Etiquetado: Cristina Pedroche

Mira quién habla

Un año después, me entero de que los machos al mando de las cadenas de televisión vuelven a colocarnos las bragas de Cristina Pedroche y compañía junto a las uvas. El asunto no tiene, en fin, mucho recorrido, más allá de lamentar la sumisión de las mujeres a los ritos de liberación que nos permite el sistema heteromacho. Sigue dando mucha lastimica comprobar cómo se usa el cuerpo de las mujeres para que piquen los de siempre. Carnaza burda para hacer una audiencia a la que los ejecutivos de las cadenas consideran aún más burda.Mientras, la protagonista clama que es libre, como el sol cuando amanece, como el mar. Lo cierto es que todas caemos en la trampa de conformarnos con ocupar mínimos espacios de descompresión que ya no van a ningún sitio. Ese acomodo a la protesta controlada, prevista y fácil que lava la conciencia mientras seguimos tranquilamente con nuestras vidas da mucho que pensar. Precisamente ayer escuché a Almudena Grandes que habríamos de negarnos a celebrar el 8 de marzo, y tiene toda la razón.

 A partir del minuto 22.

Me interesa, a un año vista de las bragas de Pedroche, explorar un poco más el peliagudo asunto de la representación. Pero no tanto cómo se nos representa, aspecto este de sobras estudiado, analizado, denunciado y ya con cierto grado de sensibilización general, sino quién representa. Quién se arroga el papel de describir el mundo, quién toma la palabra y la voz y para qué. Desde qué posiciones toma una la palabra para representar al otro y si la posición de una tiene finalmente que ver con la manera en que represento el mundo. Se trata de cuestionar al autor y de poner sobre la mesa los privilegios que le impiden representar éticamente según qué sujetos o asuntos. Las feministas estamos cansadas de hacerlo cuando impugnamos la historia escrita por los hombres. También nos han leído la cartilla a nosotras mismas desde el feminismo negro, desde el musulmán o la teoría poscolonial. Es imposible separar quién habla de qué se dice. La objetividad atenuada a la que se aferra el relato periodístico no existe. Todos los discursos están tan absolutamente mediados por la subjetividad de quien los produce, que no queda otra que revisar al propia posición, exponerla en lo posible y reconocer hasta donde puede llegar y cómo nuestra capacidad para representar al mundo.

Últimamente me he cruzado con algunos ejemplos que pueden encajar en este cuestionamiento de la representación que me ocupará los próximos meses. Voy con un ejemplo nimio, producto de una buena voluntad irreflexiva creo yo. Es el caso de la activista Yolanda Rodríguez, que buscaba la colaboración de mujeres con cuerpos no normativos (casi siempre eufemismo por gordas) para un proyecto. En este anuncio juegan dos factores: que la propia artista es una mujer con un cuerpo totalmente normativo, que sale en las revistas de moda y que encaja totalmente en los cánones de la belleza que impone el mercado, aspecto este que favorece que ocupe un espacio en los medios que no es tan accesible para otras activistas o artivistas; y también que este asunto de las tallas, los cuerpos y los kilos cotiza al alza en la bolsa de las ansiedades femeninas y los medios están deseosos de recibir contenidos que, dentro de los márgenes de la protesta sensata de lo que hablábamos antes, demanden libertad para que las mujeres puedan ser como son. Creo que una suma de todos estos factores puede explicar que Domínguez haga un llamamiento a “mujeres que NO cumplan el estereotipo joven+blanca+talla 38” precisamente con la foto de una mujer joven, blanca y talla 38.

