Categoría: Misoginia

Significados políticos de la rabia

[Mujer Hoy me dio la oportunidad de escribir sobre la reacción de censura global al enfado de Serena Williams en el Open de Estados Unidos. Comparto el texto superlargo que no pudo leerse en la edición en papel]

La imagen es poderosa: una mujer negra, físicamente imponente y que casualmente es la mejor jugadora de tenis de la historia, apunta con un dedo acusador a un hombre blanco, de porte enjuto y mediana edad y sentado en posición de altura: el juez de silla. Este recibe atónito un chorreo de acusaciones por parte de la jugadora, que le acusa de sexista tras haberla penalizado con tres puntos por tres infracciones del código: recibir instrucciones de su entrenador, llamarle ladrón y mentiroso y romper la raqueta. Como consecuencia, Serena Williams pierde la final del US Open contra la joven tenista Naomi Osaka. La derrota es altamente simbólica: en cierta manera, no solo estaba en juego el jugoso premio y la posición en el ranking, sino la validación de los discursos de una jugadora que hace bandera del feminismo antirracista y cuya sola presencia pone en jaque el establishment de un deporte extraordinariamente elitista. En Reino Unido, el gobierno amenaza con dejar de subvencionar a la federación nacional ante su incapacidad de poner el tenis al alcance de las familias que no pueden pagar el alquiler de las pistas.

En los análisis apresurados, la única evidencia admitida en la argumentación fue la obvia mala educación de la tenista. Sin embargo, los malos modos no solo no son raros en las pistas de tenis, sino que el relato deportivo habitual los ha considerado expresiones de la personalidad, la pasión o la tensión que experimentan los geniales jugadores. Los monumentales enfados de John McEnroe –inolvidable aquel “¡La bola entró!” en primera ronda de Wimbledon 1981, una perreta que le propulsó a millonaria estrella de la publicidad– o las rabietas con raquetas destrozadas de Federer, Murray, Djokovic, Lendl, Agassi, Connors y tantos otros han ido siempre acompañadas de todo tipo de gritos, lamentos y palabras gruesas. En el Roland Garros de 2008, el ruso Mikhail Youzhny llegó a hacerse sangre en la cara de un raquetazo que se propinó a sí mismo. Jamás nadie puso el grito en el cielo por ello.

Carlos Ramos, el árbitro portugués al que se enfrentó Williams, lleva a gala su reputación de inflexible: ha tenido encontronazos serios con Rafa Nadal, Novak Djokovic o Andy Murray. La diferencia: a ellos no les penalizó con ningún punto. Se conformó con amonestarles. En cuartos de final del último Wimbledón, Djokovic y Kei Nishikori arrojaron al suelo sus respectivas raquetas: cero consecuencias. En la pasada edición de Roland Garros, tras dos advertencias por juego lento, Nadal amenazó al árbitro portugués asegurándole que jamás volvería a arbitrarle. Ningún punto le fue arrebatado. En la final del Abierto de Australia de 2015, Murray le llamó “estúpido” sin que tuviera que enfrentarse tampoco a ninguna penalización ni multa. Gracias a Williams, el doble rasero sale del armario de las prácticas habituales para estrellarse contra la perplejidad de los que, consciente o inconscientemente, lo aplican.

En el torneo que nos ocupa, el austriaco Dominic Thiem recibió elogios porque, tras romper su raqueta de la misma ira, se la regaló a una fan. Y cuando se hizo evidente que Nick Kyrgios no paraba de recibir instrucciones de su entrenador, el juez de silla, Mohamen Lahyani, se limitó a dirigirse a las gradas para reconvenir durante varios minutos al coach antes de proseguir el partido como si nada. Antes del estallido del Serenagate, el sexismo del tenis ya se había hecho carne aquí de manera grosera. Ante el inmisericorde calor que azotaba las pistas, todos los jugadores masculinos tuvieron que cambiarse las camisetas empapadas en sudor. Cuando la tenista francesa Alize Cornet hizo lo propio, fue amonestada por mostrar su más que modesto sujetador deportivo. El cuerpo de las mujeres sigue siendo visible solo cuando a ellos les interesa.

Esta manera de aplicar la norma, rigurosamente cuando se trata de una mujer y con laxitud cuando los infractores son ellos, no es noticia ni para las tenistas ni para muchas otras profesionales. La campeona estadounidense Billie Jean King tuiteó lo siguiente: “Cuando una mujer expresa sus emociones, se le llama ‘histérica’ y es penalizada por ello. Cuando un hombre hace lo mismo, es ‘franco’ y no hay repercusiones. Gracias, @serenawilliams, por invocar este doble estándar”. La Women Tennis Association realizó la misma lectura de la situación: “La WTA cree que no debe haber diferencia en los estándares de tolerancia previstos para las emociones expresadas por hombres y mujeres y está comprometida a trabajar con el deporte para asegurar que todos los profesionales sean tratados de la misma manera. No creemos que esto sucediese en la final del US Open”.

