Ser mujer, ser hombre (ampliando el campo de batalla semántico)

Visualizo en este momento cómo se tensa, amigo, el falangín de tu dedo índice para cerrar de un ratonazo esta página que sospechas feminista. O quizá seas tú, amiga afortunadamente integrada, la alérgica a las monsergas de género que proliferan últimamente. No lo hagáis. Resistid vuestra aversión al cansino maniqueísmo hombre-mujer. Pasad por alto mi militancia en el pesadísimo Feminismo (que de mano en mano va y ninguno se lo queda). No seáis una de esas personas que sintoniza el telediario que coincide con su forma de ver el mundo. Aunque disfrutéis de las ventajas de estar felizmente estandarizados, saber de los desvelos de las y los que no nos acomodamos en el hueco que nos han dejado os reafirmará en vuestra felicidad. ¡Qué suerte habéis tenido de ser vosotros! Regocijaos y criad. Quizá alguno de vuestros hijos necesite algún día leer un blog como este.

Decía Borges que “cualquier hombre es todos los hombres”, algo que Bartolomé de las Casas había formulado de manera menos interpretable al escribir que “todos somos el mismo hombre”, para defender la dignidad de los indios de Las Indias (el budismo sostiene que “todos somos uno y lo mismo”: arte, religión y ética parecen proceder del mismo lugar). La frasecita me ha dado bastante que pensar últimamente, hasta el punto de surgirme una enmienda casi casi a la totalidad. Digo casi porque, no voy a enmendarle la plana a los buenos, está claro que nadie es extranjero en lo mejor y lo peor que pueda cometer cualquiera de nuestros congéneres. “Nada de lo humano me es ajeno”, que decía Terencio y, luego, Marx (Karl, guasones). Sin embargo, prescindiendo de este nivel último de conciencia, veo y entiendo que no, que no todos los hombres se conducen y piensan como la generalidad de los hombres ni todas las mujeres accionan como la mayoría. En términos Matrix, algunos han elegido la pastilla roja, la que despierta la mirada al mundo real, mientras que otros apenas si saben que viven en una entelequia o han decidido no enterarse de lo que va la vaina atiborrándose de píldoras azules. Algunos, los comodones, aún conociendo el timo, hubiéramos optado por vivir para siempre en la inopia si la naturaleza no nos hubiera atizado la certeza casi a golpes. Para otros no hubo opción. La buena noticia es que de ninguno de los bandos he escuchado reproches.

La verdad que se nos va revelando a los desintegrados en alguna de sus partes, a los que se extravían, se traban o encuentran dificultades en uno mismo o el otro, es la existencia de una estructura superior, muy superior, antiquísima y rara vez visibilizada en los discursos, que divide el mundo. Una versión más doliente de los apocalípticos y los integrados que Umberto Eco se sacó de la manga en los 60 para distinguir a los que disienten de la cultura de masas por verle un lado oscuro y los que la disfrutan, sin más. Yo también creo que por el mundo andamos personas con los ojos abiertos y muchas otras que los llevan cerrados o, a lo sumo, entreabiertos. No quieren ver la deficiente programación base del software con el que operamos desde hace siglos, un código binario que, once upon a time, el hombre impuso para ordenar el mundo. Gracias a este código, todo lo que no fuera como él se limitaría a hacerle la vida más agradable, si me permitís el reduccionismo poético.

Ese hombre, ese hombre blanco, rico y heterosexual, es el jefe de todo esto. Gobierna el bar de la esquina y las transnacionales. Ese hombre es, según Borges, todos los hombres. Y ahí es donde muchos decimos no. Yo no soy ese hombre. Renuncio a mi derecho a ser ese hombre que no cree en la igualdad de todos los seres humanos, al que no le alcanza la empatía para defender la redistribución de la riqueza o los derechos de los animales, esa persona cultivada que, sin embargo, sigue considerando a los que no son como él como un lugar de recreo, de descanso, de burla, como mano de obra barata o simple cáscara sin interés, o que se encuentra incómodo al tener que compartir conversación y espacio con una persona intersexual, transexual, travesti o transformista. Esos hombres que piropean o perdonan la vida, que no cuidan de sus hijos y padres, que afirman que “me caen muy bien los gays; tengo muchos amigos gays”, que nos dan charlas y nos enseñan. Ese hombre es Putin, Cañete y el alcalde de Torrelodones. Pero yo no soy ni ese ni todos esos ni las mujeres que les acompañan o les jalean, reverso tenebroso, capaces de condenar a sus propios hijos educándoles para ser esos hombres y a sus hijas, para adornarles. Mujeres siempre maquilladas, siempre sexys, dulces tigresas finalmente amargadas por no haber sabido abrir los ojos. Solas en el vertedero de los centros comerciales.

