El problema de las mujeres que desean (aquí y en la Feria de Málaga)

Ha pasado una semana más o menos desde el bababoom malagueño y supongo que a muchas y muchos, sobre todo a las que pusimos el grito en el cielo, se les ha quedado la misma cara de gilipollas que a mí. Probablemente, jamás sabremos qué pasó realmente en la feria de marras. Y, sin embargo, a pesar de todas las dudas razonables que unos y otros puedan argüir, algo en mi interior se niega a admitir la posibilidad de que una mujer denuncie falsamente por violación (o cualquier otro tipo de violencia). De hecho, la gran mayoría de los abusos sexuales no se denuncian, por miedo. Si mañana volviera a saber de un caso similar, estoy segura de que experimentaría de nuevo ese ahogo de rabia e impotencia en el estómago que suelen producirme los casos de abusos sexuales. La violencia me da verdadero terror, pero si me pusieran delante a un violador, no respondería de dónde podrían acabar las piedras que tuviera a mi alcance (Monty Python style). Sin piedras ni culpables a mano, arrojo estatus de Facebook.

Llevo toda la semana pensando en esa desazón, esa indignación, esa rabia femenina en la que me he visto reconocida y acompañada toda la semana. Cómo es posible que tantas y tantas mujeres saltáramos, todas a una, como su hubiéramos sido nosotras las que hubiésemos tenido que remendar un desgarro anal por valor de, bah, un punto. Las estadísticas lo explican bastante bien: un tercio de las europeas entre 18 y 74 años (unos 62 millones) ha sufrido algún tipo de abuso físico, una de cada diez ha sido agredida sexualmente y una de cada veinte ha sido violada (para nuestro ordenamiento jurídico, sólo hay violación si existe penetración) alguna vez en su vida. Una de cada cinco españolas de más de 15 años (22%) ha sufrido violencia física o sexual. Las cifras no pueden, sin embargo, trasladar el sentimiento de las mujeres que fuimos niñas en los 80, una década en la que aún no se había establecido la censura social que hoy trata de acorralar a los machistas. Muchas de las que nos indignamos desaforadamente somos de esa generación o mayores. De cuando lo tenían aún peor.

Recuerdo haber estado en situaciones de peligro real que podrían haber sido comprometidas de bien niña. A los 12 un hombre trató de llevarme a ve tú a saber dónde entre el barullo de la Semana Santa de Cartagena. Jamás comentamos el asunto. En el momento, mi madrina, agente rescatador, hizo como que no le daba importancia, pero hoy me hago a la idea del trago que debió ser para ella y de dónde podría haber terminado yo. Volviendo a casa ya con 14 o 15 años, le cerré violentamente la puerta del portal en las narices a otro personaje que venía siguiéndome desde un par de calles atrás. Miedo. No olvidaré jamás de la cara que se nos quedó a mí y a mis dos amigas cuando logramos salir, con 15 o 16 años, de nuestra primera y última fiesta de la espuma en una discoteca costera. Estupor. Lloros. Apenas universitaria, tuve que poner cara de sicaria latina cuando, en un viaje nocturno en Alsa, en los últimos asientos del autobús, me despertó una mano ajena bajo mi ¡superdisuasoria! falda larga. Estupefacción. Hubo también un par de episodios nocturnos de ‘¿dónde está el guardia de seguridad por dios?’ en la antigua estación de autobuses de Palos de la Frontera. Ya de bien adulta, algún encontronazo que apuntaba violencia con hombres marroquíes.