Algo nos dice, sin embargo, que resulta apresurado clausurar esta cuestión como una manifestación más de cómo el sexismo agarra fuerte en el deporte de élite. Es llamativo: hasta que Serena Williams levantó la voz en la pista central de Flushing Meadows no habíamos presenciado una reacción tan negativamente unánime a una pataleta tenística. ¿Cómo explicar esta escandalizada reacción global? ¿A qué se debe tan visceral rechazo? ¿Qué significados, qué sentidos, qué relatos se desplegaron en esos escasos minutos de enfado, capaces de convertir no solo al común de las redes sino también a prestigiadas mujeres feministas en jueces de circo romano? No nos conformamos con quien apunta a que se trata, sencillamente, de un caso de mala educación. Demasiados se han sentido incómodos cuando no ofendidos. Como Conan Doyle hizo aseverar a Sherlock Holmes, digamos además que “nada hay más engañoso que lo obvio”.

Empecemos por lo que se quiere obviar: Serena es una mujer negra. Toda ella es una anomalía en una cancha de tenis. En toda la historia de los Gran Slam (93 años) solo ha habido otras cuatro tenistas negras en el máximo nivel: su hermana Venus, Chanda Rubin (número 6 del ranking mundial en 1996), Zina Garrison (finalista en Wimbledon 1990) y Althea Gibson (ganadora de Roland Garros en 1956). No es raro que, desde las gradas, los insultos sobre su color de piel o su cuerpo le recuerden que no está en territorio amigo. Su fisionomía, musculada y fuerte, atenta directamente contra el canon blanco y radiante de la feminidad que fija y da esplendor la normativa del tenis de élite. Cuando Williams apareció en Roland Garros con un mono negro, una vestimenta propicia para evitar la formación de coágulos de sangre después del parto (fue madre ocho meses antes), la organización se apresuró a advertir que no lo toleraría nunca más. Un murmullo de desaprobación general reveló la incomodidad de la masculinidad blanca ante su negra y fiera presencia. Sin embargo, Anna White recibió elogios cuando, en Wimbledon 85, acudió a jugar con una malla blanca que resaltaba su figura juncal. Se prohibió el look, pero no hirió sensibilidad alguna.

En 2002, Anna Kournikova declaró lo siguiente: “Detesto mis músculos. No soy Serena Williams. Soy femenina. No quiero ser como ella. No me gusta esa masculinidad”. En 2012, durante un partido de exhibición, Caroline Wozniacki se colocó unos rellenos en los pechos y en el trasero para ridiculizar la silueta de Williams. Durante toda su adolescencia, tanto ella como su hermana Venus tuvieron que escuchar todo tipo de comentarios al respecto de sus peinados y sus cuerpos: la presión para que se sometan al molde fabricado para la agradable feminidad de las tenistas no ha cedido en las dos últimas décadas. Las aficionadas españolas no podemos extrañarnos totalmente ante estas manifestaciones: también hemos escuchado comentarios insultantes sobre la fisionomía de Conchita Martínez o la energía a veces agresiva de Arantxa Sánchez Vicario.

Subrayando esa fragilidad de la masculinidad que rechaza los cuerpos que no encajan en el ideal de lo femenino, Serena decidió jugar la final del US Open con un tutú negro. La ironía es evidente. Este tipo de rebeldías, jaleadas además por la ingente masa de fans feministas de la tenista, no juegan en su favor dentro de la cancha. Las reprimendas de la ortodoxia a Serena no son solo deportivas, son políticas. Ella es en sí misma la negación de la ley del agrado: así denomina Amelia Valcárcel el deber de agradar que tiene el sexo femenino, “incluso por encima de otros deberes como la obediencia, el ser hacendoso, la limpieza, la pureza sexual o la abnegación”. De hecho, Valcárcel observa que mientras esos otros deberes se van debilitando, este de agradar no cede un centímetro sino que se incrementa. En otras palabras: podemos conquistar nuevas cotas de autonomía y libertad mientras en lo estético sigamos siendo femeninas, sonrientes, complacientes, y agradablemente sexys.

La furia expresada en el rostro de la iracunda Serena hizo volar los resortes de la ley del agrado en mil pedazos. No hemos tenido demasiadas ocasiones para contemplar a mujeres enfadadas ni en la realidad ni en la ficción: funciona en ambos planos el elemento disuasorio que supone la posibilidad de recibir violencia física a cambio de nuestras reclamaciones. Por nuestra seguridad y para nuestra sujeción, nos educamos en la represión de nuestra furia. Por eso tantas brujas y asesinas de ficción eligen estrategias subterráneas, arteras, silenciosas para llevar a término sus objetivos. De ahí que el estereotipo que nos retrata de natural civilizadas y pacíficas, nos empuja como contrapartida al territorio del sarcasmo amargado y la maldad recóndita. En nuestro mito fundacional, los dioses siempre expresan su cólera de manera legítima, mientras que cuando Hera hace lo propio ante los desmanes promiscuos de Zeus, es tachada de infantil y celosa.

