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Lo dijo Virginia Woolf hace ahora 80 años: “Don’t feed the troll!”

Un consejito de Virginia Woolf para las mujeres burguesas, clase media o desclasadas universitarias que se disponen a iniciar la carrera de ratas en la academia, los medios de comunicación o la vida en general.

[“Las preguntas que debemos hacer y contestar sobre esa procesión en este momento de transición son lo suficientemente importantes como para cambiar la vida de hombres y mujeres para siempre. Debemos preguntarnos a nosotras mismas, aquí y ahora, ¿queremos unirnos a ese cortejo o no queremos? ¿Bajo qué condiciones deberíamos unirnos? Sobre todo, ¿dónde nos conduce, esta procesión de hombres ilustrados? No dejemos nunca de pensar: ¿en qué consiste esta “civilización” en la que nos encontramos? ¿Qué significan estas ceremonias y porqué tendríamos que formar parte de ellas? ¿Qué son estas profesiones y porqué tendríamos que vivir de ellas? ¿A dónde, en resumen, nos lleva el cortejo de los hijos de los hombres ilustrados?”].


Tres guineas se publicó en 1938: cumple 80 años. Woolf trata de pensar cómo parar las guerras, una cuestión que le ocupó prácticamente tres años porque su análisis es de calado: toca la socialización, la educación, la producción de cultura y conocimiento y el mundo laboral. Su análisis de la masculinidad es un punto de referencia estupendo para analizar las masculinidades de hoy en día y proponer un diagnóstico. Ahí ha de haber ya una brecha apreciable. Sin embargo, la pregunta clave que nos interpela directamente a nosotras sobre el colaboracionismo con el mundo de los hombres educados tiene toda su vigencia: no hemos avanzado casi nada. Seguimos caminando lo ya andado por el maestro como borregas. Hablamos de hacer mundo pero esperamos un permiso, una complicidad, una colaboración o yo qué sé qué. En esa encrucijada se deshace la sororidad de género y se descubren alianzas con sujetxs que escapan a la categoría mujer en una multiplicidad de diferencias. Ahí es donde está nuestra grieta.

Tres guineas ha envejecido, pero guarda perlas que por la vía de la descontextualización valen oro. Aquí va mi selección de fragmentos escogidos.

“Y estos pareceres nos inducen a poner en duda y a criticar el valor de la vida profesional; no su valor denigrado; este es grande; sino su valor espiritual, moral e intelectual. Nos inducen a opinar que las personas que tienen gran éxito en el ejercicio de la profesión pierden los sentidos. Se quedan sin visión. No tienen tiempo para mirar cuadros. Se quedan sin sonido. No tienen tiempo para escuchar música. Se quedan sin habla. No tienen tiempo para conversar. Se quedan sin el sentido de la proporción, de las relaciones entre las cosas. Se quedan sin humanidad. Ganar dinero llega a ser tan importante que deben trabajar por la noche igual que de día. Se quedan sin salud. Y tan grande llega a ser su ánimo de competir que se niegan a compartir el trabajo con otros, a pesar de que tienen más del que pueden realizar por sí mismos. ¿Qué queda, pues, en el ser humano que ha perdido la visión, el sonido y el sentido de la proporción? Sólo un tullido en una caverna”.

 

“Pero no estamos aquí para cantar viejas canciones ni para encontrar palabras que rimen. Estamos aquí para analizar hechos. Y los hechos que acabamos de sacar de la biografía parecen demostrar que las profesiones tienen un innegable efecto en los profesores. Tienen la virtud de dar a las personas que las ejercen carácter posesivo, celoso de todos sus derechos y altamente combativo si alguien osa disputárselos. ¿Nos equivocaremos al afirmar que si nos entregamos a estas mismas profesiones adquirimos los mismos rasgos? ¿Y acaso estos rasgos no conducen a la guerra? ¿Si ejercemos las profesiones tal como se ejercen, acaso dentro de un siglo o más o menos no seremos igualmente celosas, igualmente competitivas y no estaremos igualmente seguras del veredicto de Dios, la Naturaleza, la Ley y la Propiedad?”.

 