 

¿Cómo explicar el esteticismo sumiso de este anuncio? Probablemente en la posición de la misma activista. Una mujer gorda, negra y mayor de 50 años jamás hubiera puesto esa foto. Yo hubiera puesto este vídeo, hallazgo de Millana:

Mi segundo ejemplo, también traído a mi archivo por Millana, tiene que ver con una periodista de la revista Pícara y, por tanto, feminista. Isabel Gracia vive en Bolivia donde trabaja como periodista, no sé si porque aquí es muy difícil ya publicar dada la crisis de los medios y la cantidad de periodistas que mendigamos por las redacciones. Parece que, con bastante facilidad, logró publicar una doble página en el principal periódico del país sobre la situación de las reclusas bolivianas, de las mujeres encarceladas. Es cierto que, en la facultad y en las redacciones, nos enseñan que basta con dominar las herramientas del oficio para ejercerlo. Qué error. Lo paga y con creces esta tal Isabel Gracia, “blanca, flaca, rubia”, que es entrevistada en su programa de radio por María Galindo, probablemente la activista feminista más relevante de Latinoamérica. No os perdáis el audio, porque no se puede decir más claro.

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A pesar de ser feminista, Isabel Gracia no encaja demasiado bien que le echen en cara que no ha sabido reconocer y asumir su privilegio. Para vergüenza de los colectivos “mujer”, “periodista” y “feminista”, la colaboradora de Pícara decide denunciar.

El tercer ejemplo me lo acabo de encontrar en el muro de facebook de Chris Werckmeister, amiga desconocida pero con la que comparto frecuentemente el mismo punto de vista al respecto de este asunto del privilegio blanco. Se trata de un post de Stacey Patton, profesora asistente de Periodismo en una universidad americana y mujer negra. Patton pone de manifiesto cómo los medios de comunicación, al aplicar la lógica capitalista y convertir las noticias y los textos periodísticos en productos, sin una implicación real, sustancial y ética en las injusticias que representan, acaban resultando los obscenos proxenetas de la muerte de los demás. Se trata de vender más, de hacer más dinero a costa de la desigualdad, la injusticia y la muerte, no de cuestionar al sistema que lo produce ni de exigir su reforma. Por eso Patton se niega a escribir para un medio otro texto sobre porqué los policías blancos matan a los negros: “Not this time. I will NOT be your intellectual Mammy. I’s real tired”.

Por todo esto, no es extraño que los refugiados de Calais hayan plantificado esta foto que, una vez más, recojo del muro de Daniela Ortiz, otras de las personas que me ayudan a revisar mi propio privilegio.


La foto no sólo habla de los ladrones de cuerpos, de esos fotógrafos que venden su material a medios racistas, sino también de la inutilidad de los medios de comunicación para sensibilizar al respecto de la situación de estas personas. Si la tumba del Periodismo se está cavando en algún sitio, es en los campamentos de Calais, en las aguas del Mediterráneo y en nuestra verja.

Las bragas de Cristina Pedroche no nos dejan ver el bosque

Hace algunos meses, conversando con Michelle Jenner, la actriz de Isabel, le pregunté cómo había llevado la época en la que se convirtió en la Lolita oficial del país, con todas las revistas fotografiándola invariablemente en ropa interior mes tras mes. Se lo pregunté sobre todo porque no me pareció una chica que militara en lo erótico-festivo, ni siquiera tuve la impresión de que lo sexual se expresara terriblemente en ella (efectivamente: me confesó que era alérgica a maquillaje, tacones y objetivización en general y que le iba más el princesismo que el sex appeal). Me interesaba saber si aquello fueron las ganas de triunfar, la inconsciencia de la juventud, la insistencia de los medios de comunicación o qué. Jenner me contestó no sólo que no se arrepentía, sino que mi actitud le parecía viejuna. Ella aceptó el juego del juguete erótico como una fase más de su carrera, divirtiéndose all the way, sin mayores planteamientos. Cierto es, como ella decía, que no hacía mal a nadie y menos a ella, pues las fotos “siempre fueron bonitas”. Y gracias a aquel enorme buzz a su alrededor tuvo acceso a papeles que otras menos dotadas de gracias por la naturaleza ni olieron. Todo esto viene al caso de las campanadas de Cristina Pedroche.