Katherine Hepburn protagonizó La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938) sin calificar más que como gatita: si se salía con la suya era por hacer pucheros o no darse por enterada de lo que se esperaba con ella. El personaje de Jo, la rebelde escritora de Mujercitas (Louise May Alcott, 1868), luchaba infructuosamente contra su temperamento, hasta el punto de tenerse por odiosa. En un momento del relato, le pide a su madre: “¡Es mi mal genio! Trato de corregirlo. Creo que lo he logrado pero, entonces, surge peor que antes. ¡Oh, mamá!, ¿qué puedo hacer? (…) Tengo miedo de que un día haré algo terrible y estropearé mi vida, haciéndome aborrecer de todo el mundo. ¡Oh, mamá, ayúdame! ¡Ayúdame!”. La contestación de su madre no tiene desperdicio: “Yo misma he tratado de mejorarlo desde hace cuarenta años y sólo he logrado reprimirlo. Me enojo casi todos los días de mi vida, Jo; pero he aprendido a no demostrarlo, y todavía tengo la esperanza de aprender a no sentirlo, aunque necesite otros cuarenta años para conseguirlo”.

Por lo general, perder los estribos es cosa de mujeres inestables, histéricas, locas. De ahí que las mujeres fuertes de nuestra ficción actual, de Olivia Pope a Cersei Lannister, traten por todos los medios de controlar su furia. Cuando Daenerys Targaryan se enfada, su ira se traspasa automáticamente a un dragón mientras ella mantiene su legendaria gelidez: contemplar a una heroína desatada cual William Wallace o el mismísimo Hulk resulta impensable. Ni siquiera Jessica Jones, una fuerza de la naturaleza, se atreve a lidiar con su propia ira y la ahoga en alcohol. En Inside Out (Del revés), el perspicaz análisis de nuestro sistema emocional de Pixar, la ira se encarna en un personaje masculino, reforzando la idea de que es un lugar que les corresponde, por tradición, a ellos. El recuerdo catártico de la furia asesina de Uma Thurman en Kill Bill (Quentin Tarantino, 2003) se desinfló cuando escuchamos de sus labios que antes de hablar de su experiencia con Harvey Weinstein necesitaba serenarse: “No soy una niña y he aprendido que, cuando hablo desde el enfado, normalmente me arrepiento de cómo me expreso. Cuando esté lista diré lo que tenga que decir”.

En el mundo anglosajón se utiliza la expresión tone policing (algo así como la policía del tono) para referirse a la técnica que busca silenciar las manifestaciones de una persona señalando lo inadecuado de su tono y obviando la carga emocional que puede conllevar su mensaje. Las mujeres, en la ficción y en el mundo material, sabemos que nuestra credibilidad depende en un altísimo porcentaje de nuestro control del tono. Si nos enfadamos, si dejamos que la agresividad entre en el juego de la expresión, seremos tachadas de inadecuadas, como poco. En 2014, el documental estadounidense She’s beautiful when she’s angry (Es hermosa cuando se enfada) mostró cómo solo la furia de las mujeres de los 70 logró romper la cárcel de la domesticidad, el silencio sobre los derechos reproductivos o la invisibilidad del cuerpo femenino. El aplauso ante la determinación furiosa de estas mujeres airadas, mayoritariamente blancas, fue general. ¿Por qué ha molestado tanto a cierto feminismo blanco la comprensible ira de Serena?

¿Acaso no soy yo una mujer?, clamaba Sojourner Truth en 1851, ante la evidencia de que las mujeres negras seguían en los trabajos forzados mientras los derechos se repartían entre las blancas. La pregunta sigue siendo pertinente hoy. El escrutinio, la vigilancia, el disciplinamiento y la agresión sobre las mujeres racializadas sigue sin ser reconocido y sus rebeldías y resistencias continúan hiriendo la sensibilidad de las que han asumido un autocontrol que han podido intercambiar por ventajas. Las censuras desde el feminismo a la explosión iracunda de Serena cierran los ojos ante el racismo, presente y pasado, que se infringió a las mujeres negras. El esclavismo elaboró el mito de su agresividad para justificar torturas inimaginables y forzar su total sumisión y silencio. Cualquier mujer racializada, negra, latina, gitana o indígena, es hoy percibida automáticamente como agresiva y se le supone mayor predisposición a perder el control. La persistencia y profundo enraizamiento del estereotipo en nuestra sociedad convierte el enfado en un lugar vedado para ellas, de ahí que el feminismo luche por abrirlo: la expresión de su furia no puede ser otra cosa que un privilegio bien ganado.

