Hola Laura! Me alegro de que te guste lo que entre todos hacemos aquí 🙂 Estoy trabajando en un nuevo post acerca del las viñetas de humor de las mujeres en los medios y allí habrá más reflexiones que quizá respondan a tus preguntas. Sobre este asunto de las mujeres violentas, claro que siempre ha habido y habrá mujeres que ejerzan la violencia, tanto en instituciones políticamente aceptadas como la guerra como dentro de sus casas. En el caso de las mujeres que matan en grupos terroristas, al explicarlas siempre hay que contar con esa doble rabia: la de la militante en una causa que se persigue con el uso de la violencia y la de la mujer que se revuelve contra la adscripción obligatoria al territorio del amor, los cuidados, la maternidad y la sumisión que el sistema nos impone a todas. De todos modos, siempre hay elementos subversivos que se niegan a actuar conforme a las reglas de su género, aunque sean excepcionales: hombres ajenos a toda agresividad y mujeres muy violentas física y mentalmente.

El feminismo, sin embargo, ha sido siempre pacifista yo creo que porque se configura en primer lugar como un estado mental. Un estado mental difuso que va cogiendo cuerpo a lo largo de la vida, las experiencias y las lecturas. Como movimiento, no nace desde la base sino que surge por el malestar de mujeres ricas e instruidas, mujeres muy cultas, que se preguntaron en primer lugar por qué la mujer se tenía por inferior al hombre (no porqué las mujeres somos más pobres que los hombres, por ejemplo). La propaganda machista insultaba a las sufragistas llamándolas, entre otras cosas, violentas y antisociales, pero lo cierto es que la única muerte que se le puede atribuir al feminismo es la de una de sus propias mujeres, dijeron que suicida y finalmente atropellada. La reflexión sobre la desigualdad y la injusticia de todo el género era una reflexión aristocrática y burguesa de mujeres que no vivían la crudeza de las condiciones de vida del entorno fabril, donde sí podría haber arraigado algún tipo de recurso violento. En todo caso, tanto las primeras feministas como las mujeres de familias pobre y obreras, vivían totalmente inmersas en un sistema simbólico en el que no se concebía el tandem mujer-política. El trío mujer-política-violencia iba más allá de la ciencia ficción. La única manera de romper su invisibilidad como ciudadanas que tenían estas mujeres era la persuasión. Ser pesadas. Armar follón. Molestar.

Y así seguimos.

El feminismo no puede ser violento porque su contenido apela a un cambio de conciencia, a una revolución política y social, a una ética profundamente integrada en la mente de cada persona, y eso es algo que no se puede lograr con la coacción o la violencia. Ni siquiera con las leyes (aunque sin ellas no podemos ni echar a caminar). No se puede defender la igualdad radical de todas las vidas con una mano y usar la herramienta de cargarse a las que no interesan con la otra. No hay justificación de medios en virtud de unos objetivos. Esta discusión la tuve con una compañera de clase que, en principio, sí defendía la violencia feminista como una manera de “llegar al poder” tras tantos siglos de “derrotas”. Pero no se trata de que no sepamos ser violentas o de que no hayamos roto con el prejuicio sistémico de la mujer violenta, es que no quiero serlo. Milito en la utopía.

Las mujeres feministas que entraron en ese tipo de dinámica discursiva debieron integrarse en los distintos activismos que reclamaron la revolución social desde el sistema patriarcal. Muchísimas feministas militaron en el comunismo, el anarquismo y el socialismo en momentos en los que los actos terroristas (incluso el terror sin más) formaba parte de la estrategia política. Sin embargo, si hay una lección que las feministas aprendieron de las guerras del siglo XX es que no hay nada para las feministas al final de una guerra más que muertes. La guerra y la violencia es un instrumento del patriarcado, del sistema androcéntrico, y sirve únicamente a sus intereses. Mujeres, niños, viejos, animales, lo vemos una y otra vez en las noticias, sólo somos el campo de batalla de su violencia. Me ha impactado este artículo sobre Serbia porque se ve cómo al sistema sólo le interesan las mujeres reproductoras de cuerpos para la guerra, no las madres que reclaman que la vida de sus hijos vale más que la causa a la que les obligan a servir.