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En realidad, tanto monta monta tanto que menganita o futanita enseñe las bragas en la tele, en tanto que futanita y menganita son muy libres de hacerlo y nosotros de apagar la maldita televisión. El asunto no tiene nada que ver con la libertad individual de ser una individua cuya valía pública radica en que enseña las bragas (r.e.s.p.e.c.t. siempre a la libre elección). Lo que me da que pensar es este razonamiento tramposo que se les presenta a las mujeres jóvenes en los medios de comunicación: lo que va a ocurrir aquí no tiene nada que ver contigo, con lo que eres tú, con tu persona, sino con una cesión temporal de tu cuerpo a una empresa privada por el bien de ambos. Por supuesto, el medio de comunicación se beneficia de que la mujer joven tiene aspiraciones, deseos y ansias de triunfo que van a poner en suspenso cualquier precaución que pudiera tener con la cesión absoluta de su cuerpo y sus circunstancias. Digo pudiera tener porque seguramente muchas no han llegado a plantearse ningún tipo de cuestión acerca de la responsabilidad que pesa sobre cualquiera que tenga acceso a los medios de comunicación. Sobre la trascendencia de lo que haces, dices y escribes. Probablemente tampoco sea consciente de cómo cada vez que una mujer joven con talento enseña las bragas, decenas de profesionales pierden la oportunidad de ser contratadas, publicadas o premiadas en favor de un colega que siempre será percibido como más racional, equilibrado y autorizado en la materia. O, si es consciente, se la pela. Ya digo que eso de que “no tiene nada que ver con lo que eres tú, con tu persona” es falso. Dice, y mucho.

Pero volvamos a los auténticos malos de esta película: los medios de comunicación. Lo verdaderamente perverso del asunto no es que saquen de vez en cuando a una Pedroche. No. Es que lo hacen una y otra vez, incesantemente, en programas, anuncios, vídeos. En el telediario, el concurso, la serie y hasta con las minivestidas jóvenes de la primera fila del público. Las presentadoras de La Sexta siempre han sufrido una puesta en escena cercana a la de una vedette de revista (creo que han ido empoderándose por el camino las pobres y probablemente haya tenido también que ver con el asunto de que varias ya son madres de familia), pero había que ver en TVE a esa Igartiburu congelada en rojo mientras que su Ramonchu se guarecía en su casposa capa española. El mensaje televisivo es invariable: las mujeres tienen el cuerpo y los hombres, la palabra. La mujer ha de ser admirada; el hombre, escuchado. Ella es el objeto que acompaña y él, el sujeto que conduce.

Es interesante reflexionar sobre cómo estos medios de comunicación que se valen de las mujeres jóvenes o de las mujeres que no han desarrollado una ética personal y profesional para perpetuar el confinamiento femenino al cuerpo, pueden emitir a renglón seguido una campaña institucional contra la violencia de género y quedarse tan anchos. No salgo de mi asombro al pensar en que nadie le pide cuentas a los directivos de la televisión de todas las cadenas por la hipocresía y el doble rasero que demuestran. Jamás le he escuchado a Gloria Lomana una manifestación en este sentido. Ni a ninguna otra mujer con poder en la tele. ¿Acaso porque ellas se sitúan ya fuera de este juego perverso de la carne? Qué poca sororidad y qué poca responsabilidad. ¿Cómo es posible que las asociaciones de televisión estén a punto de censurar programas como Sálvame porque, supuestamente, “son un mal modelo para los niños”, y nadie levante al menos una ceja cuando las trabajadoras jóvenes son tratadas como ganado más o menos parlante? Y lo peor: ¿cómo pueden dejarse hacer esas mujeres de la tele con estudios, que leen el periódico, van a tertulias de la radio y hasta escriben novelas para Planeta, sabiendo que colaboran en un sistema ideológico-simbólico que sustenta la violencia?