor futuro? ¿Cómo le explico entonces para qué la traje? Vives en esa constante bipolaridad de rechazar y aferrarte a la vida: el saber que puedes perderla en cualquier momento te hace tener una conciencia de vida muy alta. Vives en una esquizofrenia total.

Supongo que tus performances tienen un componente terapéutico importante…

¿Tú te imaginas que yo me quedara con todo ese ruido dentro, con todo ese dolor enquistado, con toda esa energía que no sale hacia afuera? Cuánto tú llegas a transmitir y a determinar que ese es tu camino de vida es porque lo tienes que hacer. Una artista es artista porque tiene que ser artista. No tienes otra cosa con la cual desarrollarse ni sabes hacer otra cosa mejor. Una no se hace una artista porque eso te da estatus, sino porque es lo que sabes hacer y tienes la necesidad de escribirlo y de decirlo porque si no se te atora dentro y eso se va a convertir en algo más problemático de lo que ya es. Un artista no es un ser privilegiado que tiene más verdad, simplemente tiene una hipersensibilidad que quiere mostrar de forma que sus ideas sean discutidas, sean debatidas. Obviamente hay un ejercicio de catarsis. Obviamente, como en cualquier práctica artística, hay un elemento de curación. Y también aspiras, aunque no lo tienes claro ni es evidente, a que tu trabajo también pueda significar un campo terapéutico para otras personas. Si con tus proyectos logras generar empatía con otros seres humanos, si los otros se conectan con la emoción, la carga del dolor se comparte y resulta menos dura de sobrellevar.

¿Has percibido algún cambio en los públicos en estos casi 20 años de práctica performática?

El hecho de seguir viviendo en Guatemala hace que tengas, como decimos allá, el pellejo curtido. Yo nací en la guerra y crecí en los momentos más terribles del conflicto, cuando masacraban a 200.000 individuos. No tengo sensación de ninguna evolución porque me he desarrollado todo el tiempo en una sociedad enferma. Querer sensibilizar a una sociedad que no tiene memoria, que niega el genocidio s una tarea titánica y estas todo el tiempo dándote contra la pared. Vives en una sociedad con estas condiciones precarias y terribles y violentas pero, al mismo tiempo, sufres la rabia inmensa de que la misma sociedad participa a través de su amnesia y del no entendimiento de que la guerra fue una de las causantes del presente que ahora tenemos. Una, en verdad, se curte. El año pasado Ríos Montt fue condenado por genocidio, pero el juicio se cayo a los 10 días siguientes y la mayoría de la población, o por lo menos la que tenía acceso a ciertos espacios privilegiados, celebró el hecho de que la condena se hubiera caído. Estas personas que festejan la impunidad también sufren la precariedad y la tensión de vivir en una sociedad violenta, también tienen miedo a que les pase algo a sus hijas, pero no tienen la capacidad de entender de que la violencia que están sufriendo sus hijas tiene que ver con la violencia que sufrieron los cuerpos de aquellas mujeres indígenas violadas por el ejército de Ríos Montt. No duele tanto el presente como da rabia una sociedad completamente controlada y anestesiada por el estado.

¿Alguna vez has pensado en exiliarte?

Muchas veces . Para mí es cada vez es más difícil vivir aquí, sobre todo desde que tuve a mi hija. Es muy difícil ser artista en Guatemala porque es un país muy misógino, un país que odia a las mujeres y yo me incluyo en este grupo. A mí se me odia, no se me respeta. A pesar de que tengo 15 años de práctica,la gente sigue diciendo que no soy una artista que hago protesta y que soy famosa porque me desnudo y porque soy puta. Es un discurso que está al alcance de todos. Siempre he defendido el seguir en Guatemala porque es el país en el que hay que hacer, donde creo que estoy aportando algo, pero ahora tengo una niña que crece, y en la medida en que esta niña crece yo me aterro. Me aterro porque es mi responsabilidad la vida de esta niña. Por eso ya no vivo en la capital, aunque me interesa el conflicto real que se vive allí. Tuve que tomar la determinación de moverme a una pequeña población porque mi hija es lo más importante para mi y en la medida en que esta niña crece y está entrando en la adolescencia, yo me aterro. Mis posibilidades de poder salir del país, como guatemalteca, me parecen casi imposibles. Y eso que tengo una carrera como artista. Me ofrecieron una residencia en Alemania que es el sueño de todo artista : dos años con casa pagada, seguro médico, un sueldo de 3.500 euros… Pero cuando fui a solicitar los papeles, me dieron visa a mí, pero no a mi hija. Siendo guatemalteca, asumen que si quieres irte a otro país es para quedarte. Y posiblemente es cierto. En el momento en que me concedieron la residencia de artista o no pensaba más que en trabajar, pero si hubiera podido experimentar una vida más tranquila, probablemente no iba a querer regresar. Eso es evidente.

¿Pensaste antes de ser madre que iba a cambiar tu manera de estar en Guatemala?

Es que no ha cambiado mi manera de estar. Era una mierda y es una mierda ahorita. Solo que el dolor, la preocupación tiene niveles altísimos, porque ya no se trata de riesgos que tomas tú misma, sino que tienes una hija y la visión cambia. La vida de una mujer guatemalteca es invivible. La violencia sexual es terrible. ¿Cómo le explicas a tu hija la sensación que tienes dentro? Yo necesito que mi hija crezca libre y sin ningún tipo de represión. ¿Cómo lo consigo cuando esta niña cumpla 14 años y quiera empezar a salir? En Guatemala, el cuerpo de las mujeres está completamente objetualizado. Un hombre ve a una mujer y, si le gusta, la puede tocar, la puede tomar, la puede violar y, con suerte, queda viva. Esa es nuestra realidad.

Háblame del proyecto que ahora desarrollas: “Presencia”.

Es un proyecto muy complejo para mí, aunque en cuanto a su forma es sencillo, porque en esta pieza lo único que hago es ponerme los vestidos de trece mujeres que fueron asesinadas de la forma más terrible. De estos casos, solo dos tuvieron juicios y procedimientos, el resto quedaron en la impunidad. Trato de mostrar la situación terrible que vivimos en Guatemala, pero señalando que estas situaciones también suceden en otros lugares.

¿Cómo conseguiste los vestidos?

