¿Es Ana Botín una mujer?

Esta noche veremos cómo Ana Botín (Santander, 1960), la mujer más poderosa de España, número ocho en la lista Forbes con las todopoderosas del mundo, rompe esa ley no escrita que decía que los que mueven los hilos no salen en la foto. Esa política del poder del siglo XX se rompe absolutamente en el XXI, cuando la reputación se convierte en un factor clave para el incremento del rendimiento. La banquera global no quiso en principio tomar en consideración la malísima imagen que la ciudadanía tiene de la banca. De hecho, mientras que Gonzalo Gortázar, consejero delegado de Caixabank, ha sostenido que «lo único que puede cambiar la mala imagen del sector es que la población perciba que hay un cambio de verdad”, Botín defendió que el problema era sencillamente mediático: “A los periodistas les gusta contar lo negativo; las noticias positivas del sector no ayudan a vender periódicos”. A los pocos meses de trascender esta divergencia de opiniones, Ana Botín abrió su cuenta de Instagram, donde se presenta como una viajera, deportista y lectora de ensayos escritos por mujeres y se hace selfies con sus compañeros de oficina en todo el mundo. La planicie de los textos y la nula brillantez fotos es desconcertante en una mujer que tiene tanto poder en las manos.

 

 

Esta noche veremos cómo la gran jefa del banco Santander viajó a Groenlandia para dolerse del calentamiento global junto a Jesús Calleja, el reverso rubio y liviano de Bertín Osborne en televisión. Se trata de la segunda operación de blanqueamiento que Ana Botín intenta, tras sumarse a las filas del feminismo en agosto de 2018 con un post en Linkeding en el que detallaba sus políticas para el avance de las mujeres en su empresa y cómo renegaba del «feminismo de la autosuficiencia» de Sheryl Sandberg. Diario 16 ha ido publicando noticias en las que se evidencia la distancia entre estos movimientos de marketing y las políticas del Santander, con sentencias por acoso laboral, mujeres embarazadas que se acogen a EREs por la exigencia laboral a las que son sometidas. También Público ha explicado cómo los despidos del Santander y el Popular se cebaron en las trabajadoras madres con jornada reducida. Con este nuevo intento de maquillar el negocio bancario gracias a la causa climática, tendremos que volver a citar las conocidas relaciones de financiación del banco con empresas altamente contaminantes o que venden armas.

 

 

El pasado noviembre, en la Conferencia Internacional de Banca 2019 (una reunión internacional del Santander), Ana Botín admitió por fin que su banco pierde dinero debido a la mala reputación y que es esta disminución de los ingresos lo que debe mover la función social (climática, feminista) su recién adquirida presencia pública. «Me gustaría explicarles por qué creo que la confianza es el factor crítico que determinará el futuro de nuestro sector, y también de nuestra sociedad y de la economía tal y como la conocemos hoy», explicó. «Para un banco, una caída de dos puntos supone un descenso del 21,8% en el crecimiento de los ingresos». Por supuesto, la pérdida de confianza de inversores y clientes no se debe a desahucios, timos y usura, sino al chivo expiatorio del populismo. «Los errores de unos pocos contaminaron la percepción de la opinión pública sobre todos nosotros. Políticos, empresarios, banqueros… eran personas que inspiraban confianza, de repente lo dejaron de hacer. Todos los sectores y las instituciones se vieron afectados y resultado de todo ello fue un ascenso del populismo».