“Pero las extrañas prescindirán de las exhibiciones al dictado, reglamentadas y oficiales sen la que solo los miembros de un sexo toman parte; esas exhibiciones, por ejemplo, condicionadas por la muerte de los reyes, o por su coronación, fuentes de su inspiración. Prescindirán, además, de las distinciones personales, medallas, cintas, cruces, birretes y togas, no por aversión al personal adorno, sino por el evidente efecto restrictivo de ellas, por su propensión a estereotipar y a destruir. En este punto, cual tan a menudo ocurre, al alcance de la mano tenemos el ejemplo de los países fascistas para ilustrarnos, ya que, si bien no tenemos ejemplo para ilustrar lo que deseamos, sí tenemos algo que quizá sea igualmente valioso, que es el cotidiano y luminoso ejemplo de lo que no deseamos ser. Teniendo a la vista el ejemplo que nos dan el poderío de las medallas, de los símbolos y de las órdenes de mérito, e incluso, parece, de los tinteros adornados, todo ello dirigido a hipnotizar a la mente humana, nuestro deber ha de consistir en negarnos a la sumisión a ese hipnotismo. Debemos apagar el burdo resplandor del anuncio y de la publicidad, y no solo debido a que los focos pueden estar en manos ineptas, sino debido, también, al efecto psicológico que esta iluminación produce en quien la recibe. (…) Tenemos razones que nos inducen a esbozar la hipótesis según la cual la fluidez y la libertad, el poder de cambiar y el poder de crecer, solamente pueden ser conservados en la oscuridad; y que si deseamos contribuir a que la mente humana cree y, al mismo tiempo, evitar que vuelva a incidir una vez más en la misma rodera, debemos hacer cuanto esté en nuestra mano para envolverla en penumbra”.

 

“Abstenerse, evidentemente. No suscribirse a periódicos que propugnan la esclavitud intelectual; no asistir a conferencias que prostituyen la cultura; ya que estamos acordes en que escribir, por orden de otro, lo que no se desea escribir significa la esclavitud, y mezclar la cultura con el encanto personal o con el anuncio es prostituir la cultura. Por estos medios actos y pasivos, hará usted cuanto está en su poder para romper la circunferencia, para romper el círculo vicioso, para romper la danza alrededor del moral, del envenenado árbol de intelectual putiferio”.

 

“Todo parece indicar que la común conciencia que engloba a marido, mujer y Cámara de los Comunes experimenta simultáneamente el deseo de dominar, la necesidad de obedecer para que haya paz y la necesidad de dominar los deseos de dominio, lo cual representa un conflicto psicológico que explica, en gran parte, cuanto hay de contradictorio y turbulento en la opinión contemporáneo. El placer del dominio queda mayormente complicado, como es natural, por el hecho consistente en que todavía va unido, en las clases educadas, con los placeres de la riqueza y el prestigio social o profesional. Lo que le distingue de los relativamente sencillo placeres –como pasar por el campo, por ejemplo– radica en el temor a ridículo que los grandes psicólogos, lo mismo que Sófocles, han advertido en el dominante, que es particularmente susceptible, según la misma autoridad, a que el sexo femenino le ponga en ridículo o le desafíe. En consecuencia, un elemento esencial de este placer parece tener su origen, no en el sentimiento en sí mismo, sino en el reflejo de los sentimientos de otras personas, de lo que se sigue que el sentimiento puede se modificado por el procedimiento de alterar esos sentimientos. Quizás el más indicado antídoto del dominio sea la risa”.

 

“La atmósfera, sin la menos duda, es un muy poderoso factor. La atmósfera no solo cambia el tamaño y la forma de las cosas, sino que también afecta a los cuerpos sólidos, como los sueldos, que quizá se pensara fueran ajenos a los efectos de la atmósfera. Se podría escribir un poema épico acerca de la atmósfera, y también se podría escribir una novela de diez o quince volúmenes. Pero, como sea que esto es solamente una carta, y que vive usted apremiado, limitémonos a formular la sencilla afirmación de que la atmósfera es uno de los más poderosos enemigos, en parte debido a que es de lo más intangibles, con los que las hijas de los hombres con educación deben luchar Si cree que esta afirmación es exagerada, vuelva a examinar las muestras de atmósfera contenidas en las tres cartas citadas. En ellas, no solo encontraremos la razón por la que el sueldo de la mujer profesional es tan reducido, sino también algo más peligroso, algo que, si se difunde, puede envenenar por igual a ambos sexos. Ahí, en estas tres citas, está el huevo de ese mismo gusano que conocemos, bajo otros nombres, en otros países. En embrión, tenemos ahí a ese ser, el dictador, cual le llamamos si es italiano o alemán, que cree tener el derecho, e importa poco que alegue haberlo recibido de Dios, la naturaleza, el sexo o la raza, que le permite imponer a sus semejantes el modo en que han de vivir, lo que deben hacer. Citemos otra vez: «El hogar es, verdaderamente, el sitio en que deben estar esas mujeres que actualmente obligan a los hombres a estar sin trabajo. Ya es hora de que el gobierno exhorte a las empresas a dar trabajo a más hombres, permitiéndoles así casarse con esas mujeres a las que ahora no siquiera se pueden acercar». Situemos esta cita al lado de otra:«En la vida de la nación hay dos mundos, el mundo de los hombres y el mundo de las mujeres. La naturaleza obró bien al encomendar al hombre la custodia de la familia y de la nación. El mundo de la mujer es su familia, su marido, sus hijos y su hogar». La primera está escrita en inglés, la segunda lo está en alemán. ¿Cuál es la diferencia? ¿Acaso no dicen lo mismo? ¿No son ambas voces de dictadores, tanto si hablan en inglés como si lo hacen en alemán? ¿Y no estamos todos de acuerdo en que el dictador, cuando lo encontramos en países extranjeros, es un animal muy peligroso y feo? Y está aquí, entre nosotros, alzando su repulsiva cabeza, escupiendo su veneno, todavía pequeño, aovillado como una oruga en la hoja, pero en el corazón de Inglaterra. ¿No saldrá de ese huevo, dicho sea una vez más con palabras del señor Wells «la práctica anulación de la libertad de la mujer por parte de los nazis y los fascistas»? ¿Y la mujer que tiene que respirar esta ponzoña y luchar contra este insecto, en secreto y sin armas, en su oficina, acaso no lucha contra los fascistas y los nazis, lo mismo que quienes luchan con ellos, con las armas, bajo los focos de la publicidad? ¿Y esta lucha, acaso no agotará, forzosamente, sus fuerzas y sus ánimos? ¿Es que no tenemos que ayudarla a aplastar a este dictador en nuestro país, antes de pedirle que nos ayude a aplastarlo en el exterior? ¿Y qué derecho tenemos, señor, a vocear nuestros ideales de libertad y justicia en otros países, cuando, pudiendo sacudir de las páginas de nuestros más respetables diarios un huevo como este, no lo hacemos?”.

