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Por qué es más feo ser femenina que feminista (o el misterio de la pancarta de Chanel desaparecida)

Fue la primera foto que vi del desgraciado desfile de Chanel y la única que me ha costado encontrar. Ha desaparecido casi totalmente, al menos en mi torpe búsqueda, a pesar de que ofrece un primer plano de la Kardashian modeli, pasaporte seguro al retuiteo y la réplica. Dice: “Feministe mais femenine” una reformulación del clásico y mucho más honrado “soy femenina, no feminista”. La ciberdesaparición me da que pensar en las razones que habrán llevado a la policía de Chanel a secuestrar precisamente esa imagen, probablemente la única que da pie a la polémica (Chanel quiere tu atención y tu dinero, no tu discusión) y desvela fatalmente ciertos códigos que, aunque no había que ser Nostradamus para predecir, sí quedaban en la duda de la falta de pruebas. A saber:

 

chanel

 

a) Karl Lagerfeld se repite como el ajo al volver a usar la estrategia de fagocitar los síntomas inequívocos de un nuevo siglo para vendernos sus ideas textiles. Efectivamente, el feminismo está everywhere. Pero usarlo cual zanahoria para los burros sin saber lo que te traes entre manos es tan burdo como los que llevan la camiseta de los Ramones sin pajolera idea del Hey ho, let’s go. Pobreza mental a saco.

b) Pero es que, me dirán las acólitos, se trata de otra ironía de Karl, que en realidad se mofa del griterío callejero de turno y se mea en el histerismo de las feministas, desde la abuela jipi que defiende el derecho al aborto en las calles de Madrid a la Emma Watson que presenta campaña en la ONU. Las señoras Chanel no se manifiesta. Si acaso, comentan las manifestaciones con displicencia e incomprensión. Sólo diré que el imperio de la ironía, cuando esta no está cargada de bondad, produce monstruos.

c) Al adornar a sus feministas con lo femenino, el Kaiser de la tontuna ha escrito un oxímoron como una catedral, un lugar común y, de paso, se ha meado (de nuevo, debe tener mal la próstata) en la memoria de Coco Chanel. Chanel supo subvertir el armario en un tiempo de verdadera rigidez de los códigos de género, abrió la veda para el intercambio de prendas entre sexos y cultivó una sobriedad agria que, ciertamente, poco tiene que ver con lo femenino, tal y como nos lo venden y tal y como lo entiende Karl (ya sabemos que Adele no es femenina a pesar de su tipo de matrona, sino gorda). A Karl le gusta la mujer como objeto al que vestir; la mujer construida para lucir la ropa; la mujer para ser mirada y, si es divertida, acaso escuchada (pero tampoco mucho rato). La única hembra que admite en su intimidad es Choupette. Su gata. No digo más.

d) La mujer de Karl y, en general, la mujer de la moda (hay excepciones, cuidado, que sí reconstruyen la programación genérica) forma parte del absurdo de un sistema que pretende hacernos creer que hombres y mujeres son distintos. Que tienen características, naturalezas, inclinaciones diferentes. El hombre es competitivo. La mujer, cuidadora, generosa y buena comunicadora. Bullshit. Todo es procede de siglos y siglos de lavado de cerebro destinado a mantenernos a nosotras en lo doméstico, en la maternidad, en los cuidados, y distraídas con asuntos que a ellos les importan más bien poco, como las dietas, el maquillaje, la peluquería o la moda. Lo importante es que estemos monas (y compremos Chanel) mientras ellos van a la Luna, construyen telescopios o dirigen el país. Esto ya lo dijo en 1949 Simone de Beauvoir (“no se nace mujer, se llega a serlo”), pero por algún motivo la mayoría de las mujeres hacemos oídos sordos al asunto.

e) Así que, claro, una feminista ha de ser por fuerza fea, ya que ha dejado de cultivar lo propio de la mujer para “invadir” los usos de los hombres. Cierto es: una feminista jamás se definirá como femenina, porque en cuanto conoces (o te cuentan) la mecánica de siglos y siglos de dominación destinados a relegarnos a simples subalternas de lo masculino, te resulta natural prescindir de un adjetivo que convoca usos, asuntos, características que no están tanto en tu naturaleza como en la necesidad de los demás. Eso no significa que a una feminista no le guste la moda o pase de su apariencia. Significa que es una persona que no se pliega a la construcción cultural en donde la pretenden encajonar. La primera tarea de una feminista es abandonar lo femenino. Al menos mentalmente.

Por todo esto, cuando conozco a una mujer, me parece tanto más fea cuanto más femenina es. Femenina en cuanto a sumisa, dependiente, víctima, sufridora en tacones o incómoda en el vestir, necesitada del visto bueno masculino, vanidosa en exceso, servil, eróticorecargada, egocéntrica, infantilizada. La artista Carmela García dijo una vez que “quien no es feminista es mala persona”. Opino lo mismo. Para mí, no hay nada más feo que una mujer femenina hoy.