Algunos directamente de los familiares y otros a través de Fundación Sobrevivientes, una organización que ha logrado generar un campo de esperanza. Guatemala es un país con un índice de impunidad del 90%, pero ellos han conseguido llegar algunos pocos casos a condena. En todo momento se habló de un préstamo e informé muy claramente de lo que iba a hacer con los vestidos: cómo se iba a utilizar, que su uso se iba a documentar, que el proyecto jamás se iba a comercializar en una feria de arte ni se iba a trivializar, sino que estaría en instituciones que lo respaldaran. Son familias que no han descansado en la búsqueda de la justicia, y buscan al menos visibilizar su caso.

¿Qué recepción ha tenido en Guatemala y en Atenas, la otra ciudad donde lo has llevado?

Fueron experiencias muy distintas. En Guatemala tuve a alguno familiares en la performance, que se convirtió en una especie de cierre de ciclo. Hubo días muy duros, porque llegó la hija o el esposo y después de unos minutos empezaban a ver en el cuerpo que vestía la ropa a la persona con la que no pudieron llegar a cerrar un duelo. La performance se convirtió en una especie de velatorio, con gente llorando y abrazando mi cuerpo. Nada que ver con lo que sucedió en Atenas.

¿Y en Madrid?

El caso que presenté en Madrid pone los pelos de punta. Tengo que decir que este proyecto a mí verdaderamente me ha desarmado. Es el primero en donde, en verdad considero y tengo la experiencia de que he cruzado la línea del arte. No se trata de una creación de una imagen formal: lo que ha sucedido en estas performances ha cruzado esa línea. Te pongo dos ejemplos. Tenía el vestido de una niña que se llamaba Dorita, una niña con síndrome de Down que vivía en un asentamiento pobre. Su madre no se separa de ella, era su tesoro. Entonces, unos vecinos las agreden, las violan, las torturan y las matan. A la madre la atan y la tiran por un barranco. A laniña la prenden fuego: muere quemada viva. Pues bien: el vestido de la niña quemada, el vestido de Dorita, era el que yo utilicé en la performance que tuvo lugar el mismo día que ocurrió el incendio que mató a las 41 niñas del refugio estatal. No fue calculado: lo que se vio y experimentó en esa performance trascendió la línea del arte. Yo estaba hablando de una situación que al mismo tiempo estaba ocurriendo en la realidad. En ese momento recibimos la noticia de las 41 niñas que murieron en las mismas condiciones. Otro ejemplo: el caso que traje a Madrid. Por algún motivo quería traer el de una mujer, Mindy Rodas, cuyo marido la lleva a un río y con un cuchillo le corta nariz, pómulos y labios. Allí la deja creyendo que está muerta y nadie la va a poder identificar. Milagrosamente, Mindy se salva. Lleva a proceso a su esposo logra meterlo preso, pero a través de un abogado mafioso sale libre. Mindy no desfallece y, gracias a la ayuda de Fundación Sobreviviente, reinicia el proceso. Además, empieza a recibir terapia y ha viajar a México para reconstruirse la cara, porque no puede comer, no puede respirar no puede ni mirarse al espejo. Desafortunadamente, cuando sale de una de sus terapias, la secuestran, la violan, la torturan y la matan. La Fundación logra una condena para su marido por feminicidio en grado de tentativa, porque no se puede probar que fuera él el instigador del crimen. Cuando recibo la invitación de la Asociación de Mujeres Guatemaltecas para venir a Madrid a ofrecer una conferencia, enseguida les propuse realizar una extensión en Madrid del proyecto de “Presencias”, porque quiero que tenga la mayor visibilidad posible. Le digo a su presidenta que hay una historia que me conmovió mucho, porque tuve acceso a sus diarios de terapia y a su vestido gracias a la Fundación, pero no menciono su nombre ni las particularidades de su caso. Entonces, Mercedes, la presidenta de la Asociación de Mujeres Guatemaltecas en Madrid, me cuenta que ellas también trabajan con mujeres violadas y amenazadas y que le impactó muchísimo el caso de una mujer a la que su marido le había arrancado la cara, y que habían intentado traerse a España justo antes de que la mataran. Cuando me contó ese dato mi corazón palpitó. Resulta que Mindy llegó a tener en sus manos los pasajes para viajar a Madrid y poder comenzar una nueva vida con su hijo. Cuando le conté a Mercedes que el vestido que yo tenía y quería traer precisamente a Madrid era el de Mindy, entendimos la razón. Quizá ella, de una manera u otra, quiso llegar a Madrid. No pudimos modificar su historia, su vida de pesadilla, pero logramos finalmente traerla para acá de alguna manera. Otro detalle: el equipo de televisión que grabó mi performance en Madrid es exactamente el mismo que viajó a Guatemala cuando Mindy estaba viva para grabar un documental sobre su caso. Por todas estas cosas es que te digo que, tras quince años de práctica, es la primera vez que siento que estoy cruzando una línea.

¿No te impresiona tocar zonas tan sensibles de la percepción?

Creo que yo misma voy a requerir un tiempo para entender todo lo que está pasando con este proyecto. Yo soy nieta de medium, mi abuela vivía en Nueva York de su práctica como medium y me relacioné desde niña con estas cosas, pero nunca tuve conciencia de estar en el mismo campo de investigación que mi abuela. Siempre pensé que algo me habría permeado, pero jamás tuve la sensación de tocar esos campos. Con este proyecto sabía que lo iba a hacer, pero no tenía ni idea de lo profunda que sería la experiencia. Es un mundo que podemos experimentar, que podemos sentir, pero que aún no podemos entender.

El día de la marmota del 8 de marzo y otros fantasmas

Estoy preocupada por mi posición. Es una preocupación insidiosa que me lleva a la duda constante sobre lo que percibo y pienso y, como consecuencia, a cierta parálisis. Dudar es un artículo de lujo en mi profesión. Una periodista no cree en dudar, cree en que las herramientas que le han enseñado a usar producen verdad, objetividad o, en el peor de los casos, la mejor versión de la realidad. La consistencia, el rigor y la fiabilidad de los textos periodísticos dependen exclusivamente del convencimiento que la periodista tenga en que todo eso es posible. Al otro lado, la gente lo que quiere son certezas. La utilidad de los medios de comunicación, lejos de la clásica función de perro del poder, es reforzar lo que los lectores ya saben y reproducir el orden social ad infinitum.