Se me ocurren más renuncias semánticas. Renuncio también a ser mujer, en todo lo que no es mi biología, las especificaciones hardware que me han tocado en gracia y los procesos químicos femeninos que me han sido dados. Lo que se entiende por mujer socialmente hablando, ese ser mitológico, trágico y mágico, esa madre coraje supermana, esa microvíctima de la sociedad y macrovíctima de sí misma, la que compra furiosamente sí o sí, se siente femenina o tiene un bad hair day que le impide salir de casa; la que llora y da pena o miedo o todo lo anterior a la vez, la que habla como si tuviera 12 años en vez de 42, la que no se atreve a decir ni mu o no le interesa saber. Esa que se hipersexualiza para sentirse alguien. La que está a dieta aunque su pierna es como mi brazo o la que sólo se entiende a sí misma como complemento directo de su pareja, su bestie o padre. La que no tiene animales en casa por no quitar pelos. La que se retoca cada veinte minutos. La que necesita protección, permiso, reafirmación. Es cierto que, hace nada, quería ser una de ellas. Ahora ya no. Probablemente por conocer a muchos hombres que, a su manera, han renunciado a ser lo que se entiende por hombre, socialmente hablando. Personas que, simplemente, son. Gente que habla, llora, va al fútbol o a H&M, folla, baila y ejerce su profesión desde un lugar (casi) sin género. Desafortunadamente, no he conocido a muchas mujeres así. Sólo a algunas.

Es fácil para las mujeres objetoras del sistema caer en una especie de mistificación de la mujeridad, en un feminismo radical ya absurdo al que, al menos las que vivimos más el futuro que el pasado, las privilegiadas universitarias occidentales con colchón familiar o laboral, hemos de renunciar. Pienso en esas feministas de cierta edad que les niegan el pan y la sal feminista a las transexuales por no ser “realmente” mujeres. Qué reaccionario montar un club que exige cierta calidad de sufrimiento. Y qué incivilizado conducirse en sociedad con parámetros puramente biológicos, como si no tuviéramos las herramientas, el conocimiento y la voluntad suficiente para domeñarlos. No encuentro viaje más complicado y que merezca más compañía que el de la transexualidad: mujeres encerradas en hombres (o al revés) que, cuando se vean realmente como son querrán, con suerte, ser simplemente personas. Personas que han de pasar por mucho más sufrimiento para llegar, si pueden y les dejan, a la misma meta. Algunas quizá soporten la sensación de inadecuación (quisiera saber si se puede ejercitar la aceptación puramente mental en los asuntos de identidad corporal), operación tras operación, hasta el final de sus días.

Cómo resolver el problema semántico de no querer ser ese hombre ni esa mujer, ni el hombre ni la mujer. Y cómo hacerlo sin que lluevan las (terribles) acusaciones de ‘mala feminista’ que acechan en cada esquina a las que estamos más equipadas para pensar la vida que para vivirla. ¿Se puede ser biológicamente una mujer y socialmente una persona, una unidad, una vida? ¿Podríamos desterrar lo sexual como contenido principal de un espacio simbólico insoportablemente reduccionista y empobrecedor? ¿No estamos dotados, los seres humanos, para emitir en otras frecuencias, más enriquecedoras? ¿Acaso no sabemos construir un un sistema de valores común que nos integre más allá de la ficción de los géneros? Los que tratamos de desprogramarnos sí sabemos que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Nos une casi todo a los que disentimos, resistimos, denunciamos y rechazamos el sistema (capitalista) y el sistema del sistema (lo heteropatriarcal). Tanto nos une que aquí sí que sucede como quería Borges, y podemos ser todos los hombres, todas las mujeres y toda la escala de grises entre ambos.

  1. Guille

    Hola, acabo de descubrir este artículo de casualidad, y he de decir que desde mi posición de hombre blanco heterosexual y rico (desde un punto relativista claro) y que vivía feliz e ignorante con su heteropatriarcado no he sentido en ningún momento la tentación de darle un ratonazo a tu blog, todo lo contrario, creo que has ilustrado con palabras algo a lo que llevo un tiempo (más corto del que me gustaría reconocer) dándole vueltas en mi cabeza de HOMBRE que no se identifica con la mayoría de las acepciones que salen en la RAE sobre esa palabra, vamos, que estoy en esto de ir desconectando cables y sacudiéndose la baba de encima, haciendo alusión a tu analogía matrixera.

