La violación como manifestación de la nación: no volverás a decir ‘madre patria’ jamás

Hoy, Alfonso Muro me enviaba este extracto de mi libro de cabecera La mano izquierda de la oscuridad (Ursula K. Le Guin) con el comentario: “Me encanta cómo la Le Guin hila machismo, violación y guerra”. No deja de sorprenderme que tenga que ser precisamente en un relato fantástico donde encontremos expresada la relación directa que existe entre androcentrismo y violencia, y sugerida tan abiertamente la solución a los conflictos que tantas vidas cuestan: romper con el paradigma de la masculinidad y terminar con la desigualdad primigenia entre los géneros. No es fácil expresar ideas así fuera del ámbito académico. De hecho, apenas sí se escribe en textos literarios o medios de comunicación sobre la gran falla por la que que nuestro modelo social hace inevitablemente aguas. ¡No sabéis lo que alucino con que ideas que circulan desde hace tiempo en el ámbito de la investigación social no logren salir de ese gueto! ¿Quién ha decidido que no estamos capacitados para entenderlas, que no nos interesan o que son intrascendentes para nuestra vida? ¿De verdad tiene la culpa de todo Paolo Vasile?

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En una serendipia fantástica, mientras Alfonso me enviaba esa foto me encontraba yo contándole a mis compañeros de máster el contenido de un artículo titulado “La Madre Patria: de las metáforas nacionalistas a la violación como crimen de guerra”, de Belén Martín Lucas. Jamás hubiera sospechado yo la peligrosa ideología que se esconde tras una imagen supuestamente benéfica como la de “la madre patria”, una expresión que yo he misma he usado cienes de veces, aunque casi siempre con ironía. Ahora sé exactamente qué quería decir Virginia Woolf cuando, en Tres Guineas, declaraba que las mujeres no tenemos país ni patria. A ver si logro explicarlo como se merece. Todo empieza con la construcción de las naciones, el invento político que aún nos ordena.

Con un pensamiento pobre (no existe un Hobbes o un Tocqueville del nacionalismo), una historia corta (pese a la ficción de remontarse a tiempos legendarios) y cierta inevitabilidad universal (todo el mundo ha de tener una), la nación surge como una comunidad (en el sentido de fraternidad, de hermanos que matan y mueren los unos por los otros) política imaginada (lo de las identidades nacionales homogéneas no se sostiene en ningún análisis serio), limitada (las fronteras nos separan a ‘nosotros’ de ‘ellos’) y soberana (sustituyendo a las monarquías dinásticas que la Ilustración se llevó por delante). Da pena sólo escribirlo. La nación reproduce, además, a la familia patriarcal, en la que el hombre es la razón y la mujer, la naturaleza que ha de ser controlada por este. El hombre para cada mujer y la nación para todas las mujeres ha de controlar el cuerpo femenino porque es el único capaz de producir más nacionalistas: sin mujeres que den a luz no hay nación. Las medidas de natalidad, las leyes del aborto, el acceso a la contracepción están en manos del Estado-nación. De la misma manera, es el matrimonio heterosexual la única manera de relación que interesa la nación como la célula no sólo de producción de nuevos nacionalistas, sino de reproducción gracias a su papel de cuidadoras y educadoras del pensamiento nacional y de género. Así, “la santa”, “el ángel del hogar” o “el reposo del guerrero” se convierten, en el universo de la nación, en “la madre patria”.