Me reafirmo en la pobreza de mi filtro en una conversación reciente que mantengo con un amigo estimado. Hablamos del Ayuntamiento de Madrid y de sus políticas culturales, un ente al que en principio supongo el aura benéfica del que usa la retórica política que asegura devolver la cultura a la ciudadanía. Mi visión ciertamente burguesa de todo el asunto pinta de bonitos colores iniciativas como Patio Maravillas o librerías como Traficantes de Sueños, dos espacios de los que salen (por lo visto) muchas personas que hoy tienen voz a la hora de impulsar la vida cultural de Madrid desde su ayuntamiento. Mi estimado amigo, proletario cultural y cada vez más pobre, me abre los ojos a otro cuadro: el de la imposición de un concepto de “cultura” que proviene exclusivamente de universitarios con posibles, con toda la carga que ese sesgo conlleva. En los barrios, las asociaciones caen como moscas porque el Ayuntamiento de Carmena exige el pago de licencias, impuestos y tasas varias. No sólo el contenido de la cultura está en entredicho (es cultura cualquier libro impreso pero no lo es una charla de autoayuda, de cocina o macramé), sino también la posibilidad de que suceda al margen de la clase social designada para ello. La apuesta cultural de las élites progres pasa por el producto cool listo para ser deglutido por el mercado y las redes, no por una cultura que se manifiesta como red de sujeción y relación de afectos. Sometida al control administrativo, no se protege la cultura que no pasa por caja ni es detentada por los que pueden. De hecho, cuanto más pobre es un trabajador de la cultura, menos posibilidades tiene de que se escuche su discurso dentro del sistema. La condición de supervivencia en la pobreza de un proletario cultural es, precisamente, abandonar el territorio de privilegio que es la cultura.

Qué paradójica y perversa es la situación de las clases medias empobrecidas durante esta crisis: aunque hoy soy una trabajadora pobre de la cultura, con ingresos que no llegan al salario mínimo ni me permiten prescindir de la ayuda familiar, mi educación en el privilegio sólo me hace notar la injusticia de mi propia situación y me impide cuestionar la injusticia del sistema mismo. Soy una ciudadana políticamente desactivada, incapaz de percibir otra demanda que no sea la de recuperar el propio estatus. Qué bien le viene al mercado que sólo se cuestione la sobrevenida austeridad que nos impone y no su funcionamiento mismo. Paradoja añadida: qué fácil es ser vegetariano, animalista, pacifista, y qué difícil es practicar la no violencia (simbólica) cuando no has sabido o podido educarte para comprender la realidad desde una mirada que no sea la tuya. Es en este sentido que la teoría feminista es liberadora: posee las técnicas y herramientas precisas para que percibamos racional y sentimentalmente tanto el sometimiento que invisibiliza el sistema como el privilegio que nos mantiene sobre otros.

Por esta y otras recientes buenas conversaciones, y por la TFM que escribo sobre el asunto, cuestiono constantemente la manera en que me informo y trabajo. En las redes, recibo información filtrada por mí o para mí. En los textos, me sirvo de las opiniones expertas y los libros que he seleccionado yo misma. ¿Cómo no va a resultar miope todo lo que escribo si yo misma lo soy? Encuentro que mi práctica profesional ha estado dirigida por la tendencia mental a cobijarse en las ideas que nos refuerzan y desechar las que nos retan: la realidad, explicada para unas pocas como yo. Estas dudas sobre el propio filtro se suman a ciertas condiciones que dificultan aún más la tarea de construir un relato más o menos justo sobre los acontecimientos. Por un lado, resulta cada vez más complejo desentrañar las líneas-fuerza mediante las que el poder nos doblega: la red de intereses al fondo del cuadro resulta invisible o se invisibiliza. Además, nuestro interlocutor, el-otro-lector, ya no es una como una misma, sino que se ha convertido en un ente diverso y multifacético, aunque las instancias de representación no quieran aún enterarse de ello. Por otro, cada vez es más raro que los periodistas salgamos de la redacción o de la habitación para escribir nuestros textos. Nos falta el input de la realidad, lo resolvemos todo por teléfono, por mail o por Skype. En la calle, el azar se encarga de romper los márgenes del propio filtro y deja pasar la mirada del vecino, el policía o una que pasaba por allí. Cocinados desde la mesa, los textos terminan tan filtrados que apenas llegan a sucedáneo insípido: todos decimos lo mismo todo el rato. En los peores casos no se trata ya de encontrarse las mismas ideas y opiniones una y otra vez, sino de leer directamente traducciones de artículos cocinados en otros medios. Todos los días leo en las webs españolas de información artículos de The Guardian, Independent, New York Times, The Atlantic, Salon y similares.

“La filosofía es una lucha contra el embrujamiento de nuestra inteligencia mediante el uso del lenguaje”, escribió Wittgenstein. Viene al caso porque quería escribir no sobre mi frustración profesional sino acerca de dos conceptos manejados por filósofos contemporáneos que me han servido para poner un poco de distancia crítica tanto en mi consumo de medios como con mi práctica periodística. Me han ayudado, por así decirlo, a desencantarme de los textos (los que vendo y los que me vendo) y a verles las trampas. Son fallas, grietas o, directamente, agujeros negros, que tienen que ver con la creciente polarización y fomento del conflicto por parte de los medios para vender más. El falso enfrentamiento y la viralidad que este produce hacen creer al público que se les presenta un dilema, cuando en realidad no existe tal. Un buen ejemplo son los distintos “escándalos” que jalonan la gestión de la concejalía de cultura madrileña (de los Reyes Magos a los titiriteros), oportunos trampantojos de una discusión mediática acerca del elitismo con piel de oveja de su pensar general. En el estudio “Manufactoring Conflic? How Journalists Intervene in the Conflict Frame Building Process”, realizado por Guus Bartholomé, Sophie Lecheler y Claes de Vreese, de la Universidad de Holanda, se confirma el papel de los periodistas como perpetradores necesarios de esta ficción de guerra sorda que, en realidad, eclipsa la auténtica guerra que se libra en otros lugares. Los periodistas preferimos el cómodo ejercicio de comentar la retórica de los políticos y los movimientos partidistas, tan proclive a los clics del público, que poner el foco en los asuntos y espacios donde se producen los roces y han de intercambiarse necesariamente ideas y valores.

