Etiquetado: feminismo

El Feminismo en el menú

Era cuestión de tiempo y de clicks. Hoy veo por primera vez que FEMINISMO aparece como una opción temática más en un menú del website de un medio de comunicación. No se trata, por supuesto, de un periódico o un medio de información general, sino de una revista de moda. El FEMINISMO pasa así a convertirse en una herramienta más del menú que las revistas de tendencias ofrecen a sus lectoras para su mejor autocontrol y autodisciplina. Aquí, el FEMINISMO se une a los dispositivos castradores de la belleza o la moda para aplacar la sed narcisa de identidad y de presente infinito a las consumidoras, ofreciéndoles consuelo específico a su propia inanidad gracias a la promesa de una vida empoderada dentro de los límites del consumo. Las jóvenes lectoras de SMODA podrán así informarse sobre el FEMINISMO blanco, racista y extractivo que promocionan las revistas, sin que su universo autocomplaciente y desconectado sufra la más mínima grieta. De hecho, se llamarán a sí mismas FEMINISTAS y se sentirán en la vanguardia de su propia revolución, sin importarles lo más mínimo los indigentes ocho euros la hora que le pagan a la señora que les limpia y les plancha. Han de ahorrar porque ser FEMINISTA hoy es carísimo: las buenas cremas no bajan de los 100 euros. Chicas, hay que quererse.

El feminismo institucional se autodestruirá en 3, 2, 1…

Los libros de las maestras se han quedado mudos. Ellas mismas son zombies que hablan de un mundo que otras no reconocemos ya. Imposible reconciliar las posiciones políticas radicalmente anticapitalistas con su defensa de las democracias liberales que nos explotan. Complicado concederle voz a mujeres de otros lugares de la tierra desde la posición enunciadora que ellas ocupan.

Lo que se está gestando ya no tiene que ver ni con matar al padre ni con matar a la madre. Es una superación. Abolir el pensamiento abismal es mucho más que un genericidio, aunque tal abolición haya comenzado por los géneros. El reto está en convertirse en el otro, fundirse en el otro, ser el otro hasta que desaparezca tal. No hay el otro. No hay lo otro. Todo es uno.

Sirin Adlbi Sibai se ha atrevido a titular su libro “La cárcel del feminismo” porque el feminismo, tal y como pretenden seguir planteándolo las maestras que ocupan las cátedras y los despachos universitarios, es percibido como uno de los lugares de privilegio en los que construye la categoría “otra”. Renunciar a la categoría “otra” no es simplemente una operación retórica que alegremente nos abre una nueva temática para abrevar nuestro pensamiento. No es una ocupación de una posición y una apropiación de una voz. Es una operación material y política que empieza, a este lado, por dar un paso atrás.

El feminismo blando de la globomedia: cómo nos venden la moto

Pico como tonta en el cebo filosófico de El País y rompo el compromiso conmigo misma de no leer periódicos hasta las elecciones. Error. La lectora con escrúpulos que llevo dentro encuentra enseguida argumento para su cabreo. Se trata del enésimo artículo sobre pop y feminismo, que ocupa portada en las páginas de chascarrillos intrascendentes de El País (revista del sábados) en vez de hacerse hueco en el de análisis concienzudo de los domingos. Consecuentemente, el periodista, al que supongo agotado como lo estamos muchos de tanto llenar y llenar líneas ya no sabemos de qué ni a qué precio, se las apaña para llegar al final del texto colocando opiniones de unos y de otros sin aclarar una cuestión que, y eso sí que es díficil, tampoco ha sido directamente planteada. Para el caso, lo importante es que los cuerpos-reclamo de Beyoncé, Rihanna y Nicki Minaj salen a toda página y que la palabra feminismo sirve de aliño y percha enrollada para el racial pack. Dame veneno que quiero morir. Dame veneno.