Las alegorías de las naciones que utilizan el cuerpo femenino en edad fértil no tienen fin: Britannia (Gran Bretaña), Marianne (Francia), Hibernia (Irlanda)… Este constante recurrir al cuerpo femenino para referirse a la nación es perverso: al imaginar la tierra como una mujer la colocamos en la posición de ser explorada, cultivada, quemada, rescatada o penetrada (metáforas todas presentes en los discursos nacionalistas), una maniobra que resulta lógico si tenemos presente esa big picture en la que las mujeres son concebidas como propiedad del hombre. De hecho, la cuestión de la mujer, la cuestión de la relación entre las mujeres y los hombres, es el fundamento mismo del nacionalismo. “Los principios retóricos y de organización más básicos de la nación son tropos y expresiones de poder de género”, dice Mary Layoun. Así, la figura de la madre se convierte en el lugar donde se expresan los valores culturales y raciales de la nación, el orgullo nacional y la pureza. La madre es la nación. Las mujeres solteras no son valiosas, sino putas o no-válidas para el proyecto nacional. La madre es la patria. La mujer no sólo está un escalón por debajo de su marido en el orden familiar, al figurar bajo su tutela como su propiedad y ejercer de depositaria del honor familiar. Es que tampoco adquiere totalmente la categoría de ser humano en el orden social y político, ya que su papel como símbolo de la nación reafirma su cosificación, su instrumentalización al servicio del nacionalismo. Para decirlo más directamente: cada vez que un soldado viola a una mujer, no está violando una persona, está violando la nación enemiga.

En el contexto nacionalista, la cuestión no es que las mujeres no sean iguales. Es que ni siquiera son. Ajenas a la categoría de ser humano, se las suma como una posesión familiar más, similar al terreno que cada hombre ha podido darse para ganarse la vida. La mujer, como la tierra, será sembrada para que dé sus frutos, que pertenecerán al varón. Será explotada como mano de obra impaga. Como la tierra, podrá ser invadida, atacada, horadada y arrasada por otros varones debido a los motivos más diversos: codicia, venganza, guerra. Puede que la mujer sea simbólicamente la madre patria, pero en la práctica no resulta tan violentamente defendida como aquella.

La violencia ejercida sobre las mujeres durante las guerras, silenciada desde los raptos de la mitología griega hasta que fueron europeas las afectadas masivamente en la guerra de los Balcanes, parece proporcional a la intensidad del sentimiento nacionalista de los hombres en conflicto. Como he escrito antes, si la mujer es la patria, la mujer violada simboliza la nación invadida. Si además de violarla se queda embarazada, se logra el objetivo doble de romper la reproducción del linaje étnico o religioso y el repudio de la madre por parte de su familia. Los informes de las organizaciones humanitarias que intervienen en conflictos armados y en poblaciones desplazadas de refugiados levantan acta de las enfermedades que desarrollan las mujeres torturadas por sus violadores: trastorno por estrés postraumático, trastornos depresivos, trastorno bipolar, pánico, fobias, ansiedad, adicción a las drogas y suicidio. Son mujeres que arrastrarán el estigma de por vida.

Sin embargo, las ventajas militares de la violación como arma de guerra no se encuentran tanto entre los confines del cuerpo femenino, como en las consecuencias que ocasiona en la familia y en la comunidad. Por supuesto, humilla al varón que posee a la mujer, ya sea padre, hermano o marido. Pero, además, rompe la unidad familiar, que queda desmembrada, arrasando incluso la solidaridad entre mujeres: las violadas son expulsadas de la familia y la comunidad. También marca para siempre la vida del barrio o del pueblo donde se aplica, ya que ofrece justificación para replicar con el mismo comportamiento sobre las mujeres del bando enemigo. También explica el refugio de muchas mujeres en ideologías radicales patriarcales que ofrecen una ficción de protección, como el islamismo.

El feminismo, al centrarse en la identidad de género antes que en la identidad política, rompe el discurso nacionalista y termina con la ficción de la mujer madre de la nación. Por eso las feministas son tachadas invariablemente de malas patriotas o malas representantes de una cultura o religión determinada. Cuando Virgina Woolf escribía en Tres Guineas que no reconocía una patria sino el mundo entero, reclamaba de alguna manera la emancipación de los postergados contra una construcción al servicio de los que la crearon. Me pregunto si será este capitalismo salvaje el que finalmente terminará con la ficción de los estados-nación, donde la categoría de ciudadanos de pleno derecho aparece cada vez más restringida, alcanzable para cada vez menos. Acaso la disolución del sometimiento de unos por otros haya de venir de la mano de un nuevo ordenamiento político, de una nueva narrativa que no tiene que acudir al sentimentalismo para convencer porque le sobra la justicia de los afectos. La humanidad.