Seguro que hay feministas que apoyan alguna de las intervenciones militares que hemos vivido o que apoyarían otras, pero supongo que lo hacen más por militancia política que por su feminismo. Contemplo a las mujeres que se integran en los ejércitos y me pregunto: ¿tendrán alguna vez que matar? ¿Cómo se prepara uno para matar a un semejante? ¿Y las policías? ¿Y las señoras de la Asociación del Rifle? ¿Qué pájaros vuelan en la cabeza de las mujeres que “se apuntan” a ISIS? Todas estas mujeres, ¿serían violentas si pudieran pensar en feminismo? Quiero pensar que no. Pero es tan difícil acceder a las ideas que te permiten a ti misma desprogramar la desigualdad y el miedo que nos inoculan para poder ver al otro, a todos los otros, como un ser valioso… ¿Quién les va a enseñar estas ideas a los niños? ¿Los padres y madres con cuatro o cinco trabajos que al llegar a casa desfallecen? ¿Las madres ricas que forman a sus hijos para heredar un sistema injusto? ¿Los profesores de filosofía que han de enseñar gimnasia o emigrar?

  1. Sara Moros

    Hola. qué buen post el de la violencia y el género. Y esta respuesta es magnífica también y me ha creado una duda que os comento: ¿no creeis que el término “feminismo” juega un poco en nuestra contra? Sí, porque ftérmino se ha utilizado para muchas causas y al final se identifica más con una lucha de mujeres contra los hombres, es decir, una lucha de poder. Pero es que el término no es a priori incluyente. Las feministas como nosotras somos humanistas, pacifistas y creemos en la igualdad. Ojalá pudiéramos acuñar un término que incluyera estos conceptos sin distinción de géneros. Creo que sería muy positivo, que muchos hombres que tienen la misma sensibilidad que nosotras se sentirían integrados. En sentido de semántica las estructuras mentales hacen que se identifique el feminismo con el antónimo del machismo y debemos saber más sobre la historia del mismo para saber que no es así. Creo que la neurolingüística funciona y que el término, más allá de estereotipos o del trabajo que el machismo y el patriarcado ha hecho por descalificar a los movimientos feministas, no define en sí mismo lo que supone realmente ser feminista. Me encantaría saber qué pensáis.
    Un cordial saludo
    Sara

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  2. Fernández Hernández

    Sara, no sabes la de veces que me he planteado y he planteado esa misma posibilidad de cambiar el lenguaje para cambiar la realidad. Lo que ocurre es que no sé si no habría que cambiar la realidad antes de cambiar el lenguaje… 🙂 Parece que sería lo suyo. Por otro lado, ¿qué tipo de hombres no se suben al tren feminista por prejuicio ante el mal uso machista de la palabra feminismo? Sin duda, unos que no se han planteado la cuestión debidamente, sino llevados por la propaganda, los lugares comunes y el comentario popular. Un hombre que aún plantea que feminismo y machismo son antónimos no se ha planteado realmente la cuestión de la desigualdad, la injusticia y la violencia de la segregación por sexos y sólo busca una salida dialéctica a una cuestión mucho más profunda.
    Hace un par de semanas discutía en Facebook acerca de que machismo y feminismo no son antónimos. Sin embargo, Lidia Falcón, feminista y socialista, me afeó que no supiera ver que, en realidad, sí lo son. Que, en realidad, los hombres que intuyen que se les pretende hurtar algo están en lo cierto. Voy a tratar de colgar la discusión en un post esta noche para que veas su razonamiento 🙂

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  3. Sara Moros

    Gracias, me encantará leerlo.
    Supongo que mi reflexión responde a mis ganas de llegar a esos hombres que, como bien dices, no han llegado al fondo de la verdad pero, intuyo, podrían hacerlo con un poco de ayuda. Ya sé que la responsabilidad de echar abajo los tópicos y de no dejarse llevar por los estereotipos es de ellos y no mía, pero no puedo dejar de pensar que los que hemos llegado a una dimensión más profunda tenemos la responsabilidad de ayudar a los que todavía no lo han hecho. Algo así como los adultos tienen la responsabilidad de ayudar y enseñar a los niños… (ya sé que suena un poco maternal pero…)
    Efectivamente me parece más interesante y urgente cambiar la realidad pero creo que a través de la dialéctica se puede facilitar el cambio.