Si un analista dominguero con mediano fuste hubiera tenido que escribir un artículo sobre esta insistente aparición de la palabra feminismo en los lugares más insospechados del showbussiness contemporáneo, ¿qué hubiera escrito? Me gustaría muchísimo saberlo. ¿Cómo explicarían este extraño fenómeno las mentes avezadas en desmontar los contextos para explicar los procesos? Sin caer en la tentación de arrogarme la propiedad del movimiento (aunque, padre, confieso que ante estas cosas se me viene a la mente el segundo mandamiento), cuál es el contenido de este feminismo que nos arrojan desde lugares donde el igualitarismo brilla por su ausencia? ¿Dónde encontrar explicación a porqué este cúmulo de cuerpos hiperexpuestos abanderan el feminismo? Como (ex)lectora de periódicos, me deben un contexto. No el blah, blah, blah de corte y pega de rigor. Amigos de El País: si regaláis libros de filosofía a vuestros lectores, ¿por qué publicáis textos que podrían servirle a Cuore?

Pero volvamos a la cuestión. Esta semana también me topo con mil y una alabanzas hacia una nueva campaña de la marca Dove, que se quiere feminista por alentar a las niñas a aceptar su pelo rizado. Según estudios llevados por Dove, tan sólo cuatro de diez niñas sienten que su cabello rizado es hermoso. Sin embargo, el mensaje es enviado en general a todas las mujeres del mundo para que den el ejemplo y sientan seguridad en sí mismas, y de su belleza natural, sin importar los estándares que dicta la sociedad”. La anterior campaña de Dove, “Love your curves”, abrió la veda de la publicidad-autoayuda para las marcas que quisieran investirse de ángel guardián de las mujeres. Una pena que el mundo nos haya educado para no aceptar caramelos de extraños: más que preocuparse por el bienestar mental de las mujeres, Dove se avalanza sobre un nuevo grupo consumidor detectado por los estudios de mercado que son las mujeres con baja autoestima. Su tamaño es enorme, gigante, pues el sistema capitalista que premia la belleza, la juventud y la delgadez se encarga de producir gran cantidad de mujeres llenas de ansiedad por no encajar en el inalcanzable estándar. Total: nos venden empowerment por la vía de un jabón.

El caso de Dove es bastante paradigmático del toco mocho que el mercado, sus marcas y los medios de comunicación que se sustentan en ellas nos están colocando. La web Sheknows ha bautizado el fenómeno como femvertising (femenine+advertising) y lo describe como aquel por el cual las mujeres demandan más compromiso de las marcas que consumen. Estas producen mensajes que alientan a chicas y mujeres a quererse y a apreciar sus cuerpos porque un 52% de su público cuenta que les influye cómo la marca retrata u trata a las mujeres y porque un 94% de las mujeres cree que la manera en que los anuncios convencionales representan a la mujer es dañino. Nike, Hanes, Olay, Dove, Always, Pantene, Playtex, Covergirl, Underarmour o Sears han puesto en marcha campañas de este estilo. Personalmente recomiendo el de leche Kaiku sin lactosa. No hay palabras. No hay que ser Einstein para sospechar el timo que cobijan estos mensajes publicitarios: dado que la marca no puede respaldar la agenda feminista que busca la representación de distintos cuerpos de cualquier edad porque para vender ha de asociarse siempre a la belleza normativa, la sustituye por un difuso mensaje de autoayuda que no llega ni a feminismo light y lo hace pasar por un compromiso cierto con el igualitarismo. No way, Dove y todos los demás.

El asunto no tendría mayor trascendencia sino fuera porque la idea de que el feminismo se limita al acomodo en el propio cuerpo por parte de las mujeres no estuviera calando tan fuertemente. No seré yo la que diga que la cuestión no es importante, ahora bien. Parece que interesa al sistema convertir lo que siempre ha sido una lucha colectiva, pública, política en un dilema individual, íntimo, psicológico, que la mujer ha de resolver sirviéndose de los benéficos productos y mensajes que el mercado les pone a su disposición. Así, entretenidas en la tarea de amarnos a nosotras mismas, apenas sí nos enteramos de lo que pasa en la plaza pública de la política, que es de lo que se trata. Al patriarcado siempre le ha obsesionado confinarnos en el espacio reducido de lo privado. ¿Qué hay más reducido y privado que el propio cuerpo convertido en cárcel que, encima, debemos amar?

