Categoría: Misoginia

La moda como régimen disciplinario de las mujeres

La mejor manera de esconder algo es dejarlo a la vista de todos. Eso es precisamente lo que sucede con el negocio de la moda: cuanto más más groseras son las manifestaciones de su burricie y vulgaridad, mayor es la atribución de sofisticación y distinción que le conceden sus acólitas. Véase esta fotografía de la campaña de primavera de Saint Laurent: ¿realmente estamos hablando de moda o se nos comunica, bien a las claras, el régimen disciplinario de la misma? La imagen lo tiene todo: sumisión, objetificación, infantilización, degradación, hipersexualización… Así de inermes ve las mujeres el que monta una red de trata.

No deja de sorprenderme la pedagogía de la obediencia que, a través de la moda, se inculca en las jóvenes. Las prácticas que exige militar en la moda, conocer las tendencias a través de las revistas, compras las prendas indicadas y llevarlas de la manera esperada en los cuerpos normativos, no hacen más que trasladar a nuestra subjetividad el mandato femenino de la obediencia. La moda nos programa desde bien niñas para obedecer las reglas hasta el punto de modificar nuestros cuerpos para practicarla. Y mientas nosotras pensamos que nos hablan de tendencias, en realidad nos inoculan el deseo de la sumisión que nos desactiva como seres pensantes, sintientes y políticos.

Hubo un tiempo en el que las editoras de moda de las revistas vestían invariablemente de negro. Dicen que tal código indumentario procedía de un deseo de neutralidad y discreción que se ha roto en estos tiempos del culto a la personalidad. Puede que aquellas mujeres, indudablemente listas, aún fueran capaces de mostrar su resistencia y su independencia a un negocio que se basa en la sumisión. Hoy, cuando voy a alguna redacción y me cruzo con alguna joven mujer practicanta de las tendencias (sobremanera cuando observo a las bloggers e ‘influencers’ que hacen girar su vida sobre ellas), ya no veo la belleza de catálogo de su presencia. Solo siento pena.

Las Musas de la Transición y el landismo de Podemos

Esta muy mal visto decir y escribir que el porno industrial, como todo lo industrial, es una basura que hace caja en la violencia. Y mira que cuesta hacerse la sueca de la cara de dolor que ponen tres de cada cinco mujeres en los vídeos de porno gratuito que circulan en la web.  Ni punto de comparación con el porno en VHS de los 80, donde a lo peor podías intuir el aburrimiento. El porno de hoy, especialmente el gonzo, es una basura violenta que no está hecho a base de estrellas de Miami, sino de mujeres pobres que cobran una limosna para que les infrinjan dolor. Cada vez que escucho a una mujer blanca, autosuficiente, que se autodenomina feminista y que trabaja en el porno defender la industria con el argumento de la libertad individual (su agenda, su cuerpo, su libertad), me pregunto a quién sirve su feminismo: ¿a esas mujeres del gonzo o a sí misma? Cada una puede hacer lo que le dé la gana, pero ha de tenerlo muy claro a la hora de defender una institución, porque dentro de ella no está sola. Están las otras. Gail Dines lo explica rebién. Por favor, ved este vídeo. Es muy muy muy muy bueno. “Choice, choice, choice, choice”: la voz de pito de Dines denunciando las paradojas del ‘free choice’ se te queda grabado. Eso y los prolapsos anales recurrentes de las mujeres que trabajan en el pornoterror.

 

Todo esto viene a que se petó el acto de la Casa Morada en el que las mujeres de Podemos debatían sobre pornografía. Estaba, en plan musa de esta segunda Transición que tenemos entre manos, la tal Amarna Miller. Y no pude por menos de acordarme de la extraordinaria Susana Estrada, otra musa de otra Transición que he escuchado hace nada en un programa de radio (después del minuto 9) dejar caer que fue amante de Suárez. Qué grande, Susana, ayer y hoy. En aquel momento, con las mujeres aún llevando la copa de Soberano y las zapatillas a sus guerreros necesitados de descanso, Susana reclamó su cuerpo y su placer como suyo, además de romper con el santurronerío de la Iglesia Católica con su claridad textil y mental. En aquel momento nada tenía más sentido que enseñar las tetas, presumir de orgasmos y reivindicar la liberación sexual como primer y necesario paso de la conquista democrática. La mujer más antisistema de España se puso el Gobierno por montera. Y al tierno Alcalde de Madrid.