 

 

A la insistente pregunta de si Ana Botín es feminista, habremos de sumar ahora si Ana Botín puede ser ecologista, dadas las actividades de la empresa que su familia dirige desde su misma fundación. En su haber, explica ella misma en las entrevistas que este año han ido menudeando en algunos medios, está el plan de eliminar todo el plástico en las oficinas del Santander. ¿Resulta mérito suficiente para una mujer que puede torcer la voluntad de compañías como Endesa, a las que financia a pesar de su amplia contribución al calentamiento global que tanto le preocupa? El Santander es el segundo banco que más dinero presta al carbón en Europa, por detrás de UniCredit: 2.990 millones de euros. Por eso, al observamos los posts de la banquera en Instagram, debemos estar en guardia ante la aparente inocuidad e insustancialidad de sus actividades. Las presiones del Santander para influir en la configuración del actual gobierno han originado ríos de tinta, un papel rector que ya tuvo el patriarca de la saga a la hora de dar su visto bueno, por ejemplo, a la legalización del Partido Comunista. La Transición fue un negocio redondo para el Santander, acreedor de todos los partidos políticos nacionales menos de Podemos.

 

 

Sin embargo, quizá no sean esas las preguntas más pertinentes en el caso de Ana Botín. Más que debatir si es feminista o ecologista, lo que tendríamos que preguntarnos es lo siguiente: ¿ES ANA BOTÍN UNA MUJER? Desde luego, desde el punto de vista biológico e incluso desde el indumentario tendríamos que decir que sí, ya que ella misma se esfuerza por realzar los atributos femeninos dentro de las posibilidades del universo financiero. En este sentido, es interesante contemplarla en sus fotografías de turista, donde la generización es mucho más sutil y hasta desaparece. Pero fuera de este nivel cero, básico, registro primero de lo mujer, ¿podemos afirmar que Ana Botín es una mujer? Ahora que tanto se disputa el sujeto del feminismo para negárselo a las que están en la máxima precariedad social, económica, política, simbólica, ¿qué ocurre si ejercemos la misma restricción categorial con las mujeres que prácticamente han «naturalizado» su fortuna?

 

 

Nuestra santa patrona Simone de Beauvoir escribió en «El segundo sexo»: “No se nace mujer, se llega a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino”. Esta claro: sobre el sustrato material, tiene que existir otra capa cultural que va marcando quién es y no es una mujer. Podríamos señalar muchos vectores de «lo mujer»*, pero quizá muchos de ellos se pueden reunir en un factor ineludible: la subalternidad. Ser mujer también tiene que ver con una determinada relación con el poder. Con la cantidad de poder. Entonces, estamos hablando de una categoría que también es ineludiblemente política y, por tanto, en relación. Recordemos: Ana Botín es la octava mujer más poderosa del mundo. ¿Puede una seguir acudiendo al espacio discursivo de «lo mujer» con las manos tan ahítas de poder? ¿En relación a quién?

En un reciente diálogo entre Marta Segarra y Fina Birulés en el CCCB (minuto 1:03), la primera trajo a colación una discusión a propósito de Condoleezza Rice que tuvo respuesta de Hélène Cixous. En un taller, una participante quiso poner sobre la mesa la importancia de que una mujer negra como Rice alcanzara por primera vez en la historia el puesto de Secretaria de Estado del gobierno estadounidense (época George Bush). Pero Cixous le respondió: «Pero perdona, es que Condoleezza Rice no es ni mujer ni negra». Efectivamente: su privilegio le impide posicionarse política y simbólicamente como mujer negra por una sencilla cuestión jerárquica. Y ni su discurso ni sus prácticas podrán ser automáticamente asignadas al sujeto político «mujer negra»: su posición es otra. Segarra invitó en su charla a evaluar desde este prisma el discurso de las mujeres con poder que se reclaman feministas: «Cuando hablamos de las mujeres en la política, a lo mejor nos tenemos que preguntar sin son mujeres». 

 


*Tomo «lo mujer» de la escritora Cristina Morales: «Bueno, yo no sé lo que es una mujer, para empezar. No escribo desde esa posición. La mujer es un término que anda en disputa. Una palabra tan tristemente, tan opresivamente connotada. Más que hablar de la mujer, a mí me gusta emplear la expresión “lo mujer”. O “lo puta”. En ambos casos, no para referirme a un sustantivo en concreto, sino a una dimensión. ¿Qué cabe ahí?».

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