Serena Williams ha escuchado insultos fuera y dentro de las pistas durante toda su carrera; su vestimenta es vigilada como ninguna otra; se cuestiona constantemente su integridad, se rechaza su corpulencia, sus rasgos, su pelo. Es habitual que sea comparada con un animal. ¿No es comprensible su ira? En julio, la misma Williams reveló en su cuenta de Twitter otra evidencia del trato discriminatorio que se le dispensa: es la tenista más controlada, de largo, por medio de controles antidoping. Mucho menos que, por ejemplo Maria Sharapova, positivo en Meldonium en 2016 y dos años suspendida, pero con su reputación y sponsors intactos. En la caricatura viral del periódico australiano Herald Sun, Serena es retratada como una mujer enorme, fea, enfadada, con los rasgos del estereotipo esclavista de la mammy, mientras que Naomi Osaka aparece rubia, esbelta y aniñada. Problema: Osaka es también una mujer negra. Su padre es haitiano. Pero el blanqueamiento era necesario para que la broma racista funcionara. Si la sociedad es machista por defecto, es racista por la misma razón.

 

Crystal Marie Fleming, profesora de Estudios Africanos y autora de How to Be Less Stupid About Race: On Racism, White Supremacy and the Racial Divide habla de misoginoir (misoginia negra) y de la necesidad de una alfabetización racial que solo puede empezar escuchando a las mujeres de color. Reprimir su justificado enfado con nuestras exigencias de autocontrol supone deslegitimar su existencia misma, enfrentada a postergaciones intolerables en cualquier rango de ingresos y agresiones insoportables para las mujeres en situación de precariedad. ¿Cómo pretender que repriman su rabia frente a la injusticia, si es la energía que les permite luchar contra ella? Gloria Andalzúa, escritora chicana, lo dice mucho mejor en Borderlands: “Como en mi raza, que cada en cuando deja caer esa esclavitud de obedecer, de callarse y aceptar, en mí está la rebeldía encimita de mi carne. Debajo de mi humillada mirada está una cara insolente lista para explotar”.

Escupamos sobre los suplementos culturales

Hace unos meses, descubrí cómo “El Cultural”, uno de los suplementos culturales más jóvenes del mercado y con dos mujeres en los lugares de mayor poder y peso (la dirección y en la sección literaria) camuflaba una supuesta mayor atención a la creación femenina tras distintos subterfugios cosméticos. La creación literaria sigue siendo terreno vedado a las mujeres españolas, pues la crítica se niega a visibilizar sus obras y al hacerlo niega su calidad y credibilidad. Comparto aquí las conclusiones de mi observación, que puede ser consultada enteramente AQUÍ.

Como hemos visto en el análisis de los datos, el “El Cultural” no acierta a la hora de reconocer el talento y la pertinencia de la creación literaria de las autoras españolas, ni siquiera en un momento de especial apertura de todo el campo social y político a la visibilización de lo femenino y lo feminista. Esta postergación y expulsión no afecta solo a las narradoras, sino también a las críticas, relegadas a un número ínfimo y a unas categorías predeterminadas de novedades editoriales que no alcanzan los espacios de la máxima reputación en la revista. Recurrir a las autoras extranjeras como vía para añadir un mayor porcentaje de autoría femenina al total reseñado puede ser una expresión más del sesgo misógino y elitista del androcentrismo o un reflejo de la manera de operar de las propias editoriales, estas sí interesadas en conectar con un público femenino pero dispuestas a hacerlo a través de traducciones de autoras que han triunfado ya fuera de nuestras fronteras y a las que se le supone el prestigio de lo extranjero.

Nos encontramos, pues, con una revista cultural que no parece preocupada por su propia permeabilidad al cambio social y las mutaciones que habrá de llevar a cabo para seguir en contacto con una masa lectora suficiente y renovable. Esta decisión editorial no solo puede tener carácter puramente ideológico y formar parte de la identidad de marca de “El Cultural”, sino que encuentra un definitivo refuerzo en las particularidades del sostenimiento mismo de la revista, dependiente de sus tres grandes patrocinadores (Telefónica, Banco Santander, La Caixa). Estos encuentran en su asociación con “El Cultural” una ligazón con la alta cultura, el canon tradicional más rancio y el universo de los grandes genios que pueden hablarse de igual a igual con los grandes actores del sistema económico y financiero. Aquí se revela expresivamente el miedo a que la presencia de lo femenino degrade la percepción de “El Cultural” ante sus sostenedores, en línea con el prejuicio que adjudica automáticamente a lo femenino los valores negativos de los fenómenos (Freixas, 2009: 79- 81). En esta hipótesis, la minusvaloración de la obra de las autoras españolas por parte de “El Cultural” sería, sobre todo, una cuestión de supervivencia de la propia publicación.