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Hace 40 años tenía sentido que el cambio político se encarnara en un cuerpo de mujer desnudo: la política rescataba de las garras del machismo y la iglesia católica la materia misma de las mujeres y estas, a cambio, les cedían la potencia y alegría de su libertad. La democracia sacaba a las mujeres del armario de sus hombres y estas gozaban la posibilidad de abrazar al mundo entero. Cuatro décadas después, con el cuerpo de las mujeres exprimido por el mercado de todas las maneras posibles, las mujeres necesitamos que nos devuelvan nuestro cuerpo. Necesitamos que nuestro cuerpo salga del mercado común de la democracia neoliberal. Porque si es rico, lo exprime la moda, la belleza y la cosmética hasta el vaciado total del clonado brutal. Si es pobre, se esclaviza, se coloniza, se embaraza. El cuerpo de las mujeres es el nuevo cerdo. Justo ahora que ya casi nadie hyp come cerdo. Si el cambio que viene vuelve en encarnarse metafóricamente en lo mismo que hace 40 años, ¿qué cambio es ese?

No quiero ver, no sea que se me atragante algo, la entrevista que Susana Griso le hizo a Pablo Iglesias en alguna tele. Sé de ella por un artículo estomagante que leí esta mañana. No ha sido un sorpresa. Ya venía detectando desde hacía meses este rollo de Pablo Iglesias de hablar de sexo en cuanto le dan pie, de mostrarse picaruelo (argh), de airear sus gustos y publicitar su dedicación, exclusivamente cuando le entrevista una mujer. Qué macho, ¿eh? Incluso he tenido que cambiar de emisora varias veces al escucharle halagar la belleza y la sexitud de tal o cual presentadora (arggghhhh, como si las mujeres estuvieran en el mundo para que las llamaran cordera). Tiene Pablo Iglesias en su relación con el sexo y las mujeres algo que me recuerda mucho al españolito de ojos desorbitados interpretado por el joven Alfredo Landa, una especie de Benny Hill políticamente correcto. Un rollo viejuno, como de aquello progres tristes que salían en “El disputado voto del señor Cayo”. Y me resulta muy patético verle reivindicar el sexo como si esta fuera la España de los años 70 y no el siglo XXI.

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Mientras el mundo debate la impostura de la heterosexualidad y las relaciones a dos, Pablo Iglesias sigue como Tierno Galván: “¡A follar, que el mundo se va a acabar!”. Pobres de nosotras.

Porqué no hablamos las mujeres o cómo los padres de la Iglesia nos pusieron la mordaza

Leo últimamente artículos acerca de lo poco que hablamos las mujeres, de porqué no nos manifestamos en las reuniones, en los bares, en las redes. No sé si estas reflexiones pueden ofrecer alguna perspectiva a la hora de cuestionar el estereotipo de la mujer habladora o incluso a matizar la molestia que puede surgir cuando algunas mujeres nos manifestamos a cada paso que damos como si nos estuvieran interpelando en rueda de prensa. Porque lo cierto es que molestamos. No se me quita de la cabeza ese “cállate bonita” que le soltó un diputado del PSOE a Teresa Rodríguez el pasado mes de mayo en la cámara andaluza. “No tienes ni puta idea”, le dijo otro del PP.

En Eldiario.es, Barbijaputa se queja de que no tiene comentarios femeninos en sus artículos porque las mujeres callan en la red. En SModa, Begoña Gómez Urzaiz escribió hace algunas semanas un estupendo artículo que profundizaba algo más en la cuestión, exponiendo cómo la tradición excluye a las mujeres del discurso pues, para Telémaco desde la misma Odisea, “es cosa de hombres”. Me apunto a la tarea de deconstruir y exponer la cultura misógina que hemos heredado colgando un miniensayo acerca de cómo el catolicismo ordenó, supuestamente desde San Pablo, el silencio de las mujeres. Lo dice Laura Freixas en el artículo de Begoña: la palabra es poder, por eso nos exigen la callada por respuesta. Cuando nos piden que nos cerremos la boca nos están quitando poder y cuando accedemos a no hablar o nos sentimos demasiado ignorantes, pequeñas o chirriantes para hacerlo, estamos dejando que los mismos hablen por nosotras.