El primero de estos conceptos que pueden ayudar a desbrozar la maraña de intereses en los textos periodísticos es “liminalidad”, un término que no había leído en mi vida y que me llegó primero desde la teoría poscolonial y luego desde la antropología cultural. En definición no especializada, significa “umbral”, viene del latín “limen” (¿amalgama? ¿membrana?) y evoca la ambigüedad, la desorientación, la indeterminación. El diccionario antropológico lo presenta como “el estado ambiguo del ser entre estados de ser”. Es interesante saber de la génesis académica de esta palabra para darse cuen de cómo avanza la ciencia social, cómo los nuevos investigadores retoman o reformulan o emprenden a partir de sus maestros (cómo me cuesta, acostumbrada a valerme de lo último que pillo, entrar por este aro de leer la tradición). El inventor de “liminalidad” fue el etnógrafo de origen alemán fundador de la etnografía francesa Arnold van Gennep (1873-1957). En su libro más famoso, “Los ritos de paso” (1909), señalaba las tres fases que caracterizan cualquier rito de este tipo, preliminal, liminal y postliminal, en un proceso de reajuste imbricado en el corazón del cambio social de cualquier grupo humano. Van Gennep incidía en que el progreso de un iniciado de un estatus a otro gracias a un rito de paso no es abrupto, sino que requiere de ese intermedio que llama “liminalidad”.

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Víctor Turner (1920-1983), un antropólogo escocés que estudió los ritos de la tribu ndembu de Zambia, retomó este concepto de “liminal” en su libro “El proceso ritual” (1967). Turner aseveró que el estado liminal no era simplemente un momento crepuscular en las transformaciones rituales, sino también un periodo de poder especial y peligroso, que tenía que ser restringido y canalizado para proteger el orden social. En esta fase, el sujeto (imaginemos a un futuro jefe de la tribu que va a ser instituido como tal) es marginado del grupo y despojado de los atributos de su posición primigenia, sin llegar aún a poseer los que le corresponden como jefe. Estamos en una especie de limbo en el que no funcionan las leyes, las costumbres, las convenciones o el ceremonial. Lo habitual es que las personas en este estado sean despojados de vestimenta para mostrar su humildad y ausencia de estatus, propiedad o rol y se comporten de manera pasiva a la hora de aceptar cualquier castigo, al que se someten sin queja. Han de ser reducidos a una especie de uniformidad para ser a continuación revestidos de sus nuevos poderes. Estamos fuera del tiempo y fuera de la estructura social: en la frontera.

[Por cierto: si alguna jubilada del sistema productivo como yo está leyendo estas líneas, le recomiendo el capítulo que adjunto a continuación del libro de Turner sobre los símbolos. Su análisis del rito al que se somete a las jóvenes casaderas ndembu muestra la extraordinaria riqueza simbólica de la cultura de esta tribu de Zambia: es una belleza. Te hace dudar muy mucho de la supuesta superioridad cultural con la que hoy se comporta la tribu occidental. Aquí va el link.

Vuelvo a encontrarme con la liminalidad en los textos de Homi Bhabha, figura central de la crítica poscolonial junto con Edward Said y Gayatri Spivak y autor en los 90 de “El lugar de la cultura” y “Narrando la nación”. Bhabha y sus colegas tratan de deconstruir las formas textuales mediante las que se lee al otro colonial, al salvaje, al aborigen, al indio, al negro. Se preguntan cómo se produce el conocimiento sobre estos seres humanos etiquetados como distintos, para desvelar las historias distorsionadas que circulan como Historia y poner sobre la mesa su trascendencia a la hora de configurar saberes académicos que circulan en un solo sentido: del centro a la periferia, sin camino de vuelta. Hoy no se puede entender la realidad ni la producción cultural ni artística sin mínimas nociones de teoría poscolonial. Por suerte, las tesis que deambulan por internet nos permiten enterarnos de estos asuntos en una extensión y lenguaje asequibles. En “Multiculturalismo y crítica poscolonial: la diáspora artística latinoamericana 1990-2000”, de Elizabeth Marín Hernández, doctoranda de la Universidad de Barcelona, encontramos un capítulo que puede servir para iniciarse en los misterios de la mirada poscolonial. Este es el link

Bhabha elabora varios conceptos críticos a la hora de desentrañar el discurso colonial: la ambivalencia, el estereotipo como fetiche, el mimetismo y la hibridación. La hibridación es el resultado de la constante negociación de valores que se produce en los lugares de frontera. No hay, por tanto, esencias puras, sino un proceso constante de llegar a ser. A los críticos de la teoría poscolonial les interesa mucho este espacio liminal, estos “in between’ donde colono y colonizado negocian constantemente sus posiciones e identidades: si los estudios culturales ‘imperiales’ colocaban el corazón de una comunidad, el lugar de sus esencias identitarias, en el centro del territorio, Bhabha los descentra hacia los márgenes, pues es allí donde esas esencias son retadas, mordidas, cuestionadas y subastadas en las interacciones entre comunidades distintas. La nación y la identidad se elabora en espacios liminales, en las fronteras, en lo indeterminado. Allí están cobrándose los sentidos y alcanzándose los significados.

Al concepto de liminalidad como lugar peligroso y fronterizo, un lugar periférico y poco presente en los textos, quiero sumarle la defensa del disenso que hace el filósofo Jacques Rancière (Argel, 1940), del que he leído “El viraje ético de la estética y la política”. Se trata de una conferencia dictada en 2005 en la Universidad de Artes y Ciencias Sociales de Santiago de Chile, en la que el autor desvela la función de la ética como práctica aniquiladora del disenso, de la discusión de pareceres y de la convivencia con la diversidad. La ética no como juicio moral sobre las operaciones del arte o las acciones de la política, sino como lejía que borra la distinción entre el ser y el deber ser, entre el hecho y el derecho. El consenso que busca la “comunidad política despolitizada” no deja espacio para los otros e identifica disenso con violencia, razón que justifica el uso de otra violencia mayor, estatal, justificada por la ética del consenso. En su análisis, esta ética perversa del consenso se manifiesta en dos formas aún inexpugnables en la conversación de los medios: el humanitarismo y la “justicia infinita” que lucha contra el terrorismo. El viraje ético no sólo es el apaciguamiento del disenso en el orden consensual, sino la demonización de dichos disensos.

