Cuando Sinéad lloró para que lloráramos

Somos inscripciones de la materia que nos rodea, entes apasionadamente plásticos, entramados en un proceso continuo de mutación y reparación. Sinéad O’Connor tenía todas las papeletas para reducirse a piedra, como una estatua de ese jardín que aún le provoca pesadillas. Contra todo pronóstico neutralizó la esclerosis y continuó afectivamente abierta al mundo, aunque en un estado que osciló entre la rabia y la catarsis.

Para expulsar los demonios, para oponerse a las potencias reactivas que provocó el maltrato de su madre, contó a voz en grito (o gritó a canción pelada). Para impedir que la industria discográfica la convirtiera en otra muñequita, se rapó al cero. Para darle un sentido a su fama, denunció en directo y en el ‘prime time’ de la televisión imperial la pedofilia y el maltrato infantil instalado en el corazón de la iglesia católica. Una vez que te hace daño lo que más quieres, ya nadie puede hacerte daño. O eso creía ella.

En aquella lágrima, Sinéad tiene razón, el mundo encontró la manera de llorar sin dar cuentas de por qué lloraba. Lo dice, con su preciosa voz ronca en un off que pone los pelos de punta, en ‘Nothing compares’, el documental que empieza a devolver a Sinéad O’Connor un poquito de lo que nos dio.

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