En los países católicos, el silencio de las mujeres suele tener su pistoletazo de salida en el mismísimo catolicismo primitivo, desde las prédicas de San Pablo de Tarso, el verdadero motor de la construcción y expansión del catolicismo por el Imperio Romano. Pablo pasó de perseguidor de cristianos a perseguido, pero en sus huidas y viajes contó siempre con el refugio y la subvención de infinidad de mujeres ricas y pobres que le escondieron, le alimentaron y sufragaron sus expediciones misioneras. Esta labor evergésica de las mujeres para con el catolicismo sugiere a algunas historiadoras que estas pudieron ver en este culto una oportunidad para trascender su yugo de género. ¿Por qué si no eran tan numerosas en las comunidades de primeros conversos y arriesgaban fortuna y vida a la hora de proteger a los predicadores?

Escribe Pablo en la primera carta a los Corintios: “Que las mujeres permanezcan calladas durante las asambleas: a ellas no les está permitido hablar. Que se sometan, como lo manda la Ley. Si necesitan alguna aclaración, que le pregunten al marido en su casa, porque no está bien que la mujer hable en las asambleas”. Así leída, las frases parecen bastante radicales y definitivas: el primer catolicismo no quería saber nada de mujeres con sabiduría. Sin embargo, las historiadoras modernas han vuelto a los textos, a repreguntarse sus relatos y a recontextualizarlos a la luz del género, con conclusiones tan discutidas como sorprendentes. La hipótesis es atrevida: que en los primeros tiempos del catolicismo, las mujeres ocupaban un lugar mucho más preeminente del que nos han hecho creer. Se habla incluso de un “ethos igualitario” entre hombres y mujeres. Los historiadores del canon, por supuesto, ponen el grito en el cielo ante esta versión alternativa de la Historia.

“No está bien que la mujer hable en las asambleas”, escribe Pablo de Tarso a la comunidad cristina de Corinto desde Éfeso, durante el tercer año de su segundo viaje misionero (57 d.C.). Corinto era una ciudad rica y culta pero con fama de licenciosa, pues permitía la prostitución sagrada en el santuario de Afrodita y era cuna de las cultas y libérrimas hetairas (Beauvoir; 1949, 116-117). Allí, la pequeña comunidad cristiana fundada por Pablo se veía sometida a muchas tensiones espirituales y morales por la influencia de las costumbres paganas y el libertinaje propio de una ciudad portuaria. Que Pablo de Tarso exprese en su primera carta la implícita prohibición a las mujeres de hablar en la Iglesia recoge algo más que la asunción general de la aristotélica subordinación femenina, presente en decenas de textos literarios de la época (Beauvoir; 1949; 117-118). De momento señala que, al menos en los inicios de las comunidades cristianas, las mujeres tenían voz en los templos. Se refiere, sin duda, a las profetisas, las mismas que implícitamente avala, siempre y cuando usen el prescriptivo velo: “En consecuencia, el hombre que ora o profetiza con la cabeza cubierta deshonra a su cabeza; y la mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta deshonra a su cabeza, exactamente como si estuviera rapada”. (Corintios 11, versículos 4 y 5).

¿Podríamos inferir que Pablo acepta de hecho la presencia de mujeres profetisas siempre que se cubran y prohibe la voz de las casadas, sujetas a la voluntad del cabeza de familia? ¿Acaso privilegió la costumbre de su tiempo sobre sus propias convicciones para no dañar el éxito de su evangelización? (Brittain; 2011, 20) ¿Puede esta incoherencia apoyar las tesis (Barbara Leonhard4, Jerome Murphy-O’Connor) que sugieren una intervención posterior en la epístola, o sea, que tal prohibición no procede de Pablo, el apóstol que tantas patronas disfrutó y que tan respetuosa y elogiosamente habló de ellas (Cox Miller; 2005, 6)? ¿Podría la reconvención a Corinto ofrecer grado similar de control patriarcal al de la primera y epístola a Timoteo, cuya atribución a Pablo está en entredicho por su estilo, datación y contenido, y en la que se lee “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio”, además condenarla como culpable del pecado original y situarla como inferior al varón?

