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Una reconversión feminista para el periodismo herido

[Este artículo se publicó hoy en el periódico asturiano “La Nueva España”]

A pesar de que hoy seamos mayoría en las redacciones, el periodismo no ha tratado siempre bien a las mujeres. La profesión se levantó sobre unos pilares (largos horarios, exigente dedicación, competitividad extrema, necesidad de acceso a las cerradas fratrias del poder, la objetividad como trampantojo de lo únicamente masculino) que no nos han puesto nada fácil la tarea de contar, desde nuestro punto de vista, el mundo. Sintomáticamente, la masiva popularización del feminismo y la evidente feminización de la profesión coincide en el tiempo con el declive de ese periodismo masculinizado y masculinizante: el público, saturado, desconfía de los periodistas; la crisis de las empresas produce un empobrecimiento de las prácticas profesionales y un bajón en la calidad; la publicación de noticias falsas compromete el pacto deontológico que asegura la supervivencia de los medios. Con la irrupción de las redes como espacio libre de intercambio de información, la pregunta sobre lo que el periodismo puede hacer por el feminismo resulta, de repente, intrascendente.

Una vez las feministas nos hemos visibilizado, viralidad mediante, como demanda distintiva y suficiente, los medios de comunicación nos han abierto la puerta, pero no nos engañemos: ha sido por pura necesidad. El tratamiento periodístico de los temas que tienen que ver con la desigualdad, especialmente en todo lo que se refiere a la violencia, sigue siendo sangrante, prueba de que no existe convicción ni formación feminista suficiente en las redacciones, sino la percepción de una oportunidad comercial. En su desesperada carrera en pos del tráfico digital que asegure la supervivencia, los directores de los medios no dudan en alimentar sus websites con casos descontextualizados de violencia sexual y machista, vanas disputas entre blogueras feministas y trolls o columnas extemporáneas de patriarcas literarios. La polémica es nutritiva.

Aún así, la apertura es enorme. Para muchos, hasta avasalladora. La suspensión del androcentrismo mediático ya no es la excepción paternalista del 8 de marzo: sucede cada vez más todos los días. Hoy, con miles de mujeres manifestándose por la dignidad de su trabajo, algunas periodistas no nos preguntamos ya qué puede hacer el periodismo por las mujeres, sino que podría hacer el feminismo por este periodismo herido, si acaso se dejara. Especialmente por el periodismo local o de medio alcance, más capaz de crear vínculos que el que sigue aspirando a una gran audiencia adicta a un mínimo común denominador. Jeff Jarvis, el gran gurú de los medios estadounidenses, no solo ha confirmado la anunciada muerte de la comunicación de masas, sino que cuestiona la centralidad de la noticia como producto mediático. Ahogada entre tanto y tan vano contenido, pierde sentido a la misma velocidad que se abre paso una nueva demanda: la de la conexión.

Parece que el nuevo periodismo que todos quieren atribuirse no tiene tanto que ver con la tecnología o la política, como con lo político, entendido filosóficamente como la manera en que queremos relacionarnos con los demás. Este nuevo periodismo resulta profundamente feminista porque arraiga en el aquí y se encarna en la vivencia de aquellos a los que conecta y sirve. Su misión no pasa por servir de altavoz del poder, sino que se centra en la creación de lazo social. Su agenda no está marcada por la agenda política oficial, sino que se mueve alrededor de los vecinos. No promueve la confrontación, la tensión, la preocupación, el entretenimiento adictivo ni el desbordamiento de la emoción, sino que crea valor a través de una experiencia útil, que permite formar parte de una comunidad.

Las mujeres estamos especialmente equipadas para tejer lazos: ha sido asunto nuestro desde tiempo inmemorial. Esta abrumadora feminización de la profesión anuncia un giro hacia el servicio en el que se juega la supervivencia. Derrumbado el pedestal de los periodistas, queda el oficio a ras de suelo, justo donde nosotras operamos desde siempre, a la espera de la emergencia de nuevas estéticas, prácticas y modelos de negocio. Muchas periodistas feministas ensayan ya el futuro del oficio desde su trabajo en plataformas cívicas, asociaciones o entidades de trabajo social. Descubrieron en el corazón de la teoría feminista las herramientas con las que construyen el periodismo del mañana: aprecio de las diferencias y los disensos, confianza en la fluidez de las posiciones, facilidad para las alianzas… Un periodismo no entendido como campo de batalla, sino como una herramienta que nos orienta a un mejor vivir juntos.