Veo, además, cómo este enclaustramiento se replica en órdenes distintos al íntimo por parte de mujeres supuestamente empoderadas. En octubre pasado leí un artículo interesante titulado “Las conferencias de mujeres poderosas ya no empoderan a nadie”, acerca del la saturación que tenemos ya de ver a las mismas profesionales de éxito dando conferencias y protagonizando simposios que no sirven más que para lavar la cara de las empresas y llenar el bolsillo a las que se prestan al juego. Las charlas sobre empoderamiento se han convertido en otro producto del mercado y la ética de las mujeres que cobran por impartir unas charlas que no van a ningún sitio queda aquí puesta en cuestión. Esas mujeres no tendrían que quedarse en la zona de confort que les provee una audiencia rendida y necesitada, sino forzar la conversación con las empresas para lograr mejoras políticas concretas. Son ellas las que han de romper el techo de cristal y abrir brecha. Son ellas las que han de producir las condiciones que permitan a las mujeres que pagan por escucharlas perseguir su sueño. Seguir ordeñando la vaca del feminismo en petit comité sirve lo mismo que comprar jabones Dove para gustarse más a una misma.

Entre unas cosas y otras, nos desactivan. O nos desactivamos. Es menos comprometido y fastidioso apuntarse al feminismo de baja intensidad, a esa hipnótica autoayuda mente-cuerpo, que militar, reunirse, manifestarse, recoger firmas, plantearse objetivos ambiciosos, presentarse a unas elecciones, ejercer sin traicionar las propias convicciones. Al final, entretenidas en la misma vanidad que nos ha tenido presas por los siglos de los siglos, con una seguridad que se sostiene sobre unos ejes cada vez más precarios, rehuimos cualquier discurso que nos supone poner en cuestión nuestra manera de pensar o de obrar. Descalificamos las ideas que no provienen del paternalismo que sólo nos exige adornar y nos creemos la letal cantinela de que si no hemos logrado lo que soñábamos ha sido porque no somos lo suficientemente buenas. Es cierto: no somos tan listas ni tenemos tanto talento. Pero somos más bellas. Y estamos enamoradas de nosotras mismas. Tenemos la autoestima por las nubes. Ja-ja.

Mientras aprendemos a ser bellas dentro de los estándares de la sensatez rectora, a amar nuestra cara naturalmente maquillada y a sentirnos bien en nuestra piel (¡qué perverso quien nos haya enseñado lo contrario!) gracias a los consejos de tantas marcas, revistas y programas de la tele, suceden cosas como esta:

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Es cuando menos curioso que mientras Emma Watson lee sus discursos bienintencionados, no lo dudo, pero escasos de concreciones, las mujeres que se sientan en las mesas de negociación se vean tan desasistidas de poder e influencia. ¿Por qué no son estas mujeres las que dan los discursos? ¿Qué propósito tiene dejar que una jovencita abandere una causa de la que le dejan saber poco más que eslóganes? ¿Por qué a las instituciones no les interesa dar la palabra a las feministas reales?

Nadie parece querer tomarse en serio el feminismo (la igualdad). La palabra va, como la falsa moneda, de mano en mano. La manosean las celebrities, la moda, las revistas, los telediarios, las instituciones… pero queda en un mero adorno vacío. Las famosas y las marcas se llenan la boca con un feminismo vacío de contenido porque ese es el único que la globomedia patriarcal está dispuesta a respaldar. No-se-pue-de-cues-tio-nar-quién-de-ten-ta-el-po-der. A las mujeres nos vamos despertando del sueño de las idénticas, nos conceden el sucedáneo del feminismo de autoayuda que confina a la mujer en el armario de su propio yo; el de la hipersexualidad falsamente subversiva que modela a las mujeres para la mirada masculina; o el inocuo consuelo del feminismo de salón de las conferenciantes profesionales y académicas. ¿Cómo va El País a tomarse el feminismo (la igualdad) en serio, a contravenir el discurso oficial elaborado por el sistema que le sustenta? El feminismo, para El País y para todos los demás periódicos, es un chascarrillo, una broma, una extravagancia de las mujeres que no va a ninguna parte.

Ese es el compromiso que tiene el sistema para terminar con la violencia de la desigualdad. Un chiste.