Siglo y medio después de las cartas de Pablo, Orígenes de Alejandría (185-254), erudito, impulsor del Cristianismo en Oriente y pilar de la teología cristiana junto a San Agustín (354-430) y Santo Tomás (1224-1274), recoge esta recomendación de Pablo y la comenta durante sus célebres clases en la Academia. Dice: “It is shameful for a woman to speak in church. Whatever she says even if she says something excellent or holy, because it comes from the mouth of a woman”. En ese momento, el panorama social parece haber cambiado sensiblemente, al menos para las mujeres. Aludiendo directamente al mismo hecho biológico de ser mujer como argumento que invalida la voz femenina, Orígenes arrebata autoridad, credibilidad y bondad a mujeres que, en aquellos años de afirmación de la Iglesia católica, habían logrado cierta preeminencia por sus sacrificios en pro de la Iglesia, su labor evergésica, catequista o incluso su labor profética. Podemos hablar de una campaña en toda regla (una que se extiende a lo largo de los siglos) para que las mujeres dejaran de beneficiarse del “ethos igualitario que rodeaba a los discípulos de Jesús de Nazareth” (Pedregal; 2004, 202). De hecho, el comentario de Orígenes que nos ocupa podría reforzar la idea de una ‘intervención propagandística’ posterior en la epístola de Pablo, ya que propone una radicalización de la misoginia más en el tono y coerción que la mantenida por este.

En el tiempo de Orígenes (y también seguimos refiriéndonos sobre todo a este área de Asia Menor), las profetisas y, en general, las mujeres que tomaban la voz o lideraban de alguna manera la comunidad comienzan a ser consideradas heréticas. Entre ellas, el nutrido grupo de profetisas corintias que Pablo protegió (Cox Miller; 2005, 31-40). También Maximilla, Quintilla y Priscila, profetisas del influyente movimiento Montanista, que predicaba la comunicación directa del Espíritu Santo con la comunidad a través de profetisas-obispas, un mensaje demasiado subversivo para la jerarquía eclesial, que en aquel momento lidiaba con una ensordecedora discusión dogmática por parte de una sociedad dividida entre los creyentes sólo de palabra (aún afectos a las costumbres ‘pecadoras’ paganas) y los de facto, divididos en distintos grados de rigorismo y gnosticismo (Brittain; 2011, 35). Las historiadoras aventuran que estas profetisas posteriores profetizaban como las coetáneas de Pablo, pero ya no en los templos y no para los hombres, sino preferentemente para otras mujeres, mandato que las montanistas, por ejemplo, ignoraban (Cox Miller; 2005 ,36-38). “En el II d.C, las mujeres ya insistían en vivir su propia vida, intervenían en discusiones acerca de literatura, matemáticas o filosofía y componían poesía música, dedicaciones estas que eran satirizadas y ridiculizadas por los hombres. Durante el imperio, las mujeres estaban en todas partes: negocios, vida social teatros, conciertos, fiestas, acontecimientos deportivos, con o sin sus maridos. Incluso entraban en batalla. (…) No sucedía así con las mujeres judías, que vivían encerradas en sus casas” (Pagel, 1979). “Afirmaciones como las de Jerónimo en el siglo IV según el cual detrás de todo hombre herético hay una mujer herética abonan la convicción de E. Pagel cuando afirma que es ese protagonismo femenino lo que provoca el hecho histórico de la exclusión de estos escritos [los evangelios gnósticos] cuando se confecciona el canon y su consideración en consecuencia como textos heterodoxos” (Pedregal; 2011, 209).

En el comentario de Orígenes asistimos, por tanto, al despliegue del rodillo que terminará con el papel activo de las mujeres en la Iglesia católica, justo en una zona en la que las mujeres, ya fueran diakonisas, patronas o profetisas, pudieron contribuir en mayor grado y beneficiarse de tal contribución (casos de Junia o Febe), además de portar una mayor influencia de los laxos ritos paganos orientales. El mismo Orígenes conoce bien la labor de estas mujeres poderosas, ya que es recogido por dos de ellas en momentos delicados de su biografía, hecho que refuerza su vinculación a la herejía que finalmente le procurará un martirio ansiado desde joven (Pedregal; 2012, 321-322). Es interesante, en el sentido de seguir apuntando a cómo la influencia de la labor exegética de Orígenes trasciende hasta su puntual vinculación herética, recoger la precisión que Benedicto XVI realizó al respecto de su tarea, aludiendo a cómo el teólogo pionero se esfuerza por desterrar los testimonios de fe orales como manifestaciones de la voluntad divina e integrar las escrituras en un mismo espíritu antiherético (antifemenino): “Hemos aludido a ese “cambio irreversible” que Orígenes inició en la historia de la teología y del pensamiento cristiano. ¿Pero en qué consiste este “cambio”, esta novedad tan llena de consecuencias? Consiste, principalmente, en haber fundamentado la teología en la explicación de las Escrituras. Orígenes llega a promover eficazmente la “lectura cristiana” del Antiguo Testamento, rebatiendo brillantemente las teorías de los herejes —sobre todo gnósticos y marcionitas— que oponían entre sí los dos Testamentos, rechazando el Antiguo”.