La comunidad política es, así, tendencialmente transformada en comunidad ética, es decir, en comunidad de un solo pueblo, donde todo el mundo supuestamente cuenta. Esta cuenta choca solamente con un resto problemático, al que denomina excluido. Pero hay dos maneras de plantear la exclusión misma. En la comunidad política, el excluido es un actor conflictivo, que se hace incluir como sujeto suplementario, portador de un derecho no reconocido o testigo de la injusticia del derecho existente. En cambio, en la comunidad ética, este suplemento ya no tiene lugar de ser, porque todo el mundo esta incluido. El excluido, entonces, no tiene estatuto. Por un lado, es simplemente el enfermo, el retardado, a quien la comunidad debe tender una mano que lo socorre. Por otro lado, se convierte en el otro radical, aquel que nada separa de la comunidad, salvo el simple hecho de ser extranjero en ella, y que por tanto la amenaza al mismo tiempo en cada uno de nosotros. La comunidad nacional despolitizada se constituye, entonces, en la duplicidad entre el servicio social de proximidad y el rechazo absoluto del otro”.

Con estas herramientas en mente, la liminalidad y el disenso, resulta mucho más fácil realizar una mirada crítica a los textos periodísticos y desactivar los trampantojos que buscan envolvernos en su ficción de conflicto y falso progreso. Por ejemplo, la llamada celebración del 8 de marzo: ¿dónde podemos fijar los espacios-frontera donde encontramos ese disenso, el flujo de pareceres encontrados, el roce de posturas, vistos los conflictos que nos muestran hoy los medios? ¿En la censura por parte de Facebook de la promoción de un libro sobre masturbación femenina? (Sigo dándole vueltas a cómo la media-macho se ha apresurado a aprovechar la oportunidad de hablar del tema -mujer y cuerpo les pone siempre- y a las instancias que lo han ignorado) ¿En los textos y carteles machistas que se lanzan al ruedo público todos los años? ¿En el enésimo recuento de las violencias que no se atreve a exponer la violencia de las instrucciones de la feminidad (el “silencio administrativo” de la media acerca del régimen de la heterosexualidad también es graciosísimo)? ¿En los relatos de manifestaciones y reuniones de mujeres que claman por el aceptadísimo gap salarial? No parece que sean estos lugares de disenso sino de consenso general… Y, sin embargo, son los que llenan año tras año los contenidos de “celebración” del “Día de la Mujer”, sin apenas moverse un paso más allá ni acá. El 8 de marzo está más muerto que muerto, a efectos mediáticos. Es otro corta-pega más. Ha sido deglutido por el sistema de la misma manera que deglutió lo eco y deglutirá el animalismo: eliminando cualquier traza de subversión que implique cuestionar el régimen de poder y de representación. Seguimos enredadas en el cuerpo (qué bien le viene esto a todo el mundo), como si este no se hubiera disuelto ya en un continuo biológicamente diverso. Seguimos otorgando el estatus de la interlocución a los machistas, como si fuera ese camino ya trillado el único que quisiéramos o supiéramos andar. Usamos los medios como plataforma de queja, de exorcismo anual del malestar de las de siempre (entre las que me incluyo), hurtando ese espacio a la visibilidad de las mujeres en tierra de nadie: las viejas, las locas, las pobres, las prostitutas, las cuidadoras, las migrantes, las enfermas, las sin techo, las explotadas (¡arriba esas Kellys!)… Qué oportuno que los discursos del poder se afanen por convencernos de que nosotras también podemos “asaltar los cielos” (todos esos reportajes sobre mujeres ejecutivas y lideresas en el Ibex 35: basta ya), en vez de crear y narrar nuestro propio cielo sin necesidad de asaltos, techos, fronteras, muros, verjas.

Desalojar el disenso y ocultar los espacios de liminalidad (los márgenes) está hoy en la agenda de todos los medios de comunicación, necesitados como están de los clics de una mayoría que se busca a sí misma en los textos. Las víctimas y las representadas coinciden a mayor gloria de la caja mediática. Dice RancièreLo que sucede ahora en Europa –lo que llamamos un consenso– es que estamos configurando lo real extrañamente como algo de lo cual no se puede escapar. Todo es visible, claro y no se puede hacer otra cosa salvo lo que hacen nuestros gobiernos. Por supuesto, pienso que hay una lucha muy importante para romper con el monopolio de la descripción del mundo. Ciertamente la filosofía y el arte pueden funcionar en eso si la gente quiere usarlos para reconfigurar la inteligibilidad del mundo vivido. De todos modos, creo que deben ser modestos. Si quieren ser eficientes, los artistas y los filósofos deben ser conscientes de los límites de lo que pueden hacer”.

 

 

Porqué no hablamos las mujeres o cómo los padres de la Iglesia nos pusieron la mordaza

Leo últimamente artículos acerca de lo poco que hablamos las mujeres, de porqué no nos manifestamos en las reuniones, en los bares, en las redes. No sé si estas reflexiones pueden ofrecer alguna perspectiva a la hora de cuestionar el estereotipo de la mujer habladora o incluso a matizar la molestia que puede surgir cuando algunas mujeres nos manifestamos a cada paso que damos como si nos estuvieran interpelando en rueda de prensa. Porque lo cierto es que molestamos. No se me quita de la cabeza ese “cállate bonita” que le soltó un diputado del PSOE a Teresa Rodríguez el pasado mes de mayo en la cámara andaluza. “No tienes ni puta idea”, le dijo otro del PP.

En Eldiario.es, Barbijaputa se queja de que no tiene comentarios femeninos en sus artículos porque las mujeres callan en la red. En SModa, Begoña Gómez Urzaiz escribió hace algunas semanas un estupendo artículo que profundizaba algo más en la cuestión, exponiendo cómo la tradición excluye a las mujeres del discurso pues, para Telémaco desde la misma Odisea, “es cosa de hombres”. Me apunto a la tarea de deconstruir y exponer la cultura misógina que hemos heredado colgando un miniensayo acerca de cómo el catolicismo ordenó, supuestamente desde San Pablo, el silencio de las mujeres. Lo dice Laura Freixas en el artículo de Begoña: la palabra es poder, por eso nos exigen la callada por respuesta. Cuando nos piden que nos cerremos la boca nos están quitando poder y cuando accedemos a no hablar o nos sentimos demasiado ignorantes, pequeñas o chirriantes para hacerlo, estamos dejando que los mismos hablen por nosotras.