    Un saludo y seguiremos por aquí leyendo y aprendiendo, que en esto del feminismo y el heteropatriarcado aún estoy en la EGB 🙂

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    • Fernández Hernández

      Pues me gustará saber de tus extrañezas, que me cuesta darme cuenta de las violencias que formatean a los hombres. Aunque voy a hacer un poder y a ponerme a investigar sobre ello YA. Yo también ando en la EGB. Hace dos o tres años yo no sabía lo que era el patriarcado :O Estoy deslumbrada con la idea de que se puede salir de Matrix y existir.

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      • Guille

        Yo no las llamaría violencias, o tal vez sí, no sé, estoy algo confuso con este tema pero si te interesa mi experiencia vital la comparto, y no es mi intención poner estas vivencias a la altura de la exclusión y la distorsión a la que se ve sometida la mujer, por muy blanca y occidental que sea, así que desde la máxima humildad a la que un hombre privilegiado como yo puede aspirar, ahí va:

        A mis 32 y con la boquita digital pequeña te digo que no me identifico (creo que nunca lo he hecho aunque no había reflexionado al respecto como ahora) con eso de ser un hombre: viril (¿qué es esto?), seguro de sí mismo, proveedor, protector, con esa condescendiente necesidad de tratar a las mujeres como princesas delicadas, seres de luz de otro mundo que deben ser protegidas y cuidadas porque ellas no pueden, o no saben. Me gustan las tías, claro que me gustan, mis relaciones sentimentales y sexuales han sido siempre con mujeres y me masturbo pensando en atributos físicos femeninos, hasta donde yo sé soy heterosexual, este hecho no es que sea especialmente relevante pero sí que me sirve para hacer hincapié que no es que me sienta excluido de ningún sistema, todo lo contrario, formo parte de él de pleno, pero aún así percibo, percibo no, sé, que algo no va del todo bien.

        Nunca he tenido problemas en relacionarme con mujeres, bajo mi experiencia suelen ser mucho más comprensivas que los hombres que conozco, el mayor problema lo tengo al relacionarme con otros hombres, ahora más que nunca, antes ponía el piloto automático y me agarraba a lo aprendido y lo mamado desde pequeño: a las revistas guarras de mi padre en el cajón, a los favoritismos recibidos por las mujeres de mi vida solo por tener polla en detrimento de la autoestima de mi hermana, que aunque más pequeña bastante más autosuficiente e independiente que yo mucho tiempo antes; sí, ponía el piloto automático y entraba en el juego machista, que aunque sabía que algo iba mal no sabía muy bien el qué, o no quería ver el qué, pero nunca más, últimamente no me produce más que rechazo cada vez que detecto lo sexualizada que está la mujer a mi alrededor y rechazo aquellos comentarios y actos derivados de esto, comentarios como joder que buena que está esa, o las cabezas girándose al pasar de una falda o las miradas inquisidoras, los silbidos, los menosprecios, la cosificación constante de un ser humano, la poca empatía y la actitud brutalizada en el hombre así como la pasividad y la connivencia de la mujer ante esto; no quiero ser hipócrita, a mi también se me va la vista ante una mujer guapa, claro, no puedo evitar esos impulsos y tampoco quiero hacerlo, pero al menos intento ser discreto y desde hace tiempo no hago ningún gesto que pueda resultar violento para ellas.

        Creo que en definitiva es eso, el sentirme aislado de pensamiento y de acción no solo entre conocidos desconocidos, sino además en mi propio núcleo de amigos más íntimo, el no poder expresar esto que expreso ahora tras el anonimato de Internet, y aunque no te lo creas escribo esto con los ojos húmedos, porque sí, porque soy sensible, inseguro, débil y endeble (femenino según la 6ª acepción de la RAE), y porque aún siendo todo esto no puedo serlo del todo, porque no será entendido por la mayoría. Y me repito, sé que esto es una gilipollez comparado con lo que han pasado las mujeres a lo largo de la historia, una mota de polvo en una tormenta de arena, pero aún así es mi experiencia y supongo que significará algo. Afortunadamente luego puedo leer blogs y me preguntan por estas cosas y voy yo y me explayo, supongo que esto es lo más parecido a ser pobre y que el gran Gatsby te invite a un fiestón, joder, es terapéutico y maravilloso y hermoso.

        Gracias.