 

Ser mujer, ser hombre (ampliando el campo de batalla semántico)

Visualizo en este momento cómo se tensa, amigo, el falangín de tu dedo índice para cerrar de un ratonazo esta página que sospechas feminista. O quizá seas tú, amiga afortunadamente integrada, la alérgica a las monsergas de género que proliferan últimamente. No lo hagáis. Resistid vuestra aversión al cansino maniqueísmo hombre-mujer. Pasad por alto mi militancia en el pesadísimo Feminismo (que de mano en mano va y ninguno se lo queda). No seáis una de esas personas que sintoniza el telediario que coincide con su forma de ver el mundo. Aunque disfrutéis de las ventajas de estar felizmente estandarizados, saber de los desvelos de las y los que no nos acomodamos en el hueco que nos han dejado os reafirmará en vuestra felicidad. ¡Qué suerte habéis tenido de ser vosotros! Regocijaos y criad. Quizá alguno de vuestros hijos necesite algún día leer un blog como este.

Decía Borges que “cualquier hombre es todos los hombres”, algo que Bartolomé de las Casas había formulado de manera menos interpretable al escribir que “todos somos el mismo hombre”, para defender la dignidad de los indios de Las Indias (el budismo sostiene que “todos somos uno y lo mismo”: arte, religión y ética parecen proceder del mismo lugar). La frasecita me ha dado bastante que pensar últimamente, hasta el punto de surgirme una enmienda casi casi a la totalidad. Digo casi porque, no voy a enmendarle la plana a los buenos, está claro que nadie es extranjero en lo mejor y lo peor que pueda cometer cualquiera de nuestros congéneres. “Nada de lo humano me es ajeno”, que decía Terencio y, luego, Marx (Karl, guasones). Sin embargo, prescindiendo de este nivel último de conciencia, veo y entiendo que no, que no todos los hombres se conducen y piensan como la generalidad de los hombres ni todas las mujeres accionan como la mayoría. En términos Matrix, algunos han elegido la pastilla roja, la que despierta la mirada al mundo real, mientras que otros apenas si saben que viven en una entelequia o han decidido no enterarse de lo que va la vaina atiborrándose de píldoras azules. Algunos, los comodones, aún conociendo el timo, hubiéramos optado por vivir para siempre en la inopia si la naturaleza no nos hubiera atizado la certeza casi a golpes. Para otros no hubo opción. La buena noticia es que de ninguno de los bandos he escuchado reproches.

La verdad que se nos va revelando a los desintegrados en alguna de sus partes, a los que se extravían, se traban o encuentran dificultades en uno mismo o el otro, es la existencia de una estructura superior, muy superior, antiquísima y rara vez visibilizada en los discursos, que divide el mundo. Una versión más doliente de los apocalípticos y los integrados que Umberto Eco se sacó de la manga en los 60 para distinguir a los que disienten de la cultura de masas por verle un lado oscuro y los que la disfrutan, sin más. Yo también creo que por el mundo andamos personas con los ojos abiertos y muchas otras que los llevan cerrados o, a lo sumo, entreabiertos. No quieren ver la deficiente programación base del software con el que operamos desde hace siglos, un código binario que, once upon a time, el hombre impuso para ordenar el mundo. Gracias a este código, todo lo que no fuera como él se limitaría a hacerle la vida más agradable, si me permitís el reduccionismo poético.

Ese hombre, ese hombre blanco, rico y heterosexual, es el jefe de todo esto. Gobierna el bar de la esquina y las transnacionales. Ese hombre es, según Borges, todos los hombres. Y ahí es donde muchos decimos no. Yo no soy ese hombre. Renuncio a mi derecho a ser ese hombre que no cree en la igualdad de todos los seres humanos, al que no le alcanza la empatía para defender la redistribución de la riqueza o los derechos de los animales, esa persona cultivada que, sin embargo, sigue considerando a los que no son como él como un lugar de recreo, de descanso, de burla, como mano de obra barata o simple cáscara sin interés, o que se encuentra incómodo al tener que compartir conversación y espacio con una persona intersexual, transexual, travesti o transformista. Esos hombres que piropean o perdonan la vida, que no cuidan de sus hijos y padres, que afirman que “me caen muy bien los gays; tengo muchos amigos gays”, que nos dan charlas y nos enseñan. Ese hombre es Putin, Cañete y el alcalde de Torrelodones. Pero yo no soy ni ese ni todos esos ni las mujeres que les acompañan o les jalean, reverso tenebroso, capaces de condenar a sus propios hijos educándoles para ser esos hombres y a sus hijas, para adornarles. Mujeres siempre maquilladas, siempre sexys, dulces tigresas finalmente amargadas por no haber sabido abrir los ojos. Solas en el vertedero de los centros comerciales.