En los países católicos, el silencio de las mujeres suele tener su pistoletazo de salida en el mismísimo catolicismo primitivo, desde las prédicas de San Pablo de Tarso, el verdadero motor de la construcción y expansión del catolicismo por el Imperio Romano. Pablo pasó de perseguidor de cristianos a perseguido, pero en sus huidas y viajes contó siempre con el refugio y la subvención de infinidad de mujeres ricas y pobres que le escondieron, le alimentaron y sufragaron sus expediciones misioneras. Esta labor evergésica de las mujeres para con el catolicismo sugiere a algunas historiadoras que estas pudieron ver en este culto una oportunidad para trascender su yugo de género. ¿Por qué si no eran tan numerosas en las comunidades de primeros conversos y arriesgaban fortuna y vida a la hora de proteger a los predicadores?

Escribe Pablo en la primera carta a los Corintios: “Que las mujeres permanezcan calladas durante las asambleas: a ellas no les está permitido hablar. Que se sometan, como lo manda la Ley. Si necesitan alguna aclaración, que le pregunten al marido en su casa, porque no está bien que la mujer hable en las asambleas”. Así leída, las frases parecen bastante radicales y definitivas: el primer catolicismo no quería saber nada de mujeres con sabiduría. Sin embargo, las historiadoras modernas han vuelto a los textos, a repreguntarse sus relatos y a recontextualizarlos a la luz del género, con conclusiones tan discutidas como sorprendentes. La hipótesis es atrevida: que en los primeros tiempos del catolicismo, las mujeres ocupaban un lugar mucho más preeminente del que nos han hecho creer. Se habla incluso de un “ethos igualitario” entre hombres y mujeres. Los historiadores del canon, por supuesto, ponen el grito en el cielo ante esta versión alternativa de la Historia.

“No está bien que la mujer hable en las asambleas”, escribe Pablo de Tarso a la comunidad cristina de Corinto desde Éfeso, durante el tercer año de su segundo viaje misionero (57 d.C.). Corinto era una ciudad rica y culta pero con fama de licenciosa, pues permitía la prostitución sagrada en el santuario de Afrodita y era cuna de las cultas y libérrimas hetairas (Beauvoir; 1949, 116-117). Allí, la pequeña comunidad cristiana fundada por Pablo se veía sometida a muchas tensiones espirituales y morales por la influencia de las costumbres paganas y el libertinaje propio de una ciudad portuaria. Que Pablo de Tarso exprese en su primera carta la implícita prohibición a las mujeres de hablar en la Iglesia recoge algo más que la asunción general de la aristotélica subordinación femenina, presente en decenas de textos literarios de la época (Beauvoir; 1949; 117-118). De momento señala que, al menos en los inicios de las comunidades cristianas, las mujeres tenían voz en los templos. Se refiere, sin duda, a las profetisas, las mismas que implícitamente avala, siempre y cuando usen el prescriptivo velo: “En consecuencia, el hombre que ora o profetiza con la cabeza cubierta deshonra a su cabeza; y la mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta deshonra a su cabeza, exactamente como si estuviera rapada”. (Corintios 11, versículos 4 y 5).

¿Podríamos inferir que Pablo acepta de hecho la presencia de mujeres profetisas siempre que se cubran y prohibe la voz de las casadas, sujetas a la voluntad del cabeza de familia? ¿Acaso privilegió la costumbre de su tiempo sobre sus propias convicciones para no dañar el éxito de su evangelización? (Brittain; 2011, 20) ¿Puede esta incoherencia apoyar las tesis (Barbara Leonhard4, Jerome Murphy-O’Connor) que sugieren una intervención posterior en la epístola, o sea, que tal prohibición no procede de Pablo, el apóstol que tantas patronas disfrutó y que tan respetuosa y elogiosamente habló de ellas (Cox Miller; 2005, 6)? ¿Podría la reconvención a Corinto ofrecer grado similar de control patriarcal al de la primera y epístola a Timoteo, cuya atribución a Pablo está en entredicho por su estilo, datación y contenido, y en la que se lee “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio”, además condenarla como culpable del pecado original y situarla como inferior al varón?

Siglo y medio después de las cartas de Pablo, Orígenes de Alejandría (185-254), erudito, impulsor del Cristianismo en Oriente y pilar de la teología cristiana junto a San Agustín (354-430) y Santo Tomás (1224-1274), recoge esta recomendación de Pablo y la comenta durante sus célebres clases en la Academia. Dice: “It is shameful for a woman to speak in church. Whatever she says even if she says something excellent or holy, because it comes from the mouth of a woman”. En ese momento, el panorama social parece haber cambiado sensiblemente, al menos para las mujeres. Aludiendo directamente al mismo hecho biológico de ser mujer como argumento que invalida la voz femenina, Orígenes arrebata autoridad, credibilidad y bondad a mujeres que, en aquellos años de afirmación de la Iglesia católica, habían logrado cierta preeminencia por sus sacrificios en pro de la Iglesia, su labor evergésica, catequista o incluso su labor profética. Podemos hablar de una campaña en toda regla (una que se extiende a lo largo de los siglos) para que las mujeres dejaran de beneficiarse del “ethos igualitario que rodeaba a los discípulos de Jesús de Nazareth” (Pedregal; 2004, 202). De hecho, el comentario de Orígenes que nos ocupa podría reforzar la idea de una ‘intervención propagandística’ posterior en la epístola de Pablo, ya que propone una radicalización de la misoginia más en el tono y coerción que la mantenida por este.