Mientras recopilaba en mi memoria todas estas ‘anécdotas’ (una nimiedad al lado de la experiencia de otras mujeres más lanzadas al mundo que yo) no dejo de asombrarme. Jamás las había conectado ni les había achacado ninguna trascendencia. Y, sin embargo, la tienen. En forma de una difusa neblina que porta miedo, prevención y desconfianza que deja a su paso cierto poso de rabia. Es precisamente la rabia, la rabia por el caso ajeno en el que te reconoces, la que nos recuerda a muchas mujeres esa mochila pesada pero invisible que llevamos desde muy jóvenes. Son las piedras de esa mochila las que lanzamos ciegamente, a veces sin acertar. Cómo vamos a asumir que una mujer, cualquier mujer, que se haya acostumbrado a vivir su vida con tal mochila a la espalda sea capaz de realizar una denuncia falsa. Si hemos sido tontas hasta para interiorizar que muchos de esos comportamientos inapropiados, acosos y violencias pueden ser culpa nuestra. La chica de Málaga, cierto es, no cumple los 20. Y en veinte años parece haber cambiado mucho la película para las mujeres, más protegidas, más liberadas y quizá más inconscientes. No quiero pensar que esa chica, llevada por ve tú a saber qué rabia, decidió denunciarles falsamente. Cualquier mujer sabe de lo difícil que es demostrar una agresión sexual. Quiero pensar (y, sí, es un acto de fe) que fue tan ingenua como para pensar que podía probar una sesión de sexo en grupo sin la violencia que la peor educación, el alcohol y las drogas y la falta de empatía suelen conllevar en estos casos. Y que terminó apelando a una protección que no encontró por haber buscado sexo. Como si desear fuera un delito.

El sexo parece ser la primera y última frontera en los asuntos de género. La mujer, para efectivamente serlo, ha de ser deseable; el hombre, inevitablemente deseante. Por supuesto, en teoría y en el plano social. Por fortuna, cada persona maneja su vida íntima de la manera en que quiere y puede. Sin embargo, no podemos negar la influencia que estos estereotipos terminan ejerciendo en nosotros, sobre todo, precisamente, en los más jóvenes. Sobre todo en los que requieren de una mayor sensación de integración en lo que se considera normal o reciben más presión de su grupo de iguales. En el caso de las mujeres (escribiré de lo que conozco), la gestión de la sexualidad acorde a los tiempos lleva a un callejón sin salida que ni nosotras ni la sociedad sabe solucionar. Aunque hubo un momento en el que creímos que sí, que la liberación de los comportamientos extraños a lo natural era posible, las estadísticas muestran un retroceso letal. Los adultos del futuro cercano son más machistas de lo que fuimos nosotros. La cultura y la educación vuelve a incidir en la segregación de los géneros en vez de en la desaparición de sus diferencias. En el muro al fondo del callejón sin salida del sexo y del amor romántico-dependiente se estrellan cada vez más mujeres empujadas por distintos grados de violencia.

Por un lado, se apela a la teoría liberación de las mujeres, se las anima a que gestionen su cuerpo con independencia y vivan de manera natural su sexualidad, sin los atavismos de las convenciones sociales católicas de antaño. En la televisión, en los vídeos musicales, en el porno, se glorifica a la mujer amazona que domina los resortes de lo erótico y los utiliza libremente, mostrándose casi siempre como un ser deseante y deseable. En este universo paralelo de las pantallas, las mujeres hacen uso de su cuerpo y su deseo sin más cortapisa que la mirada del espectador al otro lado. Los argumentos en torno a cómo este tipo de productos reducen a un objeto el cuerpo femenino son siempre problemáticos, ya que ocultar el cuerpo en pro de la seguridad implica no sólo coartar su libertad sino avalar el comportamiento violento que pudiera estimular. Pero Beyoncé aparece invariablemente ataviada con un minúsculo body no tanto porque sólo use dicha prenda, como porque los medios prefieren mostrarla de tal guisa. Son los medios de comunicación y su mirada masculina los que privilegian las imágenes que muestran los cuerpos de las mujeres como cosas (o incluso sólo algunas partes de esas cosas).

Acordemos, por tanto, que todas las personas tienen la libertad de mostrarse como mejor les venga en gana. Que tienen libertad de expresión. Y reconozcamos, como contrapartida, que una cosa es la teoría que devuelve a la mujer el control sobre su cuerpo y otra la realidad, aún muy por detrás de deglutir el cambio de paradigma. La sociedad aún no entiende la presencia del cuerpo femenino en el espacio público. Desde su limitador punto de vista, un cuerpo que se muestra implica automáticamente una invitación. “Estoy disponible”. De ahí que las mujeres jóvenes que hacen uso de la libertad que la cultura pop y la corriente de empoderamiento femenino les concede sean tachadas de, digámoslo suave, frescas. En el frescor también hay grados: puede ser amablemente frescas, cuando imitan a las desnudas y silentes modelos blancas que adornan tantos clips y publicidades y se limitan a mostrarse sexys; o directamente putas, si además se rebelan contra el canon estético y/o muestran rechazo al control masculino de la sexualidad, caso de Nicky Minaj y su “Anaconda”.