Se me ocurren más renuncias semánticas. Renuncio también a ser mujer, en todo lo que no es mi biología, las especificaciones hardware que me han tocado en gracia y los procesos químicos femeninos que me han sido dados. Lo que se entiende por mujer socialmente hablando, ese ser mitológico, trágico y mágico, esa madre coraje supermana, esa microvíctima de la sociedad y macrovíctima de sí misma, la que compra furiosamente sí o sí, se siente femenina o tiene un bad hair day que le impide salir de casa; la que llora y da pena o miedo o todo lo anterior a la vez, la que habla como si tuviera 12 años en vez de 42, la que no se atreve a decir ni mu o no le interesa saber. Esa que se hipersexualiza para sentirse alguien. La que está a dieta aunque su pierna es como mi brazo o la que sólo se entiende a sí misma como complemento directo de su pareja, su bestie o padre. La que no tiene animales en casa por no quitar pelos. La que se retoca cada veinte minutos. La que necesita protección, permiso, reafirmación. Es cierto que, hace nada, quería ser una de ellas. Ahora ya no. Probablemente por conocer a muchos hombres que, a su manera, han renunciado a ser lo que se entiende por hombre, socialmente hablando. Personas que, simplemente, son. Gente que habla, llora, va al fútbol o a H&M, folla, baila y ejerce su profesión desde un lugar (casi) sin género. Desafortunadamente, no he conocido a muchas mujeres así. Sólo a algunas.

Es fácil para las mujeres objetoras del sistema caer en una especie de mistificación de la mujeridad, en un feminismo radical ya absurdo al que, al menos las que vivimos más el futuro que el pasado, las privilegiadas universitarias occidentales con colchón familiar o laboral, hemos de renunciar. Pienso en esas feministas de cierta edad que les niegan el pan y la sal feminista a las transexuales por no ser “realmente” mujeres. Qué reaccionario montar un club que exige cierta calidad de sufrimiento. Y qué incivilizado conducirse en sociedad con parámetros puramente biológicos, como si no tuviéramos las herramientas, el conocimiento y la voluntad suficiente para domeñarlos. No encuentro viaje más complicado y que merezca más compañía que el de la transexualidad: mujeres encerradas en hombres (o al revés) que, cuando se vean realmente como son querrán, con suerte, ser simplemente personas. Personas que han de pasar por mucho más sufrimiento para llegar, si pueden y les dejan, a la misma meta. Algunas quizá soporten la sensación de inadecuación (quisiera saber si se puede ejercitar la aceptación puramente mental en los asuntos de identidad corporal), operación tras operación, hasta el final de sus días.

Cómo resolver el problema semántico de no querer ser ese hombre ni esa mujer, ni el hombre ni la mujer. Y cómo hacerlo sin que lluevan las (terribles) acusaciones de ‘mala feminista’ que acechan en cada esquina a las que estamos más equipadas para pensar la vida que para vivirla. ¿Se puede ser biológicamente una mujer y socialmente una persona, una unidad, una vida? ¿Podríamos desterrar lo sexual como contenido principal de un espacio simbólico insoportablemente reduccionista y empobrecedor? ¿No estamos dotados, los seres humanos, para emitir en otras frecuencias, más enriquecedoras? ¿Acaso no sabemos construir un un sistema de valores común que nos integre más allá de la ficción de los géneros? Los que tratamos de desprogramarnos sí sabemos que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Nos une casi todo a los que disentimos, resistimos, denunciamos y rechazamos el sistema (capitalista) y el sistema del sistema (lo heteropatriarcal). Tanto nos une que aquí sí que sucede como quería Borges, y podemos ser todos los hombres, todas las mujeres y toda la escala de grises entre ambos.