¿Por qué la afirmación del cristianismo supuso la subordinación y sometimiento de las mujeres, en un proceso histórico que supone el génesis del postergamiento que vivimos hasta el día de hoy? ¿Cómo pudo una sociedad que permitió la actividad científica y la influencia de tantas mujeres, de María la Judía (I d.C.) a Hipatia (fallecida en el 415) eclipsarlas? Martino y Bruzzese (1994, 43) hacen algo de luz al hilo de la trágica muerte de Hipatia: “En una época en la que la Iglesia cristiana, con sus Padres, asumía cada vez más el papel de institución y procedía a la marginación de las mujeres del culto y de las funciones sociales de poder, una pagana surgía como símbolo de sabiduría y competía con las autoridades religiosas de su ciudad. Un conflicto religioso que ocultaba una disensión mucho más profunda: Hipatia representaba la tradición de la sabiduría femenina, una antigua tradición egipcia y griega y, por consiguiente, causaba mayor disgusto como docta que como pagana: las mujeres no debían hablar ya en las asambleas o en los lugares de culto, y menos que nunca debían enseñar en las escuelas”. Pagels cita múltiples causas en “Los Evangelios Gnósticos”: la influencia de la tradición de los judíos convertidos; el ascenso del cristianismo de movimiento de clase baja, donde todos los esfuerzos son bienvenidos, a la clase media; la rivalidad entre los Apóstoles y María Magdalena, que se salda con la victoria de Pedro y la erradicación del ejemplo mariano de lo femenino… Castelli (1994, 98) acuerda denominar a las múltiples razones provenientes de distintos estudios lanzados desde disciplinas variadas una suerte de heteroglosia. Una diversidad de voces que “continuará sin duda molestando a los guardianes de las instituciones, de la misma manera que los discursos visionarios de las mujeres de Corinto molestaron a Pablo y sus legales hace veinte siglos”.

BIBLIOGRAFÍA
Beauvoir, Simone. 1949. El segundo sexo. París: Gallimard.
Brittain, Alfred. Carroll, Mitchell. 1976. Women of Early Christianity. Woman in All Ages and in All Countries series. Nueva York: Gordon Press.
Castelli, Elizabeth A. 1994. “Heteroglossia, Hermeneutics and History. A Review Essay Of Recent Feminist Studies of Early Christianity”. Journal of Feminist Studies in Religion. 10, 2: 73-98
Cox Miller, Patrizia. 2005. Women in Early Christianity. Translation from Greek Texts. Washington, D.C. : Catholic University of America Press.
Martino, Giulio de y Bruzzese, Marina. 1994. Las filósofas. Madrid: Cátedra.
Pagels, Elaine H. 1979. The Gnostic Gospels. Nueva York: Randon House.
Pedregal, Amparo. 2004. “La Historia de las Mujeres y el Cristianismo Primitivo. Apuntes para un balance historiográfico”. La Historia de las Mujeres: una revisión
historiográfica
. Asociación Española de Investigación Histórica de las Mujeres. 201-228.
Pedregal, Amparo. 2011. “Las diferentes manifestaciones del patronazgo femenino en el cristianismo primitivo”. Arenal. Benefactoras y filántropas en las sociedades
antiguas
.18, 2: 309-334

El comentario amoroso-sexual de las mujeres que crean: ay qué pesado, qué pesado

Existen muchas maneras de valorar la exquisitez de un texto, incluso de un texto periodístico. El estilo, la forma, es importante. De hecho, los textos firmados por escritores se cotizan mucho más en prensa, ya que se les supone un estilo literario muy caro de encontrar entre los periodistas. Algunos lectores encuentran el colmo de la elegancia en la sobriedad máxima, en el significado despojado de adjetivos (¿y no sería este el manierismo máximo?). Otros disfrutan los retruécanos con sentido. En realidad no es tan importante: un buen lector sabe apreciar lo literario de cada estilo.