  1. Sara Moros

    Todo lo que dices sería extrapolable también a la madre naturaleza. Las mujeres que no son madres no son nada o por lo menos no son naturales pues está en su naturaleza el fin específico de ser madre… Además, el patriarcado, al cosificar a la mujer, cosifica con este término también la naturaleza, justificando así su falta de respeto hacia ella ya que esta existe para proveer al hombre de todo lo que necesita, le pertenece y se puede usar, maltratar, explotar sin ningún tipo de conciencia ni efecto

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  2. Fernández Hernández

    Cierto es: la mujer que no colabora al proyecto nacional fabricando más nacionalistas no sirve para nada. Por suerte, eso creo que ha cambiado conforme se van difuminando los nacionalismos en algunas sociedades o capas sociales… A este respecto de ser madre he leído últimamente dos autores que me han confortado mucho. Por un lado, Victoria Sau, que es una feminista pionera y muy radical (era psicóloga, y esto le da una dimensión a sus textos que va mucho conmigo), dice que el patriarcado nos ha robado la maternidad de manera que ha quedado reducida al hecho de gestar y parir, porque luego el hijo/a pasa a ser propiedad del padre, parte del proyecto del padre-nación, tutelado por una madre que transmite los valores del padre. En este sentido, Sau dice que la maternidad no existe (http://www.ub.edu/SIMS/pdf/MujeresSociedad/MujeresSociedad-13.pdf). Lo que me gusta mucho de su discurso es que dice, en realidad, todas las mujeres somos madres, tengamos hijos o no. Y, de hecho, yo recuerdo que cuando era niña cualquier mujer podía reconvenirnos a los niños para que hiciéramos tal o cual cosa o no hiciéramos tal o cual cosa. En el pueblo, los niños éramos de la incumbencia de todas las mujeres y todas las mujeres ejercían de madres. Eso se ha perdido: los niños son propiedad privada de sus progenitores. Me sigue convenciendo mucho muchísimo la crianza en comunidad, sin ese lazo tan complicado que se establece con el padre y la madre. En este sentido, Michel Onfray construye un discurso precioso acerca de cómo tener o no tener hijos puede explicarse en el mismo egoísmo, pero existe en la ética que él propone la renuncia a la prole precisamente por el amor a los niños, por saber cómo cualquier educación convencional será problemática de la misma manera que la relación hombre-mujer/padre-madre que aprenden los niños será problemática para estos. La máquina célibe, que es su ideal de hombre ético hedonista, va unida a la esterilidad voluntaria.