¿Cómo interpretar, entonces, el alineamiento general de las autoras españolas favorecidas por “El Cultural” y por la industria editorial en contra de las cuotas? La percepción general entre las autoras es la de que cualquier herramienta que favorezca la entrada de mujeres al mercado editorial puede menoscabar su propio talento. Vemos cómo existe una defensa de la propia posición, en vez de un reconocimiento de las dificultades que enfrentan sus colegas y herederas. Siguiendo a Simone de Beauvoir, podemos hablar incluso de cierta pretensión de elitismo y hasta de obturación: “La cultura no ha sido jamás sino patrimonio de una élite femenina, no de la masa; y es de la masa de donde han surgido con frecuencia los genios masculinos; las mismas privilegiadas encontraban a su alrededor obstáculos que les cerraban el paso a las grandes cimas. Nada podía detener el vuelo de una Santa Teresa, de una Catalina de Rusia; pero mil circunstancias se concitaban contra la mujer escritora” (1975: 180).

Parece claro que la facilitación de la entrada de un mayor número de mujeres en el mercado editorial pone en peligro a las que ya están instaladas en él y no solo a los hombres que tuvieran que ceder sus posiciones. Los efectos de las cuotas en las instituciones educativas y políticas son fulminantes a la hora de visibilizar realmente el talento disponible (Russ, 2005: 10). Pero, además de permitir que el talento femenino se abra paso sin tantos obstáculos, despoja de la categoría de excepcional a las que han llegado por unas razones o por otras, aumenta el número de mujeres escritoras visibles y dificulta la invisibilización de las mismas en el relato histórico. “When the memory of one’s predecessors is buried, the assumption persists that there were none and each generation of women believes itself to be faced with the burden of doing everything for the first time. And if no one ever did it before, if no woman was ever that socially sacred creature, “a great writer”, why do we think we can succeed now? The specter of “If women can, why haven’t they?” is as potent as it was in Margaret Cavendish’s time” (Russ, 2005: 93).

Este fenómeno de la acumulación numérica de casos, lo estamos viendo ahora mismo en la denuncia masiva de abusos sexuales en Hollywood, Westminster o el Parlamento Europeo, resulta central. La renuncia a la excepcionalidad de la autoría, la impugnación de un punto de vista crítico masculinizado (Segura, 2001: 21) y la apertura a experimentar la lectura como experiencia relacional y política aparecen como condición necesaria para derruir el principio de inferioridad y exclusión de las mujeres (Bourdieu, 2000: 59). Se trata de un movimiento decisivo en este momento definido ya como de “rearme patriarcal”, en el que parece que solo a fuerza de un estratégico agrupamiento numérico se puede contrarrestar el silenciamiento que imponen tanto los “varones moderados” que promulgan el espejismo de la igualdad como los “bárbaros del patriarcado” (Cobo Bedia, 2011: 13-23). Lo que está en juego es la primacía de la masculinidad frente a todo lo demás. “La violencia de algunas reacciones emocionales contra la entrada de las mujeres en tal o cual profesión se entiende si sabemos que las propias posiciones sociales están sexuadas, y son sexuantes, y que, al defender sus puestos contra la feminización, lo que los hombres pretenden proteger es su idea más profunda de sí mismos en cuanto que hombres” (Bourdieu, 2000: 117). Carla Lonzi lo expresó desde la posición femenina tres décadas antes: “La obra de arte no quiere perder la seguridad de un mito que se fundamenta en nuestro papel exclusivamente receptivo” (1972: 132).

¿Qué podemos hacer las mujeres, lectoras, escritoras, ante la pertinacia de estos reductos androcéntricos que, sostenidos fundamentalmente por el sistema económico-político patriarcal neoliberal, se arrogan el privilegio de conceder el prestigio y sus consiguientes réditos materiales y simbólicos? Con Carla Lonzi, proponemos que este es el momento idóneo para abandonarlos a su suerte. ¿Para qué desgastarse tratando de entrar en el territorio de la alta cultura que defienden este tipo de publicaciones, cuando tal distinción hace tiempo que fue abolida por la irrupción de las redes? La idea de desestabilizar el orden establecido mediante una asunción del híbrido laboratorio popular que impulsa cultura de masas resulta especialmente sugerente en el campo de la escritura femenina (Catelli, 2011: 29). La paridad como indulgencia del varón no tiene porqué bastarnos (Lonzi, 1972: 132).