La violación como manifestación de la nación: no volverás a decir ‘madre patria’ jamás

Hoy, Alfonso Muro me enviaba este extracto de mi libro de cabecera La mano izquierda de la oscuridad (Ursula K. Le Guin) con el comentario: “Me encanta cómo la Le Guin hila machismo, violación y guerra”. No deja de sorprenderme que tenga que ser precisamente en un relato fantástico donde encontremos expresada la relación directa que existe entre androcentrismo y violencia, y sugerida tan abiertamente la solución a los conflictos que tantas vidas cuestan: romper con el paradigma de la masculinidad y terminar con la desigualdad primigenia entre los géneros. No es fácil expresar ideas así fuera del ámbito académico. De hecho, apenas sí se escribe en textos literarios o medios de comunicación sobre la gran falla por la que que nuestro modelo social hace inevitablemente aguas. ¡No sabéis lo que alucino con que ideas que circulan desde hace tiempo en el ámbito de la investigación social no logren salir de ese gueto! ¿Quién ha decidido que no estamos capacitados para entenderlas, que no nos interesan o que son intrascendentes para nuestra vida? ¿De verdad tiene la culpa de todo Paolo Vasile?

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En una serendipia fantástica, mientras Alfonso me enviaba esa foto me encontraba yo contándole a mis compañeros de máster el contenido de un artículo titulado “La Madre Patria: de las metáforas nacionalistas a la violación como crimen de guerra”, de Belén Martín Lucas. Jamás hubiera sospechado yo la peligrosa ideología que se esconde tras una imagen supuestamente benéfica como la de “la madre patria”, una expresión que yo he misma he usado cienes de veces, aunque casi siempre con ironía. Ahora sé exactamente qué quería decir Virginia Woolf cuando, en Tres Guineas, declaraba que las mujeres no tenemos país ni patria. A ver si logro explicarlo como se merece. Todo empieza con la construcción de las naciones, el invento político que aún nos ordena.

Con un pensamiento pobre (no existe un Hobbes o un Tocqueville del nacionalismo), una historia corta (pese a la ficción de remontarse a tiempos legendarios) y cierta inevitabilidad universal (todo el mundo ha de tener una), la nación surge como una comunidad (en el sentido de fraternidad, de hermanos que matan y mueren los unos por los otros) política imaginada (lo de las identidades nacionales homogéneas no se sostiene en ningún análisis serio), limitada (las fronteras nos separan a ‘nosotros’ de ‘ellos’) y soberana (sustituyendo a las monarquías dinásticas que la Ilustración se llevó por delante). Da pena sólo escribirlo. La nación reproduce, además, a la familia patriarcal, en la que el hombre es la razón y la mujer, la naturaleza que ha de ser controlada por este. El hombre para cada mujer y la nación para todas las mujeres ha de controlar el cuerpo femenino porque es el único capaz de producir más nacionalistas: sin mujeres que den a luz no hay nación. Las medidas de natalidad, las leyes del aborto, el acceso a la contracepción están en manos del Estado-nación. De la misma manera, es el matrimonio heterosexual la única manera de relación que interesa la nación como la célula no sólo de producción de nuevos nacionalistas, sino de reproducción gracias a su papel de cuidadoras y educadoras del pensamiento nacional y de género. Así, “la santa”, “el ángel del hogar” o “el reposo del guerrero” se convierten, en el universo de la nación, en “la madre patria”.

