Los medios que no amaban a las mujeres

De mucho tiempo a esta parte, no hay semana en el que un medio de comunicación no nos rompa el corazón. Lo leo en las redes y en las concentraciones, donde cientos de mujeres se duelen cuando se les clavan las flechas de esos titulares y esos textos escritos desde la mecánica inútil de un relato agotado. Casi 30 años después de que la prensa empezara a reflejar en sus páginas el asesinato de las mujeres por el hecho de serlo, las noticias sobre violencia machista se han convertido en un trámite, historias intercambiables sin un ápice de humanidad, política y contexto. Se ha robotizado tanto la narración del terrorismo de género, existe tanto rechazo y miedo a nombrar el privilegio estructural en el que se basa nuestro dolor, que más que noticias parece que nos cuentan plantillas prediseñadas, fórmulas preadmitidas en las que sólo hay que cambiar nombre, lugar y método.

Esos medios que nos duelen, los que todavía seguimos comprando y sintonizando, los medios en los que muchas periodistas feministas aún trabajamos, son los que escriben que las mujeres no son asesinadas, sino que mueren. Los que citan a una vecina que asegura que el asesino “era un hombre educado y normal”. Los que confirman, o no confirman, si ha habido denuncia previa a la agresión, con o sin muerte. Los que alimentan sus cámaras con los restos de la rabia y el dolor de la pérdida. Los que se regodean en los detalles macabros. Los que concitan a abogados que escenifiquen una siniestra pelea de gallos. Los que clonan una y otra vez el mismo relato de muerte, normalizando narrativamente el espanto y escamoteando el análisis estructural de una sociedad en la que habitan tantas muertes. Los que aún se atreven, qué desfachatez, a hablar de amor o de arrebatos de pasión.

Todo esto que hacen nuestros medios forma parte de la estructura que permite la existencia de lo que la antropóloga argentina Rita Segato ha bautizado como “pedagogía de la crueldad”: la exposición pública y pedagógica del mandato de masculinidad que obliga al hombre a mostrar a los otros hombres que es merecedor de su posición masculina. Es la consecución de la masculinidad la que, según esta autora, explica todas las violencias que los hombres inscriben en el cuerpo de las mujeres, desde el asesinato hasta la violación o el sometimiento psicológico. Los medios, al escamotear el análisis, impiden que el reconocimiento de causas y consecuencias pueda llevarnos a una hipotética sanación. Más aún: al desconectar unas muertes de otras y presentarlas como meros sucesos, obra de hombres que han perdido por un instante la razón, nos impiden pensarlas. Nuestros medios participan de la violencia, la reproducen en su universo simbólico y contribuyen a extenderla. Son, como la sociedad misma, violentos. En recientes palabras de Segato:

“¿Por qué a pesar del accionar de las instituciones, la promulgación de leyes y el habernos dotado de un vocabulario, la violencia no tiene fin? Parece que no se supera con los clásicos clichés, llamándola crímenes de odio o hablando de morir por el hecho de ser mujeres. El tema no se agota nombrándolo. Repetimos burocráticamente conceptos y definiciones, pero no hemos salido del lugar”.

Aún señala esta visionaria antropóloga otro efecto nocivo de los medios en este asunto de la violenta distribución de poder de nuestra sociedad: el refuerzo masivo de cierta configuración de la mujer como víctima y del hombre como victimario. En su definición, “el eje vertical de la violencia”. La réplica incesante de estos relatos en los que la mujer ocupa invariablemente el papel de víctima (apenas si conocemos lo que pasa con las mujeres maltratadas y violadas, cómo se reincorporan a la vida, su resiliencia y capacidad para sobreponerse) redunda en la ‘guetificación’ del problema. “Pensamos que la violencia es una problema de las mujeres, pero en realidad nos habla a toda la sociedad”, explica Segato. “Aceptar la expulsión de todo lo que le pasa a las mujeres, que se convierta en un tema minoritario, impide entender que ahí hay luz para entender la época, la civilización, la sociedad, la economía y, inclusive, la marcha del capital”.

Tengo la sensación de que nos hemos convertido en una sociedad que solo denuncia la violencia contra las mujeres ante la cámara y cuando están muertas”, se lamentaba la periodista Mónica Planas en las jornadas “Información y Violencia Machista” que se celebraron en el Auditorio de Zaragoza el pasado octubre. Tiene razón. Sólo ante la mujer muerta o muy malherida, los medios interpretan un falso rito de duelo que ni cala más allá del morbo ni tiene otro objetivo que cubrir un expediente y descargar de responsabilidad. No vemos, escuchamos o leemos relatos sobre condenas ridículas, juzgados que niegan protección, custodias compartidas concedidas a maltratadores, nada que pueda hacer luz sobre el status quo que facilita la reproducción de esta violencia. Si la mujer no está ya fehacientemente muerta, sino que ha sido violada, abusada o es víctima de trata, es sometida a un juicio sumarísimo y a un escrutinio de su vida que dirima si puede ser culpabilizada por no someterse al mandato de su propio género. Esta también es otra pedagogía, esta vez dirigida a nosotras, que nos enseña a tener miedo, a no disponer de la libertad que nos asegura la Constitución, si no queremos sufrir la violencia que nos destina salir del papel marcado. ¿Y del violento? Ni palabra. Nada solemos saber sobre el asesino, el maltratador, el proxeneta, el traficante o el putero.

Más del 90% de la población sabe de violencia de género por la televisión, precisamente el medio que más burdamente trata la violencia de los hombres contra las mujeres. El Consejo Audiovisual de Andalucía, autor de la más reciente guía para el tratamiento periodístico de la violencia machista, tras estudiar los casos de “Espejo público” y “El programa de Ana Rosa”, hubo de pedirles no ya que emplearan el rigor que identifica un tratamiento periodístico digno, sino que desistieran de tratar estas temáticas. “Han llegado a hacer hasta juicios paralelos”, explica Carmen Fernández, presidenta de la Comisión de Contenidos del CAA. Incumplen el derecho a la intimidad, vulneran la protección a menores, lanzan rumores y lo tiñen todo de un tufo sensacionalista”. En la guía con el mismo propósito que ha editado también este año Apramp (Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención de Mujeres Prostituidas), las trabajadoras sociales, educadoras y psicólogas que trabajan sobre el terreno se ven en la tesitura de pedir a los periodistas lo impensable: que no pregunten a las mujeres víctimas de trata si las han violado o cuántos clientes habían de atender al día.

Pone los pelos de punta pensar que los periodistas, ante una mujer esclavizada, no vemos una víctima a la que proteger, sino una posibilidad para exponer morbosamente su trauma. Lo cierto es que el retrato de la profesión que se extrae de estos textos no resulta precisamente agradable. Un oficio que se construyó sobre la comunicación y la empatía aparece, por mor de una feroz mercantilización, totalmente deshumanizado. Roto. Me pregunto hasta cuándo seguiremos comprando, escuchando, sintonizando estos medios que no aman a las mujeres. Y confío en que ya estén con nosotras las generaciones de mujeres y hombres que apagan la tele tóxica, descartan los periódicos que no las retratan paritaria y justamente y evitan el sensacionalismo web. Niñas y niños a los que les debemos una ya imprescindible educación mediática que les permita transitar por el mar de medios que tratará de condicionar sus valores, ideas y decisiones. Jóvenes que, quizá, escriban algún día los periódicos que nosotras aún no hemos podido escribir.

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