Participar en las exaltaciones de la creatividad masculina significa doblegarse ante la lisonja histórica de nuestra colonización, en su episodio culminante según la estrategia del mundo patriarcal. El culto de la supremacía varonil se convierte, cuando le falta la mujer, en colisión entre facciones de varones. Ausentándonos de los momentos exaltadores de las manifestaciones creativas masculinas, nosotras no formulamos un juicio ideológico sobre la creatividad, ni la refutamos pero, al negarnos a acogerla, ponemos en crisis el concepto de que el beneficio del arte sea una gracia que se pueda suministrar. No creemos que una liberación de reflejo pueda servir para sacar a la creatividad de su entramado patriarcal. Con su ausencia la mujer logra un gesto de toma de conciencia, liberador y por lo tanto creador. (Lonzi, 1972: 132-133)

La exhortación de Lonzi, pese a lo revolucionaria que pueda resultarnos, en realidad se lee hoy no solo como una estrategia política sino como una escapatoria al derrumbe del sistema tradicional de circulación de la cultura y de asignación del prestigio. Las redes y la irrupción de las tecnologías digitales dinamitan las posiciones autor, lector y crítico, en una atomización de plataformas, blogs, editoriales y softwares de autoedición que ya no sostienen la elitista distinción destinada al escritor-genio y al editor genial. Es lo que Stefan Bollman llama un “desplazamiento tectónico en el sistema literario” (2013, 632): los suplementos culturales y demás instituciones mediáticas relacionadas con la antigua industria del papel no logran ya capturar a los lectores, sino que estos se mueven libremente en la red. Habrá quien lea este terremoto como una falla que aboca a la literatura a una merma en el estándar de calidad negociado por unos pocos para otros tantos, pero es innegable que supone una oportunidad para que la escritura de las mujeres pueda exponerse y ser valorada sin sesgos.

¿Qué sucedería si las pocas mujeres que hoy acceden a ser objeto de critica y criticar en “El Cultural” renunciaran a tal indulgencia? ¿Qué pasaría si las lectoras ya no lo leyéramos? ¿Visibilizaríamos por fin claramente que la clamorosa ausencia de mujeres en un espacio no supone ya un indicio de calidad, sino un síntoma de irrelevancia, desactualización y muerte?

Encuentra las diferencias con lo de Antena 3 y Cristina Pedroche

Aquí un empresario chino de máquinas de ferias que, para promocionar su producto, ha decidido introducir una mujer como si fuera un premio más. Una chica con poca ropa como reclamo comercial. Como cebo. Como presa. Como objeto. Como decoración. Como reducción. Como silencio. Como muñecas de carne y hueso. Empresarias de sí mismas. O eso creen ellas.

 

No diga micromachismos, diga micromachitos

Creo que estamos asistiendo a un salto de gigante en lo que a manifestaciones de la masculinidad se refiere. Yo diría que se trata de una expansión open air de la lógica de Forocoches, no se sabe si propulsada por la euforia testosterónica del rearme patriarcal o como estertor desesperado de algunos machos afectados por el menguar de espacios para sus cipotes. Sea como fuere, el fenómeno trae consigo el fin del disimulo, la retórica oscura y la sutileza, herramientas que la masculinidad tóxica ya no cree necesarias para atraerse a más fans. “Haya luz y taquígrafos sobre nuestras vergüenzas, espejo exacto de las vuestras”, braman los machoheridos. Lo que venden es el género bruto, el cacho carne como tarjeta de presentación, un aquí-estoy-yo-usted-no-sabe-cómo-la-tengo-de-grande que desata lorolos entre los aspirantes a macho tipo Jorge Bustos. Por supuesto, ya sabemos que debemos leer las adjetivaciones del marketing justo como sus antónimos, y donde unos aluden al mítico tamaño nosotras entendemos micro. Cuanto más agresivo el desempeño discursivo, menor es el tamaño de sus argumentos.

Los tweets del diputado Girauta, de Ciudadanos, son la enésima muestra de cómo cierta generación cipotuda en plena crisis de la mediana edad, con la testosterona sublimada en discurso, recurre al “aquí mando yo” de los comandantes ante el más mínimo peligro de cuestionamiento intelectual. La ansiedad de sometimiento que exuda su tweet, la autoimagen que, según se desprende del mismo, posee el diputado Girauta sobre sí mismo,  destapa una vez más a un político que no se reconoce en la tarea de servicio sino en la del gran dictador, el gran dominador, el gran follador y, en secuencia lógica, el gran inseminador, gracias a su potencia legislativa. Lo que nos está queriendo decir Girauta es que nos la va a meter queramos o no. Nos la va a meter y luego nos va a sacar al bebé y se lo va a vender a quien le salga a él de su cipote, porque nuestro cuerpo solo sirve para gestar y el suyo ha sido creado para legislar. Sus deseos son nuestras órdenes porque, ya que no encuentra satisfacción física a su necesidad de masculinidad, ha de aliviarse en nuestras leyes, tal y como manda la tradición de un Congreso de los Diputados lleno de cipotes deseosos legislar sobre nuestros cuerpos.