Las alegorías de las naciones que utilizan el cuerpo femenino en edad fértil no tienen fin: Britannia (Gran Bretaña), Marianne (Francia), Hibernia (Irlanda)… Este constante recurrir al cuerpo femenino para referirse a la nación es perverso: al imaginar la tierra como una mujer la colocamos en la posición de ser explorada, cultivada, quemada, rescatada o penetrada (metáforas todas presentes en los discursos nacionalistas), una maniobra que resulta lógico si tenemos presente esa big picture en la que las mujeres son concebidas como propiedad del hombre. De hecho, la cuestión de la mujer, la cuestión de la relación entre las mujeres y los hombres, es el fundamento mismo del nacionalismo. “Los principios retóricos y de organización más básicos de la nación son tropos y expresiones de poder de género”, dice Mary Layoun. Así, la figura de la madre se convierte en el lugar donde se expresan los valores culturales y raciales de la nación, el orgullo nacional y la pureza. La madre es la nación. Las mujeres solteras no son valiosas, sino putas o no-válidas para el proyecto nacional. La madre es la patria. La mujer no sólo está un escalón por debajo de su marido en el orden familiar, al figurar bajo su tutela como su propiedad y ejercer de depositaria del honor familiar. Es que tampoco adquiere totalmente la categoría de ser humano en el orden social y político, ya que su papel como símbolo de la nación reafirma su cosificación, su instrumentalización al servicio del nacionalismo. Para decirlo más directamente: cada vez que un soldado viola a una mujer, no está violando una persona, está violando la nación enemiga.

En el contexto nacionalista, la cuestión no es que las mujeres no sean iguales. Es que ni siquiera son. Ajenas a la categoría de ser humano, se las suma como una posesión familiar más, similar al terreno que cada hombre ha podido darse para ganarse la vida. La mujer, como la tierra, será sembrada para que dé sus frutos, que pertenecerán al varón. Será explotada como mano de obra impaga. Como la tierra, podrá ser invadida, atacada, horadada y arrasada por otros varones debido a los motivos más diversos: codicia, venganza, guerra. Puede que la mujer sea simbólicamente la madre patria, pero en la práctica no resulta tan violentamente defendida como aquella.

La violencia ejercida sobre las mujeres durante las guerras, silenciada desde los raptos de la mitología griega hasta que fueron europeas las afectadas masivamente en la guerra de los Balcanes, parece proporcional a la intensidad del sentimiento nacionalista de los hombres en conflicto. Como he escrito antes, si la mujer es la patria, la mujer violada simboliza la nación invadida. Si además de violarla se queda embarazada, se logra el objetivo doble de romper la reproducción del linaje étnico o religioso y el repudio de la madre por parte de su familia. Los informes de las organizaciones humanitarias que intervienen en conflictos armados y en poblaciones desplazadas de refugiados levantan acta de las enfermedades que desarrollan las mujeres torturadas por sus violadores: trastorno por estrés postraumático, trastornos depresivos, trastorno bipolar, pánico, fobias, ansiedad, adicción a las drogas y suicidio. Son mujeres que arrastrarán el estigma de por vida.

Sin embargo, las ventajas militares de la violación como arma de guerra no se encuentran tanto entre los confines del cuerpo femenino, como en las consecuencias que ocasiona en la familia y en la comunidad. Por supuesto, humilla al varón que posee a la mujer, ya sea padre, hermano o marido. Pero, además, rompe la unidad familiar, que queda desmembrada, arrasando incluso la solidaridad entre mujeres: las violadas son expulsadas de la familia y la comunidad. También marca para siempre la vida del barrio o del pueblo donde se aplica, ya que ofrece justificación para replicar con el mismo comportamiento sobre las mujeres del bando enemigo. También explica el refugio de muchas mujeres en ideologías radicales patriarcales que ofrecen una ficción de protección, como el islamismo.

El feminismo, al centrarse en la identidad de género antes que en la identidad política, rompe el discurso nacionalista y termina con la ficción de la mujer madre de la nación. Por eso las feministas son tachadas invariablemente de malas patriotas o malas representantes de una cultura o religión determinada. Cuando Virgina Woolf escribía en Tres Guineas que no reconocía una patria sino el mundo entero, reclamaba de alguna manera la emancipación de los postergados contra una construcción al servicio de los que la crearon. Me pregunto si será este capitalismo salvaje el que finalmente terminará con la ficción de los estados-nación, donde la categoría de ciudadanos de pleno derecho aparece cada vez más restringida, alcanzable para cada vez menos. Acaso la disolución del sometimiento de unos por otros haya de venir de la mano de un nuevo ordenamiento político, de una nueva narrativa que no tiene que acudir al sentimentalismo para convencer porque le sobra la justicia de los afectos. La humanidad.