En el tiempo de Orígenes (y también seguimos refiriéndonos sobre todo a este área de Asia Menor), las profetisas y, en general, las mujeres que tomaban la voz o lideraban de alguna manera la comunidad comienzan a ser consideradas heréticas. Entre ellas, el nutrido grupo de profetisas corintias que Pablo protegió (Cox Miller; 2005, 31-40). También Maximilla, Quintilla y Priscila, profetisas del influyente movimiento Montanista, que predicaba la comunicación directa del Espíritu Santo con la comunidad a través de profetisas-obispas, un mensaje demasiado subversivo para la jerarquía eclesial, que en aquel momento lidiaba con una ensordecedora discusión dogmática por parte de una sociedad dividida entre los creyentes sólo de palabra (aún afectos a las costumbres ‘pecadoras’ paganas) y los de facto, divididos en distintos grados de rigorismo y gnosticismo (Brittain; 2011, 35). Las historiadoras aventuran que estas profetisas posteriores profetizaban como las coetáneas de Pablo, pero ya no en los templos y no para los hombres, sino preferentemente para otras mujeres, mandato que las montanistas, por ejemplo, ignoraban (Cox Miller; 2005 ,36-38). “En el II d.C, las mujeres ya insistían en vivir su propia vida, intervenían en discusiones acerca de literatura, matemáticas o filosofía y componían poesía música, dedicaciones estas que eran satirizadas y ridiculizadas por los hombres. Durante el imperio, las mujeres estaban en todas partes: negocios, vida social teatros, conciertos, fiestas, acontecimientos deportivos, con o sin sus maridos. Incluso entraban en batalla. (…) No sucedía así con las mujeres judías, que vivían encerradas en sus casas” (Pagel, 1979). “Afirmaciones como las de Jerónimo en el siglo IV según el cual detrás de todo hombre herético hay una mujer herética abonan la convicción de E. Pagel cuando afirma que es ese protagonismo femenino lo que provoca el hecho histórico de la exclusión de estos escritos [los evangelios gnósticos] cuando se confecciona el canon y su consideración en consecuencia como textos heterodoxos” (Pedregal; 2011, 209).

En el comentario de Orígenes asistimos, por tanto, al despliegue del rodillo que terminará con el papel activo de las mujeres en la Iglesia católica, justo en una zona en la que las mujeres, ya fueran diakonisas, patronas o profetisas, pudieron contribuir en mayor grado y beneficiarse de tal contribución (casos de Junia o Febe), además de portar una mayor influencia de los laxos ritos paganos orientales. El mismo Orígenes conoce bien la labor de estas mujeres poderosas, ya que es recogido por dos de ellas en momentos delicados de su biografía, hecho que refuerza su vinculación a la herejía que finalmente le procurará un martirio ansiado desde joven (Pedregal; 2012, 321-322). Es interesante, en el sentido de seguir apuntando a cómo la influencia de la labor exegética de Orígenes trasciende hasta su puntual vinculación herética, recoger la precisión que Benedicto XVI realizó al respecto de su tarea, aludiendo a cómo el teólogo pionero se esfuerza por desterrar los testimonios de fe orales como manifestaciones de la voluntad divina e integrar las escrituras en un mismo espíritu antiherético (antifemenino): “Hemos aludido a ese “cambio irreversible” que Orígenes inició en la historia de la teología y del pensamiento cristiano. ¿Pero en qué consiste este “cambio”, esta novedad tan llena de consecuencias? Consiste, principalmente, en haber fundamentado la teología en la explicación de las Escrituras. Orígenes llega a promover eficazmente la “lectura cristiana” del Antiguo Testamento, rebatiendo brillantemente las teorías de los herejes —sobre todo gnósticos y marcionitas— que oponían entre sí los dos Testamentos, rechazando el Antiguo”.

¿Por qué la afirmación del cristianismo supuso la subordinación y sometimiento de las mujeres, en un proceso histórico que supone el génesis del postergamiento que vivimos hasta el día de hoy? ¿Cómo pudo una sociedad que permitió la actividad científica y la influencia de tantas mujeres, de María la Judía (I d.C.) a Hipatia (fallecida en el 415) eclipsarlas? Martino y Bruzzese (1994, 43) hacen algo de luz al hilo de la trágica muerte de Hipatia: “En una época en la que la Iglesia cristiana, con sus Padres, asumía cada vez más el papel de institución y procedía a la marginación de las mujeres del culto y de las funciones sociales de poder, una pagana surgía como símbolo de sabiduría y competía con las autoridades religiosas de su ciudad. Un conflicto religioso que ocultaba una disensión mucho más profunda: Hipatia representaba la tradición de la sabiduría femenina, una antigua tradición egipcia y griega y, por consiguiente, causaba mayor disgusto como docta que como pagana: las mujeres no debían hablar ya en las asambleas o en los lugares de culto, y menos que nunca debían enseñar en las escuelas”. Pagels cita múltiples causas en “Los Evangelios Gnósticos”: la influencia de la tradición de los judíos convertidos; el ascenso del cristianismo de movimiento de clase baja, donde todos los esfuerzos son bienvenidos, a la clase media; la rivalidad entre los Apóstoles y María Magdalena, que se salda con la victoria de Pedro y la erradicación del ejemplo mariano de lo femenino… Castelli (1994, 98) acuerda denominar a las múltiples razones provenientes de distintos estudios lanzados desde disciplinas variadas una suerte de heteroglosia. Una diversidad de voces que “continuará sin duda molestando a los guardianes de las instituciones, de la misma manera que los discursos visionarios de las mujeres de Corinto molestaron a Pablo y sus legales hace veinte siglos”.

BIBLIOGRAFÍA
Beauvoir, Simone. 1949. El segundo sexo. París: Gallimard.
Brittain, Alfred. Carroll, Mitchell. 1976. Women of Early Christianity. Woman in All Ages and in All Countries series. Nueva York: Gordon Press.
Castelli, Elizabeth A. 1994. “Heteroglossia, Hermeneutics and History. A Review Essay Of Recent Feminist Studies of Early Christianity”. Journal of Feminist Studies in Religion. 10, 2: 73-98
Cox Miller, Patrizia. 2005. Women in Early Christianity. Translation from Greek Texts. Washington, D.C. : Catholic University of America Press.
Martino, Giulio de y Bruzzese, Marina. 1994. Las filósofas. Madrid: Cátedra.
Pagels, Elaine H. 1979. The Gnostic Gospels. Nueva York: Randon House.
Pedregal, Amparo. 2004. “La Historia de las Mujeres y el Cristianismo Primitivo. Apuntes para un balance historiográfico”. La Historia de las Mujeres: una revisión
historiográfica
. Asociación Española de Investigación Histórica de las Mujeres. 201-228.
Pedregal, Amparo. 2011. “Las diferentes manifestaciones del patronazgo femenino en el cristianismo primitivo”. Arenal. Benefactoras y filántropas en las sociedades
antiguas
.18, 2: 309-334

Jotdown y las Jefas de todo esto

Hace algún tiempo que vengo siguiéndole la pista a la evolución de la palabra Jefa. La escuché por primera vez en el mundonoche, donde un jefazo o una jefaza es un DJ que domina lo suyo, contundente y que te hace sudar. En realidad, creo que la primera vez que la escuché se refería a Helena Gallardo, mi DJ favorita. Ahí, en ese universo medio castizo medio guayses, jefaza comenzó a usarse rápidamente y mucho más en femenino para referirse a determinado tipo de mujeres no acomodadas, con control o de discurso fuerte. Le pregunté a tres mujeres que considero jefas, cada una en lo suyo, sobre su definición del epíteto.