 

Resulta ya un poco molesto asistir casi todas las semanas a alguna manifestación de la increíble masculinidad menguante de estos micromachos, ávidos de atención y de conversación. Los hay que piensan que hasta de abrazos. Sin embargo, sería bueno que consideraran dónde deciden depositar sus diarreas de género, ya que convertirán en letrina allá donde defequen su ansiedad mal digerida, sea una revista, un perfil social o una legislación. Cada vez aguanto menos la evidencia de que son precisamente machos los que manosean legislativamente, políticamente, económicamente nuestros cuerpos, machos en los que aún arraiga la vieja convicción de la superioridad de su sexo frente al que consideran débil, utilitario y descartable llegado el caso. Machos, ellos y ellas, para los que los pobres, los viejos, los diversos física o mentalmente, los enfermos, los gordos, los disidentes del género y los sexualmente divergentes son anomalías del sistema.

Me llama tremendamente la atención cómo los argumentaron políticos que discuten las leyes que afectan al cuerpo de las mujeres (aborto, prostitución, vientres de alquiler) rehuyen conscientemente abordar el que para mí es el asunto central de la controversia: la situación de pobreza de las mujeres que, por lo general, recurren a su cuerpo como recurso productivo. Y, sobre todo, su instrumentalización por parte de agencias a modo de distribuidores a comisión. ¿Por qué no se discute el papel de los intermediarios? ¿Por qué no se prohíben las agencias? ¿Por qué no se pone sobre la mesa el derecho de la madre a quedarse con el niño si así lo desea tras el parto? ¿Por qué llamamos a esta mujer gestante en vez de madre? ¿Por qué los hombres que defienden la subrogación no hablan de la mecánica del parto? ¿La conocen? ¿Cómo valorarían económicamente que la madre contrajera diabetes, infecciones puerperales, depresión, tiroiditis o artritis tras dará luz? ¿Y los puntos de episotomía? ¿Cómo pagamos cada milímetro de vagina rajada?

La discusión sobre la explotación de los cuerpos de las mujeres en el mercado de cualquier forma posible se me queda cada vez más corta. Creo que hemos de asumir que vivimos en un sistema tecnocapitalista en el que el neoliberalismo justifica cualquier tipo de transacción en el mercado y que muchas mujeres que no tienen más patrimonio que sus cuerpos han de sobrevivir en estas condiciones. ¿No sería mucho más útil y justo plantear de una vez la necesidad de una renta básica que nos permitiera una vida digna sin necesidad de autoexplotarnos en modo y forma alguna? Al eliminar la pura necesidad de sobrevivir de la ecuación, ¿no quedaría el asunto de la subrogación y de la prostitución al albur de los principios morales y religiosos de cada uno? Más aún: al menudear las experiencias del cuerpo en el mercado hoy atestado, no se pagaría más y mejor todo lo que tuviera que ver con el sexo y la reproducción? ¿O soy yo la única a la que 20 euros por un polvo y 5.000 por un niño le parece otro chiste del patriarcado?

La moda como régimen disciplinario de las mujeres

La mejor manera de esconder algo es dejarlo a la vista de todos. Eso es precisamente lo que sucede con el negocio de la moda: cuanto más más groseras son las manifestaciones de su burricie y vulgaridad, mayor es la atribución de sofisticación y distinción que le conceden sus acólitas. Véase esta fotografía de la campaña de primavera de Saint Laurent: ¿realmente estamos hablando de moda o se nos comunica, bien a las claras, el régimen disciplinario de la misma? La imagen lo tiene todo: sumisión, objetificación, infantilización, degradación, hipersexualización… Así de inermes ve las mujeres el que monta una red de trata.

No deja de sorprenderme la pedagogía de la obediencia que, a través de la moda, se inculca en las jóvenes. Las prácticas que exige militar en la moda, conocer las tendencias a través de las revistas, compras las prendas indicadas y llevarlas de la manera esperada en los cuerpos normativos, no hacen más que trasladar a nuestra subjetividad el mandato femenino de la obediencia. La moda nos programa desde bien niñas para obedecer las reglas hasta el punto de modificar nuestros cuerpos para practicarla. Y mientas nosotras pensamos que nos hablan de tendencias, en realidad nos inoculan el deseo de la sumisión que nos desactiva como seres pensantes, sintientes y políticos.

Hubo un tiempo en el que las editoras de moda de las revistas vestían invariablemente de negro. Dicen que tal código indumentario procedía de un deseo de neutralidad y discreción que se ha roto en estos tiempos del culto a la personalidad. Puede que aquellas mujeres, indudablemente listas, aún fueran capaces de mostrar su resistencia y su independencia a un negocio que se basa en la sumisión. Hoy, cuando voy a alguna redacción y me cruzo con alguna joven mujer practicanta de las tendencias (sobremanera cuando observo a las bloggers e ‘influencers’ que hacen girar su vida sobre ellas), ya no veo la belleza de catálogo de su presencia. Solo siento pena.