Existe, sin embargo, un valor objetivo que condiciona como ningún otro la bondad, la belleza y la mencionada exquisitez de un relato: la conciencia de sí mismo, su calado ético, los valores que porta. Con la colaboración o a pesar del escritor, los textos revelan el fondo de armario simbólico, cultural y ético del autor, exponiendo con cada palabra cómo es el mundo que ha podido o ha querido darse, en qué consideración tiene a sus lectores y cómo es el mundo que reclama. En este sentido, el texto es el sujeto, es personal y es político. Más aún el texto periodístico, en cuyo corazón yace siempre el ánimo de persuadir o, al menos, seducir.

La poeta irlandesa Eavan Boland escribió en 1989 el ensayo “Como una cicatriz” (lo recomiendo a todos los que haya de escribir para ganarse la vida o la felicidad, se publicó en el volumen “Nación, diversidad y género”, editado por Anthropos), en el que pone de manifiesto una clamorosa reclamación ética a los poetas irlandeses que, durante décadas, han venido escribiendo su nación en el cuerpo de una mujer o han utilizado el cuerpo de las mujeres como persistentes y congeladas musas. Extracto dos párrafos que abundan un poco en esta cuestión de la ética interna de los textos, que quizá ayuda a entender mi sorpresa por las publicaciones que relataré a continuación.

“Después de todo, no es este un ensayo sobre el oficio de este arte: No estoy escribiendo sobre la estética sino sobre la ética, que es mucho menos visible en una tradición poética. Quién escribe, lo que ella o él propone como tema apropiado para la poesía, qué ser descubren y confirman a través de dicha materia temática, todo esto implica una elección ética”.

“Cuando leía aquellas simplificaciones de las mujeres sentía que había un defecto subyacente en la poesía irlandesa; casi una debilidad geológica. Toda la poesía de calidad depende de la relación ética entre la imaginación y la imagen. Las imágenes no son ornamentos; son verdades. Cuando leía textos sobre Cathleen Ni Houlihan o sobre la Vieja del camino, o sobre Dark Rosaleen, sentía que una relación ética necesaria corría el peligro de ser violada una y otra vez; que una relación meramente ornamental entre la imaginación y la imagen se estaba transmitiendo de poeta a poeta, de generación a generación; se estaba convirtiendo en la práctica poética ortodoxa. La violación, incluso más que la simplificación, era lo que me alienaba.

Cuando la imagen se ha distorsionado la verdad se degrada. Tal como yo lo veía, este era el meollo de la cuestión. Al servirse de la vieja convención, al utilizar y re-utilizar a las mujeres como iconos y quimeras, los poetas irlandeses no sólo estaban trabajando con emblemas. También estaban privando a las mujeres reales de un pasado real: mujeres cuyo silencio deberían haber roto sus poemas. Corrían el riesgo de convertir a una testigo terrible en un elemento decorativo vacío. Uno de los propósitos irónicos de mi argumentación ha sido señalar que aquellos emblemas ya no están en silencio. Han adquirido una voz. Han pasado de ser poemas a ser poetas”.

Todo este rollo viene a cuento de una bienintencionada sección que, cada domingo, publica la sección de Cultura de El Mundo, firmada por el poeta, último Premio Loewe, Antonio Lucas. A priori, más exquisitez imposible a la hora de poner en página un homenaje a ciertas mujeres creadoras denominadas “Heterodoxas”, según la RAE, “disconformes con las doctrinas generalmente admitidas”. En el caso de las mujeres escritoras, lo de heterodoxas es una redundancia: ¿acaso no ha ido siempre contra la norma social que las mujeres escibieran? Una escritora es siempre, siempre, heterodoxa. Pero no va por ahí mi objección lectora a la página de Antonio Lucas.

Existen varios subterfugios del micromachismo, la misoginia y el esnobismo a la hora de lidiar con la problemática figura de la mujer que crea, especialmente de las escritoras. El primero es hablar de ellas como musas, alumnas o seguidoras de un hombre creador, al que se considera superior. Es frecuente ver en las zonas destacadas de los textos periodísticos que hablan de las creadoras la referencia a los hombres con los que se relacionaron. Sin embargo, no sucede así al contrario: jamás se habla en titulares, entradillas o sumarios de las relaciones de esos genios con las mujeres creadoras de su entorno. De alguna manera se infiere que las mujeres creadoras, por sí solas, no serán capaces de atraer a los lectores y que su trabajo está necesariamente subordinado al de ellos. Se nos empaqueta periodísticamente como los seres subalternos que simbólicamente somos.