    “La posibilidad fisiológica de concebir un hijo no obliga a pasar al acto, así como el hecho de poder matar no instituye de ningún modo el deber de cometer un homicidio. Si la naturaleza dice «tú puedes», la cultura no agrega forzosamente «luego debes». Pues podemos someter nuestras pulsiones, instintos y ganas a la tabla analítica de la razón. ¿Por qué tener hijos? ¿En nombre de qué? ¿Para hacer qué? ¿Qué derecho tenemos de traer de la nada a un ser al que sólo le proponemos, in fine, una breve estancia en la tierra antes de retornar a la nada de donde proviene? En gran parte, engendrar corresponde a un acto natural, a una lógica de la especie a la que obedecemos ciegamente, cuando semejante operación, pesada desde el punto de vista metafísico y real, debería responder a una elección razonable, racional e informada.
    Sólo el soltero que ama en grado superior a los niños ve más allá de sus narices y mide las consecuencias de infligir la pena de vida a un «no ser». ¿Es tan extraordinaria, alegre, feliz, lúdica, deseable y fácil la vida que les obsequiamos a los cachorros del hombre? ¿Es necesario amar tanto la entropía, el sufrimiento, el dolor, la muerte que, a pesar de todo, ofrecemos ese trágico regalo ontológico?
    El niño que nada ha pedido tiene derecho a todo, en especial a que nos ocupemos de él de forma total y absoluta. La educación no es crianza, aquello que suponen los que hablan de educar a los hijos, sino la atención a cada instante y a cada momento. El adiestramiento neuronal necesario para la construcción de un ser no tolera ni un segundo de desatención. Destruimos a un ser con
    un silencio, una respuesta diferida, un descuido, un suspiro, sin darnos cuenta, cansados de la vida cotidiana, incapaces de ver que lo esencial para el ser en formación se juega no de vez en cuando, sino permanentemente, sin tregua.
    Se necesita bastante inocencia e inconsecuencia para emprender la construcción de un ser cuando a menudo, muy a menudo, no se dispone siquiera de medios para una escultura de sí o de una construcción de su propia pareja en la forma que conviene a su temperamento. Freud, no obstante, ya nos previno: se haga lo que se haga, la educación es siempre fallida. Una mirada a la biografía de su hija Anna le da toda la razón.
    El niño que nace en una familia vincula definitivamente el padre a la madre. El señor Perogrullo lo puede confirmar: un hombre (o una mujer) puede dejar de amar a su mujer (o a su marido), pero ella (o él), no obstante, será siempre la madre (o el padre) de sus hijos. La confusión de la mujer, la madre y la esposa –igual que la de hombre, padre y marido– en la pareja tradicional provoca de modo irreparable daños para los niños en cuanto este compromiso se diluye. El acto de engendrar obra como una nueva trampa que obstaculiza al eros liviano y condena a la pesadez una erótica puesta al servicio de algo que la supera, o sea, de la sociedad.
    No hay, como oigo a menudo, una alternativa que oponga el egoísmo de los que rechazan a los niños a la generosidad compartida de las parejas entregadas a la abnegación, sino seres que sacan provecho, de una y otra parte, de actuar como lo hacen. El egoísmo de los genitores que siguen sus inclinaciones equivale al egoísmo de los que eligen la esterilidad voluntaria. Creo, sin embargo, que sólo un amor real por los niños exime de hacerlo…”.

    El libro está muy bien, aquí lo tienes: https://drive.google.com/file/d/0B14Synwe1mHzRDJRd0kzM0N5emc/edit

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    • Sara Moros

      Muchas gracias! Muy interesante este punto de vista. Yo no tengo hijos ni los voy a tener. Sólo una adopción me parece que cumple un fin social y podría ser un acto de generosidad si conseguimos mejorar la vida de un niño que está destinado a la frialdad de las instituciones. Pero este sistema nuestro pone demasiadas trabas para la adopción e impone unos tiempos imposibles, así que tiré la toalla hace tiempo.

      Aún así creo que vivimos en un momento en el que algunos padres y madres, en familias de cualquier tipo o solas/os pueden plantearse el tipo de educación que quieren darle a sus hijos, qué tipo de personas quieren que sean y en qué mundo quieren que crezca. Veo eso cada vez más en la sociedad. Es algo que me devuelve la esperanza y la fe en el futuro. Lo malo es que, en general, esas personas a la larga suelen ser las que deciden no tener hijos, por responsabilidad, por egoísmo o por las razones que sean. Hablo, desde luego, desde mi intuición, no tengo datos fiables sino aquellos que nacen de mi observación.

      El cambio es lento pero es, no tiene nada que ver la manera que tuvo mi madre de enfrentarse a su condición de madre sin otra ideología que la patriarcal que la sociedad le inculcó, a la posibilidad que tienen hoy en día las mujeres y los hombres como madres y padres para luchar contra los estereotipos de género y por tanto contra el machismo y la misoginia. Es verdad que siempre habrá fallos, que no es fácil y la intención no es suficiente pero esa posibilidad existe y es una responsabilidad de todos, no solo de las madres y padres.

      Voy a leer ese libro que me recomiendas. Muchas gracias.

      Un abrazo.
      Sara

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