Las Musas de la Transición y el landismo de Podemos

Esta muy mal visto decir y escribir que el porno industrial, como todo lo industrial, es una basura que hace caja en la violencia. Y mira que cuesta hacerse la sueca de la cara de dolor que ponen tres de cada cinco mujeres en los vídeos de porno gratuito que circulan en la web.  Ni punto de comparación con el porno en VHS de los 80, donde a lo peor podías intuir el aburrimiento. El porno de hoy, especialmente el gonzo, es una basura violenta que no está hecho a base de estrellas de Miami, sino de mujeres pobres que cobran una limosna para que les infrinjan dolor. Cada vez que escucho a una mujer blanca, autosuficiente, que se autodenomina feminista y que trabaja en el porno defender la industria con el argumento de la libertad individual (su agenda, su cuerpo, su libertad), me pregunto a quién sirve su feminismo: ¿a esas mujeres del gonzo o a sí misma? Cada una puede hacer lo que le dé la gana, pero ha de tenerlo muy claro a la hora de defender una institución, porque dentro de ella no está sola. Están las otras. Gail Dines lo explica rebién. Por favor, ved este vídeo. Es muy muy muy muy bueno. “Choice, choice, choice, choice”: la voz de pito de Dines denunciando las paradojas del ‘free choice’ se te queda grabado. Eso y los prolapsos anales recurrentes de las mujeres que trabajan en el pornoterror.

 

Todo esto viene a que se petó el acto de la Casa Morada en el que las mujeres de Podemos debatían sobre pornografía. Estaba, en plan musa de esta segunda Transición que tenemos entre manos, la tal Amarna Miller. Y no pude por menos de acordarme de la extraordinaria Susana Estrada, otra musa de otra Transición que he escuchado hace nada en un programa de radio (después del minuto 9) dejar caer que fue amante de Suárez. Qué grande, Susana, ayer y hoy. En aquel momento, con las mujeres aún llevando la copa de Soberano y las zapatillas a sus guerreros necesitados de descanso, Susana reclamó su cuerpo y su placer como suyo, además de romper con el santurronerío de la Iglesia Católica con su claridad textil y mental. En aquel momento nada tenía más sentido que enseñar las tetas, presumir de orgasmos y reivindicar la liberación sexual como primer y necesario paso de la conquista democrática. La mujer más antisistema de España se puso el Gobierno por montera. Y al tierno Alcalde de Madrid.

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Hace 40 años tenía sentido que el cambio político se encarnara en un cuerpo de mujer desnudo: la política rescataba de las garras del machismo y la iglesia católica la materia misma de las mujeres y estas, a cambio, les cedían la potencia y alegría de su libertad. La democracia sacaba a las mujeres del armario de sus hombres y estas gozaban la posibilidad de abrazar al mundo entero. Cuatro décadas después, con el cuerpo de las mujeres exprimido por el mercado de todas las maneras posibles, las mujeres necesitamos que nos devuelvan nuestro cuerpo. Necesitamos que nuestro cuerpo salga del mercado común de la democracia neoliberal. Porque si es rico, lo exprime la moda, la belleza y la cosmética hasta el vaciado total del clonado brutal. Si es pobre, se esclaviza, se coloniza, se embaraza. El cuerpo de las mujeres es el nuevo cerdo. Justo ahora que ya casi nadie hyp come cerdo. Si el cambio que viene vuelve en encarnarse metafóricamente en lo mismo que hace 40 años, ¿qué cambio es ese?

No quiero ver, no sea que se me atragante algo, la entrevista que Susana Griso le hizo a Pablo Iglesias en alguna tele. Sé de ella por un artículo estomagante que leí esta mañana. No ha sido un sorpresa. Ya venía detectando desde hacía meses este rollo de Pablo Iglesias de hablar de sexo en cuanto le dan pie, de mostrarse picaruelo (argh), de airear sus gustos y publicitar su dedicación, exclusivamente cuando le entrevista una mujer. Qué macho, ¿eh? Incluso he tenido que cambiar de emisora varias veces al escucharle halagar la belleza y la sexitud de tal o cual presentadora (arggghhhh, como si las mujeres estuvieran en el mundo para que las llamaran cordera). Tiene Pablo Iglesias en su relación con el sexo y las mujeres algo que me recuerda mucho al españolito de ojos desorbitados interpretado por el joven Alfredo Landa, una especie de Benny Hill políticamente correcto. Un rollo viejuno, como de aquello progres tristes que salían en “El disputado voto del señor Cayo”. Y me resulta muy patético verle reivindicar el sexo como si esta fuera la España de los años 70 y no el siglo XXI.

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Mientras el mundo debate la impostura de la heterosexualidad y las relaciones a dos, Pablo Iglesias sigue como Tierno Galván: “¡A follar, que el mundo se va a acabar!”. Pobres de nosotras.