Una segunda herramienta del micromachismo, la misoginia y el esnobismo periodístico y cultural es hacer referencia sí o sí en las zonas destacadas de la página, esos lugares que serán al menos ojeados por los lectores, a las relaciones sentimentales de las mujeres creadoras. La obra de las mujeres no se considera por si sola interesante o, al menos, no tan interesante como que tal mujer haya sido la novia, esposa o amante de un hombre indudablemente más relevante. La tercera herramienta del mocromachismo, la misoginia y el esnobismo periodístico cultural es reforzar cansinamente el imaginario que une a la mujer con el amor, lo sentimental, lo romántico o lo directamente sexual, forzando la persistencia del estereotipo de la mujer como cuerpo, como caos, como naturaleza, y no como palabra, como mente, como creación. En las piezas periodísticas sobre mujeres creadoras lo raro es no encontrar una referencia a su persona como amante, amada u objeto sexual.

Y ahora que os he soltado la teoría, la práctica. Veamos cómo lo hace Antonio Lucas: atentas a las constantes referencias al sexo, el placer, la posesión, lo sentimental, el deseo, la belleza física, el orgasmo, el amor, la pasión y demás parafernalia léxica que inmoviliza a la mujer en un papel único e unívoco.

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Veamos ahora cómo trata la figura masculina en una página de contenido (biográfico) similar. El imaginario es bien distinto y remite a cierta épica de la masculinidad.

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En fin, me diréis que soy una exagerada, una puntillosa o una feminazi. Admito todas. Sin embargo, sería tan fabuloso que hombres y mujeres de la cultura contemporánea (Antonio Lucas no es ni de lejos un carca de espíritu, creo) tomaran en consideración la agenda de la igualdad en el territorio de lo simbólico, de la cultura, de la prensa, como una exigencia ética de su propia exquisitez personal y profesional… Pero para construir un imaginario en el que todos seamos iguales es necesario deconstruir el que nos ha sido dado, siempre que no estemos en conciencia alineados con aquel… ¿Respaldamos o no respaldamos la cultura patriarcal y machista que hemos heredado? ¿Se hacen esta pregunta los y las poetas, los escritores y las escritorias, los y las periodistas que construyen las narrativas que nos explican?

La ridícula gala del Met o la moda como el culo

La moda según Anna Wintour, según Vogue, según los conglomerados del lujo y sus marcas, según todos esos hombres, hombres viejos, que dictan cómo han de ser las mujeres y según esas mujeres, directoras de revistas, que le lamen las costuras a todos los anteriores ES UN CULO.

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Ya no hay mujeres, ni narrativas, ni tejidos, ni arquitectura, ni revolución, ni silueta, ni avant garde. Ya no hay caras. Lo que la moda quiere ver son CULOS.

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Y así fue como una práctica estética, la del vestir, se convirtió en el hazmerreír de los que pudieron comprender su mensaje tóxico: las mujeres son UN CULO para los hombres de la moda. Valen tanto como SU CULO. Les importamos UN CULO. Nótese como se descoyunta KarlieKloss tratando de que su cara se vea tanto como SU CULO.

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Ellos, los que se embolsan vía ropa tóxica lo que tanto nos cuesta ganar moviendo EL CULO, se alegran de que deseemos ser ESOS CULOS, porque de esa manera nos compraremos la moda barata doblemente nociva que nos anuncian. Nos da igual quee miles de personas SE ROMPAN EL CULO para fabricarla. De alguna manera, han logrado que sólo nos importen NUESTROS CULOS.

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Por el camino, miles de periodistas CON LA CONCIENCIA EN EL CULO hacen como que no se enteran de la perversión que entraña todo el entramado DE LA MODA ANAL. Las mujeres, las jóvenes, las niñas, todas somos libres para elegir si preferimos SER UN CULO o ser tachadas de VESTIR COMO EL CULO.

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Lo mejor de todo el asunto es que a esta MIERDA TÓXICA, un negocio construido sobre la infelicidad, el elitismo, la explotación y la absurda carrera por distinguirse del de al lado, aún sea considerada por algunos como una exquisitez. La elegancia es UN CULO O UN TORERO.

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ES TODO TAN HERMOSO

PD. En Forbes postean graciosamente todas las fotos de CULOS de la Gala de la Carne de Vogue, pero censuraron este artículo acerca de la deficiente representación de la mujer en los medios de comunicación y el sexismo de estos, razón por la cual su autor se vio obligado a dimitir.