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  4. Fernández Hernández

    Más que maternal suena…. Ingenuo. Yo también argumentaba lo mismo que tú antes de interesarme a fondo por la cuestión de la segregación por sexos. Tengo tantos amigos buenísimas personas que cuando se menciona la palabra feminismo cambian de canal… Sin embargo, se puede hablar de todo con ellos… Siempre que no se mencione la dichosa palabra. ¿Por qué? Creo que en la búsqueda de la respuesta hay que distinguir dos planos: el personal y el político. En el personal, cada uno puede llevar la investigación sobre su propia emancipación hasta donde quiera. Puede vivir integrado en el sistema de género o deconstruir hasta donde le interese o pueda. Para mí, esa deconstrucción supone un parámetro de civilización de la persona. En ese trabajo personal se alude más al género porque tanto hombres como mujeres hemos de desprogramar los roles que se nos asignan por un hecho biológico. Si una persona hace ese camino, ha de reconocer en algún punto del mismo que lo que tenemos entre manos es una lucha de poder que se replica en el territorio íntimo, en el sexo, y de ahí a las relaciones interpersonales (el proveedor, la cuidadora) y simbólicas (el fuerte, la víctima; el listo, la guapa). Esto es lo más fácil de desenmadejar en una relación sana. Las mujeres trabajan tanto como los hombres. Los hombres quieren cuidar de sus hijos. Aún así, qué difícil desaprender lo que hemos visto desde bebes en casa. Qué difícil para las mujeres dejar de cuidar y de controlar y de necesitar. Pero hay que hacerlo para que ellos puedan ocupar ese lugar también. De la misma manera que nosotras hemos aprendido a proveer y ser fuertes en el sentido de la masculinidad. El problema viene cuando el feminismo adquiere un cariz político y ya no forma parte solamente de la liberación de las mujeres. ¿Por qué? Porque implica reconocer que ha habido un abuso de poder y un expolio del saber femenino y una ocultación de la historia de las mujeres (es para llorar la cantidad de mujeres autoras arrumbadas porque fueron los hombres los que escribieron la Historia). La postergación de las mujeres es anterior al esclavismo y el esclavismo toma de esta segregacion muchas claves de sometimiento. El varón blanco y rico aún no se ha hecho cargo ni ha reconocido su deuda por el sistema esclavista, mucho menos lo va a hacer con su deuda para con las mujeres. Nos parece normal exigir responsabilidad y perdón al pueblo alemán por el nazismo, pero los hombres no quieren saber, no quieren escuchar, no quieren leer sobre la postergación injusta de las mujeres. No les parece inexplicable que no haya mujeres en los gobiernos o las empresas, que no haya mujeres en igual número en la filosofía o en la literatura. No se cuestionan que las grandes instancias desde las que se fija la realidad, la política, la economía, los relatos simbólicos (cine, tele, medios de comunicación), la mujer no aparezca o lo haga como un cuerpo al que criticar o desear. Jamás como una persona igual. Muchos hombres se interesan por el feminismo cuando tienen hijas: se dan cuenta poco a poco del plus de dureza con el que han de lidiar. Son falsos feministas con poca empatía a los que, en realidad, no les preocupa la situación de las mujeres en el mundo, violentadas, azotadas, violadas, vendidas, esclavizadas, casadas aun niñas, tapadas, lapidadas, usadas. A hombres les molesta la palabra feminismo porque saben que lo que el feminismo persigue es una reparación, un reconocimiento y una cuota igual de poder, y no quieren cederlo. Borrar la palabra feminismo seria borrar la lucha de tantas y tantas mujeres que han ido reconstruyendo la historia perdida y ocultada, de las activistas, de las que murieron, de las que se manifestaron para que tuviéramos derecho a votar, a abrir una cuenta en el banco, a no casarnos obligadas. Seria injusto para todas esas mujeres y seria injusto para nosotras mismas porque, una vez mas, estaríamos dando un paso atrás por no molestar, comportándonos precisamente como mujeres, como las mujeres que ellos quieren, postergando nuestra reclamación y dejándola a expensas de su criterio. No, yo no renuncio a llamarme feminista ni a hablar de feminismo, aunque me tuerzan la cara o me digan loca. Y aunque hombres que quiero no lo entiendan, yo sí los entiendo a ellos y con eso basta. Aunque es un esfuerzo racionalizarlo y un incordio permanecer en estados de ánimo para los que no hemos sido programadas (no es cierto que disfrutemos siendo mujeres permanentemente airadas), prefiero recurrir al paternalismo masculino que me permite reclamar que al maternalismo femenino que les permite estar más cómodos. Prefiero no hablar de feminismo a traicionarlo con un eufemismos. El mundo es más injusto y feo cuando dejamos de llamar a las cosas por su nombre.

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  5. Sara Moros

    Muchas gracias! Llevas razón en lo de que es ingenuo. O peor que ingenuo, porque responde al éxito de la programación como género. Responde a las trampas que una misma se pone cuando empieza a asomarse a este tema, a nuestra historia como mujeres. Trampas para vencer la incomodidad de la que hablas. Para vencerla no, para no hacerle frente, para evadirla. Llevas toda la razón. Es un placer hablar contigo, siento que estoy en un camino por el que tú pasaste y cada respuesta que me escribes me ayuda a adentrarme en él. Con tus posts y todos los textos que en ellos relacionas estoy aprendiendo mucho sobre todo eso que sentía y no sabía explicar más que por intuición y vivencias.
    Estás haciendo de mi convalecencia algo interesante y enriquecedor.
    Un abrazo

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