Estas mujeres, las que se muestran deseables y además desean, las que deciden cómo, cuándo y hasta dónde, son las más penalizadas por la sociedad. Mujeres que, por ejemplo, sí quisieran mantener sexo con dos hombres a la salida del trabajo, pero quizá no con cinco. O quizá no así. Esas mujeres jóvenes a las que les hemos enseñado el cuento de la liberación y el empoderamiento femenino no tienen quién las defienda cuando, con la coartada del consentimiento, se ejerce la violencia contra ellas. Por lo que parece, que una mujer tenga deseo sexual aún es un pecado y un delito en nuestra sociedad católica, apostólica y machista. Rihanna, Nicky, Beyoncé y toda la producción de porno (hard y soft) y hasta algún Peliculón de Antena 3 tendrían que advertir a los adolescentes al final de sus vídeos “No tratéis de imitar esto en la vida real”.

¿Por qué se niega el deseo de las mujeres? ¿Por qué se pretende controlarlo, someterlo, dirigirlo o penalizarlo? ¿Por qué tantos esfuerzos por anularlo? El mito del amor romántico y el enamoramiento, los corsés mentales alrededor de los cuerpos perfectos, la industria de la belleza montada alrededor de la inseguridad femenina (y masculina ya) y su inadecuación (también en el sexo) y el intento de liquidación vía censura social+argumentos pseudocientíficos de la promiscuidad de las mujeres parecen herramientas diseñadas expresamente para coartar el potencial sexual de lo femenino. ¿Qué tiene de aterrador? Algunas pistas podrían provenir de las recientes investigaciones alrededor del llamado llamado “misterio del deseo femenino”, terreno ignoto no tanto por su intrínseca “enigmática naturaleza” como por el escaso interés que ha despertado históricamente en investigadores y científicos. A la ciencia, machista y muchas veces misógina, le ha importado un pito si las mujeres se lo pasan bien, porqué y cómo.

En “What Women Wants”, el libro de Daniel Bergner publicado en 2009 no sin polémica, se formula el deseo femenino de manera tan animal, promiscua y deseosa de novedad como el de los hombres. Incluso más. El autor argumenta contra la supuesta necesidad femenina de la monogamia, de los compromisos duraderos con un sólo compañero sentimental, e incluso le supone a la capacidad multiorgásmica una función adaptativa (más coitos, más parejas sexuales, más probabilidades de reproducirse) que debería haber afirmado el carácter libertino del deseo de las mujeres, de no quedar sepultado en un entramado psico-cultural castrador. Bergner dibuja el perfil de una mujer superdeseante, con una líbido superior a la que el macho tienen en el imaginario sexual colectivo, una superhembra. Puede que un esquemático y empobrecedor traspaso del deseo típicamente masculino a la mujer. La ley del péndulo. Pero ahí está la posibilidad.

Una hipótesis menos espectacular (y más sensata) se formula en “S=EX2. La Ciencia del Sexo” (Debate), un acercamiento científico al sexo por parte del bioquímico Pere Estupinyà. Estupinyà  escribe desde la convicción científica de que no existen tantas diferencias de fábrica entre el sexo masculino y femenino, sino más bien entre individuos. “Reivindico la igualdad entre hombres y mujeres, la aceptación definitiva de la homosexualidad a todos los niveles, el brindis convencido por la diversidad, el fomento de una visión positiva de la sexualidad, y el respeto absoluto por los límites que cada uno quiera establecer”. Todo el libro plantea sorprendentes analogías estrictamente biológicas entre lo femenino y lo masculino, una prueba de que somos más parecidos de lo que pensamos, y de que la división hombre/mujer resulta cada vez más pobre para describir la infinidad de grises que se pueden dar entre ambos modelos. “Yo sí creo que en el futuro las diferencias en patrones de sexualidad entre hombres y mujeres se irán estrechando, que con los cambios generacionales la homosexualidad será totalmente aceptada, que la mujer continuará liberándose y el sexo casual será muchísimo más frecuente, con lo que la monogamia será un reto creciente para las parejas”, predice en el epílogo de su libro. Sea.

 

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