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  2. Fernández Hernández

    La verdad, por lo que escribes, pareces una persona como la copa de un pino. Hay muchas más como tú: prácticamente todos mis amigos hombres son como tú. No tiene nada que ver con el sexo todo esto que me cuentas, con tu heterosexualidad o bisexualidad o homosexualidad o asexualidad (eso lo decidirás tú como te convenga a lo largo de tu vida). Tiene que ver con la sensibilidad, la seguridad y la educación. Es un asunto totalmente cultural, aprendido, ideológico. Tú no necesitas ejercer tu mirada o tu palabra de manera impositiva sobre ninguna persona para sentir que dominas. Y entiendo lo duro que ha de ser asistir a esas ceremonias de “lo masculino”, tal y como se lo enseñan a muchos niños (aún he tenido que discutir durante todo el día que no existen las fratrias, ay madre…), sin poder reaccionar. No te quepa la menor duda de que hay muchísimos hombres como tú. Quizá alguno de los que escuchas diciendo tonterías sobre las mujeres, en su fuero interno piense cosas parecidas a ti. Quien sabe si algún día algún amigo dirá basta y tu le seguirás. Probablemente termines encontrándote con personas con las que puedes estar más cómodamente, sin tanto papelón y tanta dramaturgia, siendo personas sin más. Te lo digo: NO SABES LA ALEGRÍA QUE ME HA DADO LEERTE! Y utilizas la única palabra que, de verdad de verdad, creo que es mágica, creo que tiene poder liberador y confío en que será la que nos salve: empatía. Cualquiera que esté a tu lado se sentirá muy orgulloso de tenerte como amigo, te lo aseguro. Y, ahora, una pregunta: ¿te importa que ponga tu comentario en un post?

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  3. Guille

    Totalmente, la empatía es la clave de muchas cosas, al menos de aquellas que de verdad importan. Gracias también por tus palabras y tu atención, sé que hay otros hombres que piensan igual y ojalá un día pueda tener una charla distendida sobre esto con alguno de ellos, o simplemente de igual que sea hombre mujer robot o lagarto como dices, individuos que sienten y padecen ni más ni menos, es de lo que se trata todo esto de la igualdad supongo. De momento estoy en modo evangelizador con mi amigo más íntimo y desde hace unas semanas ya hablo con él de estas cosas con la boca (la de carne) pequeña, no vaya a ser que se asuste.

    Me gusta eso que has dicho de que no es necesario imponerse para sentir que se domina, no me siento cómodo con eso de dominar, pero creo que es necesaria cierta vehemencia de opinión con este tema, porque es lo justo, porque es lo correcto, y lo es porque iguala lo desigualado, punto, y esto es sanador tanto para el (la) que se eleva como para el que desciende en la balanza, aunque defender una posición sin tender a imponerse es jodidamente difícil y la inercia nos lleva a sucumbir a aumentar el ruido en el que nadamos, pero bueno, intento ponerlo en práctica siempre que puedo.

    Por supuesto que puedes usuar mi comentario, qué bonito que le digan a uno que sus palabras alegran!!! 🙂

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  4. Fernández Hernández

    Creo que seria muy sanador para los hombres dar un paso atrás. Y no precisamente para que las mujeres vayan a pasar delante (es sorprendente la cantidad de mujeres que dicen, cada vez más, que no tienen interés en jugar al juego que hoy se juega), sino para poder construir algo nuevo juntos. Todo con mucho co- y con mucha empatía. Gracias por cederme tus palabras. Las colgaré esta semana. Seguro que muchos hombres se reconocen.

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  5. Sara Moros

    Hola Guille. Quiero que sepas que no estás solo, hay muchos hombres que sienten como tú. Le acabo de leer tu texto a mi marido y a cada rato decía “¡Claro!” Sinceramente me da mucha alegría saber que hay hombres así en el mundo, eso es lo que cada vez más me reconcilia con el ser humano. Qué bueno es saber… conocer… Yo tampoco sabía mucho sobre el patriarcado, el androcentrismo, el feminismo, etc, pero tenía intuición, como tú. Este blog y muchos textos, libros, ensayos, películas, arte, cultura, me ha hecho adentrarme en una nueva etapa de mi vida más profunda a la que tú te has asomado ya también. Es esperanzador encontrar gente sintiendo empáticamente. Creo que partir de eso es posible un nuevo Renacimiento. No tanto estético como ético.
    Bienvenido a esta nueva dimensión
    Sara

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  6. Daniel

    Hola,

    Se que esté post es de hace un tiempo (para internet, de hace siglos). He llegado a él después de haber leído en el que re-posteabas el texto de Guille.

    Apoyo su postura y la tuya, y la de cualquiera que tenga un mínimo de visión para al menos darse cuenta de que va todo este juego.

    Escribo estas palabras a breves minutos de que se termine el domingo, de que empiece otra vez a girar la rueda que parece no tener fin.

    Soy una persona libre y estoy hasta los mismos del patriarcado capitalista.

    Me declaro sensible, soñador y en contra de los valores retrogrados que nos convierten en estandares andantes.

    Viva la diversidad!!!

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