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Ni el cuerpo es nuestro, ni termina donde suponemos

[Esta es la versión primera de un texto que se publicó el pasado 20 de julio en la revista Mujer Hoy]

Cómo en las buenas novelas de detectives, las pistas están a la vista, no se esconden. Basta con fijarse en las noticias virales. El Dalai Lama confiesa a una periodista de la BBC que podría sucederle una mujer siempre que esta fuera atractiva, porque de lo contrario “no tendría demasiada utilidad”. En general, el Dalai Lama opina las mujeres “deberían gastar más en maquillaje” para ocultar su fealdad. Billie Eilish, la estrella pop de 17 años que admitió usar ropa ancha para evitar juicios de valor sobre su cuerpo, aparece públicamente con una camiseta de tirantes y los comentarios sobre el tamaño de su pecho por poco echan abajo Twitter. Cierra DeepNude, una aplicación que “causa terror entre las mujeres” al servirse de la inteligencia artificial y una base de datos de 10.000 desnudos para generar a partir de cualquier retrato vestido una imagen realista del cuerpo desnudo. Amaia saca disco y es noticia que aparezca sin nada de ropa en la portada, que no se depile o que no use sujetador.

La evidencia es abrumadora. El cuerpo de las mujeres es noticia sí o sí, por lo uno o por lo otro, todos los días, prueba de la fiscalización pública y el control al que se le somete. Resulta paradójico que nuestra cultura máximamente individualista consienta aún este tipo de colectivización simbólica. Así, se considera de mal gusto abundar en la riqueza de la propiedad privada de los hombres ricos, pero no se censuran los comentarios calificativos sobre las hechuras corporales de famosas o desconocidas. Cualquiera puede puede opinar, juzgar y legislar sobre nuestros cuerpos, con el resultado de miedo interiorizado y alerta extrema ante cualquier transgresión de la norma corporal socialmente más valorada. Por eso la frase “me da miedo engordar” desvela mucho más de lo que dice. Claramente, el patético objetivo de los creadores de DeepNude no era imaginar desnudos de mujeres “reales”. Pretendían valerse del miedo que produce el control del cuerpo femenino, de la vergüenza y el pudor que infiltra la norma corporal, para amedrentarlas. Lo mismo que los que violentan y chantajean haciendo circular vídeos e imágenes de desnudos obtenidos en confianza. ¿Cómo hemos llegado a convertir el cuerpo de las mujeres en un crimen?

Tenemos mal cuerpo. Es un mensaje que recibimos desde niñas hasta que nos morimos. Y en vez de aprender a amarlo como lo que nos constituye, como la materialización de lo que somos o lo que nos permite aventurarnos y conocer, nos enseñan a cuestionarlo (por estar siempre por debajo de la perfección) y a considerarlo únicamente en su vertiente sexual. La reducción de todo al sexo, lo sexi y la seducción explica absurdos como que las tenistas, a diferencia de sus compañeros, no puedan cambiarse la camiseta sudada en la pista. Nuestra cultura le da toda la cancha a los cuerpos hipersexualizados de las mujeres jóvenes en los anuncios de publicidad o los videoclips, pero reacciona con repugnancia cuando el pecho que se expone no es sexi. Increíblemente, la visión de un cuerpo de mujer que no se ofrece para el consumo sexual (por ejemplo, el de una madre que amamanta en público) resulta hoy un escándalo. Rosa Cobo, socióloga y directora del Centro de Estudios de Género de la Universidad de A Coruña, diagnostica una ampliación de la sobrecarga de sexualidad que tiene nuestro cuerpo desde los años 80: “Existe una poderosa presión normativa para que las mujeres hagan de su cuerpo y de su sexualidad el centro de su existencia vital”.

Por suerte, lo que muchas generaciones de mujeres naturalizamos y normalizamos se vive hoy con incomodidad y rebeldía. Muchas jóvenes tratan de escapar a este régimen de control como pueden: reapropiándose de su cuerpo y liberándolo del miedo a ser mostrado (como Amaia) o sacándolo del escaparate en el que es expuesto (como Billie Eilish). Aún así, es tan prolija la legislación que nos vigila que difícilmente pueden estas rebeldías trascender de lo puntual al alivio consistente. La mirada valorativa y sexualizante atrapa tanto a la diputada que se sube al estrado como a las Kellys. Esa mirada, la conocemos todas, produce la ficción de un juego de poder falso, envuelto en el caramelo de la vanidad. John Berger lo escribió así en “Formas de ver”: “Los hombres examinan a las mujeres antes de tratarlas. En consecuencia, el aspecto o apariencia que tenga una mujer para un hombre puede determinar el modo en que este la trate. Para adquirir cierto control sobre este proceso, la mujer debe abarcarlo e interiorizarlo”.