Carmela Rosso, jefaza classic style, me dijo: “Para mí, una Jefa es una tía independiente, con personalidad y que dice y hace lo que considera sin preocuparse, más de lo necesario, de lo que piensen los demás”.

Paka Díaz, jefaza pacifista, me contestó: A mí me encanta como suena y siempre que lo leo me parece positivo, me parece que de refiere a una mujer que sabe muy bien de lo que habla, una grande”.

Bárbara Ortega, jefaza cañera, opinó: Para mí, ser una jefaza implica tener 2 buenos huevos y hacer las cosas con ganas y arriesgando. Una echada pa´lante con gracia y soltura y sin miedo a cagarla”.

Hoy veo que Jefa ha alcanzado territorios definitivamente mainstream:

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Por lo general, una Jefa suele ser una mujer de cierta edad, la necesaria para haberse quitado de encima ciertas tonterías y haber adquirido otras tantas herramientas para lidiar con lo que se espera que una haga o diga en el espacio público. Por eso, las Jefas suelen ser incómodas. Jaleamos a las Jefas de fuera, pero a ninguna jefa (jefa vulgaris) le gusta tener una Jefa cerca. Qué pereza que la cuestionen o la pongan a una en evidencia. Es muy raro encontrarse con Jefas en los lugares de lo laboral que conozco: o disimulan o han sido aplastadas por la machine machista de las jerarquías de género.

Las Jefas, por tanto, no tienen muchas veces voz. En la radio, no son Jefas por tibias ni Montserrat Domínguez ni Angels Barceló, en los links bajopuestos se explica porqué. Sí es Jefa (que además emplea a otras Jefas) Julia Otero: aquí hay un momento en que le sale el rollo Jefa ante el apropiacionismo de lo femenino por parte del escritor Lorenzo Silva. Se necesitan más Jefas que les digan a los escritores que no practican la ética poética (ni la ética a secas) cuando vomitan modelos de mujer que son lesivos, inexistentes y repetitivos. Si buscan la identificación con la masa lectora, están ahuyentando a la mitad de la población. O, al menos, a las Jefas.

En los periódicos casi extintos no hay Jefas y apenas hay jefas.  Quizá por eso pasarán pronto a mejor gloria. Sin embargo, sí que hay periodistas que son Jefas con burka, imposibilitadas por la supervivencia para expresar su jefatura. En la tele sí que pudeira haber más candidatas a jefas porque a la tele le gustan mucho los excesos y una mujer que no se acopla siempre es vista como tal. Mercedes Milá, Ana Pastor… No se me ocurre ninguna más. Las que se me vienen a la cabeza no interpretan, en realidad, su papel, sino el de la máquina. No se salen ni un milímetro del guión. No se mueven, no se notan, no traspasan. Saben que a poco que cuestionen su frase, las ponen verde. Y quien dice verde dice zorra, hortera, histérica,  ciclotímica, gorda, anoréxica, fea, mala, loca… Etc.

Muchas mujeres podrían mostrarse como la Jefa que llevan dentro, pero prefieren no hacerlo. Se bartlebytizan, preferirían no hacerlo, no decirlo, no manifestarse, porque no tienen ninguna gana de exponerse en el circo romano por unas migajas de reconocimiento. Su reino no es el de ellos: candelabro, fama, entrevistas, figuración. Quiero pensar que es esa llamada “falta de ambición”, y no prejuicio ante una revista francamente machiprogre, lo que explica la amarga queja del autodenominado CEO de JotDown, que se lamentaba ayer de que ninguna de las doce mujeres a las que había solicitado una entrevista había aceptado. Pareciera que a una Jefa hay que ponerle algo más por delante que una zanahoria en forma de autocomplacencia en blanco y negro. Para mas señas:

El asunto de las mujeres y JotDown y del machismo de una revista escrita desde, por y para lo masculino se salió ayer de padre en tuiter, donde quedó claro que a la marca JotDown no le hacen ninguna gracia las Jefas. Elena Cabrera, Barbi Hijaputa y Patricia Horrillo, Jefazas, tratarón de explicar al Ser JotDown porqué es machista, infructuosamente. El Ente JotDown decía no entender nada, aunque en realidad lo que hacía era no reconocer a estas Jefas como interlocutoras válidas (misoginia máxima) negándoles la agencia política, la lógica expresiva y la razón. La vaina JotDown repetía una y otra vez que no entendía nada o todo lo contrario, una manera más bien burda pero muy clásica de inferir que las mujeres somos seres inferiores que no sabemos explicarnos en el lenguaje de los entes superiores. Todo fue precioso y os animo a que exploréis los tuiteres de estas mujeres porque valen por un potosí.

Hoy me he acordado mucho de estas Jefas y de otras tantas que andan vendiendo sus contenidos o sus ideas o sus cuerpos o lo que tengan a mano por, con suerte, mucho menos de lo que valen. Porque hoy, fisgoneando en mi muro de Facebook, he visto dos o tres nuevos proyectos, de nuevo liderados por el macho blanco de rigor, de nuevo bajo el paraguas de cierta intelectualidad underground, de nuevo con el disfraz del esnobismo para iniciados, en los que no asoman no ya Jefas, sino simplemente mujeres. De las de siempre, sin revelar ni rebelar, de las que tienen talento pero (aún) no tocan los cojones. Y estoy negra de pensar en tantas editoriales y tantas revistas y tantas plataformas lideradas por hombres para hombres y con asuntos enfocados invariablemente para la mirada masculina, mientras que las mujeres seguimos atrapadas en la vindicación (que sí, que está muy bien), pero no nos hacemos con la creación.

¿POR QUÉ?