Instaladas en el fetiche, tenemos dificultades para elaborar una autoimagen que esté a la altura de nuestro potencial real. Y a los ojos del que nos mira como tal, nuestro proyecto gira fundamentalmente en torno al cumplimiento de este rol. En “La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres”, Siri Hustvedt escribe lo siguiente: “Los hombres ignoran o suprimen a todas las mujeres porque la idea de que puedan ser rivales en términos de logros humanos resulta impensable. Verse frente a frente con una mujer, cualquier mujer, es necesariamente castrante”. Es tan antiguo este orden de cosas, que no es extraño que haya quien lo asuma como natural. Desde los orígenes griegos del pensamiento occidental, nuestra cultura destina a los hombres (la mente) –el reino de lo racional, del pensamiento, de la inteligencia– y a las mujeres (el cuerpo), lo emocional, el placer, lo intuitivo, pasivo y engañoso. Por eso nuestro valor, como el de cualquier objeto, reside en su belleza y capacidad para seducir al que la mira. Somos por ello responsables de las respuestas corporales que provocamos, sean violentas o silentes. Así lo repiten hasta sentencias.

En “El mito de la belleza”, Naomi Wolf desgrana los mecanismos que nos llevan a valorarnos sobre todo en cuanto a cuerpo y las implicaciones que esto tiene.»Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no está obsesionada con la belleza de las mujeres, está obsesionada con la obediencia de éstas”, escribe. “La dieta es el sedante político más potente en la historia de las mujeres: una población tranquilamente loca es una población dócil» insiste. En realidad, la atención desmedida que destinamos a la moda, la belleza, las dietas, el fitness y, en general, a gestionar la ansiedad que nos produce no alcanzar la perfección corporal, es tiempo que le quitamos a nuestros proyectos de vida. Hemos cambiado unas servidumbres por otras. “La mujer victoriana se ­redujo a los ovarios de la misma manera que hoy se ha reducido a la belleza”, concluye Wolf.

No es una exageración. Un reciente artículo de The Guardian realiza una consistente comparación entre la globalmente deseada estética de las Kardashians y la de las mujeres del XIX: el esfuerzo y dedicación que supone a ambas la consecución de la belleza es un trabajo a plena jornada. Alexis Karl, especialista en aquella época, relata cómo la obsesión de la socialité Virginie Gautreau (Madame X en el maravilloso retrato de John Singer Sargent) por parecer apenas viva (imperaba el look de extrema debilidad de la tuberculosis) se pintaba con tinta azul las venas de los brazos, el cuello y hasta por encima del maquillaje facial, una especie de lacado que podía romperse en mil pedazos ante cualquier gesticulación. Kim Kardashian también tiene que cubrir gran parte de su cuerpo debido a una psoriasis y, gracias a su última colección de maquillajes para el cuerpo con seductores brillos irisados, también podremos hacerlo todas nosotras. Tengamos psoriasis o no.

Lo que nos jugamos es la confianza y, por el camino, nuestro proyecto de vida. Terminar colgadas del espejo (o del selfie) como la madrastra de Blancanieves. Las investigaciones confirman desde hace décadas que sumergirse en las revistas de moda y redes sociales que sostienen la ficción inalcanzable del cuerpo único no solo nos lleva a tener un peor concepto de nosotras mismas, sino que puede llegar a enfermarnos. Según datos de la organización británica Social Issues Research Centre, en 1917 la belleza femenina ideal alcanzaba los 64 kilos y medía 1,64 metros. Hace 25 años, las tops pesaban alrededor de un 8% menos que la media. Hoy ya es un 23% menos. Solo un 5% de la población femenina posee las condiciones genéticas necesarias para alcanzar tal objetivo. Si sumamos el requisito de la belleza, probablemente no llegaría al 1%. No nos extrañe que, como asegura Sara Bujalance, directora de la Fundación Imagen y Autoestima, el malestar de las niñas con su propio cuerpo comience alrededor de los seis años.

Rosalind Gill, socióloga y profesora de la Universidad de Londres, ha detectado cómo están evolucionando las estrategias de control sobre nuestros cuerpos gracias a su investigación del fenómeno del “body positive”, ese mensaje global que nos anima a querernos a nosotras mismas en todo tipo de anuncios. Para Gill, esas exhortaciones a que logremos autoconfianza contra el viento y marea de un mundo a la contra no solo termina invalidando nuestros malestares, ansiedades e inseguridades, sino que nos disuade de la tarea de desmontar esa dominación que interiorizamos y naturalizamos. Y lo que es peor: nos hace creer que somos responsables a título individual de esta insuficiencia perpetua que nos afecta, “exculpando instancias sociales, políticas, económicas, culturales y corporativas de su papel a la hora de mantener y reproducir la desigualdad y la injusticia”. Solo nosotras tenemos, una vez más, la culpa.